MI MENTIROSO (CLANDESTINO nº 1) Emily
45%

Emily

Llego a Italia en compañía de mi madre. Fue un viaje inesperado, por lo que estuve buscando a mi novio desde anoche para avisarle de mi partida repentina, pero no contestó a mis llamadas.

Amo a Doyun, pero a veces es tan... Dios, no sé ni cómo decirlo.

Me alegra que se lleve bien con mi novio, pero me da miedo que lo meta en la cama de otras mujeres, que haga que mi Jaehyun se vuelva tan promiscuo como él.

Jamás me he dejado cegar por la lujuria ni los deseos carnales. Yo soy la mujer que se convertirá en su esposa algún día; por eso no hago lo que no me gustaría que me hicieran a mí.

Bajamos del avión, vuelvo a encender mi celular y le envío un mensaje a mi novio: le dejo saber dónde estoy, con quién y haciendo qué. Eso se llama respeto, y yo amo y respeto a mi novio.

—Benvenuti nella mia umile casa —saluda el italiano, socio de mi madre. (Bienvenidos a mi humilde hogar).

No es la primera vez que lo veo, pero cada vez que lo hago me siento cohibida, pequeña, nerviosa; siento unas ganas extrañas de hacerle caso a cada una de las cosas que él diga.

Esa es el aura que desprende: autoridad, poder, dominio, control, justo como mi padre, pero hay algo diferente, no se siente igual.

—Bellissima —elogia el italiano.

Extiende la mano hacia la mía. La tomo queriendo estrecharla, pero él se la lleva a los labios y deposita un beso en mis nudillos.

—Siempre es un placer volver a verlas —musita usando mi idioma natal.

—El placer es mío, señor Agus... —respondo.

—Agus Vannicelli —contesta sonriéndome—. Pero puedes llamarme amore.

—Oh, no puedo, a mi novio no le gustaría eso... Él es mi único amor... —informo.

—¿Sí? Qué pena. ¿Dónde está tu novio? —mira a todos lados.

Estoy segura de que sabe que él no está aquí.

—Jaehyun está en Nueva York; es el nombre de mi novio. Trabaja, así que no vino conmigo, pero puedo traerlo la próxima vez, señor Vannicelli.

—Verás, amore mio: mujer sin hombre, mujer disponible —susurra.

Se inclina en mi dirección y me da un beso en cada mejilla. Nos guía a su auto y las dos subimos en el asiento trasero junto a él; el pelinegro nos mira y sonríe.

El hombre se gira quedando completamente de frente hacia nosotras.

Levanta una ceja mientras me mira, o quizás son ideas mías.

Fijo la mirada en esa marca, esa cicatriz que atraviesa su ojo: la línea recta que baja desde la frente hasta el centro de su mejilla.

El chófer regresa al auto y mi madre se mueve haciendo que me pegue más al hombre.

Me siento nerviosa estando tan cerca de él; puedo inhalar el aroma masculino de su cuerpo.

Aprieto los dientes y lo miro a los ojos, maldiciendo internamente al sentirme húmeda en el centro y percibir ese repentino y extraño cosquilleo en el botoncito entre mis piernas.

Dios, no puedo tener esta reacción con un hombre que no es el mío; no puedo.

—Estamos aquí —avisa el presidente.

Ni siquiera me di cuenta de cuándo llegamos al estado de Virginia ni de cuándo nos metimos en la zona boscosa del lugar.

Frente a nosotros hay unos muros enormes de concreto.

Salimos del auto y, después de atravesar ese muro, nos encontramos con otro, esta vez de hierro; no sé qué es exactamente, pero está bien asegurado.

El presidente nos guía a un cuarto y, antes de entrar, se gira sobre sus talones y me mira.

—Capitán Jan, lo respeto por su valentía, pero incluso los más valientes pueden llegar a tener miedo. Si prefiere mirar desde el cristal de la habitación contigua, no hay ningún problema, si es lo mejor para usted —propone el presidente.

—Prefiero entrar con ustedes, estaré bien —aseguro.

El hombre asiente y se gira hacia la puerta.

Aprovecho para mirar al ministro, que no ha dejado de mirarme; intenta darme ánimos.

El presidente abre la puerta. Entramos uno detrás de otro y el presidente enciende la luz, llamando la atención del recluso que está acostado en el suelo, tarareando una canción en un idioma que no logro reconocer.

—Levántate y no lo repetiré —ordena el presidente.

El hombre guarda silencio y se pone de pie; se mantiene de espaldas hasta que finalmente se gira. La cicatriz en su rostro sigue ahí. Una sonrisa se plasma en sus labios y alterna la mirada entre nosotros.

—Buenos días, tardes y noches —se burla el hombre en italiano.

Dirijo la mirada a la mancha de sangre en su costado, justo en el mismo lugar donde está herido el ministro. El italiano vuelve a recorrernos con la mirada hasta detenerse en mí.

—Amore mio, sabía que vendrías a visitarme —musita el mafioso.

Intenta avanzar en mi dirección. El ministro se coloca frente a mí, impide que el hombre se acerque y sujeta su arma poniéndola en el entrecejo del mafioso a la vez que le quita el seguro frente a sus ojos.

—Llámalo tu amor una vez más y te juro que no repetirás otra oración con esa boca —advierte el ministro.

El hombre se encoge de hombros mientras sonríe, nos da la espalda y con el pie tira de la silla; se sienta y coloca ambas manos sobre la mesa.

