MI MENTIROSO (CLANDESTINO nº 1)
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—¡Enano, ya baja, nos dejará el avión! —el grito del coronel me hace doler la cabeza.
Soy consciente de la hora que es, mucho más de que tengo que irme, pero una cosa es el deber y una muy distinta es el querer hacerlo.
Si tan solo las cosas hubiesen salido bien durante la misión hace dos meses, nada de esto estuviese pasándome, mi vida continuaría tan bien como estaba y no hubiese tenido que huir como rata a otra de las sedes de la FAFSEN.
Sé que parte de la culpa es mía, pero nunca estuvo en mis planes volver a Nueva York, ni siquiera en el futuro lejano, y ahora resulta que tengo que tomar un avión hacia allí hoy mismo.
Me trasladaron a la sede en Nueva York y como si fuera poco el consejo les cedió a ellos la misión en la que fallé, por lo que sé que no volveré a participar en ella a menos que sea en la tecnología o la estrategia, nada más.
Le estuve preguntando a mi anterior jefe sobre el nuevo ministro que me va a recibir; según él, este está emocionado de tenerme entre sus soldados, cosa que entiendo por mi reputación, pero que no creo mucho por mi reciente falla.
Ser militar es como la vida cotidiana: mientras haces las cosas bien todos te alaban, pero cuando haces una sola cosa mal, cubre las miles buenas que has hecho.
Realmente me siento agradecido de que me quieran en Nueva York; no puedo seguir en Busan escondiéndome como una rata de quienes me están buscando.
Todo porque ese imbécil me vio la cara; debí asesinarlo cuando tuve la oportunidad. Ahora tengo a la mafia siciliana pisándome los talones y buscándome como si fuera una novia fugitiva de ese bastardo.
—Solo será hasta que los capturen, Jaehyun —intento convencerme a mí mismo de que no será tan malo, pero no estoy tan seguro de eso.
Hace una semana llamé a mi madre, cuando me avisaron del traslado a Nueva York. No quiero que me dé refugio o albergue, pero su esposo era coronel en la misma sede a la que iré y sé que se enterará más temprano que tarde de que estoy en Nueva York, por eso preferí decírselo yo.
Como pensé, ella no se mostró tan emocionada a pesar de que tengo varios años fuera de Nueva York, y de no ser por este incidente no hubiese regresado.
Mi relación con mi hermana, mi madre y su esposo no es la mejor de todas; incluso creo que mi padrastro me trata más como un hijo que mi propia madre, pero es gracias a quién es mi progenitor, aunque yo no fui quien le dijo a ella a quién abrirle las piernas.
Lo último que supe de Ava, mi hermana, es que se casó con un militar hijo de un amigo de su padre.
No tengo idea de cuál es su nombre ni su cargo, no es que me importe; solo me invitaron a la boda, pero igual no fui.
No quería volver a Estados Unidos y creo que el problema no es la ciudad, ni el país, mucho menos el estado al que voy; lo que me aterra son las personas que habitan allí, aquellos que se hacen llamar mi familia.
Sin embargo, para mí, mi familia son aquellos que hoy en día tengo que dejar atrás aquí.
Al menos tengo a Emily en Nueva York, ojalá ella pueda mantenerme la mente ocupada; aunque siempre pretende ser una puritana, espero que eso ya haya cambiado.
Mi novia es sargento en la base de Nueva York, por lo que ahora estaremos juntos incluso en el trabajo. Supongo que eso debería animarme más, pero no lo hace; quizás es porque hace mucho que no la veo. Cuando la vea todo será como antes; sí, eso será así.
—Ya, aquí estoy —aviso tras bajar las escaleras con mis maletas.
El coronel me observa y me brinda una sonrisa. Tomará el avión conmigo, debe asegurarse de que llegue con bien para luego volver a su base aquí en Corea.
—No tienes que preocuparte, Jan, el mismo ministro me contactó para saber sobre ti, ellos están ansiosos por tu llegada —avisa.
Sujeta una de mis maletas y salimos del apartamento para subir a su auto.
En el trayecto me habla acerca de algunas de las misiones en las que ha participado el actual ministro de la sede a la que voy.
Según dicen, solo lleva dos años como ministro y duró cuatro como coronel; el consejo lo admira y confía en él porque en sus años de mandato la organización no ha fallado, al menos no la sede que está bajo su cargo.
Llegamos al aeropuerto y, después de abordar el avión, suelto un suspiro aliviado.
El coronel se encarga de asegurarse de que estemos solos en la primera clase y le avisa a la azafata que nadie más puede entrar sin importar el problema que se presente en los asientos económicos; solo está siendo precavido para que no me maten antes de dejarme en mi destino.
Solo puedo pensar en las maravillas que el coronel habló del ministro. ¿Realmente será así? Si lo es, creo que nos llevaremos muy bien; a mí también me gusta la seriedad, el respeto y la dedicación al trabajo.
—Deberías dormir, será un viaje muy largo —dice el coronel.
Le tomo la palabra, por lo que echo un vistazo por la ventanilla y, en cuanto el avión despega y se normaliza el vuelo, cierro los ojos.