MI MENTIROSO (CLANDESTINO nº 1) 3 #2
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Esa sonrisa provocadora vuelve a aparecer en su rostro antes de que susurre un «Sígueme», lo cual hago en cuanto empieza a caminar adentrándose en un pasillo donde aparecen varias puertas una tras otra por los laterales.

Camina sin detenerse hasta llegar al final del pasillo, donde hay dos habitaciones un poco retiradas de las demás, pero para llegar a estas hay que pasar por las otras.

Detengo mi andar cuando él lo hace primero; aprieto mi maleta cuando se gira quedando de frente a mí y empieza a caminar en mi dirección, dejándome acorralado entre la pared y su cuerpo.

—La de la derecha es mi habitación —me deja saber.

Lo único que puedo hacer es asentir mientras miro a sus ojos, que no se apartan de mis labios como si quisiera devorarlos con la mirada.

—Solo hay un problema —agrega colocando una mano a cada lado de mi cabeza.

—¿Cu... cuál es? —pregunto.

Intento organizar las palabras en mi cerebro para que mi boca las pronuncie de la forma correcta, pero no lo consigo.

—La coronel de la base está durmiendo en la habitación de al lado, que sería la que te corresponde desde mañana; entonces, si no tienes problema, puedes dormir en la mía solo por...

—¡Ogro! —grita una chica detrás de él interrumpiendo sus palabras.

Observo cómo se aleja de mí e introduce ambas manos en los bolsillos de su pantalón; se aclara la garganta antes de que la dueña de la voz aparezca en nuestro campo de visión.

—¡Amooor! —agrega Emily.

Dejo la maleta de lado cuando mi novia se lanza a mis brazos sin dejarme procesar lo que está pasando. Dirijo la mirada al ministro, quien tiene la mandíbula apretada mirándonos; la chica me llena el rostro de besos que finalmente terminan en mis labios: un beso cortés, como siempre, nada intenso.

—Mmm, pulga, ¿me explicas? —interviene el pelinegro.

Toma a la chica vestida con ropa de pijama y la aparta de mí como si fuera una muñequita.

—Oh, es que el presidente me dijo que mi novio venía hoy; no tenía idea, pero aquí estoy —responde.

Me abraza con más fuerza devolviendo la mirada a mi rostro, sonríe feliz. El hombre frente a nosotros no aparta la mirada de mí y de la chica.

—¿Novio? ¿Tu novio? —pregunta él.

Siento que la pregunta es más para mí que para ella, pues su vista está puesta en mí.

—Sí, soy su novio —le contesto.

El ministro aprieta los dientes haciendo que su mandíbula se tense; asiente y no sé si lo que noto en él es enojo o simplemente es así.

—¿Ustedes se conocen? —pregunto al recordar que la llamó pulga y ella lo llamó ogro.

—Oh, sí, qué modales los míos —musita la chica acomodándose la ropa para después colocarse en medio de nosotros y levantar una de sus manos señalando al ministro—.

Jaehyun, este es Geon Doyun, mi hermano mayor —dice haciendo que mi cabeza empiece a doler.

Es el hermano de mi novia, no puede ser verdad—.

Ogro, este es Jan Jaehyun, mi novio —agrega con una sonrisa para volver a abrazarme.

Ninguno de los dos es capaz de musitar palabra alguna; las miradas son más que suficientes para saber que piensa lo mismo que yo. Lo que sea que sentía, lo que sea que sentimos los dos se queda aquí; no habrá nada más allá, solo somos eso: un ministro y un capitán. Ella es mi novia, nada más.

Yo sabía que era demasiado bueno para ser verdad. La primera vez que siento algo así y que además es de ambos lados, no solo del mío; incluso estoy seguro de que, si ella no hubiese aparecido justo hoy, esta noche él y yo...

Sacudo la cabeza alejando esos pensamientos de mi mente. Me imagino compartiendo algo más que palabras con el hermano de mi novia... ¿Qué diablos está mal conmigo?

—Sargento, ¿el presidente está en la base? —pregunta el ministro.

Aparta la mirada de mí con indiferencia notable y mira a su hermana.

—No, acaba de irse con la coronel, creo que no dormirán aquí esta noche —responde Emily.

El ministro asiente, me da una última mirada y niega con la cabeza haciendo un rápido movimiento con su mano, provocando que las llaves de su auto suenen.

—Iré a desestresarme —pronuncia. Le extiende los platos desechables a su hermana, después me mira y levanta una ceja observando por un momento muy corto mi boca—. Lo dejo en buenas manos. Bienvenido a bordo, capitán Jan.

—Descanse, ministro Geon —me despido.

Hago énfasis en su apellido dándome cuenta de lo estúpido que fui al no pensar en un posible parentesco entre ellos desde el principio.

—Ven, amor, vamos a mi cuarto —invita mi novia, y voy tras ella.

Un buen polvo con ella es lo que necesito para dejar de pensar estupideces.

La chica intenta ayudarme a llevar las maletas, pero no se lo permito; caminamos hasta su cuarto y entramos.

Dejo las maletas en un rincón y, después de un par de besos, me meto a bañar.

Al salir la encuentro metida debajo de las sábanas con su cabello oscuro cubriendo sus hombros desnudos.

No tardo en unirme a ella, besarla como si mi vida dependiera de ello.

