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Despierto con las turbulencias del avión cuando inicia el proceso de aterrizaje.
Miro por la ventanilla encontrándome con las luces que iluminan la noche en la ciudad de Nueva York.
No tardamos en pasar por migración; el coronel me guía a la puerta principal del aeropuerto y busca con la mirada a quien viene a recogerme.
Mi vista se centra en el Bugatti Tourbillon de color azul oscuro con negro que se detiene casi frente a nosotros.
De él sale un hombre alto, de piel bronceada; su cabello negro tiene una abertura inclinada en el lado derecho y algunos mechones caen sobre su frente cuando cierra la puerta del coche, rodea el auto y empieza a caminar hacia nosotros.
Le da vueltas a las llaves en uno de sus dedos.
Me centro en la vestimenta: un pantalón de uniforme militar, unas botas negras y una camiseta verde militar.
Mis ojos viajan por los tatuajes que decoran uno de sus brazos completos; subo la mirada a su rostro y no logro identificar si mi corazón está acelerado de más o si solo son los nervios.
Su rostro es perfilado, parece creado por los mismos dioses; sus hombros son anchos, es musculoso de cuerpo completo, y las venas que se marcan en sus brazos y cuello lo hacen ver jodidamente sexi y atractivo.
Tiene que ser alguien enviado por el ministro para recogerme; claro, él no puede ser el ministro. Supongo que las cosas en la sede de aquí no son tan duras como en mi antigua base. El hombre llega frente a nosotros y me escanea de pies a cabeza; lo veo apretar la mandíbula mientras me mira.
—Señor ministro, es un placer —saluda el coronel haciendo una reverencia hacia el hombre, que parece molesto por tener que apartar la mirada de mí—. Soy el coronel Jung, encargado de trasladar al capitán Jan.
Ambos hombres estrechan las manos y después me miran a mí. El coronel golpea mi costado para que reaccione y me muerdo el labio inferior, a lo que el ministro responde levantando una ceja donde tiene un piercing.
—Es un placer, señor ministro, mi nombre es Jan Jaehyun, capitán en la sede de Corea. Por favor, llevémonos bien de ahora en adelante —hago una reverencia y, al levantar la cabeza, le extiendo la mano.
No duda en estrecharla con la suya y estoy seguro de que él también siente la corriente eléctrica que recorre mi cuerpo. La sonrisa torcida en su rostro me lo confirma, y aleja su mano de la mía después de acariciar mis nudillos con disimulo.
—El placer es mío, agente Jan. Soy el ministro, Geon Doyun —se presenta—. Todos hablan maravillas de usted y sus excelentes trabajos contra la mafia que estaba amenazando la soberanía de nuestra patria —halaga, lo que me hace sentir emocionado.
¿Serán las palabras o también influyó quien las dijo?
Me quedo congelado cuando lame la argolla que decora la comisura de sus labios.
El coronel le dice algo que no logro entender, pero al igual que yo, él no puede apartar la mirada de mí.
Sus ojos oscuros, al igual que su cabello, son la invitación a experimentar eso que nunca he querido dejar salir, eso que llevo años reprimiendo, pero una sola mirada suya hace que todo mi cuerpo tiemble.
¿Por qué no podía ser un anciano con barba y los músculos flácidos? No, es un hombre joven, guapo, sexi, tan musculoso y sensual, con esos gestos que no he podido ignorar desde que lo vi salir de ese auto.
—Capitán, ¿está escuchándome? —cuestiona el coronel, y asiento, aunque no escuché ni una sola palabra.
Es que el ministro, Geon Doyun, tiene que ser el hijo favorito de Dios; algo tiene que haber, esto no es normal.
—Entonces, volveré ahora —avisa el coronel. Lo veo despedirse del ministro con un apretón de manos y una reverencia; después se gira hacia mí y soy yo quien hace la reverencia hacia él—. Cuídate, muchacho, y recuerda: no eres como él.
—Gracias por todo, señor. Regrese con bien, mi coronel —me despido de él, y este se va dejando mis maletas frente a mí.
