MI MENTIROSO (CLANDESTINO nº 1) 5 #2
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Mis intenciones jamás han sido lastimar a mi hermana, de hecho por ella no he actuado y por primera vez en mi vida he estado conteniendo el deseo, unas ganas que me consumen cada vez que paso por su lado, cada vez que lo veo junto a ella.

No, no estoy enamorado, pero necesito tenerlo, a lo mejor toda esta necesidad llegue a su final una vez tome lo que quiero de él, aunque sé que no me conformaría con solo poseer su cuerpo una vez.

La fiesta ha terminado, por lo que varios están ebrios y otras...

solo fingen para ver si así me las llevo a la cama, pero vamos, ellas no son lo que quiero justo ahora.

No solo se trata de tener sexo diferente, lo que me llama la atención no es el hecho de que con él voy a tener sexo anal, eso no es ningún tabú para mí, casi todas las mujeres con las que follo están dispuestas a cederme eso, pero vamos, ¿quién no?

Las entiendo, soy lo mejor que les puede pasar en la vida, follar conmigo es una bendición que, aunque parezca lo contrario, no todo el que quiere puede tener, si no pregúntenle a la bruja que tiene el título de mi esposa.

—Mi... ministro, ¿puedo irme con usted? —pregunta Aleja aferrándose a mi brazo derecho.

Sin musitar palabra camino hacia la carretera bajo la mirada atenta de todos.

Sé que ella no está ebria y solo está fingiendo.

Estando frente a la carretera extiendo el brazo haciéndole parada a un taxi, el auto amarillo se detiene frente a nosotros; ella se yergue inmediatamente y me mira extrañada.

La ayudo a meterse en el asiento trasero del taxi y la escucho quejarse cuando cierro la puerta, meto la cabeza por la ventana mientras ella me mira desde adentro.

—Espero tengas un buen viaje y que, al estar tan ebria, el chofer te lleve a dar una vuelta y te dé lo que estás pidiendo a gritos —expreso antes de pagarle al conductor para que se la lleve.

Camino de regreso hacia los demás. El novio de mi hermana me mira como si esperara que me la llevara a donde ella quería ir conmigo.

Los demás no están nada sorprendidos, ellos me conocen mucho más y están acostumbrados a mi forma de ser; el hecho de que folle con ella algunas veces no le da derecho sobre mí, mucho menos hará que la trate diferente a las demás cuando es igual que ellas.

—Señor ministro, ¿puedo irme con ustedes a la base? —pregunta esta vez Rebecca.

Desde hace días he notado cómo mira al capitán, las ganas que le tiene ni siquiera las disimula y supongo que en cualquier momento tendré que ponerle un freno. Nadie tomará a mi hermana como una tonta, sobre todo ella, que le sonríe como si fuera una amiga y solo quiere cogerle al novio.

Eso es muy hipócrita de mi parte, sí, pero al menos yo estoy haciendo un gran esfuerzo para no meterme en su cama o meterlo a la mía, porque sé que solo basta que alguno de los dos dé un paso más y mandaremos todo al demonio.

—Si quisiera ser su chofer, compraría un auto con más puertas. Este que estoy usando no es el único que tengo, por lo tanto, si uso este que solo tiene dos puertas es porque no quiero compañía —respondo—. Súbase, capitán Jan.

Rodeo mi auto entrando en el asiento del conductor mientras él lo hace en el del acompañante.

No espero a los demás y me pongo en marcha.

Miro fijamente a la carretera y siento cómo se acomoda en el asiento, alejando su piel de la mía para evitar que roce mis nudillos con su muslo como pasó al venir.

Estando todos de regreso en la base me meto en el salón de las cámaras.

Me ofrecí a hacer guardia, sé que todos están tomados y la verdad no tengo sueño, tengo ganas de follar.

Sé perfectamente a quién quiero tener debajo de mí.

Maldición, Geon, es el puto novio de tu hermana; no importa tu esposa, pero Emily... lastimarás a tu propia hermana.

Mi vista viaja a la pantalla que me muestra las puertas de las habitaciones del capitán y la mía.

Aprieto la mandíbula cuando aparece Rebecca; a través de la pantalla del computador la veo tocar la puerta del capitán.

Él no tarda en abrir y no se muestra sorprendido al verla; lo primero que hace es mirar a todos lados confirmando que no estoy cerca.

No sé qué están hablando, pero aunque él niega en una ocasión, después se hace a un lado y la deja entrar.

Cierra la puerta con la chica dentro y la sangre que recorre mis venas empieza a hervir.

No permitiré que le sea infiel a mi hermana, no con ella, no con nadie.

Salgo del cuarto de vigilancia y me dirijo a las habitaciones.

