MI MENTIROSO (CLANDESTINO nº 1) 15
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—Necesito que partan hoy —avisa el presidente.

Ni siquiera estamos preparados del todo, pero estamos bien. Tomé las horas de la mañana de hoy para entrenar, por lo que me duele un poco el cuerpo, pero nadie más tomó licor anoche, así que estamos en perfectas condiciones para viajar a Japón.

Voy a encontrarte, Caleb Roux; voy a tenerte en mis manos y cuando lo haga, voy a destrozarte. No es una amenaza, es una promesa: la palabra de un Geon.

—El helicóptero estará aquí a las ocho. Solo irán la coronel Hoenen, el capitán Spencer, el ministro y el capitán Jan; los demás se irán conmigo ahora. Debemos asegurar el perímetro para ustedes. Andando —demanda.

Jaehyun

Las manos me arden y el pecho se me contrae.

El ministro cruza por mi lado sin mirarme, ni siquiera se inmuta por mi presencia, como si yo no existiera, como si no hubo nada entre nosotros, como si nuestros cuerpos no se conocieran como lo hacen, como si sus labios no anhelaran besarme como lo anhelan los míos.

Sé que quizás piense que soy un cobarde por apartarlo así de mí, y quizás lo sea, pero no es justo lo que estamos haciendo: ni para ella, ni para él, ni para mí.

Quizás él esté bien con un poco de sexo casual, pero yo no he podido mantenerlo solo ahí y no quiero salir lastimado; no quiero dejar a quien sé que me ama por alguien que no sé si puede siquiera quererme un poquito, por alguien que puede reemplazarme en cualquier momento.

Entonces, ¿por qué se siente tan mal?

El presidente acaba de decir que iré a la misión en Japón. Yo pensé que me dejarían fuera por mi lazo con Caleb, por lo que pasó ese día, pero es mejor si estoy con ellos: así voy a poder asegurarme de que ese maldito no llegue a mi familia.

Me levanto de mi asiento. Los demás se van con el presidente, dejándonos al ministro, a la coronel y al capitán Spencer dentro de la sala de reuniones, me siento indeciso sobre si acercarme al ministro o no.

Necesito ir a ver a mi madre, pero no quiero molestar al presidente con algo así, menos cuando se irá a Japón justo ahora.

Me siento nervioso. El ministro se levanta para irse junto a la coronel Hoenen, que va colgada de su brazo mientras hablan y se susurran cosas; me acerco colocándome frente a él.

—Hola —saludo a ambos. La única en responder es Hoenen—. Ministro, sé que debemos salir temprano y debemos centrarnos en eso, pero quería saber si puedo ir a casa de mi madre; ella está pidiendo verme y necesito asegurarme de que esté bien.

—Te preocupas por quien no se preocupa por ti, qué considerado —es lo único que dice.

—Entonces, solo le quería avisar que iré a verla —aclaro.

—Iré a la ciudad con la coronel, vámonos —dice y empieza a caminar.

La chica me sujeta de la mano llevándome con ellos. Por suerte el ministro está usando el Jeep estos días; abro la puerta trasera del vehículo para subirme, pero la mujer me detiene y niega.

—Oh, no; el placer de que un Geon conduzca para mí es mío —dice y sube al asiento trasero.

Queda espacio para tres personas más, pero ella cierra la puerta y cuando intento abrirla ya tiene el seguro puesto. Aprieto los dientes y me subo al asiento del acompañante; abro la boca queriendo decir algo, pero el ministro enciende la radio y me quedo callado. Miro la carretera por la ventana.

«Está haciendo lo que tú querías, Jaehyun. ¿Por qué te sientes mal? ¿Por qué te duele el pecho, si fue lo que tú mismo elegiste?».

Llegamos a casa de mi madre. El ministro estaciona el auto y se baja; hago lo mismo y toco la puerta mientras Hoenen se queda dentro del auto. Mi madre no tarda en abrir y el enojo en su rostro al ver al ministro es más que evidente.

—No te quiero en mi casa —le avisa al ministro.

El hombre asiente y cruza por su lado para meterse en la casa. Ignora las palabras de mi madre y me acerco a ella.

—Lo siento, estoy pasando por una situación complicada, así que el ministro solo está haciendo su trabajo —explico.

Se hace a un lado para que entre; lo hago y levanto una ceja al encontrar al ministro sentado en el sillón con las piernas cruzadas, comiendo una manzana que tomó del centro del comedor.

Mi madre me sujeta de la mano y me aleja de la sala llevándome a la cocina; lo más seguro es que Maximus esté en el hospital cuidando de Ava.

Noto los nervios en mi madre y el corazón se me estruja cuando agacha la cabeza.

—Estoy embarazada —comenta y libera el agarre de mi mano—. No sé qué hacer, no lo puedo tener, Maximus no lo puede saber —deja saber exasperada.

—Pero, mamá, ¿por qué no? Maximus es un buen hombre, llevas más de veinte años casada con él; no creo que te dé la espalda ahora —intento que entre en razón.

—No es eso, no entiendes el problema —musita; me sujeta de la camisa para después esconder la cara en mi pecho—.

Hace dos meses, cuando fui por trabajo a Italia...

No estoy segura de que este hijo sea de mi marido.

Maximus no aceptará esto; tienes que ayudarme, cariño.