Me quedo en silencio y en un abrir y cerrar de ojos sale un chico del auto del ministro. Viene hacia nosotros y el hombre le muestra las maletas; él las sostiene y, antes de meterlas en el maletero del auto, vuelve frente a mí y hace un saludo militar.
—Bienvenido —dice, y se vuelve al auto a introducir las maletas en su lugar.
—Vayamos a la base. ¿O tiene un apartamento rentado? —me pregunta el ministro.
—No, señor, iré a la base. Si se me permite, dormiré allá; mañana busco un lugar donde quedarme.
—Sí, de hecho, hay una habitación asignada para ti, pero puedes rentar un apartamento para los fines de semana.
Si decides vivir fuera es tu responsabilidad y tiene que ser en una zona cercana a Kingston, que es donde está la base.
Debes llegar a tiempo cada vez que seas solicitado, por lo que te aconsejo que si rentas un espacio sea únicamente para los fines de semana.
—Entiendo, señor.
—Geon. Puedes llamarme ministro o señor Geon; en privado simplemente Doyun, si no estamos en la base o en alguna misión —aclara.
De repente, mi cabeza imagina cómo sería vernos fuera de la base a solas, así como estamos ahora.
No contesto nada y camino hacia el auto cuando me lo pide.
El chico abre la puerta del copiloto e inclina el asiento hacia adelante para que me pase a la parte trasera, ya que el auto solo tiene dos puertas.
Intento agacharme para entrar y el ministro me sujeta del brazo y niega; endereza el asiento nuevamente y me pide que suba sin emitir una palabra.
—Entonces debería subirme antes e ir en el asiento trasero yo, señor —interviene el chico de las maletas.
—No, sargento, tú te vas en taxi —ordena el ministro.
—Pero, señor, yo... —la mirada del ministro hizo que el chico guardara silencio y asintiera—. Entonces, los veo en la base.
Subo al auto y él cierra la puerta de mi asiento; después rodea el vehículo y se mete en el asiento del conductor. Enciende el motor y lo hace rugir; empieza a conducir y me coloco el cinturón sin querer morirme en el camino.
—Entonces, ¿tienes familia en el país? No he revisado tu perfil detenidamente.
—Sí, señor, se podría decir que sí. Mi madre vive aquí, en Nueva York.
—Eres un testigo protegido al que además se le permitió seguir laborando, no dije nada antes porque no queria exponer tu situación frente al sargento, pero sabes que donde sea que te muevas tendré gente pisando tus talones.
No puedes salir de la ciudad sin mi consentimiento y, por tu seguridad, espero que acates mis órdenes sin refutar.
—Siempre y cuando usted tenga razón, así será, ministro —asiente y sonríe de lado sin apartar la mirada de la carretera. Cuando se detiene en un semáforo en rojo, gira el rostro sin disimulo y empieza a escanear mi cuerpo de pies a cabeza.
—Me gusta —dice mirando mis ojos—. Me gusta tu actitud —agrega antes de volver el rostro a la carretera.
¿Por qué me siento avergonzado por eso? A mi antiguo jefe también le gustaba eso, siempre me elogió por todo, pero ¿por qué las palabras de este hombre se sienten diferentes? Causan un efecto diferente en mí.
(FAFSEN: Fuerzas Armadas Federales Surcoreanas en Nueva York)
Horas antes.
La noticia del traslado de un soldado a mi batallón no me agradó.
No me gustan las sorpresas ni tratar con gente que no está acostumbrada a mi forma de mando, pero, en vista de la persona que es, acepté; el consejo me pidió especialmente a mí cuidar de él, ya que falló en una misión con gente peligrosa.
Según tengo entendido, la mafia siciliana y la mafia de Brasil están haciendo negociaciones y, por supuesto, eso nos afecta a todos, mucho más a Asia y América.
En vista de que la sede en Corea fracasó, ahora me han entregado la misión a mí y no pienso fallar, nunca lo hago.
¿Por qué? Porque todos tienen algo que yo no: una debilidad, y eso siempre está a mi favor.
El consejo de inteligencia me envió unos archivos sobre la información que recolectó el agente a cargo de la misión, el agente Jan.
