14 #3
Asiente y se mantiene alerta en el punto alto de la base, desde donde puede ver cualquier vehículo o persona que se acerque a la base mucho antes de que logre llegar.
—Buenas noches, ministro —se despide el militar.
Introduzco ambas manos en los bolsillos de mi pantalón. Camino por el pasillo de las habitaciones hasta llegar a la puerta del capitán Jan; la luz continúa encendida, debe de estar esperando a que llegue para venir a mi habitación o quizás esté esperando a que vaya a la suya.
Me meto en mi habitación, me desvisto y me meto a la ducha.
Disfruto del agua que moja cada parte de mi cuerpo mientras cierro los ojos; todo lo que puedo ver es su rostro mientras tengo los ojos cerrados.
No importa lo que piensen los demás, yo sé bien lo que hago, no tengo por qué asustarme: no voy a enamorarme, no lo haré.
Salgo de la habitación una vez que estoy vestido con un pantalón de chándal y una franelilla blanca que deja al descubierto algunos de mis tatuajes.
Llego a la habitación del capitán y toco la puerta tres veces.
La risa que escucho dentro la reconozco a la perfección y el estómago se me aprieta.
Emily es quien abre la puerta y me sonríe tan ampliamente que me atrevo a decir que él es el causante de su felicidad.
Desde mi posición miro a la cama donde él está sentado con unas barajas; al principio me mira, pero después aparta la mirada y agacha la cabeza como el maldito cobarde que es.
—Hola, Doyunie, ¿necesitas algo? —pregunta mi hermana.
Solo puedo mirar a su novio, esperando a que le pida que se vaya y que me diga que entre; en su lugar, se levanta de la cama y se mete al baño.
—Solo venía a ver cómo estaba todo por aquí, pero veo que todo está perfectamente —explico.
No entiendo cómo las palabras salen tan claras de mi garganta teniendo este enorme nudo en medio de ella. La chica asiente e inclina la cabeza hacia atrás para asegurarse de que su novio continúa en el baño; su flequillo se abre en el medio y vuelve a mirar en mi dirección con ojos suplicantes.
—Oye, Yun, ¿podrías por favor hacerte de la vista gorda si me quedo aquí esta noche? Sé que está prohibido, pero mi novio me necesita y yo lo necesito a él. Te juro que no hemos hecho nada sexual hasta hoy, pero te lo estoy pidiendo... ¿Por favor? —suplica.
Aprieto la mandíbula. El militar sale del baño y mira en mi dirección; espero a que diga lo que dicen sus ojos. El rubio aprieta las manos y se acerca con la mirada aún puesta en mí.
—Señor ministro, discúlpeme, no estamos haciendo nada malo —informa; se coloca al lado de mi hermana—. Esto es lo correcto, solo necesito a mi novia.
Asiento, aprieto los dientes y entiendo sus palabras. Retrocedo y me doy la vuelta para irme.
—Hermano, sobre lo que dije...
—Está bien, él es tu novio, entiendo perfectamente. Hagan lo que se les venga en gana —respondo aún dándoles la espalda.
Salgo del pasillo y llego a mi oficina, este mismo maldito lugar donde ese manipulador de mierda me llamó «amor».
Es astuto: decir algo así cuando quieres conseguir algo...
Lo admito, me lo creí y me jode saber que lo hice, porque yo no creo en nadie y me atreví a creerle a él, que solo estaba mintiendo.
Todo ser humano es igual: mentiras y más mentiras. ¿Por qué él sería diferente?
Es estúpido si piensa que le voy a suplicar para que esté conmigo y no con ella. ¡Oh, por todos los demonios, soy Geon Doyun! Yo no suplico, a mí me suplican. Maldita mierda. Los golpes característicos de la coronel me hacen rodar los ojos; la puerta se abre y ella entra.
—Vaya, puras sorpresas el día de hoy. ¿El presidente no te lo va a meter? ¿Qué haces aquí? —indago sin ganas de ocultar mi mal humor.
—En realidad ya lo hizo, varias veces de hecho —responde, y simulo arcadas.
—Sin detalles, qué asco —bromeo haciendo que la mujer empiece a reír.
