4
La hora de la dichosa cena llega y, después de tomar un baño y vestirme, salgo de mi habitación.
Encuentro a mi perro en la sala y me despido de él acariciándole la cabeza, salgo de mi apartamento y conduzco a la dirección que ya me sé de memoria pero que a veces olvido por puro placer y, claro, a mi conveniencia.
Frunzo el entrecejo antes de estacionar el auto, encontrando el auto del presidente estacionado en el frente. ¿No que iba a casa de los suegros de Emily? Pero viene a casa de los míos. Cómo le gusta el chisme a este hombre, Dios mío.
Estaciono mi auto junto al suyo y salgo, camino a la puerta principal y toco el timbre.
La madre de Ava abre la puerta y me sonríe antes de hacerse a un lado dejándome entrar en la casa.
Ella me guía al comedor donde me avisa que están los demás esperando por el hijo que según ella regresa hoy, también me deja saber que la cena está casi por servirse como si fuera la mejor cocinera del mundo, pobre ilusa.
—¡Osito! —el grito de Ava me hace sentir dolor de cabeza.
Siento náuseas y tengo que poner los ojos en blanco. No es que la odie, tampoco es mi persona favorita, pero es una adulta y ella no lo ha entendido: es mimada, habla como una princesita, es demasiado pegajosa e intensa. Un solo día me acosté con ella y fue lo peor que pude haber hecho en mi vida.
—Vamos a sentarnos —ordena Maximus, su padre.
Ella asiente y se cuelga de mi brazo. Tomamos asiento en el comedor y escucho el timbre de la casa nuevamente. Ignoro el hecho de que mi padre esté en el comedor, pero al menos Emily no está.
Emily debe estar en sus brazos ahora, a lo mejor acariciándolo, besándolo a su antojo, haciendo con él lo que yo también deseo hacer.
Sí, me he convertido en un sinvergüenza que quiere follar al novio de su hermana pequeña.
¿Qué clase de monstruo no pensaría en la felicidad de su hermana primero? Sí, yo.
—Buenas noches —saludan. No quiero mirar, no es verdad, ya es demasiado malo, no puede ser él—. ¿Señor ministro?
Giro el rostro encontrándome con el suyo.
No contesto nada y aparto la mirada en cuanto Maximus se levanta de la silla y estrecha al chico en sus brazos.
La camisa blanca que lleva se levanta dejando expuesta la piel blanca de sus caderas, la dureza no tarda en apretar mi pantalón.
Su cintura es tan delgada, tan estrecha.
Ellos se abrazan con tanto cariño que no necesito que nadie me lo confirme: él es el hermano mayor de Ava.
No era suficiente con que fuese el novio de mi hermana, no, claro que no, porque no me merezco algo así.
He sido un bastardo toda mi vida, no merezco algo así de bueno, algo así de mutuo.
Bien dijo mi abuelo: «Juegas con las mujeres, pero algún día llegará una que desearás, pero no podrás tener, el mundo entero se pondrá en tu contra si estás con ella, hará que tu mundo se ponga patas arriba por el deseo que sentirás, no podrás tenerla como a las demás,
pero será a la única que tú querrás tener solo por el hecho de no poder».
Solo se equivocó con el género, pero vaya que razón.
—Hasta que por fin regresa el hijo pródigo —musita Ava.
Se pone de pie, su padre y su hermano se separan y Jaehyun aprieta la mandíbula mientras observa a la chica acercarse a ellos.
—Bienvenido de regreso, Jaehyun Petrova —exclama la chica.
Todos guardan silencio, nadie se atreve a decir nada, pero la incomodidad es notable.
El chico tampoco parece querer responder.
No sé mucho, es más, no sé nada de su relación, ni siquiera sabía que tenía un hermano mayor, aunque ahora que lo pienso creo que ella nunca habló de él las pocas veces que llegué a cruzar palabras con ella, aunque casi siempre terminamos peleando.
—Ava, mi nombre es Jan Jaehyun —la corrige con toda la educación que el enojo que emana de su cuerpo le permite.
—Oh no, no eres un Jan, eres un Petrova igual que tu padre biológico. ¿Por qué no nos haces un favor a todos y dejas de usar el apellido de mi padre? Claramente no eres uno de nosotros, no eres más que un bastar... —sus palabras se ven interrumpidas por la bofetada que le da su padre.
—Cuida tus palabras, Ava. Jaehyun es tan hijo mío como lo eres tú —asegura Maximus mirando a los que continuamos en la mesa—. Mantén la compostura, eres una dama, él es tu hermano mayor, muéstrale el respeto que se merece —exige el hombre.
La mujer lo mira indignada y después mira a su hermano.
—A la mierda, él no es mi hermano —dice antes de girarse sobre sus talones para salir del comedor.
Esa es su forma de hacer drama para ser el centro de atención. Gracias al cielo no hay un cuchillo cerca.
—Ese es tu problema, Ava —exclamo.
