Mi mayor pecado (Sombras en Manhattan 2) Epílogo Sarah
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Epílogo Sarah

E stoy sentada en la suite de mi hermana mirando atentamente a la mesa de café que tenemos delante de nosotras. Los minutos pasan a cámara lenta, no puedo esperar ni un minuto más.

—Ya casi está... Verás como todo sale bien.

Bianca intenta animarme, pero estoy demasiado nerviosa como para pensar en las cosas que está diciendo. La silencio con un movimiento de la mano, haciéndola reír.

—Esto deberías estar haciéndolo con él, no conmigo —protesta.

—Quiero darle una sorpresa.

—Me lo tienes que grabar. No puedo perderme al gran hombre llorar.

—¿Qué estáis haciendo?

Como si del mismo Lucifer se tratara, salto sobre la prueba de embarazo que está sobre la mesa y la guardo rápidamente en el bolsillo de mi vestido. Mi hermana me mira con una ceja arqueada, se levanta y besa a su marido en los labios, recreándose un poquito más de lo necesario.

—En cuanto los gemelos sepan andar, vamos a ir por la niña —advierte Bi, haciéndome reír.

—Ahora mismo me los llevo para que aprendan —responde mi cuñado alzando las cejas.

Ahora mi carcajada es completa. Observo a Gaby, que está jugando sentado en el corralito de los gemelos, que están sentados frente a él mirando con asombro cómo su primo super mayor mueve un peluche de dinosaurios delante de ellos.

—¡Mira, mamá! —ríe Gaby— A ellos también les gusta Blue.

—Gab te está buscando, Sarah —dice Gianluca—. Tiene algún problema con el castillo hinchable.

Pongo los ojos en blanco y me levanto para ir a buscar a mi marido.

No me extraña que esté teniendo problemas, posiblemente esa monstruosidad que ha comprado sea demasiado grande para nuestro patio.

Le aconsejé instalarlo en el jardín delantero, que es mucho más amplio, pero él insistió en que el mejor sitio era junto a la piscina. Hombres.

—No, joder... Muévelo a la derecha —ordena—. ¡A la derecha, coño! ¿Acaso no sabéis cuál es la derecha?

—Una palabra más y lo mueves tú con la polla —advierte Stefano, que está encaramado a una escalera kilométrica clavando unos enganches en la fachada de la casa para anclar el castillo.

—Me tienes ya hasta las pelotas y estoy muy tentado de meterte un tiro en los huevos —advierte Tae Min, que ha venido con Dante a ayudar.

—¿Tengo que recordarte que el castillo de princesas que alquilaste para Hanna era igual de grande que este?

—Yo reservé un restaurante con un patio enorme y contraté personal experto para montar el dichoso castillo —responde Tae amenazándolo con el martillo—.

Cuando el cumpleaños terminó, se llevaron el castillo.

¡Tú lo has comprado, joder! ¿Se puede saber dónde piensas meterlo cuando termine el cumpleaños?

—Puede dedicarse a alquilarlo para los cumpleaños de los niños de la ciudad —se carcajea Dante—. Sería una tapadera cojonuda, Gab.

—¿Por qué no os vais todos a la mierda?

—Sarah... Por lo que más quieras, llévatelo de aquí que nos deje trabajar —me ruega Nico.

Gabriel, que no se ha dado cuenta de que estoy justo detrás de él, se vuelve hacia mí, sonríe y rodea mi cintura para besarme. Sus besos siempre me saben a gloria, os lo juro. Y ahora que por fin he sido dada oficialmente de alta por Sam también me sabe a gloria todo lo demás.

—¿Qué te parece? —pregunta.

—Grande. Demasiado grande.

—Se lo prometí grande, princesa.

—¿Eres consciente de que para un niño de medio metro de altura toooodo es grande? —protesta Stefano.

Gabriel le saca el dedo, haciéndome reír.

Desde que Stefano ingresó en el centro de desintoxicación vuelve a ser el hombre que conocí siendo niña.

Aún solo somos políticamente correctos el uno con el otro, pero ahora no tiene que marcharse para hacerme sentir cómoda.