—¿Whisky escocés tú y yo en mi habitación? ¿Qué dices? —invita, y acepto.
—Como gustes, nena —me burlo.
—Nooo, carajo, no me llames así, qué asco. El presidente me dice «nena», ya sabes, se pone romántico cuando está follándome —confiesa.
—Detalles... No quiero saber sus posiciones sexuales favoritas, guárdatelo —le advierto al estar junto a ella.
Salimos de la oficina y vamos a su nueva habitación. No soy capaz de ir a la mía: no sé qué haría si escucho un gemido de mi hermana o uno de él, aunque dudo que al estar con ella grite como lo hace conmigo; solo yo soy capaz de lograr eso en él, nadie más.
Como ofreció, estando dentro de la habitación se agacha sacando la botella de whisky de su pequeño refrigerador.
Sirve dos vasos hasta la mitad y me extiende uno.
Tomo asiento en el suelo y le doy un largo trago a la bebida mientras ella se quita el uniforme y se coloca una camisa blanca que le llega hasta la mitad de los muslos; le pertenece al presidente.
—Tenemos que llamar al capitán Spencer, creo que han robado en tu habitación —bromeo.
La mujer mira a todos lados y busca lo que le hace falta.
—¿Qué falta? —pregunta alarmada.
Apunto a sus pechos con mi dedo índice.
—Te han robado las tetas, no tienes —me burlo.
La coronel me fulmina con la mirada.
—Jódete —suelta, y toma asiento en el suelo junto a mí.
Con su celular encendido reproduce canciones que he escuchado, pero no logro recordar su nombre o quién las interpreta.
—Entonces, ¿por qué estás en mi habitación y no con tu nueva adquisición? —curiosea.
—No sé de qué estás hablando —miento.
Tomo otro trago largo del whisky.
—El capitán Jan, Jaehyun, el novio de tu hermana, tu cuñado... ¿Ahora sabes de quién hablo? —aclara. Asiento sin querer responder con palabras—. Borré unos videos de ustedes esta tarde, pero les eché un ojo antes, obvio...
—¿El presidente sabe de tu fetiche de ver a dos hombres cogiendo? —averiguo y sacudo la cabeza.
—Me gustan los hombres; ver a dos hombres cogiendo me excita, es arte puro, es simplemente un orgasmo visual. Ahora bien... no has contestado a mi pregunta: ¿dónde está tu víctima? —insiste la coronel.
—Ya no es... «mi víctima», ya no más —aclaro.
—¿Por eso estás bebiendo el licor como si fuera jugo de naranja? —interroga la chica, pero no le contesto—. ¿Qué pasó exactamente?
—Eligió a su novia. Lo de él y yo solo era sexo; no lo sé, no me importa —respondo con molestia.
—Eso ni tú te lo crees, amigo —ataca.
—Solo es alguien más de las tantas personas con las que he follado. Nada especial, nadie lo es, no para mí —aprieto los dientes.
—Sabes que no es así, él no es uno más del montón y eres un imbécil si dejas pasar eso.
Emily es tu hermana, lo sé, pero no siempre se puede tener todo en la vida.
Te conozco de años, Doyun: siempre alejas a las personas cuando se están enamorando de ti, pero con él no lo has hecho porque no te desagrada la idea de que te quiera, porque es lo mismo que estás sintiendo tú —expone.
—Él está enamorado de Emily, fue solo sexo, ¿entiendes? —repito.
—Ay, por favor, ¿en serio vas a perder tan fácilmente?
—me anima; toca mi mano con la suya para que la mire—.
Sé que da terror: es la primera vez en tus veintiocho años que te sientes así con alguien, que la idea de que se quede con ella, de que la elija, te hace retroceder sin siquiera luchar.
Pero sé lo que vi: él también te quiere, Doyun, está pasando por lo mismo que tú, tiene miedo y quiere hacer lo correcto.
Pero Geon Doyun ya no vive por lo que los demás esperan de él, ¿recuerdas? —sisea.
—Jessia... —suelto un suspiro—. El ojo de loca sí se equivoca —es todo lo que digo, y aparto mi mano de la suya.
—Bien, un Geon perdedor, esto sí que es novedad —me provoca, pero la ignoro tomando otro trago.