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Empieza a oscurecer y me meto a bañar. Hace poco vino uno de los guardias a traer las maletas que quedaron en el maletero del auto cuando vinimos.
Ahora los dos estamos listos; nos ignoramos, por muy difícil que sea, así es.
Los dos estamos con ropa elegante: él vestido completamente de negro, con la camisa arremangada hasta los codos y metida por dentro del pantalón, además de que los dos primeros botones de su camisa están desabrochados; mientras que yo llevo un pantalón negro y una camisa blanca,
también arremangada hasta los codos y con dos botones desabrochados.
Hace poco nos avisaron que ya debemos bajar al primer nivel, por lo que así lo hacemos. El ministro me ofrece su brazo sin siquiera mirarme, entrelazo mi brazo con el suyo y caminamos al frente empezando a bajar las escaleras.
El salón de abajo está lleno de personas, más hombres que mujeres, e incluso me atrevo a decir que las chicas que están aquí son compañía brindada por el anfitrión; sin embargo, la mujer que está apegada a él sí es de más edad y bastante elegante.
El ministro y yo nos acercamos a ellos; el hombre nos presenta a algunas personas dándonos así nombres clave sin ningún esfuerzo de nuestro lado.
El presidente y nuestros compañeros están escuchando todo a través del auricular que hay dentro de mi oído y en el del ministro.
Así pasamos gran parte de la noche, escuchando lo que dicen los demás sin hablar, solo prestando atención y guardando información dentro de nuestros cerebros. Más tarde nos enteramos de que la noche de hoy únicamente sería para descansar, que mañana iniciarán con los eventos importantes.
—Señores Walker —musita el anfitrión—, ¿cómo es su relación? Quiero decir, sé que están casados, sus ojos confirman la atracción y el deseo que hay entre ustedes; sin embargo, no hay una argolla en sus dedos ni la marca de que hubo una anteriormente —comenta.
—¿No le gustan los anillos? —cuestiona la esposa del hombre sonriéndonos.
Doyun se aclara la garganta y se libera de mi agarre.
Se gira quedando de frente a mí, me sujeta de la cintura y me pega a su cuerpo; me levanta la barbilla con dos dedos y roza su nariz con la mía antes de unir sus labios con los míos.
Cierro los ojos sintiendo el calor de sus labios; tan rápido como llegó el contacto desaparece y lo veo sonreír mientras me aprisiona contra su cuerpo.
—No soy aficionado de los anillos; sin embargo, siento una gran ambición por aquellos que me aprietan, pero ese anillo solo yo puedo verlo, como entenderán —responde el ministro apretando una de mis nalgas mientras me mantiene apegado a su cuerpo.
Los demás empiezan a reír. Coloco mi mano en el pecho del ministro y le sonrío, mientras lo asesino con la mirada: «Voy a matarte, Geon Doyun».
—¿Qué hay de usted, señor Harry? ¿Cómo le va siendo el dueño de ese anillo que tanto ama el señor Maikol? —pregunta uno de los hombres a nuestro alrededor.
—¿Qué puedo decir? No me conformaría con menos, merezco eso y un poco más...
—Mereces todo —me interrumpe el ministro—. Y sabes que soy el único que te lo puede dar —agrega antes de volver a apretarme el trasero mientras sonríe.
Pongo mi mejor cara y asiento. Los demás continúan riendo y empiezan a hablar de otras cosas.
Fulmino al ministro con la mirada y él solo toma un trago de whisky.
Niego y, aprovecho que continúa rodeándome con uno de sus brazos por la cintura, me muevo colocándome frente a él, cubriendo su vista de los demás; lo tomo del cuello con ambas manos y acerco su rostro al mío.
Soy consciente de que nuestros micrófonos continúan encendidos y los soldados, al igual que el presidente y quizás todo el consejo, nos están escuchando; por lo que, sin emitir palabra, me levanto de puntillas y ataco su cuello fingiendo que voy a besarlo.
Sin embargo, después de pasar mi lengua por la extensión lo que hago es morder, hundir los dientes en su piel hasta que el agarre en mi culo se hace más fuerte, haciéndome apartar.
Su mirada es dura, quiere devolverme lo que le he hecho, pero justo el anfitrión nos avisa que servirá la cena.
El ministro sostiene mi mano y me guía hacia donde van los demás; de un momento a otro detiene nuestro andar y tira de mí pegando su torso a mi espalda.
Su brazo rodea mi cintura; con la otra mano introduce un dedo en mi oreja cubriendo el micrófono que hay en ella.
—Prometo que tendrás toda la noche para que muerdas y arañes el cuerpo de tu marido —dice.
Inclina la cabeza y pasa la lengua por encima de mi cuello, subiendo hasta el lóbulo de mi oreja. Me libera y empieza a caminar llevándome consigo. Los demás fijan la mirada en nosotros y sonríen; la comida no tarda en ser servida.