Tengo entendido que la misión se llevó a cabo en un bar de Corea; no tengo mucha información, por lo que decido hojear lo que me enviaron.
Del agente solo hay una foto, el nombre completo, su cargo y su edad; no me brindaron ninguna información acerca de sus familiares, pero puedo averiguarlo más tarde en la base de datos de la FAFSEN.
Me encuentro con una memoria USB entre los documentos y la coloco en mi laptop; reproduzco el video que contiene, que parece ser del lugar donde se llevó a cabo la misión.
El video inicia con unas mujeres bailando en una tarima para un público exclusivo de hombres; después aparece un chico de pelo negro, con unos pantalones ajustados, mostrando las caderas mientras se mueve a la par de las mujeres dejándose llevar por la canción.
La polla se me pone dura en los pantalones mientras lo veo bailar.
Sus movimientos son buenos y coordinados, su boca es sensual, podría morderla a mi antojo mientras él baila así para mí.
Aprieto la mandíbula cuando en la pantalla aparece Caleb Roux, el jefe de jefes de la mafia siciliana; no conocía su rostro hasta hace poco, ese mérito también se le debe al capitán Jan.
El video continúa con el militar yendo a una habitación con Caleb, los dos solos.
Después él le propone bailarle ahora que están a solas y el agente acepta mientras le ofrece una bebida; supongo que ahí estaba el sedante.
No tengo idea de lo que pasa después: el video se corta cuando el mafioso empieza a quitarle los pantalones al agente, el audio se interrumpe poco después y no tengo idea de por qué me siento tan frustrado.
¿Por qué sus compañeros o superiores no llegaron a tiempo con él? ¿Por qué diablos el maldito sedante no hizo efecto? ¿Ese maldito lo habrá tocado?
Estoy consciente de que esto suele pasar en las misiones y el ejemplo claro de eso es la agente encubierta que está casada con el segundo jefe al mando de la mafia siciliana, pero cuando sucede así, que las cosas se salen de control...
si le tocó un solo pelo, lo voy a matar.
Hasta hoy solo quería encerrarlo, pero desde hoy tengo un nuevo destino para él.
—Ministro, el señor presidente está aquí —me informa mi secretaria.
—Haz que entre, y la próxima vez que no toques no tienes que molestarte en volver al trabajo, ¿entiendes? —ella asiente y sale de mi oficina con esos pantalones que parecen a punto de romperse en dos.
Mi padre entra en mi oficina con su impecable traje; ahora que ya no es ministro puede andar sin el uniforme, aunque si viniese con él, no significaría nada bueno para nosotros.
—El agente Jan llega esta noche, específicamente en seis horas —me comunica, y levanto una ceja—. Si estás muy ocupado puedes enviar a alguien, a la coronel Jessia.
Ahora es Jessia; hace meses la llamaba por su apellido, pero ahora que son amantes las cosas han cambiado. En realidad no entiendo por qué lo ocultan; ambos están solteros, no le hacen daño a nadie con su relación.
—Me encargaré de que llegue seguro —prometo. Me cruzo de brazos cuando veo que tiene algo más que decir y no es sobre el trabajo.
—Tu esposa, Ava...
—Sí, ya sé. ¿Te llamó para quejarse de que no he ido a su casa en meses? ¿A quién le importa? Tú sabes bien que me casé con ella por puro compromiso; tuyo, no mío. Si tú y ella siguen creyendo que me encerraré en casa con ella a jugar a la casita, tienen demasiada fe.
—No digas eso, ella es tu esposa —insiste mi padre.
El presidente niega con la cabeza cuando decido ignorarlo y continúo hojeando los documentos acerca de la misión fallida.
El hombre sale de mi oficina y suelto un suspiro.
¿Quién dice que solo los hijos rebeldes la pasan mal?
Es mejor cuando nadie espera nada de ti que cuando todos esperan a que sigas el camino de tu padre, que seas tan perfecto como él; vives bajo su sombra sin querer, tus logros no son tuyos sino de él.
Por eso dejé de hacer las cosas como él quería y las hago a mi manera: así, si fallo, la culpa es mía, pero si obtengo un logro también es mío.