MI MENTIROSO (CLANDESTINO nº 1) Jaehyun
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Jaehyun

Me mantengo en silencio mientras el ministro conduce.

Jamás le dije a nadie lo que acabo de confesarle: le estoy dando el arma para destruir mi vida y mi carrera militar.

Si esa información llega a los oídos equivocados, no solo me quitarán la placa y mis méritos, me van a encerrar; me meterán en el Averno hasta que me saquen a punta de tortura su paradero, y yo no tengo idea de dónde está.

Lo único que sé de él es que, mientras mi madre estaba en la universidad, fue entregada a él como parte de un ritual: ella debía ser su sumisa, la mujer que eligió para mantener su legado con vida, para hacer crecer el apellido Greco, que es el más importante para él.

Sin embargo, según su historia, mi madre logró escapar de él estando embarazada.

Yo creí que ella lo odiaba, siempre pensé que me odiaba a mí a causa de ese hombre, pero ahora me doy cuenta de que no es así: volvió a meterse con él y quién sabe cuántas veces más lo ha hecho.

Maddison nunca me ha mentido sobre mi origen y cómo me concibió; sin embargo, siempre habló de Alexandre con odio, pero al parecer ese resentimiento era por no poder estar con él, no por mí; no me odia por ser hijo de ese hombre, sino porque no está a su lado.

—Tu boca es muy sensual, deberías mantenerla cerrada o alrededor de mi polla en lugar de hablar mierda —reprocha el ministro.

Se molestó porque le pedí que me llevara a mi apartamento.

En verdad no estoy de ánimos para follar; pensé que me dejaría allí solo, pero en lugar de eso encendió el motor de su Jeep y lo puso en marcha dejándome sobre sus piernas, conduciendo con una mano mientras con la otra me sujeta de la cintura, manteniéndome lejos del volante.

Llegamos a su apartamento, pido algo de comer y nos metemos a bañar.

Me visto con una de sus camisas, que me llega hasta la mitad de los muslos.

El timbre suena y el ministro asiente; me da su tarjeta para pagar por el servicio.

Abro la puerta y el perro sin nombre del ministro entra en el apartamento buscando por los rincones mientras mueve la cola ansioso.

Mis ojos se encuentran con los del presidente; el hombre escanea mi cuerpo de pies a cabeza y levanta una ceja. Se aclara la garganta e introduce una mano en su bolsillo.

—¿Puedo entrar? —pregunta.

Asiento y me hago a un lado. El presidente entra y cierra la puerta detrás de sí. Doyun sale de la habitación junto a su perro y levanta una ceja con la mirada puesta en su padre.

—Presidente, déjeme explicarle... —intento.

En verdad no sé qué decir; el hombre espera paciente a que hable, pero ninguna palabra sale de mi boca.

—Follamos, nos gustó y continuamos haciéndolo. Esa es la historia completa. Ahora... ¿qué haces en mi casa? —interviene Doyun colocándose a mi lado.

El presidente no parece sorprendido ni ofendido; solo se encoge de hombros como si no le importara y levanta la mano mostrándonos una memoria USB negra.

—Aquí tengo lo que había en los archivos que nos entregó el gemelo de Caleb Roux... —avisa, y se gira a mirarme—. Y creo que no te va a gustar —agrega—. ¿Tienes una computadora en casa? —le pregunta a su hijo.

Doyun se mete en su habitación y de allí trae el computador; ambos hombres toman asiento en el sillón y lo encienden.

El timbre vuelve a sonar y voy a abrir, esta vez confirmando quién es antes de abrir la puerta.

Después de pagarle al chico que trajo la pizza y un tarro de helado, el presidente me escanea de pies a cabeza cuando le devuelvo la tarjeta de crédito a su hijo.

—Consérvala para cuando quieras comer helado mientras se te salen los mocos de tanto llorar —se burla; le golpeo el hombro con la tarjeta—. Quédate la tarjeta y siéntate de una vez.

—¿Eliminas el historial de búsqueda de tu navegador? —pregunta el presidente. Introduce la USB en la computadora; su hijo responde de forma afirmativa y el hombre carraspea—. Ponlo en práctica con la computadora de tu oficina, joder.

—¿Qué tiene que ver eso? ¿De qué estás hablando? —brama el ministro.

El presidente tose como si estuviera aclarándose la garganta mientras sirvo dos pedazos de pizza en tres platos; el helado lo meto al refrigerador: eso es mío y no lo comparto.

—«¿Cómo se dice “te quiero” sin decirlo? Frases bonitas para enamorar a alguien, aunque seas demasiado guapo para necesitar...» —suelta Andréi.

—Cierra esa boca, Andréi —lo corta el ministro.

Miro a ambos hombres confundido, no entiendo de qué están hablando; el presidente sonríe con burla mientras su hijo lo fulmina con la mirada.

Unos minutos después, el presidente gira el computador en nuestra dirección y nos muestra la pantalla: hay un sinnúmero de fotos de mi madre, fotos actuales, recientes; fotos de Ava en el hospital y fotos de mi madre con Alexandre, solo que, al llevar ropa holgada,

únicamente se le ven la barba y el cabello largo.

También hay fotos más íntimas de Doyun y mías, mías con Emily...

Una infinidad de imágenes que me dejan claro que saben dónde estoy y dónde se encuentra cada una de las personas importantes para mí.

Al llegar a la última foto me quedo congelado: es una nota que está firmada por Caleb. Todo esto —el viaje a Japón, que capturaran a su hermano— fue su plan para enviarme un mensaje, el mismo que acabo de leer en esa maldita foto.

