MI MENTIROSO (CLANDESTINO nº 1) 17
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Despierto al sentir la mano del capitán sujetando mi polla; la sacude lentamente hasta que se pone dura. Abro los ojos y me encuentro con los ojos curiosos del capitán, con una cinta métrica a la par de mi polla.

—¿Qué hace una cinta métrica en mi polla? —indago.

Es obvio que quiere saber cuánto me mide. No obtengo respuesta; me mira por un breve momento antes de volver la vista a la cinta y guiarla hasta el final de la base.

—Once pulgadas... Entonces, si cada pulgada tiene dos punto cincuenta y cuatro centímetros, lo que sería... —balbucea.

Sonrío al verlo tan concentrado. Calcula en su mente cuántos centímetros son once pulgadas y traga saliva con dificultad.

—Oh, por Dios... ¿Esa cosa te mide veintisiete? —Abre la boca y los ojos de par en par.

—Tú lo acabas de medir, ¿y aun así tienes dudas? —me burlo.

Extiendo la mano hacia su rostro, tocando con suavidad sus labios; me centro en su labio inferior.

Su mirada se conecta con la mía y abre la boca; se lleva el dedo al interior y empieza a succionarlo sin apartar la mirada de mis ojos.

Retiro el dedo del interior de su boca y salgo de la cama.

Continúa sentado en el colchón y me mira con curiosidad; con mi mano derecha me agarro la erección y la sacudo mientras me mira atentamente.

Con la mano libre lo sujeto de la mandíbula y hago que abra la boca.

—¿Te gusta mantener esa boca chupando cosas? Voy a castigar esa atrevida boca tuya —exclamo.

Sin decir nada más, empujo mi erección al interior de su boca: quiero que la punta de mi polla recuerde el calor de su garganta.

El militar no lo duda: chupa y lame como si mi verga fuese algún dulce.

Jadeo mientras lo hace, gimo cada vez que intenta llevarse todo el grosor al interior de la boca.

Dejo caer la cabeza hacia atrás; succiona la cabeza de mi polla y se prende de ella como si lo disfrutara tanto como lo hago yo.

Mi celular empieza a sonar encima de la mesa de mi habitación; extiendo el brazo y gruño.

Miro el nombre de mi hermana en la pantalla, descuelgo la llamada y pongo el altavoz.

—¿Hola? ¿Estás ahí? Soy Em.

El capitán abre los ojos que había cerrado mientras me la chupa; sus pupilas se dilatan y el color claro de sus ojos se ve oscurecido por la lujuria y el morbo que siente al verse envuelto en esta situación, y yo no soy diferente a él.

—Aquí estoy. ¿Qué pasa? —cuestiono.

Miro fijo al novio de mi hermana, entrelazo los dedos de mi mano derecha con las hebras de su cabello y aprieto el mechón que sostengo; empiezo a empujar dentro de su boca.

—Lo siento, sé que no te gusta que te llamen por la mañana, pero es que estoy preocupada por mi novio. Lo busqué en su apartamento y no está; ahora estoy en casa de su madre, que tampoco sabe dónde está. ¿Y si la gente de Caleb lo ha atrapado?

No me importa que esté preocupada: me siento enojado porque anda gritando a los cuatro vientos que él es su novio, pregonando su relación con él como si realmente la amara, como si no me hubiese elegido a mí en lugar de a ella.

—No lo sé, a lo mejor está follando con alguien por ahí.

Jaehyun responde a lo que digo con una succión fuerte en mi glande que me arranca un gruñido.

—Jaehyun no es como tú, no todos los hombres lo son: él no necesita a nadie más, no cuando me tiene a mí. Por lo que escucho creo que estás ocupado, hablemos después.

Dejo el celular encima del colchón y sostengo la cabeza del capitán con ambas manos. Corroboro que mi hermana no ha colgado la llamada; ignoro eso y continúo empujando dentro de su boca. Los chasquidos que emite me ponen a mil; me mira con el deseo nublando sus ojos.

—Oh, joder, sí... —gruño con fuerza.

Arqueo la espalda y termino en el interior de su boca. Sujeto mi miembro con la mano derecha y me masturbo lo necesario para que lo que quede dentro salga, mientras paseo la cabeza de mi polla por encima de sus labios trazando una «M» de «Mío» encima de su boca.

—Ummm... —gime el capitán.

Abre la boca y me muestra la lengua llena de mi simiente; se sujeta del colchón con ambas manos mientras está sentado sobre sus talones.

—Ummm... —vuelve a musitar, ofreciéndome el semen que hay en su lengua.

Lo agarro de la mandíbula, hago que levante la cabeza y me inclino en su dirección.

