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La hora de ir al aeropuerto llega y salgo de mi oficina; llevo conmigo al primer sargento que encuentro en los pasillos.
La mayoría ya debe de estar en sus habitaciones; obviamente, en la base hay cuartos para todos los soldados.
Subimos a mi auto y el sargento parece algo asustado o quizás preocupado; no tengo por qué darle explicaciones, por lo que solo me dedico a conducir de camino al aeropuerto.
Llegamos en unos treinta minutos o más y estaciono el auto al frente, justo en la puerta de donde salen los que llegan al país.
—Ahí hay un militar y un tipo vestido de civil —me informa el sargento.
Asiento sin prestarle demasiada atención, salgo del auto y me dirijo hacia donde están los dos hombres; jugueteo con las llaves del coche en mis dedos y levanto la cabeza encontrándome con ambos.
Le agradezco a la vida que no se me haya caído la mandíbula al suelo.
El chico que va de civil lleva una camisa blanca arremangada hasta los codos, un pantalón negro de vestir bastante elegante, su cabello rubio con una raya justo en medio y esos labios...
esos jodidos labios tan sensuales y apetitosos.
Continúo caminando y aprieto la mandíbula cuando se gira buscando a alguien con la mirada.
Las malditas fotos y el video no le hacen justicia a su cuerpo y a esa cara; ese rostro, puedo jurar, es un digno hijo o descendiente de Afrodita.
Todo aquel que dijo que ella era la diosa de la belleza no ha conocido a este hombre.
Al llegar frente a ellos mantengo la mirada fija en él haciendo un recuento de cada una de sus virtudes físicas: es especialmente atractivo, delgado, aunque con mejillas algo rellenas, pero no demasiado.
Cuando gira el rostro hacia mí siento cómo me escanea de pies a cabeza; el rubor que aparece en sus mejillas al ver mis tatuajes y mis labios hace que me sienta extraño.
Aprieto la mandíbula cuando su superior me llama y tengo que apartar la mirada de semejante hermosura.
«Si estuviésemos solos lo llevaría a mi apartamento de soltero. No sé por qué traje al sargento conmigo, maldita mierda».
El hombre junto a él se presenta y hace una reverencia hacia mí; le estrecho la mano y espero pacientemente a que el hijo perdido de Afrodita se digne a dejarme escuchar su voz.
El coronel sonríe y le golpea el costado con el codo al muchacho; este levanta la cabeza y, al mirarme, se muerde el labio inferior, a lo que respondo levantando una ceja.
«Eso es, bebé, gracias por dejarme saber que la atracción es mutua».
El capitán se presenta ante mí con la voz un poco nerviosa; no dudo en estrecharle la mano y noto cómo su cuerpo se estremece con el toque.
Maldición, ¿cómo puede suceder algo así de magnífico la primera vez que ves a alguien?
Una sonrisa se dibuja en mis labios cuando la misma sensación invade mi cuerpo; después hace una reverencia hacia mí, a lo que respondo acariciando sus nudillos de forma disimulada.
Pienso que quizás vaya rápido, por lo que libero su mano y me presento ante él; le digo la verdad sobre lo que todos hablan de él y eso hace que se ponga aún más tímido.
Me giro hacia el coronel, que me dice algunas cosas, y paseo mi lengua por la argolla de mis labios sintiendo su mirada fija en mi boca.
Siempre he sido consciente de que no tengo problemas en tener algo con un hombre, solo que no había aparecido ese que despertara mi interés; pero ahora tengo a este chico frente a mí.
Gracias a Dios nunca uso esa mierda de argolla matrimonial.
«Si mi matrimonio es un problema, siempre puedo separarme; después de todo, no es como que esté enamorado de ella ni me interese mantenerla a mi lado».
Después de que el coronel se despide y se va, el chico se queda tranquilo esperando a que diga algo.
El sargento sale del auto y toma sus maletas, las mete en mi vehículo y, cuando está a punto de hacer que el chico suba al asiento trasero, lo impido haciendo que el sargento se vaya en taxi para tener el tiempo del trayecto a solas con él.
Quizás deba averiguar dónde se quedará a dormir, aunque, si se queda en la base, quien sea que duerma a mi lado cambiará de habitación a partir de hoy.
—Entonces, ¿tienes familia en el país? —pregunto, por lo que se pone algo tenso—. No he revisado tu perfil detenidamente —miento; esos malditos solo me enviaron una foto y nada de información relevante.
Aunque lo que quisiera preguntar es si tiene pareja, alguna novia o novio que deba sacar de su campo de visión para hacer que solo me mire a mí.
Carajo. Obtengo la respuesta de forma inmediata: solo menciona a su madre, lo que me hace sentir más libre.
No veo argolla de matrimonio en su mano, pero vamos, eso no significa nada; yo no llevo una y estoy casado.
—Eres un testigo protegido al que además se le permitió seguir laborando, así que donde sea que te muevas tendré gente pisando tus talones. No puedes salir de la ciudad sin mi consentimiento y, por tu seguridad, espero que acates mis órdenes sin refutar.
«Sobre todo cuando ordene que te acuestes en mi cama y me permitas saborear esa boca, ese cuerpo magnífico que tienes».