Me acomodo la camisa a la vez que me levanto de la silla. Ella detiene su andar en cuanto me escucha hablar y se gira para mirarme, salgo del comedor y me acerco a ella.
—La razón por la que nunca llamaste mi atención, aunque me hayan obligado a casarme contigo: tu belleza es la única cualidad que tienes.
El culo y las tetas es todo lo que un hombre puede admirar de ti y la mierda que tienes dentro te quita todo lo demás, que claramente no es mucho —le digo y ella abre la boca para hablar—.
Saldré a fumar un rato, quizás así te soporte durante la cena.
Salgo al patio y rebusco dentro de los bolsillos delanteros de mi pantalón la caja de cigarrillos. Maldigo cuando no la encuentro, pero igual continúo caminando hasta alejarme lo suficiente de la casa para no sentirme asfixiado.
—Jaehyun Petrova, Jan Jaehyun... ¿Qué mierda fue todo eso? —pregunto para mí mismo.
Introduzco ambas manos en los bolsillos de mi pantalón y suelto el aire que no sabía que tenía contenido. Avanzo a mi auto y descanso la espalda en el coche. Debería irme de aquí y dejarlos tirados, pero conociendo al presidente iría a joder a mi apartamento la noche completa.
«Eso no es lo que haría un hombre decente, Doyun». Me paso por las pelotas lo que haría o no un hombre decente.
—Entonces, hay demasiadas sorpresas, señor ministro —musita Jaehyun colocándose en la misma posición que yo.
Ni siquiera me giro a mirarlo porque soy consciente del peligro que eso conlleva. Esos ojos entre un azul y gris, esos labios, su cintura... No, Doyun, demonios, no.
—Supongo que sí —es lo único que respondo—. Aunque me he sorprendido más que ayer, tú y ella son diferentes.
—Ya te lo creo, ya la escuchaste, no somos hermanos...
—Eres el novio de mi hermanita menor, capitán Jan, no se puede, hay que detenerlo —propongo.
—Usted es el esposo de la hija menor de mi madre, ministro —concuerda.
Guarda silencio, quizás pensando las palabras que debe decir.
—No hay que pensarlo, se termina en cuanto continuemos con nuestras vidas como de costumbre —continúa.
—Cierto, solo es atracción como nos sucedería con cualquiera con tus curvas y como te sucedería a ti con cualquiera con mi cuerpo —digo y lo veo asentir.
—Claro...
—El corazón solo bombea sangre, capitán Jan.
—Solo es un órgano —confirma él—. No puede sentir nada... —agrega y no podría estar más de acuerdo con eso—. Lo espero para cenar, señor ministro.
—Estaré ahí, capitán Jan.
El día que volví a casa de mi madre no tenía idea de lo que me esperaba.
Ya era consciente de que el presidente estaría allí, pero tenía la esperanza de que el auto que me recogió en el aeropuerto y que estaba estacionado frente a la casa fuera mi novia quien llegó en él y no su dueño.
Lamentablemente, lo que menos me esperaba sucedió: es el esposo de mi hermana.
No solo es el hermano de mi novia, sino que también es el esposo de Ava, una mujer que me odia, me detesta como si le hubiese arruinado la vida cuando siempre ha sido todo lo contrario.
No logro entender el porqué, pero cuando lo vi sentado al lado de Ava sentí como si otra vez me quitara algo que debía ser mío, cuando sé perfectamente que no puede y nunca habrá nada entre nosotros.
Desde que sé de su parentesco con Emily he intentado meterme en la cabeza que debo sentir con ella lo que siento cuando estoy cerca de él, por eso estuve de acuerdo en ponerle fin a algo que ni siquiera tuvo un inicio, pero no sé si esto fue lo mejor.
Ese día, verlo con ropa diferente al uniforme volvió a confirmar lo que ya sabía: él es por completo mi tipo.
Entiendo perfectamente a todas las mujeres que babean por él dentro de la base, aunque es realmente una tortura darme cuenta de que tiene sexo con varias de ellas.
Lo más ridículo es que me siento extraño cuando las escucho hablando de eso; hablan tan bien de cómo es él en el sexo que no puedo evitar imaginarlo haciéndolo conmigo. Sí, soy el peor hombre del mundo.
Creí que al dejar las cosas claras sobre el hecho de que no está bien lo que estamos sintiendo y que no puede suceder nada mejorarían las cosas, pero no es así.
Busqué un apartamento con Emily, aunque solo es para mí, pero ella me acompañó.
El sexo con ella sigue siendo igual de monótono que siempre y realmente antes estaba bien con eso, pero ahora no es lo mismo.
Los últimos días me ha tocado unas noches y algunas tardes vigilar la base usando las cámaras.
Para mi desgracia, hay cámaras en la oficina del ministro y lo he visto más de una vez follar con distintas mujeres de la base.
En lugar de darme vergüenza o disgustarme verlo con alguien más, verlo siéndole infiel a mi hermana, me excita.