—Piensa todo lo que quieras, pero sabes bien que no irás a ningún maldito lado, y no voy a repetirlo, ¿entendido? —aclara el ministro.

—Pero, Doyun... —intento.

—Doyun y una mierda; te está hablando tu superior ahora mismo. El presidente y yo buscaremos la solución: arrestaremos a Caleb sin que tengas que jugar a ser Cristo sacrificándote por quienes no harían nada por ti, ¿entiendes? Qué bueno, porque no lo repetiré —agrega, a pesar de que no le respondí.

—Sí, capitán Jan, primero está su bienestar. Le pondré protección a tu madre. Ahora bien: hazme un favor y ponle fin a tu relación con uno de mis hijos. Somos de mente abierta, pero no aceptamos la poligamia, menos con miembros de la misma familia —reprocha.

¿En serio es eso todo lo que dirá al respecto?

El ministro, por su lado, sonríe con suficiencia mirando a su padre.

—Soy Geon Doyun, está claro que él ya tomó una decisión —asegura sacando pecho con orgullo, como el narcisista egocéntrico que es.

Decidimos pasar la noche en la base por petición del presidente; justo acaba de irse con Jessia, dejándonos en la habitación del ministro.

Mientras él se está quitando la ropa para meterse a dormir, mi celular timbra al recibir una videollamada de su hermana.

Volteo el teléfono mostrándole lo que está pasando y él asiente para que conteste.

—Hola, mi amor, ¿cómo estás? ¿Estás en la base?

—Hola, Em. Sí, estoy en la habitación, preparado para dormir. ¿Qué hay de ti? ¿Cómo te va en Italia?

—No muy bien, te extraño muchísimo, te necesito... —musita casi en un jadeo.

Mis ojos viajan por su cuerpo a la vez que lo hace su teléfono, el cual va descendiendo hasta dejar ver sus bragas, donde mete la mano libre como si fuera a tocarse; pero ella no es así, ella no haría algo así ni siquiera de frente, menos por celular.

—Emily, ¿qué estás haciendo? —pregunto. Veo cómo sujeta la tela de su braga e intenta hacerla a un lado para mostrarme su sexo.

—Quiero que me veas, quiero tocarme para ti, amor. ¿Estás solo?

—No hay necesidad de hacer eso, Em. Mañana regresas de Italia y hablaremos al respecto, pero no quiero que hagas estas cosas por celular. Eres más inteligente que esto, Em; sabes la facilidad con la que se tiene acceso a un teléfono.

—Pero estoy tan caliente, solo quiero... —insiste.

—Emily Geon, realmente tengo problemas ahora, no estoy interesado en verte desnuda por celular, ya te lo he dicho.

El teléfono vuelve a enfocar su cara, que está roja de la vergüenza. Se levanta de la cama y se viste antes de volver a la pantalla.

—Lo siento mucho, pensé que te gustaría hacer algo como esto. No volverá a suceder. Mañana nos vemos, buenas noches.

Antes de que pueda decir algo, cuelga la videollamada y dejo el celular sobre la cama. Doyun fulmina el aparato con la mirada y levanta una ceja.

—Entonces, a la niña le cosquillea el coño —se burla.

—No hables así de ella, es tu hermana. No sé qué pasó, ella no suele ser así —aseguro.

—Todas las mujeres lo son, solo que no todas han encontrado al hombre con el que quieren hacer estas cosas —contradice.

Asiento; sé que es verdad. Si ella hubiese intentado hacer esto cuando todavía tenía mi atención puesta en ella, entonces sería otra la historia, pero decide ponerse atrevida cuando ya no siento interés en hacer eso con ella.

—Otra cosa que sé es que quiero que se termine, ¿entiendes? No quiero que venga de Italia a abrirte las piernas —dice sin más.

—Estás hablando de tu hermana, Geon —le recuerdo.

—Efectivamente: hija de su madre; además tiene mi sangre, es una puta, solo que no lo sabe aún. Dale tiempo —dice.

Niego sin poder creer que esté diciendo algo así.

El pelinegro se mete en el lado vacío de la cama, justo detrás de mí.

Intento girarme para mirarlo, pero lo evita sujetándome por la cintura; tira de mí hacia él y hace que eleve el trasero.

Me muerdo los labios: siento su erección punzante en mis nalgas.

Coloca su cabeza en el hueco de mi cuello, mete su pierna derecha en medio de las mías y sube la izquierda sobre mis caderas.

—Doyun... —advierto.

—Lo sé, lo prometí: solo dormir —repite mis palabras y me muerdo la lengua por imbécil—. Buenas noches, nene —susurra en mi oreja.

Siento como si se estuviera burlando de mí, como si supiera las ganas demoníacas de follar que tengo.

Liberarme sería tan genial... Me ayudaría al menos a desestresarme un poco, pero aun así no puedo dejar de pensar en el hecho de que Caleb esté vigilando a mi familia tan de cerca.

Jamás me perdonaría que le pase algo a alguna de ellas; no lo permitiré, jamás lo haré.

—Buenas noches —susurro.

Me siento seguro y protegido en los brazos musculosos del ministro, pero ¿qué hay de mi madre?

¿Y mi hermana? Finalmente estamos como siempre he querido, pero temo que llegue el día en que sepa de mi relación con Doyun; sé que ella no va a superar eso tan fácil y, aunque lo haga, eso no significa que vaya a aceptar el hecho de que estamos juntos.