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Salgo de la oficina del ministro e intento no mostrar que acabo de correrme en su boca. Follar con el ministro se siente bien: puedo ser tan demandante como quiera y no tengo que cohibirme porque a él no parecen importarle los fetiches que tengo o la forma en que me gusta follar.
Vuelvo con los sargentos y empiezo a entrenarlos.
Mi celular vibra dentro de mis pantalones y finalizo el entrenamiento unas horas después.
Entro a la aplicación de mensajería, que muestra varias notificaciones: tengo mensajes de mi madre, de Maximus, incluso del ministro de la base de Corea del Sur, pero el número no identificado es el que llama mi atención.
Abro el chat encontrándome con unos mensajes en italiano que me dejan congelado.
«Buenas tardes, ¿te estás divirtiendo en Nueva York?
Dos montañas no se juntan, pero dos personas sí, y no soy el tipo de villano que se enamora del protagonista y termina volviéndose bueno por él.
Te estoy vigilando, Jan Jaehyun. Saludos a tu madre y hermana... Tu peor enemigo: C.R.».
No puede ser verdad. Caleb... es él. Me ha encontrado.
Me quedo paralizado. Todo a mi alrededor se vuelve negro, me siento acorralado, como si me estuviese ahogando.
El oxígeno abandona mis pulmones, el alma se me sale del cuerpo.
No me importa si estoy en peligro, pero mi madre...
Me aterra el hecho de que le pueda suceder algo por mi culpa.
Él me ha encontrado, sabe dónde estoy y en este punto estoy seguro de que ya sabe todo acerca de mí y mi familia.
Caleb Roux es peor que su hermano. No tiene el cargo de jefe del jefe por ser misericordioso o no meterse con la familia de sus enemigos, y ahora mis seres queridos son sus próximos juguetes. Por mucho que tenga claro que tarde o temprano sucedería esto, no estoy preparado para lo que viene.
Una lágrima corre por mi mejilla mientras mi cerebro repite las imágenes de la noche de la misión Roux.
Siento los brazos de Caleb alrededor de mi cuello como lo hizo esa noche.
No logro respirar correctamente. No solo lo odio, lo detesto.
No soy un cobarde, pero le tengo terror a los métodos de tortura de Caleb Roux.
—Jan, ¿se encuentra bien? —interviene el capitán Spencer, quien está frente a mí mirándome con preocupación—. Estás pálido, ¿necesitas algo?
El hombre intenta sujetarme de los brazos, pero retrocedo mientras niego.
Lo único que me cruza por la cabeza es volver a desaparecer: no puedo quedarme aquí y ver cómo asesinan a mi familia por mis actos, no puedo permitirlo.
Me alejo de los demás volviendo al edificio mientras aprieto el aparato en mis manos.
Caminar no me es suficiente, por lo que empiezo a trotar más rápido queriendo llegar a la oficina del ministro.
Él es el único que puede darme lo que estoy pidiendo, lo que necesito: irme de Nueva York, salvar a mi familia.
Llego a la oficina y abro la puerta sin pedir permiso. La secretaria del ministro viene detrás de mí, pero no me importa. Avanzo hacia él, que me mira extrañado y preocupado.
—¡Me ha encontrado! Caleb me encontró, los va a matar a ellos... ¡Por favor, tienes que ayudarme! —suplico.
Soy consciente del temblor en mi voz, que solo deja en evidencia mi miedo. El ministro no tarda en salir de detrás de su escritorio para venir hacia mí. Sujeta mis manos tomando el aparato que le extiendo, lee los mensajes que hay en él y aprieta la mandíbula mientras me mira.
—¡Maldición! —se queja.
Golpea la mesa de su escritorio con tanta rabia que varios de los materiales que hay en ella caen al suelo.
—¡Por favor, ayúdame! —insisto, sujetándolo de los brazos—. ¡Cámbiame de sede, envíame a otro lado, no importa adónde sea! Envíame lejos de mi familia para que me encuentre solo a mí, que me lastime únicamente a mí y no a mi familia. ¡Haz algo, por favor, amor!
Me duele el pecho, el oxígeno insiste en dejarme solo. Las lágrimas salen de mis ojos como si fuesen fuentes de agua en plena tormenta y mis piernas pierden fuerza. Siento miradas puestas en mí, pero no me importa lo patético que pueda verme, siempre que no sea él quien me mire con lástima.
Me sostengo de su camisa, mis piernas ceden dejándome caer al suelo y siento cómo se deja caer conmigo. Su mano izquierda sujeta mi cabeza pegándola a su pecho, haciendo que el llanto que sale de mi garganta se intensifique.
—¿Qué pasa? Amor, yo... —escucho la voz suave de Emily.
No despierta nada en mí, no quiero verla. Donde estoy ahora es donde se siente bien, es lo que me hace sentir seguro y protegido.
—¡Salgan de aquí, todos ustedes! —exige el ministro.
Continúo apretando la tela de su camisa con mis puños, no quiero que me deje o se aparte de mí.
—Pero Doyun, Jaehyun es mi novio, tengo que saber qué...
—¡Dije que largo de aquí! —vuelve a gritar.
Me siento aliviado cuando escucho la puerta cerrarse.
El ministro continúa sujetando mi cabeza para que la apoye en su pecho; desde esta posición puedo escuchar los latidos desesperados de su corazón.
