Emily #3
Salimos de la casa, volvemos al coche y él suelta un suspiro; giro el rostro hacia él y escucho sus sollozos.
Me siento extraño, tengo un sentimiento desconocido en el pecho; trago y la saliva me sabe amarga al mirarlo tan destrozado, con el puño contra la boca mientras mira hacia la ventana para que no me dé cuenta de que está llorando.
«Se supone que la familia debe hacerte feliz, completarte, no destruirte como lo hace la suya con él».
—Jaehyun, mi roi —llamo.
Toco su hombro e intento llamar su atención; gira la cabeza en mi dirección.
Me lleno de impotencia y rabia: sus ojos están rojos y sus pestañas húmedas; sus labios tiemblan mientras me mira con sus hermosos ojos apagados.
No espero a que diga nada: lo sujeto de los hombros, lo saco del asiento y echo el mío hacia atrás, creando el espacio suficiente para que se siente sobre mí.
Lo abrazo queriendo que entienda lo que no soy capaz de decir.
«Soy capaz de iniciar una guerra mundial si eso garantiza que no volverá a llorar, que el brillo de sus ojos grises permanecerá incluso si el de los míos se apaga».
Espero paciente a que se calme, con mis manos en su espalda por debajo de su camisa; acaricio su piel con suavidad.
Es la primera vez que acaricio a otra persona sin tener pensamientos sexuales en la cabeza; lo único en lo que puedo pensar ahora es en los hipidos que sacuden su cuerpo, la humedad que empapa mi ropa donde descansan sus ojos y la fuerza descomunal con la que sujeta la tela de mi camisa.
Teniéndolo así en mis brazos, tan frágil, tan roto, juro por mi existencia que frente a mí no volverá a llorar por Maddison Jan; me importa poco que sea su madre, esa maldita mujer: lo que tiene de hermosa lo tiene de mala.
—Roi —lo llamo por el apodo que le he puesto.
Sujeto su rostro en las palmas de mis manos y hago que me mire; su nariz está roja.
Me inclino hacia adelante hasta que mi nariz choca con la suya; con las yemas de mis dedos acaricio sus mejillas y aparto las lágrimas.
Siento cómo inhala: quiere quedarse ahí, pero al final exhala el oxígeno retenido y me abraza por el cuello, envolviendo sus brazos alrededor de mi nuca.
—Ella... Maddison está embarazada de Alexandre Petrova —susurra, como si sintiera vergüenza de ello.
Todos los que trabajamos para el FBI conocemos la historia de los Petrova: los hombres que se apoderaron de las tres mafias más peligrosas del mundo y las unieron formando un trío indestructible al que llaman «El Sindicato», en la actualidad la organización criminal más impenetrable del mundo.
Es difícil infiltrarse y tiene una estructura interna que hace complejo identificar a sus miembros.
Se centran en el tráfico de drogas y de personas, la falsificación, la extorsión, la prostitución, los robos, los asesinatos, la medicina ilegal y el contrabando; están extendidos a nivel mundial, pero estoy seguro de que debe de ser otro Alexandre.
—¿Qué Alexandre? —insisto.
Quiero confirmar que no sea ese hombre.
—Alexandre Petrova Greco —responde sin inmutarse—. Justo ese en quien estás pensando ahora mismo —confirma.
No puedo creerlo: una mujer tan culta y elegante como Maddison se acostó con el peor criminal que ha existido, un hombre que es buscado en más de veinte países,
que es perseguido por todos los malditos organismos internacionales que luchan contra el narcotráfico desde hace décadas sin haber podido encontrarlo, y esta mujer va y se mete en su cama como si nada.
—¿Eres consciente de lo que significa eso? Tu madre tiene contacto con un criminal, sabe su paradero y no lo ha entregado. ¿Sabes lo que pasará si se descubre que ese hijo es suyo? —pregunto.
Jaehyun asiente y aparta su cuerpo del mío para mirarme a la cara; veo vergüenza en sus ojos, tristeza mezclada con decepción, y me temo lo peor: si él también conoce el paradero de ese hombre y como militar lo ha mantenido oculto, lo van a acusar de traición,
lo van a encerrar en el Averno por el resto de sus días.
—Roi, mírame —demando.
Acuno su rostro con ambas manos y hago que me mire; sus ojos siempre me dan las respuestas que busco, aunque se empeñe en mentir con palabras.
—¿Conoces el paradero de Alexandre? —inquiero.
—Yo... no, nunca lo he visto, solo en las fotos que tiene el FBI —asegura, y lo confirmo: veo la honestidad en sus ojos.
—¿Cuál es la relación de tu madre con ese criminal? ¿Es la primera vez que se ve con él? —indago.
Quiero tener todas las respuestas para que sea su madre quien sufra los castigos y no él en su lugar. El capitán guarda silencio e intenta girar el rostro a otro lado; lo sujeto con más firmeza y hago que mantenga la mirada en mí.
—Habla, Jaehyun. Te voy a creer lo que digas, pero no me hagas pensar que estás cubriendo a ese bastardo —suplico.
—Alexandre es... —Traga saliva con dificultad y deja caer los brazos a cada lado de su cuerpo—: Es mi padre —confiesa.
Me quedo sin palabras; él asiente con pura decepción en los ojos, como si esperase que reaccione alejándome de él.
—Llévame a mi apartamento. Hoy no tengo ganas de follar, si es lo único que quieres de mí —exige.