45. Gabriel
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S onrío al recibir el vídeo que Marcelo ha grabado del enfrentamiento de Sarah con Renata. Joder, qué orgulloso me siento de ella. Ya hemos organizado el envío de mañana, mis hombres están encargándose de cargar la mercancía en los camiones y yo estoy deseando volver a casa.
—¿De qué te ríes? —pregunta Dante mirándome con una ceja arqueada.
Le muestro el vídeo y mi amigo ríe conforme van sucediéndose los acontecimientos.
—¡Con dos ovarios! —exclama— ¡Esa es mi chica!
—Eso es lo que tú quisieras —bufo.
—Es mi hermanita, capullo. Her-ma-ni-ta.
—Por la cuenta que te trae. Si no hay nada más, me voy a casa. Giulia se ha llevado a Gaby al parque de atracciones y tengo todo el día para follarme a mi mujer.
—¿No te cansas nunca?
—Estamos en la búsqueda de un hermanito para Gaby.
Dante me mira con sorpresa y sonríe al darse cuenta de lo que significan esas palabras.
—Enhorabuena, tío. Te lo mereces.
—Me ha costado lo mío, pero al final la he escuchado decirme que me ama. Podría morir ahora mismo, que lo haría feliz.
—Esperemos que la muerte no te llegue muy pronto, primero tienes que prepararme a Gaby para sustituirte.
—No tengo intención de morir joven, créeme. Tengo que recuperar el tiempo perdido con Sarah.
—Así que un hermanito para Gaby, ¿eh? —bromea.
—Con suerte será una hermanita y tendremos que volver a intentarlo.
El teléfono de Dante suena y me mira con seriedad cuando descuelga. Su cara va tornándose cada vez más seria, hasta que cuelga y se levanta a toda prisa de su silla.
—¿Qué pasa? —pregunto.
—Vamos, rápido.
No me hago de rogar y le sigo corriendo hasta el todoterreno. Ni siquiera espera a sus hombres, aunque sé que le seguirán, al igual que los míos, sin tener que decir nada.
—¿Vas a decirme que pasa? —insisto mientras me pongo el cinturón de seguridad.
—Tenemos que llegar a tu casa cuanto antes. Sarah está en peligro.
Toda la sangre de mi cuerpo me abandona en ese mismo instante.
—¡¿Qué coño quieres decir con que Sarah está en peligro?! —grito.
—Arjan no era el verdadero jefe de la mafia albanesa, Gabriel. Lo es Renata.
Sus palabras son como un jarro de agua fría. ¿Renata es la mujer detrás de la muerte de mis hombres y del secuestro de Giulia? Joder, esto parece una puta pesadilla.
—Es la hija de Blerim Dervishi —explica—. El tío de Arjan.
—Tienes que estar de broma...
—Han me ha dicho que intentó heredar el puesto de su padre, pero los miembros de la organización se opusieron y nombraron a su primo hermano. Ha estado manipulando a Arjan como una puta marioneta, Gab. Ella es quien lo ha planificado todo.
—Joder...
—La tenemos contra la espada y la pared y lo sabe. Si está sola con Sarah, puede cometer una locura.
—Sarah nunca está sola. Alessio y Marcelo siempre están con ella. Y el resto de mis hombres jamás le permitirían hacerle daño. —Trago saliva—. De todas formas, acelera.
Salto del coche aún en marcha y corro hacia la casa dando órdenes de atrapar a Renata con la pistola en la mano. Dante viene justo detrás de mí, y cuando llegamos a la casa Sarah no está por ninguna parte. Gracias a Dios... Con suerte habrá decidido salir de compras o algo por el estilo.
—¡Renata, ven aquí ahora mismo! —grito para llamar su atención.
Aún contamos con ventaja, no sabe que ya conocemos su verdadera identidad.
Mi cuñada aparece en el salón con cara de inocente, aparentando tener los ojos anegados en lágrimas y la marca de la mano de Sarah aún en su rostro. Debe ser maquillaje, estará planeando otra de sus magistrales actuaciones.
—Gracias a Dios que has llegado —susurra—. Tu mujer...
No termina la frase. La pistola de Dante apunta a su sien y ella se tensa.
—¿Qué está pasando? —pregunta.
