MI MENTIROSO (CLANDESTINO nº 1) 6
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Llega el domingo y, aunque es fin de semana y la mayoría de los militares están en casa de sus familias o en sus apartamentos, los convoqué a una reunión.

Jaehyun, Rebecca, Aleja, Jessia, Emily y algunos otros, incluido el presidente del consejo, están reunidos conmigo en la sala.

Como advertí, les di un castigo al capitán Jan y a la sargento con la que estaba; claro que lo hice en silencio para que mi hermana no se entere de ello, no quiero que ella sea el motivo de burla de los demás ni dentro ni fuera de la base.

—Bien, los llamé aquí porque tenemos novedades —comunico llamando la atención de los demás—.

Anoche se me informó de una gala benéfica que se llevará a cabo en Texas —informo mientras mi secretaria les entrega los informes que tengo a los demás—.

El hombre frente a ustedes es Joseph Philip Lutor, uno de los empresarios más importantes de dicho estado y actualmente es el mejor en los negocios relacionados con la venta de piedras preciosas.

Él es el anfitrión de la gala, como se imaginarán es privada porque es solo una fachada; allí no se hablará del bienestar de los niños ni de los fondos que serán donados al orfanato en cuestión, tengo información de que se sorteará y venderá la nueva mercancía que adquirieron de Brasil.

—Disculpe, señor, entonces, ¿cómo iremos allí si es privado? —cuestiona Rebecca.

—Como se hace siempre: infiltrándonos. Mi compañera agregó a una pareja de esposos que asistirán, ella se encargó de que nadie tenga idea de quiénes somos; ninguno de ellos conoce el rostro de la pareja, por lo que podemos pasar por ellos fácilmente.

Los demás, aunque no vayan a infiltrarse, deben estar lo más cerca posible, no quiero fallos —les advierto—. Yo seré uno de los que se infiltre.

—¡Yo podría ser su acompañante si se trata de fingir ser su esposa! —interviene Aleja.

Antes de que me niegue, el presidente interviene con un carraspeo de garganta.

—Según veo en los datos de los perfiles, debe ser una pareja gay —comunica el presidente y Aleja deja caer la mano que aún mantenía elevada—. Capitán Jan, ¿qué opina? Me gustaría que usted haga pareja con el ministro, los dos serían un buen equipo juntos.

El mencionado asiente y acepta sin siquiera refutar.

El presidente sonríe complacido y me da el permiso de hablar para terminar de comunicar lo que haremos después.

Supongo que está bien que él vaya, después de todo la mafia no estará presente allí, solo estamos intentando llegar a los pederastas primero y tengo la impresión de que no será difícil hacerlo.

Cuando todos quedamos de acuerdo con el plan —mismo que el presidente confirma y da su consentimiento para que se lleve a cabo, llamándolo El Plan Savior—, tenemos que partir esta noche al estado de Texas, ya que la gala inicia mañana y tengo entendido que durará tres días.

Después de finalizar la reunión todos salimos de la sala de reuniones y yo camino a mi oficina.

Al entrar maldigo en mi interior encontrándome con Ava sentada allí.

Al verme se pone de pie y se acomoda el vestido.

Inicia el mismo drama de siempre: los reclamos porque no voy a verla, las quejas porque no la toco, los gritos preguntando quién es mi amante y con qué puta me estoy metiendo que no le presto atención a ella.

—No estoy de humor para tus berrinches ahora, sal de mi oficina y vete a trabajar o busca a alguien que te desee y te quiera ver. ¡Largo de aquí! —grito.

—¡Dime quién es ella! ¡Quién es la maldita puta con la que te estás metiendo! La voy a matar. Tú eres mi marido, mío, de nadie más. ¡No permitiré que nadie más tome lo que es mío! —grita.

Sale de la oficina preguntando a gritos quién es mi amante. Salgo tras ella, la encuentro en el pasillo frente al presidente, mi hermana y el suyo. Sus gritos hacen que me duela la cabeza mientras que su hermano la mira como si no pudiese creer lo que está haciendo.

—¡Vuelve a casa ahora, Ava! ¡No permitiré que esta clase de escándalos se dé en mi sede y mucho menos dirigidos a mí! —le advierto.

Gira el rostro mirando a su hermano, camina hasta donde está y lo sostiene de los hombros, aprieta la piel y hunde las uñas sin ninguna clase de cuidado.

—¡Ayúdame, tú estás aquí ahora, tú tienes que saberlo! ¡Por favor, dime quién se quiere quedar con mi marido! —exige.

El capitán le sujeta las manos y la abraza cuando ella empieza a llorar aferrándose a él. Por suerte sé lo que está haciendo y a mí no me va a chantajear más.

—¡Sáquenla de aquí! —les ordeno a dos de mis hombres, que no dudarán en hacerlo.

Dirijo la mirada hacia ella, quien me mira con furia—.

Tengo un regalo para ti —camino hasta llegar donde ella y su hermano, que me mira impaciente y con curiosidad; tomo la mano de la mujer y en su palma coloco una caja pequeña de cuchillas—.

Si vas a cortar, querida, esta vez hazlo más profundo, con cortes largos, y asegúrate de perforar las venas y...

que del hospital llamen a tus padres, no a mí.

