MI MENTIROSO (CLANDESTINO nº 1) 16
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Despierto por el ruido de un helicóptero que vuela encima de nosotros.

Abro los ojos y me encuentro con el capitán Spencer haciéndome una señal para que me quede quieto.

Giro el rostro observando a Jaehyun: tiene los ojos abiertos y su mano aún está sosteniendo la mía.

La aparto al ver a los demás acercarse a nosotros.

El helicóptero se mueve hacia otro lado.

—Están recorriendo la zona, nos van a encontrar —musita el capitán Spencer.

Estando todos de pie, uso los últimos puntos de la batería de mi reloj inteligente para enviarle mi dirección en tiempo real al presidente, y el dispositivo se apaga en cuanto se envía el mensaje.

Se supone que todo soldado de nuestra base lleva consigo un rastreador; tras la caída es difícil saber si continúa funcionando, al igual que los demás dispositivos.

Jaehyun sostiene su arma y corrobora la cantidad de balas que lleva consigo; los demás hacen lo mismo. Compartimos miradas entre todos y asentimos a la vez.

—No podemos quedarnos quietos en un solo lugar: tarde o temprano nos encontrarán. No podemos arriesgarnos a que nos atrapen —comunico.

Los demás asienten y empezamos a caminar, volviendo a meternos en el centro del jodido bosque.

Detengo mi andar al sentir el cañón de una Colt GM 1911/A1 en el entrecejo.

Este tipo de armas ha sido la más usada por las fuerzas armadas de los Estados Unidos en las últimas décadas, lo que me confirma que estos malditos son mercenarios bien armados.

—Dacci il nano e non ti ucciderò (Dame al enano y no te mataré) —propone el líder de los mercenarios.

Mis soldados apuntan a los hombres frente a nosotros. No tardan en llegar otros tantos y aprieto la mandíbula. El capitán Jan baja su arma y la deja en el suelo; levanta ambas manos en señal de rendición y el capitán Spencer asiente mirándome.

—Te lo daré —asegura Spencer.

Mira fijo al hombre que sostiene el arma haciendo presión en mi frente.

El susodicho avanza hacia Jaehyun y lo sujeta de las manos, se las coloca detrás de la espalda y lo empuja acercándolo al italiano, que sonríe satisfecho.

Me mantengo sereno observando cómo ambos capitanes se colocan al lado del hombre.

Spencer le da la espalda al capitán Jan, bajo la mirada hacia la navaja en las manos del rubio, que mantiene la cabeza agachada.

El italiano lo agarra del cabello y lo obliga a levantar la cabeza.

—Te escondes bien, pequeña rata —se burla el italiano.

Todo pasa demasiado rápido. Jaehyun se mueve veloz: hunde el filo de la navaja en el cuello del italiano.

Hoenen me empuja y evita que me peguen un tiro en medio de las cejas.

Un intercambio de disparos se desata; no soy consciente de cuántas municiones tenemos, pero continuamos disparando como si las nuestras fueran infinitas.

La herida se me contrae con cada movimiento que hago.

Me giro chocando la espalda con la del capitán Jan; gruñe como un animal antes de dejar de lado el arma.

Patea la mano de su contrincante enviando la pistola del otro al suelo y el capitán se le va encima a pelearse a los puños.

Arruino sus planes: deposito un disparo en medio de las cejas de su objetivo, por lo que él resopla frustrado.

Mi pecho sube y baja mientras presiono el gatillo.

Uno de los mercenarios logra llegar al capitán; el chico ríe mientras simula levantar las manos en rendición.

Doy unos pasos para ir en su ayuda; el hombre se distrae por mi cercanía y Jaehyun saca el arma que mantenía escondida en la parte baja de la espalda.

Los dos disparos que le da en la cabeza resuenan en el lugar.

Todos compartimos miradas al vernos solos, con un sinnúmero de hombres muertos a nuestros pies.

Rebusco en los pantalones del que parecía ser el líder de ellos y marco el número del presidente.

Suena una, dos, tres veces, pero no hay respuesta.

La misión en Japón... No llegamos porque nos interceptaron; el presidente no responde a mis mensajes ni llamadas.

«Oh, Caleb Roux, como le hayas puesto un dedo encima, como le hayas tocado una sola hebra de cabello a Andréi, destruiré toda Sicilia hasta encontrarte y te asesinaré tan lentamente que hasta los nietos que no verás nacer sentirán el dolor que te provocaré».

—¿El presidente? —pregunta Jessia, igual de preocupada.

Niego en respuesta. Nos dirigimos de regreso al río; no tengo idea de si es por la misma zona en que estuvimos antes.

Me meto al agua únicamente en pantalón y me limpio la herida, que continúa doliendo como el infierno.