—Dímelo tú, Renata —responde Dante—. ¿O debería llamarte Renica?
Su rostro se transforma como si se hubiera deshecho de una máscara y sonríe con cinismo.
—Veo que al fin me has descubierto... —responde— Aunque has tardado demasiado.
—Hija de puta... —susurro— ¡Maldita hija de puta! ¡Tú los mataste a todos!
—Oh... De eso no puedo llevarme el mérito, fue cosa de Arjan, mi primo.
—Te arrebató el puesto y lo usaste como has usado a mi hermano, ¿verdad? —adivino.
—Mi padre y su madre son hermanos. En mi mundo, el poder pertenece a los hombres. Aunque yo naciera primero y mi padre fuera el anterior jefe, su sucesor siempre fue Arjan, el único varón de su familia directa.
—Y eso te dolió en el orgullo, ¿no es así? —la pincha Dante.
—Arjan era un inútil que no tenía ni dos dedos de frente —espeta—. ¡Siempre metía la pata! Y era yo quien resolvía sus errores. ¿Te suena, Gabriel?
—Yo no soy como tú —escupo.
—¿No? Te aprovechaste de la situación para quitarle el puesto de capo a tu hermano. ¡Puesto que debería haber sido mío! Si no te hubieras inmiscuido, mi plan habría sido perfecto. Tu amor por esa estúpida tuvo que mandarlo todo a la mierda.
—Querías controlar nuestros puertos —dice Dante—. Pretendías utilizar a Stefano para hacerte con el control, ¿verdad?
—¡Bingo! —ríe ella aplaudiendo— No ha sido tan difícil, ¿verdad?
Mi plan fue sencillo desde el principio.
Controlar a Stefano y, a través de él, los puertos de la ‘Ndrangheta.
Nadie se daría cuenta de nada y mi gente podría traer a las chicas sin problemas.
No tenéis ni idea de la cantidad de dinero que estáis perdiendo por impedir la trata —Se vuelve hacia mí—.
Pero tu maldito padre se interpuso en mi plan desde el principio.
Se acerca a mí y pasa una de sus uñas de manicura francesa por mi camisa.
—Nunca le caí bien, aunque me esmeré mucho por agradarle —continúa—. Pero me escuchó hablando con Stefano sobre mi pequeño problema de fertilidad y se apresuró a casarle con esa niña tonta que babeaba detrás de él todo el tiempo. —Me mira sonriendo—. Aún babea por él, siento decírtelo.
—Tus sucios juegos mentales no funcionan conmigo, Renata —le respondo—. Sé perfectamente por quién babea mi mujer.
—¿De veras? ¿Por eso se ha quedado sola en casa sabiendo que no volverías hasta esta noche? Adivina con quién está...
—Con sus guardaespaldas —respondo sin inmutarme.
—Así es. Ese tal Alessio y ella tienen algo, estoy segura. Cuando los he encontrado antes en la cocina estaban...
—Corta el rollo, bonita —la interrumpo—. Ya sé lo que ha pasado hace un rato en la cocina. Sé todo lo que pasa en esta casa, como quién pone las bolsitas de droga a mano para que mi hermano recaiga.
—Ese estúpido tuvo que tener un ataque de conciencia e ir a Narcóticos Anónimos... Todo es culpa de ese padrino que tiene... Michael, creo que se llama. Tendría que haberlo matado en cuanto tuve la oportunidad.
—Eres repugnante —escupo—. ¿Alguna vez has sentido algo por él? ¿Alguna vez lo quisiste?
—¿Quererlo? —Rompe a reír a carcajadas—. Él solo era un método para alcanzar lo que siempre he querido, nada más.
—¿Y por qué cojones no le das el divorcio?
—¡Porque tenía que intentarlo una última vez, estúpido! Pero tú te inmiscuiste, gran capo de la mierda... ¡Te inmiscuiste y lo echaste todo a perder!
Dante amartilla su pistola y de repente todo pasa frente a mí a cámara lenta. Sarah entra al salón desde la piscina, Renata se escurre como la serpiente que es, sujetándola por el cuello, y le pone un cuchillo en la garganta.
En ese momento dejo de respirar.
Intento tomar aire, llenar mis pulmones, pero el miedo me aprieta el pecho como un maldito puño de hierro. No puedo dejar que ella vea mi terror. No puedo dejar que Renata huela mi miedo.