Pasó mucho desde que la toqué de esta manera, pero sigue sintiéndose bien; su piel es suave y delicada, sus toques en mi cuerpo son algo tímidos y torpes, pero consigue ponerme duro muy rápido.

Ella entrelaza las piernas en mis caderas y, después de colocarme el preservativo, su cuerpo se tensa cuando la toco en el centro de los muslos.

—Emily, mírame, nena —demando, y obedece de inmediato.

Me inclino hacia adelante prendiéndome de una de sus tetas y empiezo a mover las caderas.

—No muerdas, amor, me duele —se queja, y libero su pezón sintiéndome mal.

—Lo siento —me disculpo.

Sonríe y me besa suavemente mientras aprieta la piel de mis nalgas indicándome que estoy yendo demasiado rápido para ella.

Siempre ha sido así: Emily no es una chica a la que le guste el sexo rudo y desenfrenado, no le gustan las cosas fuera de lo que la sociedad del siglo quince veía como normal; no morder, no dedos, no nalgadas, no sexo anal, y ni hablemos del sexo oral.

Con ella es literalmente meterla y sacarla hasta que me corra, pero supongo que eso es lo normal.

Estando encima y dentro de ella, aprieta los labios mientras se retuerce de placer, pero no gime; si lo hace, yo no lo escucho.

Aprieto los ojos queriendo centrarme en lo que hago para lograr acabar; un gemido gutural sale de mi garganta cuando aparece el rostro de él en mi mente.

No soy yo quien está follando: él está tocándome a mí.

Emily desaparece de mi mente y entra él, tomándome con toda la fuerza que le place, pero no me quejo; al contrario, se siente bien, demasiado bien.

Abro los ojos al eyacular con él en mi mente. El rostro de su hermana menor aparece frente a mí cuando sus delicadas manos me acarician las mejillas con ternura.

—Te extrañé mucho, pero ahora estaremos juntos siempre.

Al siguiente día salgo de la habitación de Emily después de que me entregaran el uniforme. Ella salió a las seis en punto a tomar el entrenamiento con los demás sargentos, entrenamiento que supongo está siendo dirigido por un capitán.

Nadie me ha presentado aún, por lo que camino fijándome si encuentro a alguien cerca.

No veo a nadie, por lo que decido acercarme a la oficina enorme que dice «Ministro».

Toco dos veces la puerta y la empujo entrando en el lugar sin esperar a que me inviten.

Mis ojos se encuentran con los del militar, que está sudado sentado en su silla; las venas de su cuello y frente sobresalen más de lo normal y, cuando gime sin ninguna clase de vergüenza, siento la necesidad de tomar un cojín y cubrir la entrepierna.

Mi vista viaja a la rubia que sale de abajo del escritorio. La mujer vestida de militar se limpia la comisura de los labios con los dedos llevando el resto del semen al interior de su boca; el ministro le mira el trasero mientras ella camina en mi dirección.

—Regresa en unos minutos —le ordena, y ella asiente.

Cruza por mi lado escaneándome y, antes de salir, me guiña un ojo. Cierra la puerta detrás de ella; vuelvo la mirada al ministro, que se abrocha los pantalones y se acomoda en la silla mirando al computador.

—¿Se acuesta con las chicas de su base? —indago completamente decepcionado.

—Te acuestas con mi hermana menor y yo no he dicho nada al respecto. Entonces, capitán Jan, ¿quiere hablar de mis putas o prefiere ir a echar un vistazo al entrenamiento? —ataca.

—Si me dice cómo llegar allí, puedo ir solo, no tiene que molestarse; está bastante ocupado por lo que veo, señor ministro —contrataco.

La mirada que me lanza me deja estático en mi lugar; la forma en que juega con el pendiente que decora su labio inferior me hace estremecer.

Lo veo alzarse de hombros para después cerrar su laptop; se levanta de su asiento y camina hacia mí.

Cruza por mi lado inundando mis fosas nasales con ese jodido olor que he intentado olvidar toda la noche.

Lo sigo, aunque no me lo pide. Mientras camino aparece una muchacha con la ropa muy ajustada que intenta hablarle, pero una sola mirada suya hace que ella agache la cabeza y siga con su camino. ¿Acaso este hombre es un tirano?

—Te mueves bien —dice el ministro haciendo que lo mire confundido.

—¿Discúlpeme? —pregunto extrañado.

—No hay que disculparse —responde—. Estuve viendo los documentos de la misión Roux, incluido el video.

Ese maldito video, ese maldito día, ese maldito Caleb, hijo de la perra madre que lo parió.

—Solo estaba haciendo mi trabajo, señor —trago el mal sabor de boca.

—Si lo haces así por trabajo, no me puedo imaginar cómo lo haces por placer —susurra.

Decido fingir que no lo escuché y en pocos minutos llegamos frente a un pelotón de militares que están siendo dirigidos por un capitán de cabello oscuro.

El militar les ordena y les grita con voz autoritaria mientras ellos obedecen; por otro lado, no muy alejados, hay otro grupo de personas, pero solo hay unos cinco militares que igual están haciendo entrenamiento siendo guiados por una mujer de cabello negro y excelente cuerpo.

—¡Alto! —grita el capitán, y los soldados se detienen y miran al frente—. ¡El ministro está frente a ustedes, saluden! —ordena.

Todos hacen un saludo militar sin apartar la mirada del frente.

—¡Señor ministro, buenos días! —saludan los soldados al unísono.