Jaehyun
Desde donde estoy sentado observo al ministro.
Desde ayer he intentado aclarar las cosas; ya hoy está anocheciendo y no ha venido a hablar conmigo.
El presidente nos recibió en la base y nos trajo a la sala de reuniones; dice que tiene algo importante que informar sobre la misión que se llevó a cabo en Japón.
Emily continúa pegada a mí y eso ha hecho que más de uno ponga la vista en nosotros, pero la mirada de los demás me da igual.
La de él, la del ministro, su mirada recelosa me quema, me hace querer ir hacia él y gritarle en la cara lo que sé que quiere escuchar, pero yo no le confesaré lo que siento a un narcisista como él, no sin saber qué es lo que quiere de mí,
no sin estar seguro de que no me usará como a su culo de turno.
No seré como las demás personas con las que ha estado, no lo permitiré.
Sé que suena hipócrita cuando nos involucramos teniendo nuestras respectivas parejas, que además son nuestras hermanas, pero a mí no me gusta compartir, no me gusta ser la segunda opción de nadie. Alguien como yo no merece eso y lo tengo claro.
Tengo mis razones para ser y pensar así, porque cuando me enamoro de verdad el resto deja de importarme, y es lo que me está pasando con Emily: ella no lo merece, pero uno no es quien decide de quién se enamora y, aunque no la culpo a ella, se esforzó mucho en ser alguien difícil de amar.
—Durante la misión de ayer en Japón tuvimos varios caídos y otros heridos que están bajo supervisión médica en el hospital militar de Tennessee, pero lo logramos. Es un honor para mí decirles que hemos capturado a Caleb Roux —exclama el presidente.
Sin esperar alguna pregunta, el ministro coloca un video en la pantalla grande.
Veo con mis propios ojos cómo lo capturan, lo suben al helicóptero y lo encierran.
La única amenaza que me aterraba está tras las rejas, sin embargo, no me siento aliviado; aunque lo veo encerrado, no me siento mejor: la opresión en mi pecho continúa intacta, intento convencerme de que se ha terminado.
—En vista de la reciente emboscada hacia el ministro y el equipo que lo acompañaba, tanto él como el capitán Jan pueden irse a casa a descansar. Mañana se llevará a cabo una misa por los fallecidos. Es todo hasta ahora, pueden retirarse —avisa el presidente, y acato su orden de inmediato.
Ahora no hay peligro, ya no tengo excusas para irme junto al ministro a mi apartamento o terminar en el suyo. Emily se cuelga de mi brazo y sonríe en mi dirección mientras me acompaña a la salida.
—¿Quieres que vaya contigo? Te haré compañía, te cuidaré, curaré tu herida y te haré mimos. ¿Qué dices, amor? —propone.
Aprieto la mandíbula y detengo mi andar devolviéndole la sonrisa.
—Hoy no, estoy cansado y quiero dormir. Tengo cosas que hacer con mi madre, será después, ¿de acuerdo?
La tristeza se dibuja en sus facciones; ella intenta disimularlo con una sonrisa resplandeciente. Se pone de puntillas y me abraza. El ministro cruza por nuestro lado y me hierve la sangre de ver a Aleja yendo a su lado. Ambos salen de la base y no puedo ignorar el nudo que se forma en mi estómago.
Termino de salir de la base. Soy consciente de que tengo que ir a ver a mi madre, pero no puedo con el nudo que siento en la garganta y el pecho en estos momentos.
Empiezo a conducir detrás del Jeep del ministro; no tengo idea de si Aleja va con él, pero al llegar a la calle principal giro el auto dándole la espalda al suyo: mi apartamento está en dirección contraria a la del suyo.
Continúo manejando durante unos minutos.
Aprieto el volante; mi cerebro empieza a crear imágenes del ministro con Aleja.
Sé que soy masoquista, pero necesito verlo con ella, con cualquier otra, para dejar de confundir las cosas que estoy sintiendo por él, para darme cuenta de que para él no soy nada más que un culo más donde meterla.
Giro la dirección del volante, hago rechinar los neumáticos de mi coche y conduzco en dirección a su apartamento aunque la noche ya ha caído.
Los vehículos a mi alrededor parecen ir a toda velocidad o quizás sea yo quien vaya rápido.
Me aseguro de dejarle un mensaje de voz a mi madre asegurándole que mañana temprano iré a verlos, incluso a Ava.
Una llamada de Emily entra en mi celular y dejo el aparato en el asiento del acompañante.
Llego al complejo de apartamentos y estaciono el auto frente al edificio. Entro en la recepción y los chicos comparten una mirada entre ellos; uno me saluda haciendo una reverencia al recordar que llevo el uniforme militar.
—Buenas noches, vengo a ver a Geon Doyun —informo.
Ellos me miran como si fuera obvio.
—Entonces... le avisaré que usted está aquí —contesta el guardia de seguridad mientras el otro toma las llaves de mi auto y se dispone a estacionarlo en un lugar correcto.
El hombre habla por el teléfono y después asiente con la cabeza.
—El señor dice que ya le ha dado una respuesta, que piense las cosas antes de subir —informa.
—Sí, gracias —respondo.
Empiezo a caminar hasta el elevador, subo al piso donde está su apartamento y salgo al pasillo.