—Si le haces un solo rasguño, te juro por Dios que tendrás la muerte más dolorosa que puedas imaginar —amenazo, aunque estoy cagado de miedo—. Las prácticas de Ettore serán un juego de niños comparadas con lo que te espera.
—Palabras, palabras... Si me dejáis irme, no le haré ningún daño. La dejaré en alguna parte y podréis ir a buscarla.
—¡Y una mierda! —grito— No vas a salir de aquí a no ser que sea con los pies por delante. Su-él-ta-la.
Dante hace el amago de acercarse, pero Renata aprieta el cuchillo contra la piel de Sarah.
El tiempo se detiene. Solo veo la fina línea de sangre correr por su piel.
Apenas es un rasguño, pero es más que suficiente para que mi mente me torture con lo que podría pasar.
Mi cabeza grita que dispare. Que lo haga ahora.
Pero si fallo... si fallo, no podré vivir conmigo mismo. Si muere, si mi mujer muere...
—Estás muerta, hija de puta —espeto.
—¿De veras? Mueve un solo músculo y tu querida Sarah morirá.
—Gabriel...
El gemido de mi mujer me rompe el corazón. Intento sonreírle, hacerle ver que no estoy preocupado aunque mienta.
—Todo va a estar bien, amor —le digo—. No te preocupes.
—Cuida de Gaby por mí.
—¡No! —grito al entender el significado de sus palabras— ¡No se te ocurra despedirte de mí, maldita sea!
Es en ese momento cuando veo la determinación en su mirada. Una leve sonrisa se dibuja en sus labios, y entonces lo comprendo todo. Está actuando. Mi princesa guerrera está actuando para que Renata baje la guardia. Joder... Esa es mi chica. Veo un movimiento detrás de ellas.
Stefano.
Está de pie a pocos metros de nosotros, apuntándola con su arma. Sé por qué no dispara, por la misma razón por la que no lo hemos hecho Dante o yo. Pero él cuenta con una ventaja... Renata no sabe que está aquí. Su mirada se conecta con la mía y asiente imperceptiblemente. Es el momento.
—¡Ahora, Sarah! —grito.
Sarah le propina a Renata un codazo en las costillas que la hace trastabillar.
Vuelve a golpearla en la mandíbula y aprovecha ese momento para huir de su agarre.
El disparo de Stefano resuena y una bala impacta de lleno en la espalda de Renata, haciéndola caer de rodillas, sorprendida cuando ve a Stefano acercarse a ella, con el arma aún humeante en la mano.
—Tú... —susurra entre espasmos.
—Reny, Reny, Reny... —susurra Stefano— Nadie juega con los Vitale y sale indemne de ello. ¿Creíste que ibas a salirte con la tuya, mmm?
La sangre sale a borbotones de la herida, pero sé que aún le quedan varios minutos de vida antes de desplomarse. Stefano se mueve alrededor como un depredador a punto de despedazar a su presa, y se pone en cuclillas para levantarle el rostro con el cañón de su pistola.
—Así que me manipulaste —espeta—. Me hiciste enfrentarme con mi hermano, lo más valioso que he tenido en la vida, y me hiciste tratar a una mujer inocente como lo hubiera hecho un demonio solo para hacerte con el poder de mi familia.
Me has estado drogando para tratarme como a un títere, y ahora que por fin consigo volver un poco a la normalidad, pretendes matar a las personas que más me importan.
—Se gira hacia Dante—. ¿Necesitas interrogarla?
—Es tuya, hermano —niega Dante—. Puedes hacer con ella lo que quieras.
—Dios... Hay tantas cosas que me gustaría hacer contigo... Pero son las cinco y mi hijo está a punto de llegar. No quiero que vea a su padre matando a una hija de puta.
—Stef... Aún estamos a tiempo de enmendarlo —suplica en un hilo de voz—. Podemos quedarnos con el niño y...
—¡Cállate de una puta vez! —grita mi hermano— Tu tiempo se ha acabado, cariño. Debería haberte matado cuando te negaste a darme el divorcio, pero quería ser mejor persona por Gaby.
Se pone de pie con un suspiro y se aleja de ella unos pasos, levantando de nuevo el arma.