—Pervertido —susurro sobre sus labios.

Tomo la lengua que me ofrece y la succiono hasta dejarla limpia; después de tragarlo todo lo beso y muerdo sus labios. Antes de apartarme, le doy un pequeño beso en la boca.

—¿Qué escribiste? —pregunta.

—Una «M» de maricón —bromeo, y él pone los ojos en blanco.

—Mentiroso —dice. Mira el celular mientras sale de la cama.

Tu mentiroso.

—Sexy, guapo, mamado, la tengo grande, millonario, inteligente, resistente, rostro de dios...

El chico pone los ojos en blanco y niega.

—Agrégale lo imbécil y narcisista —ataca.

—¿Seguimos hablando de mis cualidades? —bromeo.

Me muestra el dedo medio antes de meterse al baño. Estoy hundido y lo sé: jamás he bromeado con nadie después del sexo; si es follar, es solo eso. Estoy dejando que se meta donde no debe, que llegue a importarme como no debería, pero no lo estoy deteniendo, ni siquiera he intentado hacerlo.

Minutos después, Jaehyun sale del baño secándose el cabello con una de mis toallas.

—Con esa toalla me masturbé hace dos días —miento.

Sus mejillas se ponen rojas y aleja la toalla de su cabello; la observa con minuciosidad, como si quisiera encontrar el semen en la tela.

—¡Jódase! —grita, y me lanza la toalla a la cara.

Finalmente vestido, sale de la habitación; mi pecho se siente extraño con la idea de que se haya ido así, sin más.

«¿Es en serio, Doyun? Si se fue, se fue. ¿Qué importa que no se haya despedido? No, no importa».

Regresa a la habitación con las pastillas en la palma de su mano y un vaso medio lleno de agua en la otra.

—Tómalas —demanda—. ¿Qué? —pregunta al darse cuenta de cómo lo observo.

—Nunca. Estoy bien, no las necesito —me niego.

—Muy bien, entonces muérase. ¿A quién le importa? —se queja.

Deja el vaso y las píldoras encima de la mesita. Me cruzo de brazos y observo cómo se gira y se dirige a la puerta para irse.

—Ah, maldito seas —brama.

Gira sobre sus talones y toma las píldoras; las coloca en la punta de su lengua. Me sujeta la mandíbula y abro la boca; deja las píldoras encima de mi lengua, toma un sorbo de agua para después unir su boca con la mía y pasarme el agua con la que trago las pastillas.

—Tengo un enfermero sexy, con los pezones más exquisitos que he probado en mi vida, apretado, elegante y tan guapo y hermoso... Carajo, qué buen servicio —exclamo.

—Entonces, ahora sí me voy —me hace saber.

Se pone serio, por lo que sé que no está bromeando.

—Nos vemos... no sé, más tarde —dice nervioso, como si tampoco supiera cómo despedirse de mí.

Asiento, por lo que él también lo hace. Se acomoda la ropa y finalmente sale de la habitación; me pongo de pie y me coloco unos bóxeres. Salgo tras él y, antes de que logre salir del apartamento, vuelvo a cerrarle la puerta en la cara; se gira y queda atrapado entre la puerta y mi cuerpo.

—¿Pasa algo? —interroga, mordiéndose el labio inferior.

—Solo quiero asegurarme de que haya quedado claro lo que dije anoche —musito.

Tomo unas hebras de su cabello rubio y las coloco detrás de su oreja; cierra los ojos al sentir el roce de mis dedos contra la piel sensible.

—¿Aceptaste o no? —insisto.

—Sí, sí acepté —suelta sin abrir los ojos.

—¿Qué aceptaste? —indago.

Me inclino hacia su boca y junto su frente con la mía; hago que sus labios busquen los míos. Intenta tomarlos, le doy una leve prueba: dejo que frote su boca contra la mía y me aparto un poco.

—Dilo, precioso —animo.

—Ser tuyo —responde.

Asiento con la cabeza.

—Mío, de nadie más. Nadie puede tocarte, al igual que yo no voy a tocar a nadie que no seas tú. Eres mío; ni siquiera puedes tener sexo con ella, ¿entiendes? —advierto.

—Fuerte y claro —contesta.

—Repítelo —suplico.

Escabulle los dedos entre mi cabello y tira de las hebras, uniendo nuestras bocas con necesidad. Empuja mis labios con la lengua exigiendo entrar y se lo permito; su lengua busca la mía y no tardan demasiado en encontrarse, iniciando una danza que me vuelve a poner duro.

El capitán se aleja lo suficiente para respirar; intenta recuperar el aliento que ha perdido.

—Soy tuyo, no quiero ser de nadie más —susurra, y vuelve a besarme.