Porque ya no me incomoda hablar con él, y hace unos días incluso terminamos por bromear entre nosotros.

Lo que me hizo fue terrible, lo sé, pero no lo hizo conscientemente... y ya le he perdonado.

En vistas de que los cuatro hombres que están montando el castillo —porque el caradura de mi marido se limita a mirar y dirigir— me miran con cara de cachorritos desamparados, decido llevarme a Gabriel de allí para que puedan terminar a tiempo de montar el castillo.

Me aprieto contra su cuerpo, paso la mano por su pecho y acerco mi boca a su oído para que nadie más que él pueda escucharme.

—Gaby está jugando con los gemelos en la suite de mi hermana y no tendremos niño por un rato —susurro—. ¿Es estrictamente necesario que dirijas el montaje del castillo?

—¡Nico, ocúpate tú!

—¡Gracias a Dios! —exclama Dante, haciéndome reír.

—¡A Dios no, Dan! —le grito— ¡A mí!

—¡Te pondremos un puto altar, Sarah! —responde Tae Min— ¡Un puto altar de diamantes!

Entro en la casa riéndome con Gabriel. El muy canalla me empuja para caminar más rápido hasta nuestra habitación, y en cuanto cierra la puerta detrás de mí me aprisiona contra ella para besarme.

—Te echaba de menos... —susurra.

—Me has visto hace una hora...

—Demasiado tiempo.

Desabrocha mi vestido lentamente, sin dejar de mirarme a los ojos. Tiene esa sonrisa perversa que tanto me gusta, y tiro de su camiseta para pegarlo a mí y poder besarlo. Gabriel ronronea, me aprieta contra su cuerpo y baja los tirantes del vestido hasta que cae al suelo.

—Joder, nena... qué buena estás —dice con voz ronca mientras me admira.

—Tenemos poco tiempo, Gab. O aceleras o...

Él sonríe, se pone de rodillas delante de mí y pasa la mano por mi vientre, ligeramente abultado.

—No se te ocurra adelgazar, princesa —me advierte—. Me vuelve loco este cojín.

—¡Gab! —protesto riendo.

—¿Qué? Se siente increíble cuando me apoyo en él para follarte hasta el fondo, nena. Hablo en serio... No se te ocurra ponerte a dieta.

Si él supiera que, si mis sospechas son ciertas, ese cojín desaparecerá dentro de ocho meses...

Porque sí, tengo la leve sospecha de que estoy embarazada.

Llevo varias semanas levantándome con náuseas, olores que antes me encantaban ahora me parecen horribles y tengo un retraso de tres semanas.

Sí, no es demasiado, pero Gabriel y yo tenemos sexo las veces suficientes como para pensar en que puedo estar embarazada.

—¿Estás distraída cuando tengo la boca a tan solo unos centímetros de tu coño? —protesta Gabriel— ¿En serio?

—No estoy distraída —río.

—Yo creo que sí.

Me lleva trastabillando hasta la cama. Caemos en ella con un golpe seco, rebotando en el colchón.

Gimo cuando me arranca la ropa interior y se mete mi pezón en la boca.

Joder, cómo me gusta que lo chupe. Lo muerde despacio, pero se detiene cuando doy un respingo al notar un dolor más fuerte de lo normal.

Están demasiado sensibles últimamente, al parecer.

—¿Te duele, cariño? —pregunta, acariciándolo con el pulgar.

—Debo estar ovulando... —miento.

—Seré más cuidadoso entonces.

Sustituye los pequeños mordiscos que sabe que me vuelven loca por pasadas lentas de su lengua.

Me retuerzo entre sus brazos, pegando mis caderas a las suyas y acunándole en el vértice de mis piernas.

Su polla ya está dura, lista para entrar en mí, pero cuando hago el intento de rodearla con mis dedos para guiarla Gabriel se retira riendo.

—Gab, por favor...

—Joder, princesa... Me encanta escucharte rogar por mi polla.

—Déjate de juegos. Te lo advierto...

—Está bien... Vamos a ver cuánto tardas en correrte.

