MI MENTIROSO (CLANDESTINO nº 1) 9
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Durante el viaje de regreso me cuesta ignorar lo que quiero hacer.

Miles de imágenes y posibles escenarios en los que termino encima o debajo de él pasaron por mi cabeza mientras nuestros compañeros están dormidos.

Solo nosotros permanecimos despiertos; no sé si por su cabeza pasa lo mismo que por la mía, pero no puedo seguir pensando de forma tan desvergonzada sobre él, no puedo continuar dándole vueltas al asunto.

Cierro los ojos cuando no puedo soportarlo más: esto es lo mejor, no podemos continuar con esto, no es nada más que sexo.

Después de unos días lo olvidaré, es lo correcto.

Despierto cuando llegamos a la base. La coronel Hoenen es quien me despierta y, para mi sorpresa, solo estamos ella y yo dentro del jet que envió el presidente a buscarnos.

Al salir, mi novia viene en mi dirección emocionada, me abraza con fuerza y deposita un beso en mi mejilla, mostrándose sonrojada por lo que acaba de hacer.

Dios, Emily, eres tan inocente y tu hermano es tan diferente a eso: tan descarado, tan caliente, tan... oh, Dios.

—Entremos, el presidente tiene noticias —informa la coronel.

Todos nos reunimos, a excepción del ministro, a quien no veo por ningún lado; lo más seguro es que se haya ido a follar con una de las chicas.

Lo mejor será que haga lo mismo que él y haga de cuenta que nada pasó entre nosotros, que por muy bien que se sintió no tiene importancia, que fue solo sexo y por ende no se debe repetir, porque tengo a mi novia, a quien adoro más que a nadie, y él tiene esposa, mujer que además es mi media hermana.

Después de casi media hora, la puerta se abre de par en par, dejando ver al ministro.

Su cuerpo sigue igual de tenso que hace horas, su semblante es serio y parece odiar a todo el que respira su mismo aire.

Cuando cruza por mi lado lo hace sin girar a verme, pero sí observa la mano de su hermana, que permanece unida a la mía con nuestros dedos entrelazados.

—Esto es un asunto serio, te pedí que vinieras inmediatamente llegaras, Geon —reclama el presidente.

—Me tomé mi tiempo. Esta es mi sede, aquí soy yo quien da las órdenes; si no le gusta, señor presidente, háblelo con el consejo y vea qué pueden hacer —lo reta el ministro, como si no estuviese hablando con su padre y su único superior dentro de esta oficina.

El presidente niega y espera a que el ministro tome asiento.

—Primero que nada, quiero felicitar a los que participaron del inicio de esta misión, sobre todo al excelente trabajo del capitán Jan y el ministro Geon; sin duda alguna fueron de gran ayuda, como lo pensé, trabajaron muy bien juntos —nos halaga el presidente—.

Como fruto del trabajo de estos últimos tres días, hoy algunos de los magnates más influyentes e importantes de Texas y algunos otros dos estados de Estados Unidos están siendo apresados con las pruebas que obtuvieron y otras entregadas por alguien de quien prefiero mantener el perfil en anonimato.

Gracias a ustedes hoy se ha desmantelado una de las redes de tráfico de menores en nuestro país.

Todos empiezan a aplaudir menos el ministro y yo. Se supone que él nos dijo que no podríamos hacer eso, que no teníamos pruebas suficientes para lograrlo, pero resulta que al final sí lo hicieron, y sin decirnos nada; literalmente hicimos el trabajo por ellos, pero nos dejaron fuera.

El presidente muestra en la pantalla el momento exacto en que agentes del FBI interceptan a un sinnúmero de personas justo en la hacienda donde estuvimos. No puedo evitar sonreír cuando el anfitrión es esposado y metido en una avioneta; supongo que lo juzgarán aquí en Nueva York.

—¡¿Qué significa esto?! —pregunta el ministro.

Se pone de pie furioso. Las facciones de su rostro son duras, está enojado y el presidente es el único que parece no inmutarse por ello.

—Ministro Geon, nuestra sede interviene en asuntos de narcotráfico y exportación o comercialización de sustancias ilícitas. Estabas trabajando fuera de tu maldita jurisdicción; ese no es tu trabajo, es el trabajo de ellos.

—Discúlpeme, señor presidente, pero no tiene sentido —intervengo poniéndome de pie—. Hicimos todo el trabajo; sin embargo, el mérito se lo llevarán ellos, eso no es justo.

—La vida no es justa, capitán Jan —responde el presidente mirándome—.

Todos ustedes saben que hasta el momento somos una organización clandestina, que además no trabaja con los métodos ortodoxos con que lo hacen ellos; pocos saben de nosotros, incluidos los del gobierno.

Sin embargo, trabajamos bajo las órdenes del FBI y el consejo que nos rige como organización federal; nadie les quitará el mérito de lo que hicieron, sin embargo, no son los rostros de ustedes los que aparecerán en medio mundo.

No podemos arriesgarlos de esa manera, mucho menos a usted, capitán Jan.

Asiento al recordar la situación de mierda en la que estoy metido. El ministro no parece estar conforme con cómo han terminado las cosas y golpea la mesa con una fuerza inhumana que hace a más de uno encogerse en su lugar.

