MI MENTIROSO (CLANDESTINO nº 1) 12 #3
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—Estoy enojado y no quiero dormir —exclama, y sé lo que quiere decir—. Voy a follarte muy duro y haré con tu cuerpo lo que se me venga en gana. Voy a marcarte como me plazca y tú no dirás nada; no acepto un no como respuesta. Si no quieres, entonces bájate del coche ahora —advierte.

—Tampoco tengo sueño —es todo lo que respondo.

El ministro asiente y enciende el motor del auto.

Lo hace rugir y sube los cristales de las ventanas; gira el torso en mi dirección y toca mis labios con los dedos de su mano izquierda, pasando las yemas de un extremo a otro como si quisiera arrancar algo de mi boca.

Sin decir nada más, se inclina hasta unir sus labios con los míos, besando con esa ferocidad con la que solo él me besa.

Aprisiona mi labio inferior en medio de sus dientes y tira de él; su mano derecha sostiene mi mejilla y se aparta para volver a tocar mis labios con los dedos.

—¿Mía o de ella? —cuestiona mientras acaricia mi labio inferior—. Es de quien le da un mejor uso —susurra encima de mis labios.

Su cercanía me nubla el pensamiento, pero sé perfectamente lo que está preguntando y sé lo que quiere escuchar; de todas formas, es la verdad.

—Tuya —respondo sin detenerme a pensar, la respuesta está más que clara—. Úsela como le dé la gana, señor ministro.

Jadeo intentando mantener la mirada fija en la carretera, pero no puedo: mis ojos se cierran solos.

Sus dedos entran y salen de mi interior.

No puedo creer que haya aceptado hacer esto mientras conduce, pero la manera autoritaria en que lo pidió me impidió negarme.

Mi miembro erecto y húmedo, dos dedos dentro de mí intentan llegar más profundo...

Agradezco que el lubricante cumpla su función y los dedos gruesos del ministro se deslicen fácilmente dentro de mí, aunque eso no significa que no se sienta como la gloria: está tocándome, acariciando mi interior y haciéndome estremecer.

Maldigo al llegar al complejo de apartamentos donde vive. Ya me he aprendido la dirección de memoria y los guardias ya no me miran raro cuando llego. Sus dedos abandonan mi interior.

—Ummmh... —me quejo.

Me subo el pantalón correctamente. Mi polla palpita ansiosa, mientras que a él le da igual dejarme a punto de morir dentro de su auto.

—Tranquilo, voy a hacer que tu culo se trague mi polla completa en unos minutos. ¿Es lo que quieres, no?

Ignoro sus palabras y salgo del auto antes de que diga otra estupidez. Los guardias nos sonríen y subimos al elevador. Siento cómo toca mi trasero para después apretar una de mis nalgas.

—Detente, hay cámaras en todo el puto edificio.

—¿Y? Ya tengo la polla dura por la manera tan intensa en que tu apretado culo ahorcó mis dedos. Quiero sentirlo alrededor de mí —dice.

Sujeta mi mentón y hace que lo mire. Toma mi labio inferior con sus dientes; un quejido de dolor sale de mi garganta, haciéndolo reír a la vez que se aparta y el ascensor se abre.

Caminamos a la puerta de su apartamento manteniendo el agarre en mi culo.

Entramos y lo primero que hago es buscar con la mirada al perro que no tiene nombre; no lo veo por ningún lado, así que solo suelto un suspiro.

Me sorprendo cuando el ministro me levanta sujetándome de las caderas.

Me guía al desayunador, donde me deja sentado, y se mete entre mis piernas.

Se quita la chaqueta mientras me mira; sin que lo pida, desabrocho mi camisa y él sonríe satisfecho, curvando los labios de forma tan sensual que me hace perder el raciocinio.

Pasea los dedos por mi torso. Uno de sus anillos frota una de las areolas de mi pecho, haciendo que se ponga erecta bajo el tacto.

