MI MENTIROSO (CLANDESTINO nº 1) 15 #2
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—Vamos, nene, voy detrás de ti —aseguro pidiéndole que salte—. No te perderé de vista —le aseguro.

Por alguna razón, los demás aviones se han mantenido quietos y eso solo significa que están esperando a que él salga. Maldigo en mis adentros cuando vuelven a retomar la lluvia de disparos en nuestra dirección, haciendo que el helicóptero vuelva a desestabilizarse.

—No importa lo que ocurra: si es necesario, déjalos que me atrapen —susurra mi chico mirando en mi dirección.

«Oh, bonito, este no es el momento para hacerse el héroe, no conmigo».

Asiento sin tener tiempo para discutir con él. Me quito el chaleco antibalas y me acerco a él, se queda pasmado observando lo que estoy haciendo. Le coloco mi chaleco por encima del suyo y lo tomo de la mano para tirar de él; nos acerco al borde y lo agarro de la cintura, pegando mi cuerpo al suyo.

—Los héroes entregan lo que quieren para evitar guerras y conseguir la paz mundial. Cada día me convenzo más de que no soy un puto héroe —siseo.

Me lanzo de espaldas y lo llevo conmigo.

Tan pronto caemos al agua los disparos continúan, esta vez no solo vienen de arriba, sino también de la zona boscosa que hay en los alrededores del río.

La corriente del agua nos arrastra con violencia y sin ninguna piedad.

No logro ver a los demás, pero sí veo su cabello rubio; nos soltamos en cuanto caímos al agua.

No pongo resistencia a la violencia de la corriente que nos arrastra e intento usarla para llegar a él.

Desde aquí lo veo luchar para mantenerse a flote, hundiéndose en ocasiones, vuelve a salir tomando bocanadas de aire cada vez que puede.

Es agotador, lo sé: luchar contra la corriente sin ahogarte es difícil, mucho más si te están disparando.

Aprieto los dientes cuando una de las tantas balas que vienen en nuestra dirección se hunde en la carne de mi costado y otra roza mi brazo, sin llegar a entrar.

Nado en la misma dirección en que la corriente nos arrastra; cada vez estoy más cerca de él.

Lo único que quiero hacer es llegar a él, tenerlo donde pueda protegerlo, mantenerlo a salvo cueste lo que cueste.

Los disparos cesan; supongo que ya no estamos a su alcance, por lo que debemos aprovechar este tiempo para salir de aquí.

Mis ojos se abren con terror y pánico, un árbol aparece en mi campo de visión, el mismo árbol contra el que choca el capitán Jan de espaldas con un golpe seco.

Los demás se sujetan del tronco. Llego junto a ellos, agarro al capitán y lo rodeo con los brazos, colocando uno detrás de su cabeza y otro en su espalda, apretándolo contra mi cuerpo.

—Voy a sacarte de aquí, lo prometo —susurro en su oreja, ese sentimiento extraño reaparece en mi estómago cuando me devuelve el abrazo.

—Nosotros también estamos bien, gracias por preocuparse, ministro —se burla el capitán Spencer.

Todos nos trepamos al tronco y empezamos a salir.

Llegamos a la hierba y los árboles del lado derecho del río.

La coronel se deja caer en uno de los troncos y los demás hacen lo mismo, a excepción de Jaehyun, a quien intento ayudar a sentarse, pero los dos terminamos en el suelo: no logra mantener las piernas erguidas.

Nuestras miradas se encuentran estando encima de él.

Sus ojos me miran con anhelo y nostalgia, como si se hubiera dado cuenta de lo que ha hecho al elegir quedarse con alguien a quien no quiere ni necesita.

Me pierdo en el color azul grisáceo de sus ojos y siento que una gravedad inexistente me empuja a acercarme más a sus labios mientras me pide que lo haga sin emitir palabra alguna.

Mis sentidos se ponen en alerta otra vez: el rugido de los motores se vuelve cada vez más cercano.

Esos todoterrenos no tardarán en llegar a nosotros.

Estamos en desventaja; las armas siguen funcionando, al igual que los dispositivos con los que contamos, pero no sirve de nada enfrentarlos ahora: sería ir directamente hacia ellos y pedirles que por favor nos maten.

—Debemos salir de aquí —suelto.

Me pongo de pie y ayudo al capitán Jan a levantarse.

—O buscar dónde escondernos mientras tanto —propone Spencer, y asiento en respuesta estando de acuerdo.

—¿Y si nos separamos? —agrega Hoenen.

Niego de inmediato; eso sería estúpido y muy arriesgado, sobre todo porque nuestros compañeros tendrían que buscar a dos grupos de personas, no solo a uno.

—¿Puedes correr? —indago.