Ignoro el hecho de que la habitación de la coronel tiene la puerta entreabierta y termino de avanzar a la habitación del capitán.

Levanto el puño para tocar la puerta, pero opto por sujetar el pomo y darle la vuelta; no puedo creer que la hayan dejado abierta.

Ella está de rodillas en el suelo, moviendo la cabeza de adelante hacia atrás mientras se la chupa.

Aprieto los dientes cuando deja salir un gruñido y, al abrir los ojos, me mira.

Sujeta a la chica de la cabeza y empieza a follarle la boca mientras le aprieta el cabello con fuerza.

Cada embestida es más brusca que la anterior y el solo gesto de verlo gemir y morderse los labios sin ninguna clase de pudor mientras alcanza el orgasmo y se corre en la boca de ella me pone tan duro que duele.

—Sargento, vuelva a su habitación —ordeno y ella se pone de pie alarmada.

Se gira quedando de frente a mí mientras mi vista se mantiene en el miembro erecto que el capitán vuelve a meter dentro de su ropa interior y después se sube el pantalón.

Ese grosor, el tono rosa de su glande...

no está nada mal. La chica intenta decirme algo, pero al ver mi rostro solo asiente con la cabeza, la agacha y se va sin decir nada más.

—¿Qué hace aquí, señor ministro? —consulta el capitán con un tono de diversión en su voz.

Cierro la puerta detrás de mí y avanzo en su dirección queriendo que retroceda, pero no lo hace; en su lugar levanta la cabeza conectando su mirada con la mía. Me desea, necesita que lo folle tanto como yo quiero hacerlo, y él lo sabe; sabe que yo deseo follarlo como nadie más puede hacerlo.

—Te advertí que está prohibido meter a las chicas en las habitaciones, y, ¡oh, vaya!, encuentro al santo novio de mi hermanita dejando que una puta le chupe la polla a dos habitaciones de la de ella —gruño.

Estoy enojado, sí, demasiado frustrado por no poder tocarlo.

—¿Qué pasa, ministro? ¿Está enojado? Pensé que con el mismo gusto que las hace, asimismo las aguantaría —musita y levanto una ceja.

Soy consciente de que cada una de las veces que le toca quedarse como encargado de vigilancia termino follando con alguien en la oficina y no me molesta el hecho de que él pueda verlo; no porque quiera burlarme de él, sino porque quiero que vea lo que puedo hacer con él, incluso más.

Pero la sola idea de que haya dejado que la sargento se la chupe solo para darme un trago de mi propia medicina no me gusta para nada.

Estando frente a él, lo sujeto de la mandíbula con mi mano derecha, aprieto queriendo provocarle dolor, pego mi cuerpo con el suyo hasta que nuestras entrepiernas chocan con la del otro.

Aprieto los dientes cuando se muerde el labio inferior sin dejar de mirarme, provocando que mi polla palpite dentro de los vaqueros que empiezan a sentirse apretados.

—No permitiré que le hagas esto a mi hermana en mis narices —advierto.

—¿Quiere que hablemos de hermanas? La mía es su esposa y usted folla con cualquiera que tiene tetas y un agujero donde pueda meterlo —reclama y levanto una ceja.

—No es lo mismo —ataco y él levanta una ceja.

Mi vista baja a sus labios húmedos y rojos. Quiero besarlos, morderlos, sentirlos alrededor de mi polla.

—Estás jugando con fuego, capitán Jan.

—Soy pirómano, ministro Geon.

Me acerco más a él inclinando la cabeza en dirección a la suya.

—A su hermanita no le gustaría esto, señor Geon —advierte el capitán.

—Ella no tiene por qué saberlo —susurro estando muy cerca de sus labios—. Lo estoy intentando, pero esto no está funcionando, estás volviéndome loco.

—No podemos hacer nada al respecto, solo dejar que pase; con el tiempo las ganas desaparecerán —asegura.

No me echo a reír porque estoy demasiado cerca de sus labios y el solo hecho de estar casi rozándolos me gusta, se siente bien.

—¿Estás seguro de eso? —cuestiono.

Asiente en respuesta y yo hago lo mismo alejándome de él.

—La próxima vez que vayas a ponerle el cuerno a mi hermana, asegúrate de que no te vea —amenazo.

Camino de regreso a la puerta y me quedo estático por las palabras que lo escucho pronunciar:

—¿Seguro que todo esto es por ella y no por usted? Está haciendo drama, señor ministro.

Ignoro lo que dice porque no quiero pensar en ello. Salgo de allí yendo a mi oficina. Han sido demasiadas cosas hoy y a la vez no ha sido nada; estuve a punto de tenerlo para mí, quiero hacerlo mío, poseerlo como si fuera mío y no de alguien más.