Pasa el dedo índice por mi abertura, comprobando que ya estoy completamente mojada. Se lo lleva a la boca y ronronea al saborearme.

—Deliciosa.

—¿Y a qué esperas para comerme? —le provoco.

—Cariño... ¿No tuviste bastante anoche?

—Jamás tendré bastante de ti.

—Respuesta correcta.

Hunde la lengua entre mis pliegues y me vuelve loca chupándome, mordisqueando mis labios y hundiendo un dedo dentro de mí.

Estoy tan mojada que no tarda demasiado en añadir un segundo dedo, llevándome de cabeza al orgasmo.

Me quedo sin fuerzas, jadeando, y le observo acercarse para tumbarse de lado junto a mí, con la cabeza apoyada en la mano y una sonrisa de canalla en sus labios.

—¿Tan pronto? —se burla.

—Es por tu culpa. Debería ser delito ser tan bueno en el sexo.

—Solo soy bueno en el sexo con Sarah, princesa. Y ahora... —Se coloca de un salto a horcajadas sobre mí, con la polla apuntando a mi boca—. Chupa.

Sonrío, sujeto su erección con una mano y lamo su polla desde la base hasta la punta.

Gab gime dejando caer la cabeza hacia atrás, sujetándose a la pared cuando empiezo a succionar con fuerza.

Todo lo que sé, lo he aprendido con él. Sé perfectamente la succión exacta, la presión perfecta para llevarlo de cabeza a la locura en menos de un minuto.

Saca la polla de mi boca con un leve “pop” y se tumba sobre mí, rozando mis pliegues con el glande suave que hace dos segundos estaba saboreando.

—Suficiente —dice con voz ronca—. Es hora de ponerse serios.

Se hunde en mí muy despacio, y disfruto inmensamente cada centímetro que se adentra en mi interior.

Mi vagina se adapta a él como si hubiera sido hecha para su polla, y os juro que se siente increíble.

Comienza a moverse despacio, sonriendo cuando pongo los ojos en blanco debido al placer.

Rodeo sus muslos con las piernas para impulsarle más adentro, con más fuerza.

Mis uñas se clavan en la carne de sus brazos y mi boca busca desesperadamente la suya.

—Te amo —susurra justo antes de hundir la lengua entre mis labios.

Le devuelvo el beso hasta que mis pulmones se quedan sin aire, hasta que soy incapaz de hilar dos pensamientos seguidos. Hacer el amor con él siempre es así: me deja indefensa, inútil, consumida por las sensaciones que me provoca que el hombre al que amo se deshaga entre mis brazos.

—Yo también te amo —respondo cuando nos separamos.

Rodeo su cuello con los brazos, arqueo la espalda y empiezo a mover las caderas para salirle al encuentro, apremiándole a moverse más fuerte, más profundo.

No se hace de rogar, bombea dentro de mí con fuerza, como sabe que me gusta, hasta que mi cuerpo se convulsiona en un orgasmo devastador.

Gabriel se tensa, me aprieta con fuerza contra su cuerpo y se corre también, llenándome de una calidez de la que sé que jamás me cansaré.

Cuando al fin consigo recuperar el aliento, recuerdo la prueba de embarazo que tengo guardada en el bolsillo del vestido. Joder, ni siquiera me acordaba de ella. ¿Seguirá siendo fiable o tendré que hacerme otra? Intento levantarme, pero Gab me lo impide envolviéndome entre sus brazos.

—¿A dónde crees que vas? —ronronea en mi oído— No he acabado contigo.

—Déjame levantarme —le pido—, tengo algo para ti. Para los dos, en realidad.

—Espero que sea rojo y de encaje...

Sonrío negando con la cabeza. Doy un salto de la cama, me pongo a toda prisa la camiseta de Gab y tomo el vestido del suelo para buscar la prueba de embarazo. Cuando me giro hacia mi marido, me está mirando sonriendo y curioso, pero la sonrisa se borra de sus labios cuando ve la prueba en mi mano.

—Dime que es en serio, princesa, porque si es una broma...

—No es ninguna broma.

