11 #2
Le entrego las llaves de mi auto a uno de ellos para que lo guarde en el estacionamiento mientras subo al ascensor que me lleva al cuarto piso.
Jaehyun continúa mirando a todos lados anonadado por todo lo que está viendo.
Abro la puerta de mi apartamento para que él entre y así lo hace. Entro tras él y cierro la puerta.
—¡Cachorro, estoy en casa! —aviso.
Jaehyun me mira confundido y escanea el lugar viendo que no hay nadie: ninguna persona, ningún animal.
Entonces silbo y obtengo como respuesta unos ladridos justo detrás del capitán, quien se gira como si estuviera en cámara lenta.
Una vez frente al canino, este vuelve a ladrar estando alerta, pero no le hará nada porque está conmigo; sin embargo, Jaehyun no parece saber eso.
—Ay, por Dios, quédate ahí, ¿sí? —El capitán intenta convencer al cachorro mientras retrocede—. Eres un cachorro bueno, quédate ahí, eres... demasiado grande. Tus dientes... No vengas, no lo hagas —insiste.
Mi cachorro mira hacia mí y asiento. El perro empieza a correr tras el capitán, que abre los ojos aterrorizado.
Se da vuelta e intenta correr, pero me coloco frente a él y logro sujetarlo cuando se lanza encima de mí.
Rodea mi cadera con sus piernas y me abraza con fuerza, escondiendo el rostro en mi cuello.
—¿Le temes a un cachorro más pequeño que tú? —pregunto moviendo mis manos hacia sus nalgas.
—Tiene colmillos afilados como los vampiros; esa cosa puede comerme en menos de lo que piensas.
—Estás ahorcándome y no de la forma que me excita —bromeo, pero a él no le importa, no me libera—. Él ya se ha ido.
—Mentiras... Puedo escuchar los ruidos que hace cuando respira. Está justo detrás de mí, así que si me bajas y eso me come, te mataré —amenaza, y levanto una ceja.
—Bien —acepto.
Empiezo a caminar, voy a la cocina y lo dejo sentado en el desayunador. Me libera y entrecierra los ojos mirándome.
—El perro no muerde, yo sí —musito.
Me acerco a su cuello, pero golpea mis hombros y me empuja.
—Entre animales se entienden —dice, alternando la mirada entre el perro y yo—. Qué imbécil —agrega mirando fijamente al animal.
Sonrío y curvo los labios. Salgo de allí yendo al refrigerador, saco comida de la nevera y la pongo a calentar en el microondas mientras el capitán me mira como si quisiera matarme.
—Tengo excelentes pensamientos sobre cómo dejar salir esa ira —propongo, y él pone los ojos en blanco.
—¿Al menos encierra al perro para que me vaya?
—Para salir de aquí primero debes querer hacerlo, y tú y yo sabemos que te quedarás hasta mañana en mi cama, montándome hasta que salga el sol.
Él guarda silencio y abro el microondas cuando el pitido me avisa que está listo. Sirvo la comida en dos platos y coloco uno frente a él, quien mira la comida con curiosidad.
—¿Quién la cocinó? —pregunta, y levanto una ceja.
—Le pago a alguien para que venga una o dos veces por semana; hace la limpieza y guarda comida para varios días en el refrigerador, solo cuando le aviso porque no siempre vengo. Además, alimenta al perro.
—Y el dichoso perro, ¿no tiene nombre? ¿O casualmente se llama Perro? —indaga mientras se lleva la primera cucharada a la boca.
—No sé —respondo encogiéndome de hombros—. Siempre le he llamado «cachorro», «muchacho», cosas así; no tiene un nombre.
—Vampiro sería un excelente nombre, no sé, piénsalo. —Mantiene la mirada en el animal, que tampoco deja de mirarlo.
Terminamos de comer en silencio mientras el perro se pasea por el pasillo del apartamento. Me acerco a la puerta de mi habitación, la abro y la dejo abierta para volver a donde está él.
—¿Vienes por tus propios pies o debería cargarte?
Su mirada viaja al perro, que lo sigue mirando. Asiente y se baja del desayunador, se coloca detrás de mí y se aferra a la tela de mi camisa mientras empieza a caminar usando mi cuerpo de escudo para que el perro no llegue a él.
Después, cuando siente que está cerca de la puerta del dormitorio, corre hacia ella y espera a que yo entre para cerrarla, dejando al animal afuera. Lo escucho exhalar aliviado; lo miro y me fulmina con la mirada.
—Pobre de mi perro, debe estar asustado. Ver a un elfo corriendo por aquí y por allá como loco... Dios, tendré que llevarlo a un psicólogo —bromeo.
Podría llamarlo brujo o cualquier sobrenombre que le sirva de insulto, pero la verdad es que su belleza no me deja insultarlo ni de broma. Elfo por lo guapo que es, hijo de Afrodita porque es el hombre más hermoso que he visto.
—Espera... ¿Acabas de llamarme enano?
Y ahí está: solo las cosas malas ve y escucha.
Niego y me meto en el baño de mi habitación.
Una vez que estamos duchados los dos, salimos al dormitorio.
Hago que se suba encima de mí con la cara hacia mi miembro y su trasero en mi rostro.
Jadeo cuando siento su lengua pasearse por mi tronco.
Abro la boca tomando el suyo para empezar a succionarlo mientras él me hace lo mismo.
Paseo mi lengua por sus testículos y continúo hasta llegar al inicio de su trasero.
Abro sus nalgas con ambas manos y siento cómo se estremece cuando lamo el pliegue apretado del centro de su trasero.
Detiene sus movimientos cuando masturbo su tronco mientras doy lengüetazos encima y alrededor de su pliegue.
Dilato la entrada con mis dedos. Vuelve a chuparme mientras yo también lo hago; cuando se corre, lo dejo en esa misma posición, pero hago que baje hasta mi entrepierna: cada una de sus piernas a cada lado de mi cuerpo, su trasero encima de mi entrepierna.
Sujeta el tronco erecto y lo alinea justo en su entrada; se deja caer poco a poco mientras observo desde mi posición cómo se abre para dejarme entrar.
Aprieto los ojos cuando baja por completo y jadea mi nombre.
Se queda quieto unos minutos y después empieza a moverse, dando pequeños saltos encima de mi polla mientras me da la espalda.
Hundo mis dedos en la piel de sus nalgas hasta que se tornan rojas; lo ayudo a bajar y subir mientras su mano se mueve sacudiendo su miembro mientras me monta.
Se corre por segunda vez y me levanto. Avanzo al guardarropa, donde se sujeta de la madera; sus pies ahora tocan el suelo y yo continúo dentro de él, esta vez siendo yo quien controla el ritmo de los movimientos.
—Dios, ministro...
—Lo sé, bebé —jadeo encima de sus labios, apretando las areolas erectas de su pecho—. Te sientes tan bien, muñeco —gruño.
Empieza a lanzar el trasero hacia atrás en busca de más contacto. Tomo sus labios con ferocidad mientras su canal me aprieta con intensidad. Salgo de su interior al terminar de llenarlo y él se da la vuelta. Jadeo y lo siento morder mi pecho.
—Muerde más fuerte, bebé.