Me gusta ver la forma brusca y salvaje con la que empuja las caderas cuando está dentro de ellas; la pasión y el salvajismo con que las embiste me han hecho ponerme en su lugar,
imaginarme inclinado en el escritorio de su oficina con él detrás de mí poseyendo mi cuerpo con la misma brutalidad y salvajismo con que lo hace con ellas.
Pero es tan promiscuo, tan mujeriego, tan malditamente narcisista y egocéntrico...
según lo que dicen los demás y lo que he podido ver lo confirma.
Hoy es viernes, los chicos y las mujeres de la base me hablaron de su visita a un bar en el centro de Nueva York, me invitaron a ir con ellos en la noche y acepté ir.
Necesito un poco de diversión, aunque tomando en cuenta mi posición debo comunicarle al ministro que iré, pero no soy capaz de mirarlo a la cara después de verlo con esas chicas.
—Amor —la voz de mi novia me saca de mis pensamientos.
Detengo mi andar quedándome frente a la habitación que ahora es mía, la que está junto a la del ministro. La coronel Hoenen me pidió un poco de tiempo para sacar sus cosas y recién hoy me he mudado a la habitación donde dormía ella anteriormente.
Todos aquí son más íntimos de lo que parece.
La coronel parece tener una relación con el presidente del consejo, con el señor Andréi; desde que vigilo las cámaras he visto tantas cosas...
Esos hombres no pueden negar que son padre e hijo, aunque el presidente solo se acuesta con una y el ministro, pues, folla con todo lo que se mueva.
—Hola, bonita, ¿a dónde vas? —pregunto al ver el bolso que cuelga de su hombro.
—A casa de mi madre por el fin de semana. ¿Qué hay de ti? Los chicos me comentaron que irán al bar, ¿irás con ellos? —pregunta ella y asiento en respuesta.
Abro la puerta de la habitación dejando que entre. Ella deja el bolso encima de la cama y viene hacia mí, me besa y después me abraza. La sujeto de la cintura pegándola más a mi cuerpo, sus labios se abren cuando aprieto uno de sus glúteos y me acerco a su boca con intención de besarla.
—Em —susurro encima de sus labios. Ella cierra los ojos y aprieta la tela de mi camiseta.
—¿Ummmh? —responde sin abrir los ojos.
Abre las piernas cuando guío mi mano al interior de sus muslos, su cuerpo se estremece cuando la acaricio por encima de la ropa.
Los golpes en la puerta hacen que ella niegue y se aleje, pero vuelvo a tomarla devorando sus labios como si fueran lo más rico que hay en el mundo.
Aprieto la mandíbula cuando me hace a un lado nuevamente empujándome por el pecho con ambas manos.
—Nena, por favor, te necesito —suplico.
No me gusta suplicar por sexo, puedo tenerlo con cualquiera de aquí, más de una se me ha insinuado, pero no quiero hacerlo; no cuando son sus amigas, no porque no es con ellas con quien quiero hacerlo, pero la actitud de Emily cada día me empuja más lejos de ella.
Sí, es cierto que el sexo no puede ser lo único importante en una relación, pero tampoco puede dejarse de lado como si no tuviera importancia; es de lo más importante desde mi punto de vista.
—¿Puede ser el domingo?, amor, es que mi madre ya está esperando afuera y no quiero que mi hermano nos encuentre aquí, no quiero hacer guardia por una semana. Prometo que lo haremos el domingo, durmamos en tu apartamento, ¿de acuerdo?
—Claro, está bien —concuerdo.
Ella sonríe ante mi aceptación y me abraza, se pone de puntillas y deposita un beso en mi mejilla antes de abrir la puerta que no han dejado de golpear.
¿Un beso en la mejilla? ¿Volvimos a la primaria entonces?
Incluso ahí era más candente que ahora, Dios.
Estoy intentando no pensar en nadie, no mirar a otro lado, pero ayúdame un poco, Emily...
—Isabella está esperándote afuera, Emily —la voz ronca y varonil del ministro llena mis oídos.
Escucho a su hermana decir algo para después volver a mí, toma su bolso y deposita un corto beso en mis labios.
—Emily —le advierte su hermano.
Ella asiente antes de salir después de despedirse con un: «El domingo nos vemos, amor».
Suelto un suspiro y niego antes de girarme a cerrar la puerta.
Para mi sorpresa, el ministro sigue ahí, con el hombro recargado en el marco de la puerta mientras mantiene la mirada fija en mí, escanea mi cuerpo y aprieta la mandíbula.
—Ministro, solo nos dimos un beso —me explico, pero él solo se encoge de hombros y asiente.
—Ya, supongo que puedes encargarte del problema en tus pantalones, tú solito —dice antes de girarse e irse.
Agacho la cabeza viendo lo que mencionó, la tienda de campaña en mi entrepierna.
No, señor ministro, esta semana me he hecho tantas pajas que ya estoy harto de las manualidades.
Gracias por el porno casero que me ha brindado con esas putas que mete en su oficina cada día, como si no tuviera llenadera, como si siempre tuviera ganas de follar cada minuto del día, cada maldito día de la semana.