—Siempre y cuando usted tenga razón, así será, ministro —su respuesta hace que el corazón y la polla me palpiten a la par; esto es nuevo. Bueno, me gusta.
Asiento y sonrío de lado. Continúo manejando hasta que finalmente un semáforo en rojo hace que me detenga; giro el rostro hacia él y escaneo su cuerpo de pies a cabeza sin ganas de disimular lo que estoy pensando.
—Me gusta —«Tú me gustas». Miro sus ojos y la confusión, junto al deseo de que aclare lo que acabo de decir, nubla su mirada—. Me gusta tu actitud —agrego antes de volver la vista hacia el frente para ponerme en marcha otra vez.
El resto del camino él se queda en silencio hasta que detengo el auto en un puesto de comida china, supongo que el único abierto en todo Nueva York a estas horas. Salgo del auto dejándolo dentro, compro algunas cosas variadas y sonrío al sentirme observado. Jan Jaehyun, estás volviéndome loco.
—¿Pollo frito o prefieres arroz? —pregunto cuando estoy dentro del coche otra vez.
—No tengo apetito ahora, pero gracias, señor ministro —una mirada mía hace que se encoja en su lugar y sonría con timidez—. Quizás más tarde, Doyun.
Me quedo en silencio repitiendo en mi memoria mi nombre saliendo de sus labios. ¿Por qué no grabé eso y lo guardé como mi sonido favorito? Mierda, este chico va a dejarme mal, muy mal.
—Acabamos de llegar a Kingston —me avisa el ministro.
Supongo que puede notar que estoy a punto de saltar por la ventana de su auto por la jodida tensión que se siente. Nunca había sentido algo así, y el hecho de que él sea tan descarado y me mire como si fuera una presa no ayuda.
—Estamos a cinco minutos de la base, ¿estás listo? —inquiere.
¿Cómo listo para qué? Soy un militar, por supuesto que estoy listo para lo que sea que me espera allí dentro; no será nada que no haya vivido antes.
Sin embargo, el problema está en que él es mi superior, aunque normalmente los ministros no permanecen mucho tiempo en la base, a menos que haya alguna misión importante.
—Siempre —le aseguro, y vuelvo la mirada al frente cuando esa jodida sonrisa curva sus labios al escuchar mi respuesta.
Es que estoy seguro de que no puede ser perfecto, algo tiene que haber: ¿mujeriego?, ¿infiel?, ¿mentiroso?, ¿precoz? El hombre a simple vista parece perfecto, pero sé que ningún ser humano lo es; no en el interior, ahí es donde la mayoría está rota e imperfecta.
—Llegamos —dice sacándome de mis pensamientos.
Aprieto los labios cuando su auto entra en lo que parece ser un orfanato; claro, solo por fuera.
Después de que las primeras puertas nos dejan entrar, continúa manejando un ratito más hasta encontrarnos con un muro enorme.
El sistema de inteligencia exige una identificación; mis ojos se abren cuando el ministro sale del auto y se coloca frente al muro, donde se muestra un teclado en el cual coloca una contraseña.
Después de acertarla, la tecnología se encarga de escanear el iris del hombre y el muro empieza a abrirse lentamente.
—Vaya, increíble tecnología, y se supone que en Asia tenemos la mejor —digo, y el pelinegro se alza de hombros.
—Frente a ti tienes lo mejor que podrás encontrar en tu vida, disfrútalo —contesta guiñándome un ojo.
¿Seguimos hablando de la tecnología, verdad?
Antes de que pueda decir algo pone el auto en marcha permitiéndome ver el complejo donde está centrada la base.
Es enorme, mucho más grande que la central; la sede de Busan no es nada comparado con lo que tengo frente a mis ojos justo ahora.
Después de que estaciona su auto, el hombre me invita a salir llevando consigo los platos desechables de la comida que compró de camino aquí.
—Capitán, su habitación estará al lado de la mía, espero eso no sea una molestia —dice.
El sistema de seguridad le escanea el iris nuevamente, esta vez para ingresar a uno de los pabellones, y después le pide ingresar la contraseña para finalmente dejarnos entrar al interior del lugar.
—No, nunca, no es ninguna molestia; pero pensé que, siendo usted el ministro, no pasaría mucho tiempo aquí, señor —respondo.
—Todo lo contrario, me gusta lo que hago y, sobre todo, prefiero estar aquí antes que en otros lugares —contesta, y asiento; entiendo lo que dice.
Quizás no sea por la misma razón, pero desde que trabajo para la FAFSEN prefiero estar con mis compañeros e incluso solo en mi cuarto; lo que sea para no estar en casa con mi familia.
De hecho, ellos fueron la principal razón por la que me fui de Nueva York; jamás imaginé que algo así me traería de regreso a una ciudad que solo me trae los peores recuerdos de mi niñez y adolescencia.
—Entonces, ¿me muestra mi dormitorio? —me atrevo a preguntar.
Necesito respirar aire fresco, aire que no esté mezclado con el perfume de este hombre; necesito volver a la realidad. Tengo novia y es imposible que alguien que se ve así de bien esté soltero, y si lo está, por algo será.
El ministro vuelve a escanearme de pies a cabeza y aprieto el agarre en las maletas que sostengo.