—Saluda a Lucifer de mi parte, hija de puta.
Un disparo justo en el centro de la frente y el cuerpo de Renata cae sin vida sobre el suelo de mármol. Sarah esconde el rostro en mi cuello, porque los sesos de Renata han salpicado por todas partes. Se acabó.
—Necesito una limpieza rápida en la casa Vitale —escucho decir a Dante, que está hablando por teléfono.
—¿Está bien? —pregunta Stefano acercándose a nosotros.
Asiento, mi hermano aprieta mi hombro y se aleja con gesto cansado hacia su nuevo cuarto. Tengo miedo de que todo esto sea el detonante para que vuelva a caer en las drogas, y por mi vida que me encargaré de impedirlo.
—¿A dónde vas? —le pregunto.
—A darme una ducha —responde—. El cerebro podrido de esa hija de puta apesta.
—Stefano... —susurra Sarah, y mi hermano se vuelve a mirarla— Gracias por salvarme.
Mi hermano sonríe y asiente, volviéndose hacia el pasillo, pero se detiene en el último momento.
—Dado que ahora soy viudo, creo que lo mejor será que ingrese en el centro cuanto antes —dice—. ¿Puedes arreglarlo por mí, hermano?
—Ya está arreglado —respondo—. Estaremos esperándote con los brazos abiertos cuando salgas.
Observo a mi hermano alejarse por el pasillo y aprieto de nuevo a mi mujer contra mi pecho.
—Mis hombres estarán aquí en diez minutos para limpiar este desastre —informa—. Me ocuparé de la coartada, el funeral de Renata será dentro de dos días.
—De acuerdo.
—En cuanto a Stefano... Dime si necesitas que te ayude con algo.
—Ya tengo una plaza reservada para él en el centro Hazelden, solo tengo que hacer una llamada.
—Hablaré con mi abuelo, la Familia correrá con los gastos. Ahora que todo ha terminado, os dejo descansar. Ha sido un día muy largo.
Dante se marcha y llevo a Sarah de la mano a nuestra habitación.
Tras mandarle un mensaje a Chiara para que le cuente a Giulia lo ocurrido y se ocupe de Gaby, tiro de mi mujer hacia el cuarto de baño.
Nos desnudamos lentamente el uno al otro, y no puedo evitar pasar el pulgar por el arañazo que le ha provocado el cuchillo de Renata en el cuello.
—Solo es un rasguño —susurra ella, apartando mi mano para darme un beso en el dorso.
No puedo hablar. Ahora que todo ha terminado, el terror que he sentido por perderla me sacude de golpe, así que me limito a quitarle la ropa y a llevarla conmigo hasta la ducha.
Nos enjabonamos despacio, eliminando cualquier rastro de la mierda de día que hemos tenido.
Nos secamos con suavidad, curo el corte de mi esposa y nos metemos en la cama, completamente desnudos.
Pero no es sexo lo que necesitamos ahora, sino el calor del otro.
La acuno entre mis brazos, cerrando los ojos para asegurarme de que es real, de que está viva e ilesa.
—¿Cómo coño se te ocurre despedirte de mí así, Sarah? —la regaño.
—Solo pretendía que Renata se confiara para poder soltarme —bufa ella cruzándose de brazos.
—“Cuida de Gaby por mí” —respondo con voz de falsete—. ¿Sabes lo que he sentido cuando te he escuchado decir eso? Me has hecho envejecer diez malditos años en un momento, joder.
—Serías un viejo de lo más deseable —bromea.
—Estoy hablando en serio, Sarah. No vuelvas a hacer jamás en tu vida algo como eso o me moriré. Añadiremos eso a las normas de nuestro matrimonio, joder.
Sarah sonríe. ¡Sonríe! Y se abraza con fuerza contra mi pecho, acariciándolo con la punta de la nariz.
—Yo también estoy locamente enamorada de ti, Gab —confiesa, y algo tibio y profundo me recorre, un calor que me abrasa el pecho y me llena los pulmones de felicidad.
—Jamás me cansaré de oírtelo decir.
—Menos mal, porque pienso repetírtelo todos los días de mi vida.
—¿Es una promesa?
—No, cariño mío —ríe ella—. Es toda una amenaza.