MI MENTIROSO (CLANDESTINO nº 1) Jaehyun #2
41%

Jaehyun #2

Es definitivo: me estoy enamorando del esposo de mi hermana, del hombre que tengo más que prohibido en esta vida, del único hombre al que no debí voltear a ver, el único al que quiero mirar siempre; el único hombre que me hace sentir vivo,

a quien no puedo decirle que no sin importar cuán bárbaro sea lo que pide.

—Ah, más despacio, roi. Sé que parezco un dios y todo eso, pero estás curando la herida de un simple mortal que lo único que quiere es follarte el culo —bromeo.

No voy a mentir: no me sorprende que haya venido a buscarme. En realidad, por esto aguanté que esa intensa de Aleja se mantuviera a mi lado hasta cierto punto: para que al verla se diera cuenta de lo que está pasando y viniera a mí, donde realmente quiere y debe estar.

Como le dije a él hace poco, nunca me ha importado cómo se sienten los demás con respecto a mi persona; suelo sustituir a las personas con las que follo cuando la situación se vuelve demasiado estresante o intensa para mi gusto.

Soy un hombre al que nunca le han gustado las escenas de celos, el control ni el dominio que quieren tener algunas personas sobre su pareja, y ahora me veo queriendo dominar a este chico: atarlo y encerrarlo si eso hace que no vea a nadie más, que nadie ponga los ojos en él,

porque eso me llena de una rabia que todavía no quiero saber qué significa.

—Ya, está perfecto. Solo no hagas demasiada fuerza y te recuperarás pronto —musita el capitán mirándome a los ojos.

Cambia mis vendajes después de desinfectar y curar la herida con mucho alcohol. Se aparta de mí y se mete en mi habitación; de allí viene con un frasco de analgésicos y otro de antibióticos. ¿Cómo sabe dónde estaba eso? No tengo ni puta idea.

Supongo que hace tours por mi apartamento cuando estoy durmiendo o cuando viene antes de que yo esté; quiero creer que brujo no es.

Después de sacar una píldora de cada frasco, me extiende las pastillas y un vaso medio lleno de agua.

Lo sostengo y niego, observando las píldoras del maldito tamaño de mis dedos.

—No, no voy a tomar eso. —Me cruzo de brazos.

Lo escucho exhalar como si estuviera lidiando con un niño. Toma las píldoras de regreso y se las coloca encima de la lengua; toma un trago de agua sin tragar las píldoras y se sube a mis piernas, colocando cada una de las suyas alrededor de las mías.

Lo miro incrédulo. Sé lo que va a hacer: me sujeta el rostro con ambas manos y abro complaciente la boca mientras le acaricio las nalgas, permitiendo que deposite las píldoras y el agua en el interior de mi cavidad.

Las tomo y las trago sin problemas; sin embargo, no me aparto: empiezo a devorar sus labios mientras le aprieto el culo.

Lo sujeto con fuerza y me levanto del sillón; me dirijo a la habitación mientras el capitán continúa devolviéndome el beso.

Dentro de la habitación cierro la puerta con el pie y nos guío a la cama, donde lo deposito.

Bajo los besos a su cuello y el jadeo que sale de su garganta me hace sonreír.

Me aparto y desabrocho su pantalón, le bajo el cierre y levanto una ceja cuando sujeta mi mano, deteniendo mis movimientos.

—Necesito tomar una ducha primero —avisa, y me aparta con un suave empujón—. Además, estás herido, los dos lo estamos; no podemos —dice, y asiento como si fuera a aceptar eso.

—Tengo herido el costado, no la polla; esa está perfectamente bien y el hecho de que la tengo dura y ansiosa ahora mismo lo demuestra —suelto.

Me quito la toalla que cubre parte de mi cuerpo y me acuesto en el colchón. El capitán mantiene la vista puesta en el erecto y duro miembro que ahora tengo empuñado en mi mano derecha. Con la mano libre tomo la sábana blanca y me cubro para que no vea mientras me bombeo la erección.

«Aquí vamos a ser crueles todos: o sufrimos los dos o no sufre nadie».

El capitán asiente como si estuviera de acuerdo con lo que acabo de hacer.