Busco el número de su apartamento y me muerdo el labio inferior frente a la puerta.
Siento dudas de si debo tocar la puerta o no.
¿Y si está con ella y dijo eso para que me fuera?
¿Y si mejor me voy? Sacudo la cabeza, vuelvo al ascensor, me muerdo el labio inferior con más fuerza y detengo mi andar; vuelvo a girarme sobre mi eje y me coloco frente a la puerta. Aprieto el puño para tocar la madera.
La puerta se abre con mi puño elevado en el aire.
Mis ojos recorren el cuerpo mojado del ministro desde su cabello oscuro bajando a su clavícula; gotas de agua bajan por su torso hasta perderse en el nudo de la toalla que tiene envuelta alrededor de la cadera, justo en ese lugar donde se marca esa perfecta «V».
—Capitán, ¿tiene algo que decir? —pregunta el ministro, y asiento sin poder apartar la vista de la toalla blanca—. Entonces, roi, tengo el rostro aquí arriba —se burla.
La vergüenza me invade y levanto la cabeza; miro su rostro con esa sonrisa torcida. Como si supiera lo que provoca en mí, se lame los labios con la punta de la lengua y se hace a un lado mostrándome el interior del apartamento para que entre, y lo hago.
—Solo vine a hablar —aseguro; no sé si quiero que él lo sepa o si intento convencerme a mí mismo de que es así.
El hombre se encoge de hombros y se dirige al refrigerador; de allí vuelve con una botella de whisky escocés.
Toma un trago del licor y cruza por mi lado, inundando todo el oxígeno que entra en mis pulmones con su perfume, con ese olor varonil, seductor y sexy que emana de su cuerpo.
Por un breve momento olvido a lo que vine y el porqué: lo único en lo que puedo pensar es en estar debajo de él o encima, pero siendo suyo; tenerlo prendido de mis pezones o dándole la atención que mi polla está exigiendo en estos momentos.
—Entonces, ¿hablarás ahora o cuándo? Tus ojos delatan lo que quieres hacer, pero eso no fue lo que tú elegiste —reclama.
—Eso es lo correcto, lo que parece mejor —declaro bajo su atenta mirada—. Para todos —agrego.
—¿Qué cambió? ¿Por qué estás aquí? ¿Viniste a pedirme que no te vuelva a buscar? —inquiere.
—Puede que sea lo correcto, pero no se siente bien, no me gusta, ya no me siento bien.
Pero no puedo estar contigo, no puedo continuar siendo una opción para ti, no quiero ser un agujero más en el que te puedas descargar.
Dime qué tienes para ofrecerme que no sea solo sexo: esto está escalando más arriba de lo que ambos planeamos y llámame cobarde, pero no estoy dispuesto a dejar lo que tengo si no tienes nada para ofrecer.
Si solo puedo ser como las ilusas que esperan que las elijas, entonces no lo quiero —aclaro.
El hombre asiente y se toma de un trago lo que queda de su bebida. Se pone de pie y avanza en mi dirección, haciéndome retroceder; mi espalda choca con la pared y, antes de que aterrice mi cabeza contra el concreto, se apresura y coloca su palma detrás de mi cabeza amortiguando el golpe.
—Yo también estoy interesado en descubrir lo que estoy dispuesto a dar por ti.
No me agrada la idea de que estés con mi hermana o con otra persona, no me gusta cómo me siento cuando estás con alguien más a tu alrededor.
No suelo prometer cosas para quedarme con alguien; si fueras cualquier otra persona te pediría que te fueras, pero no eres cualquier persona y lo sabes.
Soy adicto a tu sexo, eres la única droga que quiero consumir una y otra vez.
No sé a dónde lleva esto, pero si tanta curiosidad tienes sobre lo que puedo ofrecer, entonces ¿por qué no lo averiguas?
¿Te da miedo lo que puedas encontrar? —provoca.
Su cercanía me pone los nervios de punta. Estoy parado de puntillas para poder alcanzarlo y estar más cerca de sus labios; me sujeto de sus hombros hundiendo mis uñas en su piel cada vez que se acerca un centímetro más.
—¿Qué... qué significa eso? —cuestiono sintiéndome nervioso.
—Lo que tú quieras. Solo ten claro que si aceptas no serás de nadie más: hace mucho que eres únicamente mío y lo sabes... —advierte.
—Lo... lo sé.
Es todo lo que puedo responder. Su mano libre se coloca en mi cuello, acariciando la piel con una lentitud torturadora.
—Emily —susurra encima de mis labios.
—Voy a solucionarlo, dame un poco de tiempo —pido.
Aprieta un mechón de mi cabello justo donde impidió que me golpeara.
Un jadeo sale de mi boca y mis labios se separan; aprovecha para introducir su lengua en mi cavidad y devora mis labios mientras me mira fijamente.
Cierro los ojos. Me sujeta de los muslos y me levanta del suelo; se queja y vuelve a bajarme, mirando la herida en su torso que empieza a sangrar.
—Oh, carajo... —se queja.
—Lo siento, lo siento, olvidé tu herida, realmente lo siento... —intento disculparme.
Incluso olvidé las mías: me olvido de todo cuando estoy cerca de él. La mirada lasciva que me da me hace gemir.
—Lo vas a sentir, te prometo que lo vas a sentir de lleno dentro de ti —exclama.