Habla con él, te quiere como a un hijo, por favor —suplica.

—Pero qué fichita —interviene el ministro—. Vámonos ya. Tu madre que mantenga las piernas cerradas hasta que termine la misión, ¿o no se puede? —pregunta, y sale de la casa.

—Escucha, mamá: tengo que ir a Japón por trabajo, pero vendré en cuanto vuelva. No te preocupes, tengo dinero y un apartamento; te daré todo lo que tengo si lo necesitas. Te amo y voy a cuidar de ti, ¿de acuerdo? —prometo.

Mi madre asiente y me abraza con más fuerza.

La rodeo con los brazos y cierro los ojos; hace tantos años que no sentía un abrazo de mi madre...

Había olvidado lo bien que se siente, lo reconfortante que es, lo mucho que lo necesito.

Deposito un beso en su frente antes de salir, vuelvo al asiento del acompañante y nadie dice nada.

Regresamos a la base. Durante las próximas horas nos preparamos para partir a Japón.

Según las coordenadas del ministro, no tardaremos en llegar, así que estaremos allí justo a tiempo.

Esperaremos a que nuestros objetivos lleguen al lugar: nuestra gente ya estará infiltrada dentro y nosotros tendremos que hacer el trabajo desde afuera para lograr acorralarlos.

Cuando llega la hora de subir al helicóptero, Emily viene en mi dirección y, después de besarme, me abraza con fuerza. Abraza a su hermano y lo besa en la mejilla.

—Cuida de mi novio, por favor; tráelo de regreso conmigo, te lo encargo —le susurra al ministro.

Él dirige la mirada hacia mí y asiente sin decir nada.

Todos subimos al helicóptero que envió el presidente, este se pone en marcha y empezamos a revisar las armas a la vez que las cargamos; nos colocamos los micrófonos, las cámaras y los rastreadores.

Las horas pasan mientras volamos sobre el océano Pacífico.

La coronel Hoenen enciende su celular y empieza a cantar junto a Spencer que la secunda poco después.

El ministro pone los ojos en blanco, pero mueve el dedo al ritmo de la música.

Tremendos militares los de hoy en día.

—Ya cállense, queda claro que por algo son militares y no artistas —reprende el ministro, molesto.

La coronel lo ignora y continúa cantando a dúo con el capitán. No tengo idea de cuándo cerré los ojos ni por cuánto tiempo los mantuve así, pero el comunicado del piloto nos puso en alerta a todos.

—Aeronaves desconocidas y sin identificación en la base de datos, a diez metros —comunica el hombre.

El ministro se pone de pie y observa su reloj.

—Estamos en África del Sur, es imposible.

No es territorio privado ni militarizado; nos están siguiendo, vienen por nosotros —asegura tomando un rifle de precisión.

Enciende el micrófono de su oído y apunta al avión que casi está a la par de nosotros—.

Es una trampa —comunica a través del intercomunicador—.

Nos rodearon, nos emboscaron —avisa antes de que inicie el intercambio de disparos entre ellos y el ministro.

El capitán Spencer y los demás sostenemos armas, guardando algunas en nuestras ropas y disparando con las otras. El ardor en mi brazo quema como el demonio, pero no bajo la guardia. Todos estamos alerta hasta que sucede lo inevitable.

—¡Mayday, mayday! —grita desesperado el piloto intentando comunicarse con la base en Nueva York o con la central en Corea mientras el aparato empieza a sacudirse de un lado a otro—. ¡Estamos perdiendo altitud, estamos cayendo!

Estamos cayendo y es inevitable que suceda.

Intenté una y otra vez comunicarme con el presidente, con la sede en Nueva York y con la central en Corea; incluso si no pueden intervenir de inmediato, lo mejor es que estén al tanto de nuestra situación.

Estos hijos de puta ya tenían más que claro que vendríamos hoy: sabían todo, incluso el hecho de que Jaehyun vendría en este helicóptero y no con el presidente.

Todo estaba planeado, nos traicionaron, no tengo dudas de ello.

El piloto continúa intentando mantener el aparato en el aire, pero ya no se podrá más. Estos tipos son buenos, son mercenarios, no tengo duda: la forma de disparar me lo dice.

Mientras disparo y logro derribar a más de uno, miro hacia abajo viendo cómo vamos a aterrizar, porque tendremos que saltar, no hay otra solución. Tenemos chalecos antibalas y paracaídas, pero al mirar abajo veo que no será necesario, no cuando el río Pongola está debajo de nosotros.

Suelto el último disparo dejando sin vida al piloto del avión contrario.

Hay más de un avión intentando interceptarnos, pero este fue el que logró colocarse a la par con nosotros.

Me giro sobre mi eje encontrándome con la escena detrás de mí: los soldados están alerta, con las armas listas para disparar, y lo estaban haciendo mientras yo también nos defendía de los mercenarios de la avioneta.

Alterno la mirada entre cada uno de ellos haciéndoles entender que no tenemos más opciones: tenemos que salir de aquí.

Todos ellos asienten estando de acuerdo, sujetan las armas con cuidado y se acercan a la puerta de emergencia que aún está cerrada.

Mi vista viaja al capitán; él también me mira con la misma intensidad con que lo hago yo, el piloto logra mantener el equilibrio, abro la puerta de emergencia.

La primera en saltar es la coronel Hoenen, la sigue el capitán Spencer.