MI MENTIROSO (CLANDESTINO nº 1) 21
52%

21

Abro los ojos de golpe al sentir los dedos de mi hermana presionar mi mejilla. Giro el rostro y encuentro su mirada llena de curiosidad.

—¿Qué haces en mi habitación? ¿Qué pasó anoche? —pregunta mientras intenta cubrirse bien con las sábanas.

—¿No recuerdas nada? ¿Te sientes bien? —indago.

—No, no recuerdo mucho, al menos no después de entrar a esa habitación y tomarme la droga. Y tampoco me siento bien: me duele todo el cuerpo como si me hubiese atropellado un camión, la cabeza me retumba de una forma extraña y me duele mucho ahí, en la entrepierna —explica.

—Ay, Em, lamento mucho que te hicieran esto. Mira, mencionaste a un tal Agus; dijiste que él y Caleb Roux son la misma persona y que además el tal Agus es... —intento hacerla recordar.

—Amigo y socio de nuestra madre —completa la idea por mí—.

Incluso ella y yo estuvimos en su casa en Italia y...

—Guarda silencio; veo cómo sus ojos empiezan a llenarse de lágrimas, arrepentimiento y vergüenza.

Abre los ojos de par en par, al igual que la boca, la cual se cubre con ambas manos—: ¡Por Dios santo!

—se queja con las mejillas sonrojadas—. Anoche...

el enmascarado... era Caleb Roux. Me acosté con ese hombre... Dios mío, no puede ser —lloriquea.

Le doy una palmada en el hombro para consolarla. Si estuviera drogada la abrazaría porque sé que no lo recordaría, pero ahora está lúcida, así que no hay abrazos de hermano mayor para ella.

—Entonces, ¿no te obligó? —pregunto.

Quiero quitarme un poco de la culpa que me está carcomiendo justo ahora. Ella no responde, pero niega con la cabeza; no me mira y sé que está avergonzada. Quizás, si no hubiese estado drogada, no lo habría hecho. Quizas no, estoy seguro, ella no sería infiel.

—¿Puedes dejarme sola un momento? Necesito tomar un baño —pide.

Minutos más tarde, el presidente llega a mi oficina y convoca una reunión con los que estuvimos en Las Vegas anoche. Estando en la reunión me doy cuenta de que el capitán Spencer está herido en el brazo y que, además, murieron cuatro de los militares que estaban vigilando los alrededores.

Después de que cada quien da su parte de lo que pasó, Emily omite algunas cosas alegando que no las recuerda. El presidente no indaga y dice que hablará con su exesposa para investigar lo que sabe de Caleb Roux y su relación con él, a lo que Jessia pone los ojos en blanco y se va de la sala.

«Gracias a Dios no salgo con una mujer; mi chico no me haría escenas de celos de esa manera tan ridícula frente a los demás».

La reunión termina y Jaehyun sale junto conmigo de la sala. Camino a mi oficina; quiero que venga conmigo, necesito tenerlo sobre mí, necesito sentirlo, inhalar su aroma, besar sus labios, hacerle tantas cosas que me hagan entender que estoy con él de verdad. Sonrío al sentirlo caminar detrás de mí.

—Jaehyun, espera... —llama mi hermana—. ¿Podemos hablar? En mi cuarto —pide.

Mi chico se gira y la mira a la cara, y después a mí. Me muerdo la lengua: quiero decir muchas cosas, pero al final asiento; entiendo que necesitan hablar.

—Solo les recuerdo: nada de sexo —agrego, mirando fijamente a mi Jaehyun.

Quiero creer que no está tan loco como para ganarse un tiro por serme infiel.

«Incluso yo, que soy el infiel número uno de Nueva York, no me he metido con nadie más desde que estoy con él».

Con solo mirarla sé lo que tiene que decir y, la verdad, me siento mal; pero necesito terminar mi relación con ella.

No es que le vaya a confesar que estoy saliendo con su hermano, pero es mejor que termine ahora y quedemos bien a que continúe pasando el tiempo y no pueda ponerle un freno sin hacerle daño: no se lo merece.

Tengo claro lo que significan las cosas que estoy sintiendo, pero eso no justifica que lastimemos a quienes están a nuestro alrededor solo porque sintamos cosas el uno por el otro, aunque no sé si él siente lo mismo que yo.

El ministro escanea el cuerpo de su hermana y el mío sin discreción alguna; asiente y nos da la espalda para meterse a su oficina mientras que Emily sujeta mi mano y la sigo a su habitación.

Entramos y ella deja la puerta entreabierta para que sea obvio que no estamos haciendo nada sexual, y es lo mejor porque no quiero confusiones.

La chica toma asiento en el borde de la cama y me acomodo junto a ella; aún sujeta mis manos mientras las mira con algo de tristeza.

—Mentí cuando dije ante los demás en la reunión que no recuerdo lo que sucedió dentro de la habitación porque me habían drogado. Sí lo recuerdo, todo —confiesa.

—Lo siento mucho, Em —me disculpo.

No importa si ella dice que lo disfrutó o no, esa no es la forma de tener a ninguna mujer: no drogándola.

—No, no lo sientas —dice, sacude la cabeza y levanta el rostro permitiendo que vea sus ojos llorosos—. Anoche le permití a un desconocido tocarme de la forma en que tú siempre has querido hacerlo. Te fui infiel; al final es verdad lo que dicen de mí: soy una puta igual a Isabella —lamenta.

—No, Em, estabas drogada. Estoy seguro de que, si no lo hubieses estado, no lo habrías permitido.

—Eso no es así. Como le comenté a Doyun, ya conocí a Agus en Italia; no sabía que era Caleb, pero pasaron cosas en ese viaje.

