MI MENTIROSO (CLANDESTINO nº 1) 12 #2
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El ministro por su lado solo sonríe, pero no es una sonrisa de felicidad, sino como de burla, de broma, como si todo esto le hiciera gracia; no veo el porqué: les dice a todos que la odia, pero resulta que hablaron y van a tener un hijo.

¿Volver a intentarlo? O sea que ya lo habían intentado.

—Dime que está mintiendo —pide el presidente.

El ministro coloca su dedo índice encima de su boca pidiéndole que se calle y escuche atentamente lo que dice la chica.

—Anoche estuvimos juntos en su apartamento, poniendo mucho esfuerzo en realizar bien la tarea, así que no se sorprendan si en uno o dos meses les damos la noticia —agrega Ava, emocionada.

«Así que por eso dijo que no nos podíamos ver anoche. Yo realmente creí que tenía trabajo, qué maldita estupidez».

—Osito, sube y diles a todos lo feliz que estás, ven, mi amor —pide la mujer. Todos aplauden y piden a gritos que el ministro suba. Tomo un trago y guardo silencio; no me importa, él puede hacer con su vida lo que se le dé la gana, pero conmigo no se acuesta más.

¿Qué te sorprende, Jaehyun? No es como que no supieras qué clase de hombre es, si siempre ha sido obvio.

El ministro asiente ante el pedido de su esposa y se pone de pie, se acomoda el traje y, sin decir nada más, empieza a avanzar hacia ella.

Los flashes de las cámaras no se hacen esperar, pero él se mantiene serio y sereno hasta que llega adonde está mi hermana; entonces se coloca a su lado y la mira ignorando a los demás.

—¿Realmente debo decirles a todos lo feliz que estoy en estos momentos? —pregunta el ministro, y la chica, emocionada, le extiende el micrófono y asiente.

Una chica se acerca y le da un micrófono a ella para que se escuche lo que dicen los dos con claridad.

—Sí... por favor, supersí, Osito.

—Ella dice la verdad —confirma el ministro.

Le sostiene la mejilla y sonríe con esa sonrisa burlona. La mira a los ojos y ella sonríe llena de felicidad, enamorada; está enamorada y perdida por él.

—Estoy muy feliz, jamás pensé que sería tan feliz, pero tu ausencia hace cosas maravillosas...

—¿Qué? —pregunta mi hermana mostrando pánico en su rostro—. Osito, no bromees, diles la verdad —suplica alternando la mirada entre su esposo y el público, que los mira expectante.

—Y eso hago, jamás he sido más honesto en mi vida —agrega el ministro acercándose más a ella—.

¿Quieres la verdad? Aquí está: ¡Te detesto, Ava Jan!

Casarme contigo es lo peor que me ha pasado en la vida.

No me casé por amor, porque no te amo y nunca lo hice, jamás lo haré.

¿Que anoche estuvimos juntos? Deja de delirar.

Aún siendo mi esposa de nombre, eres la única mujer a la que no tocaría ni en la peor de las situaciones.

Mientras tenga manos, jamás miraré en la misma dirección que tú.

¡Deja de hacerte la estúpida y acepta tu realidad! ¡Yo... no... te... amo!

Mi madre sube al escenario al igual que el padre de Ava y el presidente; cada uno toma partido.

Emily tampoco tarda en colocarse al lado del ministro para apoyarlo.

Los sollozos de Ava, que mantiene la cabeza agachada y escondida en el pecho de su padre, se escuchan en todos lados; los periodistas no paran de tomar fotos y grabar.

—Ya que todos ustedes trabajan para un Geon, aquí les tengo la primicia del día de mañana: ¡El heredero de los Geon presenta demanda de divorcio y le importa muy poco si tiene que despojarse de la mitad de todos sus bienes!

¡Soy capaz de darle hasta a mi perro, que lo quiero más que a ella, solo para que desaparezca de mi vida!

Ava sale de los brazos de su padre, se va encima del ministro y lo sostiene de la solapa de su traje.

—¡Ni muerta! ¿Me escuchas? No quiero el dinero, te quiero a ti, eres mi marido. ¡No te vas a separar de mí! ¿Entiendes mis palabras? —grita.

El ministro la sujeta de las muñecas haciendo que se aparte sin ejercer demasiada fuerza; Maximus la sostiene manteniéndola quieta.

—Parece que olvidas que estamos en el siglo veintiuno. Mis abogados se pondrán en contacto contigo; hoy en día ni siquiera necesito tu consentimiento o firma. Será un proceso largo, pero vale malditamente la pena —agrega antes de empezar a bajar.

Llega a la mesa en un abrir y cerrar de ojos y solo toma un trago. Sus abuelos lo miran con enojo y decepción, pero le da igual. Sin decir nada más, toma la botella de whisky y sale de allí. Su madre y el presidente van tras él, mientras yo avanzo hacia donde está Ava.

—¡Es tu culpa, Jaehyun! ¡Te pedí que me ayudaras, tú sabes quién es su amante y prefieres ponerte de su lado! ¡Yo soy tu hermana, no ellos! ¡Nunca me ayudas, tú quieres verme destruida como todos, tú también me odias! —grita en mi dirección.

Mi madre me fulmina con la mirada y niega.

—Solo vete con tu nueva familia, Jaehyun, nadie te necesita aquí —asegura mi madre.

Maximus me mira apenado.

