18
Las horas pasan. Odio quedarme en casa sin hacer nada, por eso volveré al trabajo mañana.
Durante el resto de la tarde intercambié con Jaehyun no más de cinco mensajes, incluyendo los suyos: me dijo que estaba con su madre y su familia, y que si salía temprano vendría a dormir.
Pero también recibí unos mensajes de la coronel Hoenen y algunos de los chicos, que querían ir a tomar unos tragos, y acepté; por eso ahora estoy en el club con ellos.
El licor empieza a hacer de las suyas y busco mi celular para llamar al capitán. Salgo del interior del local por el ruido a la vez que él contesta.
—¿Hola?
—Solo quería avisar de que no estoy en el apartamento y no volveré ahora.
—Oh, entiendo. Yo recién salí de lo de mi madre, así que entonces iré a mi apartamento.
—No, ven al centro de la ciudad, bebe unos tragos conmigo.
—Ministro, está herido; medicándose no puede beber alcohol.
—Ustedes los humanos normales no pueden. En fin, ¿vienes o te voy a buscar?
—¿Quieres verme? —pregunta como si no supiera la maldita respuesta.
—¿Vas a venir o no? —insisto.
—Entonces pídelo. Lo que quieras de mí te lo daré si lo pides de la forma correcta —exige.
—Quiero verte. Trae tu culo frente a mis ojos ahora... —demando.
Desde el otro lado lo escucho bufar y cuelga. Más le vale que llegue pronto, antes de que yo mismo vaya a buscarlo y traiga su culo aquí a punta de nalgadas, que no serán nada tiernas pero que estoy seguro de que le gustarán.
Llego a la dirección que me envió el ministro.
Entro en el local y busco con la mirada; no tardo en encontrarlos gracias a la blusa dorada y llamativa de Jessia, que se mueve al ritmo de la música.
Esta mujer definitivamente debe aprender a usar sostén: siempre anda con las tetas a su libre albedrío.
—Buenas noches —saludo a los demás soldados.
Mi vista se centra en el ministro y él, de igual forma, recorre mi cuerpo con la mirada; pero no estoy para sus juegos calientes. Cuando llamó no mencionó que también estaba esta tipa cansona; de haberlo sabido no hubiese venido, que se quede con ella.
—Siéntate —demanda el susodicho como si tuviera algún derecho a ordenarme cosas.
—¿Cómo llegaste aquí? —pregunta Aleja mirándome con el ceño fruncido—. Lo digo y lo sostengo: siempre estás en todos los malditos lados —se queja.
—¿Y tienes un problema con eso? Estoy donde me solicitan, no estoy rogando la atención de nadie. Por si no lo has notado, reina, tengo el superpoder de que la gente siempre disfrute de mi compañía —bramo.
Sin esperar respuesta de su parte, tomo asiento en el lugar vacío entre ella y el ministro.
El hombre toma un sorbo de su trago mientras ríe; después me ofrece beber de su mismo vaso y no me niego: lo tomo, vuelvo a llenarlo y le coloco dos cubos de hielo.
No sé cómo traga el licor sin siquiera mezclarlo con algo.
—No conocía su lado respondón, capitán —interviene Spencer.
—Es normal: nosotros apenas nos conocimos hace unos meses, no somos amigos de toda la vida ni me interesa serlo —aclaro.
—Alguien desayunó avispas esta mañana —bromea Hoenen.
Con el cuerpo brillante por el sudor, su cabello castaño oscuro le llega más abajo de los hombros; su cuerpo lleno de curvas y esa ropa ajustada suelen marcar cada una de ellas.
La forma extraña de sus cejas, los rasgos de sus ojos, la intensidad con la que suele mirar a los hombres que le atraen...
Esta mujer perfectamente podría ser mi tipo.
Sé que, a diferencia de Emily, ella sería una cosa deliciosa de follar contra la pared, quizás en uno de los baños de este caro y elegante lugar de mierda al que me han traído.
—Comparte con nosotros tus pensamientos al ver a Hoenen de esa manera —exige el ministro con una molestia notable en su voz.
Los demás ríen.
—Oh, vamos, ministro, todos los hombres suelen pensar en follarme cuando me ven, incluso tú —asegura la mujer.