No me acosté con él, pero sí sentí... Mi cuerpo sintió cosas que nunca sentí contigo.

Estaba drogada, sí, pero solo tomé un trago; sentía todo, lo veía claro.

Me gustó, Jaehyun, la forma en que me tocó, incluso el dolor que siento ahora por la brusquedad que usó conmigo.

No me importa: me empapo cada vez que pienso en él.

Yo no merezco a alguien como tú; siempre juzgué a mi hermano y ahora no soy mejor o diferente a él.

Lo siento mucho, te he fallado a ti, a nuestra relación...

Si pudieras perdonarme y darme otra oportunidad... No me odies por esto —suplica.

—Nunca te voy a odiar, te quiero muchísimo, Em. No tengo nada que perdonarte; no soy un santo para juzgar tus acciones conociendo las mías. Sin embargo, creo que lo mejor sería separarnos aquí. Yo no soy lo que tú quieres y yo... lo siento, pero ya quiero otra cosa —confieso.

Ella asiente y libera mis manos sin dejar de mirarme.

—¿Eso significa que hay otra mujer? —cuestiona con tristeza.

Sé que no va a dejar de quererme de la noche a la mañana, no después de tantos años de relación; a veces la costumbre pesa más que el amor, pero ninguna de las dos cosas se termina tan fácil.

—Sí, es cierto, hay otra persona. No voy a justificar mis acciones: es lo que quise hacer, nada ni nadie me obligó —aclaro.

Ella asiente repetidas veces. Algunas lágrimas brotan de sus ojos y se las limpio con las yemas de los dedos.

—El presidente dice que se siente como si fueras a morir, pero no te mueres y... y tiene razón —lloriquea.

Me abraza por el cuello y empieza a llorar. Me duele no poder sentir el mismo sufrimiento que le estoy causando a ella, que siempre ha estado para mí, a ella, que me ama; pero no la puedo amar de la misma manera.

Le acaricio la espalda con suavidad; su cuerpo se sacude por los sollozos que a su vez hacen que tiemble una y otra vez. Sale de mis brazos y se aparta, sus ojos buscan los míos y empieza a acercarse buscando unir sus labios con los míos.

—Emily, no puedo... —Intento alejarme, ella me sujeta la cara con ambas manos.

—Solo la despedida, el último —insiste.

Une sus labios con los míos: solo un roce, y me aparto.

—Te quiero mucho —suelta.

—Y yo a ti, cariño. ¿Podemos quedar como amigos? —pregunto.

—Sabes que sí —acepta.

Sorbe por la nariz, le acaricio la mejilla y me levanto para irme.

La puerta está un poco más abierta que antes; quizás fue el viento.

Salgo de la habitación y me lamo los labios antes de dirigirme a la oficina del ministro.

Toco a la puerta una vez y dos veces más para que sepa que soy yo; entro en la oficina y doy un salto en mi lugar al encontrarlo justo detrás de la puerta.

El militar cierra la puerta y me sujeta de la mandíbula con la mano derecha; me estrella contra la madera y me acorrala entre su cuerpo y la puerta. Sus ojos, más oscurecidos de lo normal, me miran fijamente antes de bajar la mirada a mis labios.

—¿No fui lo suficientemente claro para ti? —pregunta en un susurro—. Eres mío y no me gusta que otros toquen lo que me pertenece —brama.

La puerta no estaba más abierta por el viento: él estaba ahí observándome, acechando como si fuera un cazador y yo su presa.

—Solo fue un roce —siseo.

No parece ser suficiente para él. Jadeo al sentir su dedo pulgar encima de mis labios, como si la brusquedad que está usando fuera suficiente para borrar el contacto que tuve con su hermana; ejerciendo presión con el dedo, recorre mi labio inferior de un extremo a otro y aprieta los dientes,

haciendo que su mandíbula se tense de una manera jodidamente sexy.

Sus ojos vuelven a mi rostro; me pierdo en la oscuridad que hay en ellos. Vocifera una maldición antes de ejercer más fuerza en el agarre de mi mandíbula; separo los labios y dejo salir un quejido.

—Empieza a entender a quién le pertenece todo de ti, incluso esta jodida boca insolente —brama el ministro.

Corta la distancia y atrapa mis labios como si fueran suyos.

Devora mi boca a su antojo sin liberar el agarre en mi mandíbula; lo sostengo de la camisa e intento seguirle el ritmo.

Sus dientes aprisionan mi labio inferior y muerde tan fuerte hasta que el sabor a hierro empieza a inundar nuestras bocas.

Rompe el beso y une su frente con la mía; con el dedo pulgar limpia el líquido que brota de la zona donde mordió y después lo introduce en mi boca.

Estoy tan excitado que la erección punza con fuerza contra mi pantalón. Su mano izquierda sube a mi cabeza, toma un mechón de mi cabello y lo aprieta; tira de las hebras hacia atrás, haciéndome gemir de placer.

—Dime, roi, ¿entendiste o debería repetir mis palabras? —indaga.

Separo los labios y me llevo su dedo a la boca; succiono en respuesta a su pregunta.

Retiro el dedo del interior de mi boca y subo la mano derecha hasta su cuello; sus ojos buscan los míos y lo atraigo hacia mí sin gentileza, usando la misma brusquedad que él.

Esta vez soy yo quien lo besa con la misma pasión, necesidad y posesividad con que lo hace él conmigo.

—Sí, soy tuyo, y es jodidamente mutuo porque me perteneces, Geon Doyun: eres mío, de nadie más —confirmo, y vuelvo a besarlo.