Se aparta de la cama y camina hacia la puerta del baño; se queda justo ahí, donde puedo verlo por completo.

Empieza a desvestirse bajo mi atenta mirada: su torso queda al descubierto, después se quita el pantalón y queda en ropa interior.

Se gira quedando de frente a mí, evitando que tenga una vista clara de su trasero.

Sujeta el borde de su bóxer y se lo baja, deslizándolo por sus piernas hasta que llega al suelo.

Mi vista se centra en su miembro erecto y en la humedad brillante que sale de la punta hinchada.

Como si fuera poco, se gira colocándose de espaldas y se agacha, levantando el trasero en mi dirección y provocando que mi polla palpite.

Sujeta el bóxer y gira el rostro hacia mí; noto la sonrisa socarrona en sus labios y así se mete al baño, como si no hubiera hecho nada.

Salgo de la cama, alcanzo el lubricante de la gaveta de una de las mesitas de noche y me empapo el miembro desde la punta hasta la base.

Me froto la polla unas cuantas veces y avanzo hacia el baño; abro la puerta y entro, le echo el seguro y corro la puerta de cristal a un lado para meterme a la ducha.

Él no se sorprende cuando me detengo detrás de él.

Agarro su cabello mojado y aprieto un mechón rubio.

Estampo su rostro contra los azulejos del baño y con mi mano libre elevo y atraigo su trasero hacia mi cuerpo; recorro el centro de sus nalgas empapando lus pliegues apretados, hundo dos dedos dentro de él y empiezo a dilatarlo para mí mientras beso y pruebo la piel de su espalda y de su nuca.

Una vez que los dedos se deslizan en su interior sin esfuerzo, los retiro. Un gemido agudo sale de su garganta mientras lo mantengo inmóvil contra la pared; acaricio la mejilla derecha de su trasero antes de azotarlo con fuerza.

—Ah, ministro... —jadea con placer.

—Sígueme provocando así, continúa exhibiendo ese culo voluptuoso y respingado —susurro en su oreja.

Sostengo el tronco de mi miembro y, sin separar sus nalgas, me hundo en él con una sola estocada, dura y profunda.

—¿Ahora vuelvo a ser el ministro? ¿Olvidaste cómo me llamaste ese día? —indago.

Empujo cada vez con más fuerza. El capitán sacude la cabeza mientras jadea; tiro de su cabello, hago que se mire al espejo y pueda ver los gestos que hace.

Aprieto los dientes: su rostro excitado, sus mejillas rojas...

Aprieta el labio inferior en medio de sus dientes hasta dejarlo blanco, y sus ojos, esos con una mezcla de gris y azul...

Solo sé que es el color más hipnotizante que he visto.

La forma en que me mira mientras se muerde los labios y recibe cada uno de mis empujes sin quejarse...

Su rostro se ve como si fuera a deshacerse en mis manos, lleno de placer, lleno de mí.

En esta posición se siente más apretado: su canal me estrangula la polla con intensidad y no podría gustarme más.

Sé que estoy yendo lejos, estoy dejando que avance, me estoy abriendo ante él sin pensar en lo que puede suceder después; pero se siente tan jodidamente bien que cualquier grito de advertencia de mi razonamiento queda cubierto por las súplicas de mi corazón diciendo que está bien,

que sí lo puedo hacer.

—Llámame como lo hiciste ese día —exijo.

Aumento la velocidad y la fuerza de mis empujes. No obtengo respuesta; retiro el tronco de mi polla dejando solo la punta dentro de él. Un jadeo necesitado sale de su garganta y vuelvo a introducirme de un solo golpe. Jaehyun apoya las manos contra la pared.

—Ah, ministro... —lloriquea.

—Palabra incorrecta, nene —musito.

Repito el proceso: retiro el tronco de la polla para volver a hundirme con una sola estocada brusca y profunda.

—¡Ah, a... amor, amor! —grita.

Sus gritos salen a la par con el semen que expulsa su polla al correrse; se aprieta a mi alrededor y me estrangula la polla con fuerza.

—Joder, te sientes tan bien —gimo.

Doy la última estocada antes de vaciarme dentro de él.