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Las cifras empiezan a aumentar llegando al millón y medio de dólares. El ministro tensa la mandíbula y levanta el letrero a su derecha.
—Ofrezco cinco punto cinco millones —dice haciendo que todos los demás guarden silencio.
Algunos se ven enojados, ya han gastado mucho dinero en los primeros que aparecieron; sin embargo, ni el gobierno ni la organización nos permitieron involucrarnos como compradores.
—¡Diez millones! —habla una mujer que está al final, alejada de todos; la oscuridad no deja ver su rostro ni ninguna de sus facciones. El anfitrión mira al ministro queriendo saber si ofrecerá algo más, pero este niega y se encoge de hombros.
El evento termina y quienes compraron se van con el anfitrión a reclamar lo que han adquirido.
La misteriosa mujer sale de su escondite y avanza hacia nosotros mirando al ministro; este le sonríe y avanza hacia ella.
Es una mujer delgada, el cabello color cereza le llega justo a las nalgas, busto pequeño y curvas marcadas; lleva un vestido elegante con una abertura en el muslo, los diamantes que decoran su garganta y orejas brillan bajo la poca luz que hay, sus labios son rojos.
Ella es hermosa y lo tengo que aceptar.
—Maikol, querido —saluda la mujer.
Sonríe ampliamente y ambos comparten un abrazo. Veo cómo la besa en la mejilla y le sonríe por el gesto; coloca su mano en el pecho del hombre y lo acaricia de forma coqueta.
—Mi querida Helen —saluda el ministro. La chica me mira y me escanea de pies a cabeza.
—Un placer, Harry.
—Diría lo mismo, pero no sé quién eres —le contesto y ella levanta una ceja.
—Helen de Roux, la esposa de Elijah Roux —dice con toda la seguridad del mundo.
Las veces que el ministro habló sobre un infiltrado dentro de la mafia siciliana llegan a mi cabeza y los puntos se unen, dejándome claro que esa infiltrada es esta mujer.
—Sí, efectivamente, soy yo —dice confirmando lo que estoy pensando—. Además nos hemos visto antes, en la misión Roux, cuando estaban a cargo en Corea.
No recuerdo haberla visto. Lo más probable es que estuviera en su papel de esposa del jefe, cosa que no me sorprendería, como tampoco lo haría que fuera otra de las amiguitas del ministro; quiero decir, ese saludo, esa confianza... algo tiene que haber entre ellos.
—Debemos irnos, estamos en contacto —dice el ministro y ella asiente. Me echa un vistazo y se acerca a él, le sostiene la mejilla con una mano y lo besa en la otra. Bajo la mirada al pantalón del hombre, donde ella le coloca un USB dentro del bolsillo delantero.
—Siempre es un placer verlos, nos vemos después —se despide y se va.
El ministro sonríe mirándome e intenta acercarse, lo aparto mientras con un gesto de mis dedos le recuerdo las cámaras que ambos tenemos; él se encoge de hombros y asiente.
—Pareciera que tiene miel encima, las mujeres no pueden evitar lanzarse sobre usted, señor ministro —comento.
—Se llaman feromonas de hombre dominante, deberías saberlo —me contesta y tengo que girar el rostro hacia otro lado cuando me guiña un ojo.
Después de que tenemos todo listo para regresar al hotel, el presidente nos ordena regresar a la base el mismo día.
Yo pensé utilizar esta noche como despedida, quizás, pero si el universo está haciendo esto es porque debe terminar ahora y no después.
Al bajar las escaleras, el anfitrión habla con nosotros: nos avisa de la fecha en que nos entregarán el premio de la carrera de caballos.
Después de despedirnos de todos los demás, subimos al auto del ministro y salimos de allí.
«Los quiero a ambos en la base dentro de cinco horas, ni más ni menos», nos avisa el presidente a través del auricular.
El ministro apaga el dispositivo y, después de casi arrancarlo de su oreja, lo lanza por la ventana del auto y empieza a manejar con más velocidad; de igual forma se quita la cámara que hay en su arete. Hago lo mismo, solo que después de apagar los dispositivos los guardo dentro de mis bolsillos.
El hombre aparca el coche en la acera. Estamos en medio de la nada, solo hay plantación de maíz o quizás sea arroz, no lo sé, no logro distinguirlo.
Doy un brinco en mi lugar cuando el ministro golpea el volante de su auto un par de veces; lo hace con tanta fuerza que dejo de sentirme intimidado y me siento excitado.
Mis ojos recorren su rostro: sus dientes están apretados, provocando que su mandíbula se tense de una forma tan sexy; las venas de sus brazos se marcan cuando vuelve a golpear el volante.
Está enojado, se siente frustrado porque no hemos conseguido nada; fue una misión de la que no hemos sacado ningún provecho, ninguna información relevante ni pruebas para arrestar a unos cuantos de esos pederastas y presionarlos para llegar a Caleb a través de ellos.
—Entonces, hoy se termina... —susurro. Quiero que lo confirme.
—Supongo que sí, así debería ser, es lo correcto —concuerda.
Él tiene razón, esto es lo mejor para todos.
El hecho de que él no tenga un matrimonio estable no me da el derecho de meterme, mucho menos puedo hacerle esto a mi novia con su propio hermano; ni siquiera he pensado en ella después de que he estado con él.
Yo realmente no la merezco: ella es tan buena, demasiado buena para mí.