Me muerdo el labio inferior por la sensación que me produjo; al darse cuenta, vuelve a pasar el anillo por la protuberancia ahora erecta e hinchada, haciéndome jadear suavemente.

Coloco ambas manos detrás de mi espalda sosteniéndome del desayunador e inclino la cabeza hacia atrás.

Su boca se cierra en mi pezón y se prende de él como si se alimentara de mí.

Su lengua hace malabares alrededor del pezón y muerde con una fuerza torturadora que me hace chillar.

Con su mano libre tortura el segundo pezón, aprisionándolo en medio de sus dedos medio y pulgar; se aparta un poco para dar unos lengüetazos en el pezón, que termina lamiendo y succionando.

—Ya tomé la cena, necesito el postre —musita.

Tira de mi pantalón hasta sacarlo de mis piernas y se vuelve a colocar entre ellas.

Mi miembro sigue erecto y deseoso de atención.

Coloca sus manos debajo de mí, sujetando mis nalgas, y me levanta.

Dejo caer la espalda en el desayunador mientras le da un lametón a mi polla, yendo desde mis testículos hasta el glande, donde cubre la cabeza de mi polla con la boca y empieza a mover la lengua mientras succiona a ratos.

—¡Ah, por Dios santo...! —gimoteo mientras me la chupa.

Su lengua se siente tan bien como la forma en que masturba mi tronco mientras se centra en darle atención a mi glande.

Sus labios bajan por mis testículos yendo hasta el perineo, donde lame.

Ahora entiendo por qué usó el lubricante comestible y saborizado: su lengua se mueve por los alrededores del centro de mi pliegue, humedeciéndolo con su saliva.

Introduce la lengua curiosa dentro de mis paredes y la mueve como si estuviera vibrando, haciéndome lloriquear.

Mi polla palpita y la sostengo con la mano derecha sacudiendo el tronco mientras continúa follándome con la lengua.

Arqueo la espalda y aprieto mis muslos, dejando el rostro del ministro justo donde está mientras me corro, manchando todo mi abdomen con mi líquido seminal.

Separo las piernas cuando los espasmos de la eyaculación desaparecen.

Lo próximo que veo es el rostro del ministro, quien sonríe llevándose los dedos a la boca para chuparlos.

Después se inclina hacia mi entrepierna, lame todo rastro de semen de mi miembro y luego lo succiona sacando lo poco que quedó en el conducto.

Sube hasta mi boca y empieza a besarme con sus labios empapados de mi eyaculación.

Su lengua entra en el interior de mi boca. Me sujeta de la mandíbula y hace que abra la boca mientras deja caer mi propio semen dentro, justo encima de mi lengua. Me vuelve a besar, obligándome a pasarle el semen, que termina tragando.

—Abre bien las piernas, voy a meterlo todo.

Hago lo que pide abriendo bien las piernas. Me sujeta de la cintura y tira de mí para lograr alinear mi trasero con su polla erecta, dejando solo una pequeña parte de mi espalda en el desayunador.

—Oh, joder... —gimoteo. Entra en mí de una sola estocada—. No importa cuántas veces la metas, es demasiado grande —me quejo.

Lo atraigo hacia mí, envuelvo mis brazos alrededor de su cuello y uno nuestras bocas.

Me sujeta apartándome del desayunador y colocándome encima de la mesa del comedor.

Una vez que mi espalda está encima de la madera, inicia con las embestidas, bruscas y salvajes como suele hacerlo.

No es cuidadoso y, aunque al inicio es un poco doloroso, también se siente bien y va mejorando hasta que la incomodidad es reemplazada por el placer.

Desde mi posición observo cómo mueve las caderas golpeando en mi interior una y otra vez.

Siento cómo me abro cada vez que entra de golpe en mí; el sonido obsceno de nuestras pieles chocando me excita, me pone la libido por las nubes y muerdo mis labios corriéndome por segunda vez.