—Váyanse todos ustedes, tú y el consejo, juntos a la mierda —le grita el ministro al presidente, quien se cruza de brazos y levanta una ceja desafiando a su hijo—. Jódete, Andréi.

El ministro sale de la sala chocando contra el hombro de su padre.

La perra faldera del ministro se disculpa y sale yendo tras él.

El presidente nos da tres días de vacaciones a quienes estuvimos en la misión, pero hoy nos quedaremos aquí, al menos yo, porque es de madrugada y todavía no tengo un puto auto.

Al llegar a mi habitación veo la puerta del ministro cerrada. Me meto a bañar y al salir maldigo por seguir pensando en él cuando sé que no debe ser así. Los toques suaves en la puerta me hacen pensar en Emily: si él está con alguien ahí dentro, yo también puedo.

—Ministro... ¿qué hace aquí? —cuestiono.

Retrocedo dos pasos que a la vez él avanza hacia mí. Tiene el torso desnudo y solo lleva un pantalón de pijama puesto.

Continúo retrocediendo cuando entra en mi habitación, le coloca el seguro a la puerta y sigue avanzando mientras yo retrocedo hasta que siento la pared chocar con mi espalda.

Sus ojos oscuros y nublados por la lujuria y esa manera tan lasciva en la que recorre mi cuerpo de pies a cabeza me hacen suspirar.

«Está mal, Jaehyun, pídele que se vaya. Ya no puedes seguir haciéndole esto, no a Emily, no a tu hermana, no a tu madre, no a todos los que no esperan algo así de ti».

—Échame —demanda aprisionando mi cuerpo entre el suyo y la pared—. Échame ahora, porque esos tres días no fueron suficientes; quiero más, necesito más y si no me echas ahora lo voy a tomar.

Sus labios están demasiado cerca de mi piel.

Sus palabras suenan como órdenes, pero se sienten como súplicas: pide una cosa, pero quiere una completamente diferente y yo estoy hundido en la confusión.

Sé lo que quiero, lo que quiere mi cuerpo, pero mi cerebro se niega a seguir las órdenes que le estoy dando.

Debo echarlo, es lo mejor para todos; si llevamos esto más lejos será el final para mí, quizás el final para los dos, pero él no es igual a mí: a él no le importan los demás, él no se va a enamorar de mí, yo soy quien tiene todas las de perder.

—Quiero... y... necesito... que te vayas —respondo.

Sus labios están encima de los míos y añoro que ejerza la presión necesaria para sentirlos más, para disfrutarlos como se debe. Quiero tocarlo, quiero que me toque, más íntimamente; lo deseo, quiero que se quede.

—Mentiras —susurra encima de mis labios—. Créetelo tú primero, ni siquiera sabes mentir, te mostraré cómo hacerlo.

Empuja los labios contra los míos, su lengua entra en mi cavidad sin pedir permiso y sus dedos aprietan la piel de mis caderas como si quisiera arrancármela de su lugar.

«Si esto no es correcto, ¿por qué diablos se siente tan bien?».

No dormí una mierda, pero no me arrepiento ni un poco.

El sueño se puede recuperar, mas no pienso dejar pasar la oportunidad de follarlo.

Anoche continuó aceptando cada vez que lo invité a subirse encima de mí o cada vez que yo me subí encima de él; terminamos siempre con el mismo resultado: el novio de mi hermanita siendo penetrado hasta lo más profundo por mí.

No voy a negarlo, se siente demasiado bien, me gusta más de lo que debe, sobre todo cuando está arriba; ahí puedo ver las sensuales facciones de su rostro mientras se corre encima de mí.

Ver el semen saliendo de su polla tiene que ser pecado, debería estar prohibido.

Quizás pensó que sería una despedida, pero pobre de él si aún después de anoche tiene esa ilusión, si aún no se ha dado cuenta de que lo que hemos iniciado no tendrá un final.

Pase lo que pase, duela a quien le duela, no va a terminar a menos que sea una decisión de los dos, y esto que tenemos no es algo que podamos simplemente ignorar, aunque hace su mejor esfuerzo para ocultarlo.

En la madrugada me sentí enojado, no me gustó para nada la idea de que otro cuerpo del FBI fuese quien se tomara el crédito por el trabajo que hicimos, el que hice yo personalmente; pero después de recordar la situación complicada del capitán, acepté que es lo mejor para todos, para él,

porque si se expande su nombre en el país es como si estuviéramos enviándole un aviso a la mafia siciliana sobre su paradero, cosa que no puede suceder.

«Igual me quité el enojo de la mejor manera, lo canalicé follándolo a él, llevándolo al éxtasis una y otra vez, pero por alguna razón todavía no me es suficiente, sé que puede darme más y yo quiero tomarlo todo».

Es mediodía, no puedo creer que haya aguantado todas esas horas, todas esas veces que lo tomé como si quisiera consumirlo para siempre. Nadie con quien haya estado ha aguantado tanto como él y lo mejor es que lo disfruta; maldición, incluso la forma en que gime mi nombre me excitaba más.

En verdad, lo que sabes que no puedes tener es lo que quieres poseer por sobre todo.

Aunque tengas cosas que son tuyas propias, lo de los demás siempre se verá más tentador y puede que eso me convierta en una mierda, pero ser buena persona nunca me ha dado nada bueno, aunque nunca he sido una buena persona.

Los golpes en la puerta de mi oficina llaman mi atención.