MI MENTIROSO (CLANDESTINO nº 1) 8 #3
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—De la razón por la que no entraba ni siquiera un dedo en ti...

—Ah, eso. No se preocupe, ministro, no estoy esperando un matrimonio a cambio de la primera vez; no tiene importancia, solo fue sexo, no hay que volverse locos —dice.

Lo aprisiono entre la pared y mi cuerpo. Levanta la cabeza para mirarme a los ojos, se muerde el labio inferior mientras me mira pidiendo que vuelva a tomarlo.

—No eres consciente, ¿verdad? —me acerco más a su rostro y sujeto su barbilla haciendo que la levante para tener sus labios a mi merced.

—¿Sobre qué? —pregunta.

Sobre el hecho de que tu cuerpo es igual o más adictivo que la heroína, igual de tentador que la droga para alguien que lleva meses en abstinencia; consciente de que una vez te prueban es imposible tener suficiente de ti,

de que ahora que te he probado me da igual si le rompo el corazón a medio mundo: no me importa nadie, solo quiero tenerlo otra vez.

—Que me estás volviendo loco —respondo.

—Ahora dilo en un idioma que sea capaz de entender...

Callo sus palabras con mis labios. Lo sujeto de las piernas y lo levanto del suelo haciendo que me rodee la cintura con ellas, me giro sobre mi eje y avanzo hacia la cama mientras me ayuda a desvestirme, y lo despojo de la única prenda que cubre su cuerpo.

Busco el frasco de lubricante con la mirada sin dejar de besarlo.

Tomo asiento en el colchón, lo coloco a horcajadas sobre mí, bajo los besos a su cuello; mientras jadea suavemente introduzco los dedos húmedos entre sus nalgas, bajo a su pecho, donde me prendo de cada uno de sus pezones uno por uno hasta ponerlos duros y erectos.

Su cuerpo se tensa cuando sustituyo mis dedos por mi miembro; solo he introducido el glande y ya está aferrándose a mí como si su vida dependiera de ello.

Vuelvo a tomar sus labios haciendo que se relaje.

—No haré nada, baja cuando quieras, a tu ritmo —susurro encima de sus labios.

Responde con un asentimiento de cabeza y después de unos segundos empieza a descender dejándose caer poco a poco sobre mi miembro; su cuerpo tiembla y su espalda se arquea cuando baja hasta el final del tronco.

—Está bien, ahora está todo dentro, puedes subir y bajar cuando estés listo.

—Mueve mis caderas, no puedo hacerlo —pide.

Obedezco sujetando su cintura con ambas manos.

Hago que baje y suba lentamente; me aprieta demasiado, casi es doloroso, pero se siente jodidamente bien.

Vuelvo a levantarlo y esta vez hago que baje más rápido.

Aumento el ritmo de los sentones; sé que le gusta, lo está disfrutando igual que yo, la humedad que sale de su polla erecta lo demuestra.

—Oh, Dios...

El gemido descarado que sale de su garganta me hace detener sus movimientos y empezar a moverme yo, levantando la pelvis; pero no parece ser suficiente para él, que empieza a saltar encima de mí con desesperación.

—Maldita sea, vas muy rápido —gruño—. Carajo, justo así.

Se sostiene de mi cuello rodeándolo con uno de sus brazos cuando finalmente termina; sus paredes me aprietan contrayéndose y succionando mi miembro una y otra vez hasta sacar todo de mí.

Sus ojos buscan los míos y me besa antes de que logre decir algo; igual no pienso decir nada más, sé que no se termina ahora, no al menos que él lo quiera así, y sé que no sucederá.

Hoy es el último día de la gala, finalmente podremos regresar a la base.

Odio verles la cara a estos imbéciles: tienen todo el dinero y el poder del mundo, pero el corazón y el alma podridos.

Para mí no son más que basura y mierda; puedo tolerar que se maten entre ellos, que asesinen por proteger o cualquier cosa, pero los hombres o aquellos seres humanos que lastiman a seres inocentes que no se pueden defender para mí son animales.

El ministro está igual de enojado o peor.

Ahora es de noche, se supone que hoy mismo nos iremos de regreso al hotel donde nos quedamos el primer día, porque hoy es cuando harán la exhibición de los supuestos diamantes para entonces venderlos al mejor postor, al que ofrezca más sin saber para qué o cuál será el final de esos niños.

Todos los invitados ya estamos sentados dentro de un salón y frente a nosotros hay un escenario.

El ministro recibió órdenes del presidente: debemos grabar todo y solo si hay pruebas lo suficientemente sólidas, sin doble sentido, entonces podemos proceder, aunque no sea nuestro trabajo; cosa que no creo que suceda porque estos bastardos tienen todo bien planeado.

Uno de los botones de mi camisa es la cámara que está grabando todo, mientras que el ministro lleva la suya en esa argolla que decora su ceja. Las luces normales son reemplazadas por unas tenues; otras aparecen enfocando directamente al escenario donde aparece el anfitrión de esta dichosa gala.

—¡Queridos amigos y hermosas damas, esta noche tenemos un total de quince diamantes exóticos que están a la venta!

El dinero que se recolecte será para ayudar a los orfanatos desdichados de nuestro país.

A su derecha tienen un pequeño letrero, pueden levantarlo si quieren hacer alguna oferta. ¡Sin más que decir, empecemos!

El ministro me echa un vistazo. El anfitrión se hace a un lado dándole paso al primer chico que entra; no tiene más de dieciséis años, en sus manos trae un pequeño cojín con un diamante encima.

Como pensaba, esos malditos planean todo esto bien: si el FBI interviene ahora, de lo que pueden acusarlo es de explotación infantil y eso no es lo que queremos; tienen la fachada perfecta,

niños mostrando los supuestos diamantes que están a la venta cuando en realidad es a ellos mismos a quienes están comercializando.

—¡El primero de la noche es un diamante puro, virgen, de origen alemán y exquisito! ¡Hagan sus ofertas!

Los presentes empiezan a gritar luchando por obtener el diamante.

El ministro aprieta los puños mientras escucha con atención cómo aumentan la cifra inicial; cada vez ofrecen más y el anfitrión solo sonríe ampliamente.

Finalmente, la subasta del primer diamante termina en el costo de quinientos mil ochocientos dólares; el jovencito mantiene la sonrisa queriendo ocultar el dolor que debe estar sintiendo.

Ninguno de nosotros hizo una oferta, pero sé que debemos hacerlo para mantener las apariencias.

Así continúa la noche, vendiendo a esos pequeños seres por cifras inimaginables de dinero; tanta gente que puede usar ese dinero para ayudar a los demás, pero prefieren alimentar el mal y dañar el mundo con él.

Mis ojos se agrandan y el corazón se me rompe.

Soy un militar, tengo el entrenamiento para pasar por esto; sin embargo, vivirlo en carne propia y verlo frente a mis ojos sin poder hacer nada es demasiado para mí.

El ministro parece pensar lo mismo: enfurece cuando los demás gritan y casi gimen emocionados al ver el último diamante.

Es un niño, carajo, no puede tener más de seis años; está feliz, ni siquiera es capaz de entender lo que están haciendo con él en estos momentos. Me llena de rabia, estoy enojado.