El ministro simula arcadas y me mira; todo en él deja ver lo molesto que está por la advertencia en sus ojos. Reconozco otras cosas en su mirada: deseo, ganas de poseerme, lujuria... todas aquellas cosas que hacen que sus ojos sean excitantes y llamativos.
Rato después de haber llegado continuamos bebiendo. Bailo con Hoenen unas cuantas veces, aunque sin mover mi brazo herido. Vuelvo a mi asiento; Aleja se mueve bruscamente a mi lado golpeando mi herida. Aprieto los dientes por el dolor que me causa, pero evito discutir con ella.
Me muevo y me acerco al ministro más de lo que debería frente a la gente. Jessia sonríe traviesa, alternando la mirada entre su amigo y yo; miro a otro lado.
¿Dónde está el presidente, que deja a semejante mujer sola bebiendo, rodeada de hombres?
Andréi también se ve bastante bien: como padre de su hijo, es sumamente atractivo, con un semblante frío y dominante, un hombre capaz de doblegar a cualquiera, y no voy a negar que es demasiado sexy.
Jamás le faltaría al respeto a Andréi, pero no por eso voy a mentir: está bueno.
Para su edad se ve joven y fuerte; es como dice la gente: igual que el vino, mientras más viejo se pone, mejor.
Casi jadeo al sentir la mano robusta del ministro escabullirse por debajo de mi camiseta.
Estamos muy cerca, por lo que es casi imposible que noten que su mano está metida bajo mi ropa; con la yema del pulgar acaricia suavemente la piel de mi espalda baja.
Tomo el vaso que tiene en la otra mano y bebo un trago largo.
—Acomódate —demanda en un susurro que solo yo logro escuchar.
Hoenen tiene la vista fija en nosotros. Me levanto un poco; introduce la mano dentro de mi pantalón y mi bóxer, aprieta mis nalgas y cierro los ojos. Separa las mejillas de mi trasero y empieza a jugar con mi entrada. Jessia se cruza de piernas en su lugar antes de mirar la hora en su reloj.
—Yo llego hasta aquí, chicos, tengo que verme con alguien —dice con una sonrisa.
—Como si no supiéramos que vas a follarte al presidente —exclama Aleja.
—Como si no supiéramos que deseas ser yo —responde la coronel.
Pone los ojos en blanco, sujeta el casco protector de una moto y se despide de mí con un guiño.
(...)
Al día siguiente...
Llegamos a la base cada quien en su auto. Al entrar, nos encontramos a los militares formando un círculo y haciendo ruido como si alguien estuviese peleando. No puedo correr hasta ahí para ver lo que está pasando, pero el ministro se tensa al darse cuenta.
—El león no está y las liebres creen que pueden hacer fiesta —se queja el hombre.
El pelinegro estira el brazo, me da un apretón en el culo y libera el agarre al estar detrás de los soldados.
Se cruza de brazos y escucha los gritos de Aleja reclamándole cosas a la coronel Hoenen.
En verdad esta mujer se toma atribuciones que no le corresponden: es una simple sargento y le grita incluso a la coronel, que es la de mayor rango si dejamos al ministro fuera.
—¡No te conformas con haberte revolcado con el hijo y el padre, sino que ahora también quieres al novio de la hermana! ¡Como la puta que eres, no puedes mantener las bragas en su sitio! —reprocha Aleja.
—Ministro, ¿dejará que una sargento le hable así a la coronel? —inquiero.
Veo al hombre quedarse quieto en su sitio, como si estuviera disfrutando de la escena.
—¿Te piensas que nombré a Jessia coronel porque es bonita?, no necesita que ningún hombre la defienda —exclama el ministro.
Vuelvo la mirada a la susodicha escuchando sus palabras.
—¿Y cuál es el problema? Si follo con los tres es mi problema; incluso si me cogen los tres al mismo tiempo, puedo, porque es mi cuerpo y tú a mí no me vienes a decir a quién se lo puedo dar.
Que no te quite el sueño si se la chupo a quien tú se la quieres chupar, bonita.
Usa esa boca para lo que te enseñó tu madre...
—¡Hoenen, no menciones a mi madre! —advierte Aleja.