Pongo toda mi atención en el capitán Jan; él asiente sin apartar la mirada de mis labios.

«Yo también quiero besarte, sentir que realmente estás bien, pero vamos, no es momento para eso».

Sin decir nada más, empezamos a correr adentrándonos en el corazón de lo que ahora ha tomado forma de bosque.

El ruido del agua desapareció hace rato, por lo que sé que ya no estamos tan cerca del río.

Todos estamos exhaustos; no sé cuánto llevamos corriendo, hace un buen rato dejamos de escuchar el rugido de los motores que venían detrás de nosotros.

—Ummmh... —lloriquea Jaehyun.

El quejido lastimero del capitán nos hace detenernos. La diferencia horaria empieza a hacer lo suyo y la noche empieza a caer sobre nosotros: está oscuro, frío y solitario. El sonido de algunos animales se hace presente y avanzo hacia Jaehyun; se sostiene el brazo derecho intentando cubrirse.

Lo sujeto de los brazos y me arrepiento al instante: siento la humedad y el olor a hierro cubre mis fosas nasales.

—Lamento todo esto, chicos, lo siento —susurra con la voz entrecortada antes de desmayarse en mis brazos.

No sé cuándo lo hirieron, parece que ha perdido demasiada sangre. Sé que yo también tengo un disparo, pero no voy a preocuparme por mí en estos momentos, no si él también está herido; y aunque lo mío sea en una zona más peligrosa, él es la prioridad ahora. Es mi prioridad.

—Tráelo, busquemos un lugar donde podamos curarle la herida —interviene el capitán Spencer.

Lo elevo en brazos e ignoro la punzada que hace que el estómago se me contraiga y provoca un dolor inmenso.

Empezamos a caminar hasta que el sargento habla diciendo que escucha agua correr.

Avanzamos guiándonos por el ruido, encontrándonos con una parte del río nuevamente.

Coloco a Jaehyun en el tronco de un árbol.

Gracias a la luz que nos proporciona la luna, logro ver cómo hace una mueca de dolor. Acaricio su cabello, aparto las hebras húmedas que cubren su frente. Spencer se acerca extendiéndome una navaja y una botella plástica diminuta de whisky.

—Ni digas nada —me advierte, y tomo lo que me ofrece.

Le quito los dos chalecos antibalas al capitán Jan.

Con la navaja rasgo la tela de la manga corta de su camiseta del uniforme militar; el pequeño orificio que creó la bala al entrar en su piel está rojo y expulsa sangre a borbotones.

Unto el filo de la navaja con alcohol y lo introduzco en su piel sin llegar muy profundo; al sentir la bala, la empujo hacia fuera para finalmente extraerla.

Gime de dolor aún con los ojos cerrados y aprieta la tela de mi camisa.

Vierto parte del licor en su herida y el capitán sujeta el resto.

La coronel se quita una blusa tipo franelilla que lleva bajo su camiseta y, después de enjuagarla en el río, la exprime y me la extiende; con un trozo de ella cubro la herida del capitán y aprieto con la fuerza necesaria para que la sangre deje de brotar.

Sus manos se abren, libera el agarre que mantiene en mi camisa y me dejo caer; tomo asiento en la raíz del árbol junto a él.

Me desabrocho la camisa y aprieto los dientes al separar la tela de la piel herida.

Jadeo bajito observando con dificultad la herida en mi costado izquierdo, muy cerca de mi estómago.

—¡Dios mío! ¿Por qué no te curaste eso primero? ¡Carajo! —grita la coronel.

Logro fijarme en los ojos del capitán Jan, que bajo la luz de la luna se ven completamente grises; lo veo parpadear con pesadez mientras mira en mi dirección.

Vuelvo a centrarme en mí repitiendo conmigo mismo el proceso que hice con él.

Coloco un pedazo de tela de la franelilla de la coronel y ejerzo presión sobre la tela hasta que la herida deja de sangrar.

Jessia intenta encender su teléfono, pero el aparato se vuelve a apagar. La mujer maldice pateando repetidas veces el suelo donde pisa. Un crujido nos pone en alerta, un gruñido viene tras eso y esta vez me pongo de pie; me coloco a la par con el capitán Jan.

—Lamento lo de anoche. Creí que era lo correcto, pero no se siente así —susurra el capitán para que solo yo pueda escucharlo.

—Hablemos de eso a solas, no ahora —respondo.

La coronel y Spencer vigilan de pie yendo de un lado a otro, dejándonos solos por algunos ratos, sin alejarse más de lo necesario.

La respiración pesada del capitán me hace saber que aún no se ha dormido.

Extiendo mi brazo izquierdo colocando la mano detrás de su espalda; quiero que se acerque a mí, sentir que está bien.

En su lugar, siento su mano sujetar la mía y apretarla con suavidad.