Me siento a su lado y le miro con los nervios a flor de piel. La emoción que veo en sus ojos es idéntica a la mía, sus manos tiemblan al coger las mías y me veo riendo entre lágrimas sin saber aún si estoy en lo cierto o si solo tengo un retraso tonto de la regla.

—¿Estás embarazada? —susurra con la voz vibrando, a punto de romper en lágrimas.

—No lo sé —confieso—. Iba a mirarla yo antes, a envolverla en una caja de terciopelo rojo con un lazo de encaje para darte la sorpresa si salía positivo, pero llegó Gianluca y...

—Sarah —me interrumpe—. Mírala de una puta vez.

No puedo hacerlo. Estoy tan nerviosa que soy incapaz de levantar la mano para mirarla. ¿Y si he estado haciéndome ilusiones para nada? ¿Y si resulta que no estoy embarazada y...

—Cariño —susurra, adivinando la vorágine de sentimientos que se arremolinan en mi cabeza—. Si no lo estás, lo intentaremos hasta que lo estés, ¿de acuerdo? No pasa absolutamente nada.

Asiento y levanto la prueba para poder ver el resultado. Positivo. Ha dado positivo. Gab me abraza con fuerza contra su pecho y solloza como si fuera un niño. Le abrazo llorando y riendo a la vez, porque sé perfectamente que será el niño —o la niña— más querida del mundo.

—Te amo —dice besándome con fuerza en los labios—. Acabas de darme el mayor regalo que podrías haberme dado jamás.

—¿Estás contento?

—¿Estás de broma? Ahora mismo soy el puto tío más feliz de la Tierra. Qué digo... Del universo entero.

Vuelve a besarme, esta vez con mucho cuidado, y acaricia mi vientre con la yema de los dedos.

—Ahora entiendo esta pequeña curva de tu estómago... —susurra besándolo—. Lástima que solo vaya a durar nueve meses.

Río sin poder evitarlo.

—Sabes que mi cuerpo cambiará irremediablemente después del embarazo, ¿no? Tal vez esa curva se quede ahí para siempre.

—Mejor. —Vuelve a besarla—. Es mi parte favorita de tu cuerpo ahora mismo.

—Es bueno saberlo...

—Tenemos que pensar en una forma épica de decirle a Gaby que va a tener una hermanita —dice de repente.

—¿Hermanita? —río— ¿Ya sabes que será niña?

—Necesito otra princesa a la que consentir. Gaby está haciéndose mayor y pronto cambiará el tiempo que pasa con su padre por salidas con sus amigos.

—Sabes que cumple seis, ¿no? —bromeo— Aún te queda mucho para eso.

—Es hora de que sea niña, princesa. El próximo puede volver a ser niño. ¿Cómo te encuentras? ¿Sientes náuseas, o algo?

—Por ahora solo tengo náuseas por la mañana, pero no hay nada que unas galletas saladas no puedan arreglar.

—¿De cuánto estás? Tenemos que empezar a comprar las cosas. Reformaremos mi despacho para que sea el cuarto del bebé y...

—Gabriel —le interrumpo—. Solo tengo un retraso de tres semanas. Lo único que tienes que comprar por el momento son galletas saladas... porque aún es pronto hasta para tener antojos.

—Me aseguraré de llenar la despensa de galletas —promete besándome—. ¿Algo más?

—Quiero conocer a los protagonistas de mi serie de vampiros favorita —bromeo.

—Hecho, pero cuando estés tan embarazada que apenas puedas andar. Así no correré el peligro de que te escapes con ese tal Wrack... o Ralf...

—Se llama Wrath —río.

—Como sea.

—Cariño... —susurro sujetando sus mejillas entre mis manos para besarle— Jamás me iré de tu lado... Ni aunque Wrath salga del libro para llevarme con él.

—Me he leído más libros sobre cómo matar vampiros de los que puedes llegar a imaginar. Sé todas las maneras que existen de matarlos, y si ese vampirucho se atreve a venir a por mi mujer, no dudaré en usarlas todas.

—Estás completamente loco, pero aun así te amo.

—Estoy completamente loco por ti, princesa. Ahora y siempre.