—No es cierto, no es tu culpa, hijo; es mía por haber hecho que se casara con él cuando sabía que no sentía nada por ella. Olvida lo que dijeron las dos. ¿Quieres venir a casa conmigo?

—¡No eres su padre, él no es tu hijo! —interviene Ava, y le sonrío.

—Por eso no te ayudé: porque no eres mi hermana —le digo, y ella abre los ojos y los vuelve a entrecerrar mirándome con enojo—. Llámame cuando podamos cenar o salir juntos, a ti sí te extraño, papá —musito haciendo énfasis en la última palabra, provocando que mi hermana grite colérica.

Salgo de allí enojado, no me interesa sentir las miradas de los abuelos del ministro puestas en mí.

Continúo caminando hasta salir del lugar.

Mi vista viaja al Jeep todoterreno frente al que están discutiendo algunas personas.

Me acerco más para darme cuenta de que son los Geon: el ministro discutiendo con su madre y Emily al lado de la mujer, mientras que el presidente está al lado de Doyun.

—¡Eso no es de lo que te estoy hablando, Doyun! ¡Eres mi hijo, a mí me respetas! —le grita su madre, y él sonríe.

—Ay, Isabella, vienes a hablarme de respeto... ¿Tú? ¿Con qué cara? Solo haberme dado a luz no te hace mi madre; mi Nana merece ese título más que tú. No seas ridícula, no exijas lo que no te ganas —responde.

Un silencio se hace presente y Emily mira en mi dirección; agacha la cabeza con vergüenza por la discusión que están teniendo sus familiares. El ministro me mira y, contrario a su hermana, saca pecho sintiéndose orgulloso de su forma de ser.

—No entiendo por qué me odias tanto. Tu padre y yo nos dividimos la custodia, tú mismo elegiste quedarte con él. ¿Por qué solo me odias a mí? Fue una decisión de dos, no solo mía.

—Ay, por Dios —dice el presidente—. No me eches la culpa a mí. ¿Acaso debía continuar el matrimonio sabiendo que te estás follando a tu pupilo? No me jodas, Isabella.

—¡Tú también me ponías el cuerno, imbécil! ¿De qué hablas? Si lo haces tú está bien, pero si lo hago yo es un pecado imperdonable, ¿verdad? —reclama la mujer.

—Yo al menos no las metía en tu cama, no las llevé a casa como hiciste tú —contrataca el presidente haciendo que la mujer se quede sin palabras—. Siempre te di tu lugar y lo sabes; a mí no me eches la culpa por ser una mala madre para tu hijo.

—Tomé la mejor decisión en ese entonces y no me arrepiento. ¿Sabes cuál es la diferencia entre Andréi y tú? —cuestiona el ministro.

Se acerca de forma amenazante a su madre, pero Emily coloca la mano en el pecho de esta y niega con la cabeza en modo de advertencia para que el ministro se detenga.

—No importa, puedes decirlo —lo anima la mujer.

—A él no le importó que tuvieras la custodia de Emily: siempre sacó el tiempo para verla, para buscarla, llevarla al parque, llevarla a verme.

¡Sacó el tiempo para ser su padre! Aunque vivía contigo, siempre tuvo a su padre a su lado.

¿Qué hay de ti? Tu única excusa es que él era quien tenía mi custodia, pero no te preocupes, no me hiciste falta. ¿Quién necesita a una puta?

La mujer levanta la mano con intenciones de abofetearlo y el ministro se queda quieto esperando el golpe, que el presidente detiene sujetando la mano de su exesposa.

—Ni tú ni nadie le pone la mano encima a mi hijo —le advierte el presidente—. Tócalo y te aseguro que a mí no me importa demasiado que seas una mujer y la madre de mis hijos: si tengo que asesinarte, lo haré sin dudar y lo sabes.

La mujer se libera del agarre del presidente y este sostiene al ministro de los hombros, le da unas palmadas y hace que retroceda.

—Vamos, no vale la pena. Ve a descansar, mañana tenemos mucho que hacer —anima el presidente.

—Amor... —el llamado de Emily me saca de mi ensoñación y giro el rostro mirándola—. ¿Podrías ir en el auto de mi hermano? Está alterado y no quiero que le pase algo malo. Nos vemos mañana, ¿sí? —pregunta, y observo cómo se queda esperando una respuesta.

«Si tan solo supieras las formas que tiene tu hermano para canalizar la ira, que yo soy su presa favorita cuando está airado e incluso cuando está tranquilo... Sobre todo deberías saber que no cuento con la voluntad suficiente para negarme a ser suyo: no soy capaz de resistirme,

quiero que canalice la ira en mi cuerpo y esta vez no le impediré que muerda donde él quiera hacerlo».

—De acuerdo —digo soltando un suspiro, como si fuera un sacrificio ir con el ministro.

No voy a ser hipócrita diciendo que ella es la culpable o la responsable de lo que hago con su hermano; soy un adulto que toma sus propias decisiones y voy a ir con él porque es lo que quiero hacer, porque me gusta, porque me excita cuando está enojado, porque me gusta el sexo con él,

porque es lo que quiero y me da placer.

Emily no tiene la culpa de nada; si debe haber algún culpable, seremos él y yo.

Emily deposita un beso corto encima de mis labios y después me da la espalda yendo con su madre. Rodeo el auto del ministro y subo al asiento del acompañante.

—Voy a mi apartamento, no a la base —me informa, como si me quisiera advertir de algo.

—Yo también voy a tu apartamento —siseo.

Lo veo apretar los dientes y tensar la mandíbula.