Empiezo a caminar, aunque siento la mirada de todos encima de mí, incluida la de su hermano.

—¡Vuelve aquí, vuelve, amor, por favor! —pide.

No le hago caso y, gracias al cielo, no me estoy follando a su hermano, porque si así fuera se lo diría para que sepa que él es mejor que ella en todos los malditos sentidos que pueden existir.

Ese viaje a Texas... que Dios me agarre confesado, porque juro que a la primera oportunidad que se presente, él terminará en mi cama, aunque me remuerda la conciencia porque sea el novio de mi hermana.

¿Un jodido viaje a Texas con el marido de mi hermana?

¿Con el hombre que considero la verdadera tentación personificada, con aquel ser que no deja de atormentarme, no deja de meterse en mi cabeza y juega con mi mente como se le da la gana?

¿Tres días? Sí, tres largos días en los que tendré que fingir ante los demás que él es mi esposo.

Solo espero que esos malditos no quieran hacer una puta orgía, porque entonces sí, ahí se termina todo.

Como agentes, algunas veces tenemos que hacer y vivir tantas cosas...

Por suerte somos entrenados para esto, sabemos separar las cosas: el trabajo de la vida cotidiana o de lo que uno realmente quiere.

Aunque a mí en lo específico nunca me había tocado convivir más íntimamente con ninguno de los objetivos de mi investigación hasta que apareció ese maldito, Caleb.

Esta vez al menos no debo hacer nada extraño, solo son tres días fingiendo ser su pareja, nada más.

No hay que volverse locos, no es como que debamos tener sexo para que los demás se crean que realmente somos una pareja.

Según dijo el ministro, tenemos que viajar a Texas hoy mismo; aunque la gala inicia en la noche de mañana, debemos ver el perímetro, saber dónde se llevará a cabo dicho evento y cómo se van a distribuir los demás militares para mantener la zona segura para nosotros,

además de que deben estar alerta y listos para intervenir si algo sale mal.

Como prometió, Emily regresó hoy a la base y, aunque quedamos de vernos en mi apartamento, la reunión fue muy oportuna.

Me pregunto cómo se sentirá ella si soy yo quien no quiere tener sexo o se niega a hacerlo, pero tomando en cuenta cómo es, ni siquiera le importaría y querría pasar la noche dándome besitos en la mejilla como si fuéramos dos niños.

Ella es tan... Dios, no sé ni siquiera cómo llamarle a eso.

Estoy de acuerdo en que una mujer sea decente y toda una dama frente al público, pero en la privacidad de una habitación, por mucho que cueste aceptarlo, eso aburre; la monotonía cansa, el no experimentar cosas diferentes lo arruina todo.

No sé, solo ser más coqueta, jugar, quizás, hacer cosas distintas, no solo abrir las piernas para que te follen y ya; pero siento que eso es algo que ella no sabe o bien cree que por ser así sería una puta.

Si es así, cuánto me gustaría que lo fuera, al menos conmigo.

Los golpes en la puerta me sacan de mis pensamientos. Ahora mismo estoy guardando la ropa que llevaré para la estadía con esos desperdicios de oxígeno con los que pasaremos esos tres días.

—La puerta está abierta —informo para que quienquiera que esté afuera sepa que puede entrar, y así pasa; la puerta se abre, pero no levanto la cabeza para saber quién es.

—Hola, capitán, ¿ocupado?

La voz gruesa del presidente del consejo hace que me ponga derecho inmediatamente. Hago una reverencia hacia él y seguido un saludo militar, cierro la maleta y vuelvo la mirada hacia él.

—¿Puedo ayudarlo en algo, señor? —pregunto.

Termina de entrar en la habitación dejando la puerta abierta de par en par.

Después del drama que hizo mi hermana y de que los demás soldados de la base supieran de mi relación con ella, algunos empezaron a decir sandeces, como que había conseguido el puesto aquí por mi relación con el excoronel, que es mi padrastro;

pero el presidente así como el ministro se encargaron de callar esos comentarios, aunque de una manera muy distinta.

El presidente fue educado y se encargó de explicar cómo sucedieron las cosas sin hacer mención de la misión fallida en Corea, mientras que el ministro solo les recordó con toda la arrogancia posible que él es el de mayor rango,

que él toma las decisiones y que quien no esté de acuerdo puede irse a la mierda.

Sí, justamente esas fueron sus palabras.

Ava se puso histérica cuando el ministro le dio la cajita de cuchillas.

Yo no sabía que ella tenía esas costumbres; sin embargo, tengo claro que le gusta llamar la atención, le gusta chantajear a la gente y lo sé porque cedí muchas veces a esos chantajes, aunque eso me rompiera una y otra vez, porque en ese entonces la amaba,

estaba ilusionado porque para mí era mi hermanita, pero de inocente no tiene nada.

—Quiero una pelea cuerpo a cuerpo —musita el presidente escaneándome de pies a cabeza—. Si estás de acuerdo, claro.

—Claro, señor, cuando quiera.

Una sonrisa ladina aparece en su rostro cuando escucha mi respuesta.

Las peleas cuerpo a cuerpo entre los integrantes de una base militar sirven como entrenamiento; además de eso, sirven para ver las debilidades, las destrezas y las habilidades, saber cuál es el fuerte de cada soldado y qué cosas se van a fortalecer.