Levanto la cabeza al escuchar el ruido de un helicóptero volando muy bajo, cerca de nosotros; el aparato vuelve a subir y después empieza a descender, provocando que salga del agua.

Suelto el aire que no sabía que mantenía contenido al ver el escudo que representa a la FAFSEN en la aeronave.

La escalera cae en nuestra dirección. Los militares empiezan a subir hasta que quedamos el capitán y yo en tierra.

—¿Hablaremos cuando estemos en la base? —pregunta el capitán Jan.

—Hablaremos cuando tenga claro lo que quiere, capitán Jan —respondo mostrándole la escalera—. Sube —demando.

Soy hipócrita, sí, lo sé: yo tampoco sé qué hacer.

Pero después de lo de Texas no lo he dejado plantado ni una vez; puede que no seamos exclusivos por ahora, pero no se siente bien saber que un día quiere estar conmigo y al otro la elige a ella.

Estaba bien con el sexo, no pedía nada más, pero él fue quien me llamó «amor», él fue el primero en sacar esto de donde estaba.

Él lo llevó más allá, no yo, ahora que se haga cargo de las consecuencias.

Entro en el helicóptero después del capitán.

Aprovecho la ocasión para echarle un vistazo a su perfecto culo, claro que sí.

Ese sabor amargo me revuelve el estómago al encontrar a mi hermana dentro de la aeronave; ella me abraza en cuanto me ve.

No le presto atención al hecho de que literalmente se lanza a las piernas de su novio.

Busco al presidente con la mirada: no hay nadie más que ella, una enfermera y el piloto dentro del helicóptero.

La enfermera revisa al capitán, le cura la herida y vuelve a vendarle el brazo.

Él le pide que me revise y, mientras ella lo hace, mi vista viaja hacia ellos: a mi hermana acariciando su mejilla.

El capitán Spencer no le quita los ojos de encima a la muchacha mientras ella se acurruca en el cuerpo de su novio.

El militar levanta la cabeza, conectando su mirada con la mía.

«Jamás creí que los ojos de una persona pudieran decir tantas cosas, pero la boca no es la única capaz de expresar los sentimientos de alguien. No digo que me ame, eso no lo sé, pero estoy seguro de que no la ama a ella; si lo hiciera, no me miraría a mí como lo está haciendo ahora,

y yo no entendería lo que quiere decirme sin hacer uso de las palabras».

«Ya no soporto esto: o es tuyo o es mío, pero no de los dos. Y la respuesta es clara: Jan Jaehyun es mío».

No suelo ser de los hombres que dan segundas oportunidades, mucho menos soy cortés; no cuando se trata de mis hijos, no cuando se trata de mi Doyun.

Confío en mi hijo: él es un ministro, sabrá qué hacer para mantenerse a salvo y me encargaré de que lo encuentren, lo traeré de regreso conmigo como debe ser.

Logramos capturar a Caleb, sí, pero no soy el presidente de inteligencia por ser un tonto.

Eso fue fácil. Mataron a nuestros hombres, sí, pero por alguna razón no termina de convencerme: es uno de los hombres más buscados por un sinnúmero de organizaciones tanto gubernamentales como independientes, militares e incluso el gobierno de varios países pagarían millones por su cabeza,

pero ahora él está en el mismo helicóptero que yo, regresando a Nueva York sin poner ninguna resistencia.

El helicóptero avanza. Recibo un mensaje en mi celular: es de mi hijo, una ubicación en tiempo real de su paradero en Sudáfrica.

Se la reenvío a su hermana y a uno de los que conforman el consejo de inteligencia para que se muevan rápido y lo busquen.

No me gusta fallarle o tardar en dar respuesta cuando él lo necesita; suele sobrepensar demasiado las cosas y, aunque quiera demostrar que no le afecta nada, el abandono de su madre lo volvió frío y solitario.

Nunca permitió que demasiada gente se acercara a él, aunque tuvieran intenciones de quererlo; eso también va para las mujeres, mucho más después de lo de Ava.

Para nadie eran un secreto los sentimientos de la chica por mi hijo y, a pesar de que tenía los diecinueve años recién cumplidos, se metió en la cama de Doyun durante una celebración en la base, cuando su padre aún ejercía como militar.

Al principio se dejaron las cosas como estaban: mi hijo aseguró no tener recuerdos de la noche que supuestamente pasaron juntos y yo le creí, entonces ella dijo que estaba embarazada.

Al principio dudé: Doyun siempre usa condones.

Después tanto él como yo cedimos pensando que el condón se pudo haber roto o lo que sea.

Él se casó con ella porque era lo que se le exigía; sin embargo, ni un solo día compartió la misma casa con ella.

Pasaron los meses y, al verse acorralada, sin tener cómo mantener la mentira de su embarazo, finalmente volvió a mentir diciendo que había tenido un aborto espontáneo, cosa que tampoco pudo demostrar.