El ministro pone los ojos en blanco y avanza hacia el hombre: lo golpea con el cañón del arma en el rostro, lo patea en el pecho y hace que la silla se vuelque, mandando al italiano al suelo.

—Las sillas son para las personas, maldita escoria —brama el ministro.

Vuelve a golpearlo, esta vez dándole una patada en la boca. El ministro toma la silla y se sienta, sube sus piernas a la mesa del lugar y desde su puesto le apunta a Caleb, haciéndole una señal para que se ponga detrás de la mesa.

—Déjenme adivinar: los Geon —alterna la mirada entre padre e hijo—. Andréi y Doyun... —El italiano se ríe y mira fijo al ministro—: A ti te voy a asesinar después de que termine con la familia de mi nuevo juguete —amenaza con la mirada puesta en mí.

No siento miedo, no me siento amenazado. Este hombre no tiene la vibra de asesino que tiene Caleb, no emana la seguridad y el poder del verdadero mafioso que conocí ese día. Puedo notar que Andréi tiene las mismas dudas que yo y el hombre me anima con un asentimiento de cabeza.

—¿Quién eres? —pregunto. El italiano frunce el entrecejo—. Caleb Roux es malvado, no tiene tacto, no tiene miedo en los ojos. No estaría tan tranquilo como estás tú, no en estas condiciones —aclaro.

Avanzo hacia él y lo sujeto de la camisa; tiro de ella hasta romperla y ver la piel de su pecho.

El nudo en mi garganta aumenta al ver la cicatriz que le hice en Busan, pero algo no está bien: este hombre no es Caleb Roux y no tengo duda de ello.

No sé si es un doble, un gemelo o un maldito doppelgänger, pero no es Caleb Roux.

Esta vez soy yo quien saca la pistola. No tengo ánimos para sentarme a esperar, no cuando mi madre está embarazada y vulnerable, con Caleb andando libre por ahí porque los únicos que lo hemos perseguido somos nosotros, y nos mantuvo entretenidos dándonos a alguien con su mismo rostro.

El hombre retrocede mientras le quito el seguro al arma. La coloco en medio de sus cejas y pongo el dedo encima del gatillo, pero él no se inmuta y espera paciente a que lo haga.

—No es él, este maldito nos engañó. ¡No es Caleb! —dejo saber a los demás.

Andréi no tarda en sacar su celular y hablar con alguien a través del aparato. Guardo mi arma en la espalda, me agacho y tomo la navaja que llevo en la bota.

—El otro ojo, así queda parejo —anima el ministro.

—Sé lo difícil que es vivir a la sombra de alguien más, pero si él no está, te mato a ti para llegar a él —amenazo.

—Mátame si quieres que tu hermana y tu madre no vuelvan a casa nunca más.

Hazlo si quieres que él te encuentre. Sí, él ya sabe dónde estás, sabe que estamos aquí ahora, todos juntos.

No te ha matado porque sería piadoso matarte sin antes matar a tu familia frente a ti, sin que supliques por sus vidas, sin que supliques incluso por la tuya, militar de mierda —se burla—.

La herida en mi pecho... —Llama mi atención—: Ábrela.

No lo dudo y, bajo la mirada del presidente y del ministro, hundo el filo de la navaja en la piel de su pecho.

Retiro el filo e introduzco la punta de dos de mis dedos; él aprieta los dientes, pero no emite ningún quejido.

Sujeto lo que sea que hay en el interior de su pecho y lo retiro de su cuerpo.

La luz parpadea, el corazón me late con fuerza: es un rastreador en funcionamiento.

Vuelvo a hundir los dedos en su piel abierta queriendo hacerlo sufrir.

Encuentro otro dispositivo dentro de su carne; esta vez es una memoria USB pequeña.

—Caleb solo quiere una cosa y la conseguirá —asegura el hombre frente a nosotros—. Él te lo dijo en Busan. ¿Pensabas que era una broma? Nadie juega con un Roux y sale vivo de eso —amenaza.

—Capitán Jan, ustedes vayan a sus apartamentos. Iré a la base, investigaré qué hay dentro de la USB y llamaré a Maximus para que esté alerta. De todos modos ya avisé a la central sobre lo sucedido con esta basura. Estén pendientes del teléfono, los llamaré. Vámonos —avisa el presidente.

Subimos a su auto y, al estar en la carretera, nos hace bajar; se va a otro lado con el rastreador en su poder.

Estoy nervioso y asustado por mi familia.

Todo esto es mi culpa: no debí regresar a Nueva York, no debí huir como un cobarde; debí soportar lo que vendría después sin intentar escapar de ello.

Andréi

Regreso a la base militar en Nueva York después de la medianoche.

Me hubiese gustado no escuchar ese «Llámalo tu amor una vez más y te juro que no repetirás otra oración con esa boca», pero lo escuché y ahora tengo que prepararme para lo que viene después de eso.

Desde la primera vez noté la forma en que Doyun y ese chico se miraban; creí que ambos respetarían el hecho de que mantienen una relación con la hermana del otro, pero al parecer el deseo pudo más que toda razón para mantenerse alejados.

Entro en el edificio y voy a la oficina de mi hijo.

Tomo asiento frente a su escritorio y enciendo el computador; introduzco la USB y entro a la web para comunicarme con los demás agentes del consejo.

El historial de búsqueda me deja helado; no sé si deba reír o llorar al darme cuenta de lo que ha estado buscando mi hijo en internet:

«¿Cómo puedo dejar de respetar a mi padre?»