Me quedo quieto hasta que siento su mano libre sujetar mi barbilla y hacer que lo mire.
Por alguna razón la oscuridad de sus ojos es más intensa de lo normal, pero a pesar de eso puedo ver a través de ellos y juro que se siente como la gloria.
Sus labios se topan con los míos y no cierro los ojos porque quiero tener los recuerdos claros de lo que está sucediendo justo ahora.
El contacto desaparece tan rápido como llegó; no fue un beso salvaje ni apasionado, solo un roce de dos bocas, tal vez un beso tierno.
—Envíame a otra sede, estoy suplicándotelo justo ahora, por favor —repito. Guardo silencio y lo veo negar con la cabeza.
—No te enviaré a ningún lado. Nadie cuidará de ti como lo hago yo. Si viene a buscarte, entonces tendrá que matarme para lograr llegar a ti, pero no me pidas que te envíe lejos porque no puedo, ¿entiendes? No irás a ningún lado —sentencia.
—¿Por qué? Solo soy un militar, déjame ir... —suplico.
«O dime que no soy igual que los demás, ayúdame a entender lo que estoy sintiendo, déjame saber si estás sintiendo lo mismo o si debemos ponerle fin a esto».
—No eres un militar del montón, eres mío. Cierra la boca y deja de pedir estupideces porque no dejaré que vayas a ningún lado. Te quedarás justo ahí, donde pueda verte, sentirte y escucharte, ¿lo entiendes? —indaga.
No soy capaz de decir nada, solo asiento. Cierro los ojos y me permito tranquilizarme mientras los latidos de su corazón vuelven a la normalidad. Después de un rato, siento cómo se estira sin liberarme y lo escucho pulsar la pantalla de su celular.
—Presidente, los quiero a todos en la sala de reuniones ahora: a ti y al puto consejo de mierda que diriges... —brama.
Guarda silencio y deja el aparato en el suelo.
—¿Tienes dinero? Debes pagar por el uniforme que estoy arruinando con tus lágrimas en estos momentos —bromea.
—El gobierno y el FBI son quienes proporcionan los uniformes. Además, andas por la vida mostrando que te limpias las nalgas con billetes de cien, ¿por qué lloras por una simple tela de un color tan feo? —respondo.
—Deberías levantarte ahora, a menos que quieras que el presidente y todo el consejo se enteren de nuestra verdadera relación —dice.
¿Nuestra relación? ¿Qué significa eso? ¿Por qué mi corazón late como loco después de haber escuchado esas palabras?
Unos minutos después de ponernos de pie, la puerta se abre dejando ver al presidente con otros hombres detrás de él; además están la coronel Hoenen y Emily a un lado del mandatario. El ministro no dice nada y toma los dos celulares antes de acercarse a la puerta.
—Sígueme —pide, y así lo hago.
Emily se queda quieta y espera a que llegue a su lado para sujetar mi mano, sonreír mientras asiente y susurrar: «Todo está bien, te vamos a proteger».
Le asiento de regreso e intento ser lo más cuidadoso posible cuando me libero de su agarre.
Entramos a la sala de reuniones y todos toman asiento.
El presidente hace que me siente junto a él y el ministro; este último se pone de pie y apoya los puños con fuerza sobre la mesa.
—Entonces, ¿quién de todos ustedes me va a explicar cómo Caleb Roux encontró al capitán Jan cuando es responsabilidad suya mantenerlo fuera de la vista de los demás? —cuestiona enojado.
El presidente se aclara la garganta y se levanta enfrentándose a su hijo, como cabeza del consejo de inteligencia que es.
—Ministro, lamentablemente se filtraron fotos de la premiación, sobre todo de cuando subiste al escenario.
El capitán es hermano de tu esposa, por eso las fotos suyas discutiendo con sus familiares estaban en todos los periódicos, blogs, en todo internet.
Pero ya lo hemos solucionado. En cuanto a Caleb, ¿cómo sabemos eso? —cuestiona el presidente.
El ministro no responde y solo le extiende mi celular mostrándole la conversación. El presidente me mira y aprieta la mandíbula.
—Quiero soluciones, no preguntas —aclara el ministro—. Y las quiero escuchar ahora —demanda observando a su padre.
Los golpes en la puerta ponen a todos en alerta.
La secretaria del ministro avisa de la llegada de alguien llamada Alessia Montgomery, a quien hacen pasar de inmediato.
Cuando entra vestida de militar, la reconozco como la chica que estuvo en el último día de la gala benéfica en Texas.
Entra y deja caer unos documentos frente al ministro, quien empieza a hojearlos al instante mientras ella gira el rostro mirándome.
—Lamento mucho que se haya descubierto tu paradero tan rápido —dice.
No respondo nada, por lo que ella se dirige a los demás—: Esta madrugada he aterrizado en Nueva York por órdenes de Caleb con algunos de sus hombres.
Ordenó encontrarte, lo cual aún no hacen porque estás aquí, pero sí saben dónde están tus seres queridos.
Tenemos órdenes claras: no podemos tocarte.
Él en persona vendrá a por ti en cuanto tenga respuesta de nuestra parte.
Puedo demorarlo, pero no evitarlo, o empezará a sospechar de mí, además de que hay otras personas involucradas.
—Deja de darle vueltas y dime lo que tienes para mí —ordena el ministro.