Solo hizo que Doyun se volviera más frío y tan cerrado como es ahora, tan desconfiado que me gusta demostrarle que sigo aquí y que yo nunca le voy a fallar.

Llegamos a la cárcel de máxima seguridad que nos pertenece.

Todavía no pienso entregar a Caleb al FBI ni a ningún otro cuerpo militar hasta que el capitán Jan lo vea; no sé, pero por alguna razón parece irreal que sea él y esté tan tranquilo, que sus hombres, aquellos mercenarios que tiene bajo su poder, no nos estén persiguiendo,

no estén intentando rescatarlo.

Simplemente esto no tiene sentido alguno: algo no está bien y voy a investigar qué es.

Después de dejarlo encerrado en un cuarto sin ventanas y con una sola puerta que solo yo puedo abrir, me alejo.

Lo escucho tararear una canción en portugués golpeando el piso con la punta del pie.

Continúo hacia la salida queriendo corroborar que hayan rescatado a los soldados que cayeron en Sudáfrica.

¿A quién quiero engañar? Lo único que me importa es mi hijo y esa maldita bruja, Jessia. Jodida loca, mi chica perfecta.

Al llegar a la base me encuentro con la noticia de que mi hija fue con el piloto y una enfermera en busca de los soldados.

Esa niña... Realmente no sé si en verdad es así de inocente o si está bruta.

Mis padres me llaman narcisista y egoísta, curioso viniendo de dos seres que aún piensan como si estuviéramos en el siglo catorce antes de la llegada de los españoles a América; pero me importa una mierda lo que digan sobre mí.

Si brillar sin importarme cuántas veces intenten apagarme, si no querer ser el proceso de nadie, si ponerme primero y no negociar mi paz mental es ser narcisista y egoísta, entonces sí: soy el puto rey de los narcisistas.

—Presidente, el helicóptero está aterrizando —me informan.

Camino hasta la zona de aterrizaje detrás de los pabellones de la base militar.

Mi vista se centra en la aeronave que aterriza adecuadamente; los soldados empiezan a bajar y, aunque estoy esperando a ver el estado de mi hijo, mi campo de visión se ve oscurecido por el cuerpo de la coronel.

Definitivamente tengo que enseñarle a llevar sostén.

Busco con la mirada algún rastro de sangre, pero no hay nada; al terminar de bajar, ella dirige la mirada hacia mí y hace un saludo militar antes de colocarse junto al capitán Spencer.

«Muy bien, nena, alguien se ha ganado unas cuantas nalgadas por insolente».

El capitán Jan baja, trae el brazo vendado; a su lado viene Emily sujetándolo, aferrándose a él como si se le fuera a ir de su lado.

El ministro es el último en bajar: viene con el torso desnudo, su estómago está vendado, pero la mancha de sangre está en su costado.

Él dirige la mirada en mi dirección y aprieta la mandíbula antes de girar el rostro a otro lado.

Mi pequeño... Juro por Dios que está resentido porque no fui a buscarlo en persona; es que no ha cambiado esa parte: desde que era pequeño ha sido así.

—Señor presidente —me saluda el capitán Jan, y solo asiento en respuesta.

—¿Sigues con vida? —pregunta el ministro al estar a mi lado; bufa como si le decepcionara verme vivo—. Yo que pensé que finalmente sería billonario.

—Yo también estaba preocupado por ti, eres mi primogénito y todo eso —le digo, haciendo que ponga los ojos en blanco—. «Mi mejor creación», diría tu hermana —elogio.

—Sí, eso es porque en ella se desperdició el esperma —dice antes de girarse a mirarme—. ¿Tan caros eran los condones en tu época? —inquiere, pero no contesto nada—. No contestaste a mis llamadas y mensajes —reclama.

Ahí está mi pequeño. Me gustaría tanto poder abrazarlo, pero me mataría si lo hago frente a la gente sin razón obvia o aviso previo. Paso mi brazo por encima de su hombro y le sonrío.

—Estaba ocupado —musito—. Atrapando a Caleb Roux.

La mirada que me da es de pura confusión y asiento, dejándole claro que sí: que lo tengo bajo mi poder y que está encerrado. Suelta un suspiro aliviado y observa al novio de su hermana.

—¿Dónde está? —pregunta, y me encojo de hombros.

Sé lo que quiere, pero no lo permitiré hasta que se recupere adecuadamente. No voy a mentir: no lo entregué a las autoridades correspondientes porque quiero confirmar si su gente lastimó a mi hijo y a mi chica de alguna manera. Le voy a devolver a él las heridas que le hizo su gente a mi hijo.

¿Va contra la ley? Yo soy la maldita ley.