—¿O qué? ¿Me vas a sancionar o vas a llamar al presidente para que me castigue? Oh, no, espera... No puedes —se burla Hoenen.
El rostro de Aleja se pone rojo; incluso a mí me da vergüenza ajena. Es que todos la humillan, pero ella se lo gana: no puede mantener la boca cerrada, y no sé qué tengo que ver yo, que también me están incluyendo en sus cosas.
Aleja asiente llena de ira. Gira sobre sus talones dándole la espalda a la coronel y los demás empiezan a alejarse al ver que las dos mujeres se han separado.
La primera me mira a los ojos llena de rabia y vuelve a girarse atacando a la coronel por la espalda.
Intento acercarme, pero el ministro me detiene y niega.
—Los hombres no se meten en las riñas de las mujeres —me recuerda.
Al principio me siento mal: Aleja logra golpear a Hoenen más de una vez, pero ese sentimiento desaparece cuando cambian los papeles; ahora es Hoenen quien tiene a la chica contra el piso golpeándola como si fuera un muñeco.
—¡Coronel Hoenen! —grita el presidente.
El grito de advertencia del presidente hace que todos se formen en filas ante su presencia; el ministro, en cambio, solo sonríe al tenerlo frente a él.
—Excelente líder —se queja el hombre.
Su hijo solo se encoge de hombros. Las mujeres continúan forcejeando y el presidente, sin decir nada más, llega frente a ellas; sujeta a la coronel de la nuca, la aparta de la otra mujer y, al verla quieta, la libera de su agarre y se cruza de brazos.
—Presidente, yo... —intenta explicar Jessia.
—Tú nada. Eres una coronel, no te rebajas a pelear a golpes con una mujer que está por debajo de tu rango —brama el presidente.
—Ella me provocó, ella se lo buscó: me atacó por la espalda —explica Hoenen.
El presidente escanea el rostro de la mujer; se pone tenso al ver los golpes que empiezan a tomar color en la piel de la coronel.
—Lo repito, Hoenen: respeta tu rango y respétate a ti. No más peleas, ¿entendiste? —exclama.
La chica asiente sin emitir palabra alguna.
—¿Fui claro para usted, coronel? —insiste el hombre.
—Sí, amor, lo siento, no volverá a suceder...
—Presidente —la corrige el hombre en voz alta; se agacha quedando a la altura de su oído—. Soy el presidente frente a los demás, nena.
—Entiendo, señor presidente, no volveré a actuar de tal manera —responde Hoenen.
—Mi mujer no pelea con mujeres que no están a su nivel, ¿de acuerdo? Ve a limpiarte y hablaremos más tarde, tú y yo, a solas —ordena el presidente en un susurro.
La mujer se va. El presidente carraspea y vuelve a tomar su postura seria y dominante; llega hasta Aleja y extiende la mano hacia ella, que continúa en el suelo. Ella extiende la suya e intenta tomar la del presidente para ponerse de pie, pero él la aparta rápidamente.
—Su placa y arma de reglamento, sargento, ahora —ordena.
La chica lo mira sorprendida; no dice nada. Por alguna razón nadie es capaz de cuestionar las órdenes del presidente. Se pone de pie y le entrega la placa, pero no lleva el arma con ella en estos momentos.
—Señor presidente, por favor, deme otra oportunidad. Yo no quería pelear, se lo juro —se excusa.
—De acuerdo: te pondré a disposición del consejo; ellos decidirán cuál es tu futuro —asegura el presidente.
—Pero usted es el presidente del consejo, señor...
—I know —responde dándole la espalda—. Dime algo que no sepa.
El presidente llega frente a nosotros y mantiene una lucha de miradas con su hijo. El hombre gira el rostro fijando la mirada en mí.
—Presidente —saludo.
—Vamos, iremos al AVERNO —informa el presidente.
Frunzo el ceño hasta que recuerdo lo que es: AVERNO es el nombre que los militares de Estados Unidos usan para referirse a la prisión federal de máxima seguridad escondida en medio de los bosques de Virginia; solo el FBI y la FAFSEN conocen su ubicación.
Allí permanecen los peores seres humanos y aquellos militares acusados de traición.
Volver a ver a Caleb... No sé si estoy preparado para esto.