Epílogo Gabriel
J usto después de cortar el pastel, es hora de que Stefano vuelva a la clínica.
Me he ofrecido a llevarle, pero él ha insistido en irse con Nicola para evitar momentos de drama.
Desde que ingresó en la clínica ha dado un cambio verdaderamente increíble.
Soy consciente de que los primeros días fueron terribles para él y, aunque me hubiera gustado estar allí para apoyarle, sus médicos dijeron que era mejor que ese momento lo pasara por su cuenta para volverse más fuerte.
De hecho, no pudimos visitarle hasta hace dos semanas, y que le hayan permitido venir al cumpleaños de Gaby, aunque tenga que estar en el centro antes de las ocho de la tarde, ha sido todo un milagro.
Sarah termina de poner algunas sobras en los recipientes herméticos y los mete en una bolsa para que se los lleve.
—Te lo agradezco, Sarah, pero no me van a dejar meterlos en la clínica —dice mi hermano, rechazándolos.
—¿Por qué no? Solo es comida.
—Son las normas de la clínica, princesa —respondo por él—. ¿Estás seguro de que no quieres que te lleve?
—Ya te he dicho que me voy con Nicola —insiste—. Tú quédate en casa y atiende a tus invitados.
—Mis invitados lo entenderán.
—Gab... no insistas, joder. No quiero verte llorar.
Le saco el dedo con una sonrisa, porque sé que está bromeando. Y porque, en realidad, el que terminaría llorando es él.
Sarah se acerca a Stefano y nos sorprende a ambos abrazándolo.
No le ha tocado desde que volvimos de Ravello, pero mi mujer es increíble y sabe que ahora mismo necesitaba un abrazo.
Cada vez le cuesta más alejarse de casa, sobre todo ahora, que las cosas están yendo tan jodidamente bien entre nosotros.
—Cuídate —le deseo, abrazándole a continuación—. Estoy muy orgulloso de ti.
Asiente abrazándome con fuerza, y sus ojos se llenan de lágrimas que logra no derramar.
—Te llamaré el viernes, ¿de acuerdo? —prometo— Con suerte podremos llevar a Gaby con nosotros en la visita del próximo mes.
Stefano se sube al coche de Nicola y me quedo en la acera, viendo cómo se aleja. Sé que es temporal, que dentro de un tiempo las cosas habrán mejorado y que podremos recuperar la relación que teníamos antes de todo lo que ha pasado, pero eso no quita que vaya a echarle jodidamente de menos.
—¿Estás bien?
La voz suave de mi mujer me saca de mis cavilaciones. Asiento, entrelazo mis dedos con los de ella y la atraigo hacia mi cuerpo para poder besarla.
—No soporto verle así, es todo.
—Se está esforzando mucho por ser el de antes —asiente ella—. La terapia le está ayudando mucho, Gab. Es bueno que vuelva al centro y complete su recuperación.
—Lo sé, pero se ve tan derrotado que... A veces se me hace muy cuesta arriba tener que ser el que se comporte como el mayor.
—Cuando termine la terapia le prepararemos una fiesta de bienvenida. Iremos a recogerle todos juntos y nos iremos a comer a ese restaurante de la costa que tanto le gusta, y al día siguiente tendremos una gran fiesta.
—¿En serio le has perdonado?
Sarah suspira.
—Lo que me hizo fue horrible, pero fueron las circunstancias las que lo llevaron a hacerlo —responde—.
Es parte de la familia, se está esforzando mucho por enmendar su error y nos ha dado el regalo más grande que podría hacernos, que es cedernos sin ponernos trabas la custodia de nuestro hijo.
Creo que se merece que le perdone, ¿no te parece?
—Solo por dejarme ser el padre de Gaby lo merece —asiento.
—No le guardo rencor. Tampoco me incomoda estar con él, y pienso que algún día terminará por encontrar a una buena mujer que le enseñe lo que es amar de verdad, como tú hiciste conmigo.
Sonrío sin poder evitarlo.
—Te conquisté rapidísimo, ¿no te parece? —bromeo.
—Más rápido de lo que imaginas.
Volvemos al jardín, donde mis amigos y conocidos siguen disfrutando de la fiesta...
aunque los niños haga rato que han volado al mundo de los sueños.
Rio cuando veo a Giulia saltar en el colchón hinchable con Sky, que está como una puta regadera.
Mi mujer me suelta para acercarse al grupo donde se encuentran Serena y Bianca y yo me desvío hacia donde están mis amigos.
Dante me pasa una cerveza y pone un cuenco de aperitivos sobre la mesa.
Pero mi mirada se ha perdido en el movimiento del culo de Sarah, que baila con sus amigas en la pista improvisada que hemos montado en la terraza.
Si tengo suerte los invitados se irán pronto a casa y...
—¡Tierra llamando a Gab! —grita Enzo, pasando su mano por delante de mis ojos— Joder, estás en Babia.
—¿Qué coño quieres?
—Que dejes de follarte a tu mujer con la mirada. En serio, empiezas a darme mucho asco.
—Mi pobre hermano está cabreado porque lleva una semana sin follar —se burla Dante riendo—. Vitto le mandó a una misión en un puto monasterio budista.
—Casi me vuelvo loco, os lo juro —se lamenta Enzo—. Demasiadas pollas a mi alrededor y ningún coño en varios kilómetros a la redonda.
—¿Y qué demonios tenías que hacer allí? —pregunta Tae.
—Encontrar a un pederasta hijo de puta que se hacía pasar por monje para eludir a la justicia.
—Tu primo me pidió el favor y yo tenía que ocuparme de unos asuntos de la empresa familiar, así que mi abuelo lo envió a él —ríe Dante.
—Ese desgraciado ha sido un grano en el culo durante meses —protesta Tae—. Llevamos tanto tiempo detrás suya que ya conoce a todos nuestros hombres. Joon me dijo que lo había solucionado, pero no me contó que te había endilgado el problema a ti.
—Apareció muerto al pie de un acantilado —se jacta Enzo—. Al parecer estaba meditando en lo alto, tropezó con las faldas de su traje budista y cayó. Nadie pondrá en duda que los cortes de su cuerpo fueron hechos con las rocas.
—¿Te ensañaste? —pregunta Tae sonriendo.
—Ni te lo imaginas.
—Un cabrón más en el infierno —respondo levantando mi copa.
Joon llega en ese momento, deja un paquete enorme envuelto en papel de regalo al lado de la mesa de las golosinas y coge una cerveza de camino hacia nosotros.
—Siento el retraso, me ha surgido un imprevisto —se disculpa—. ¿Y el cumpleañero?
—Dormido —respondo. Estaba tan cansado que ha caído el primero.
—Supongo que mi pequeña hada también está dormida...
Tae señala a Sloan, que está sentada en una silla hablando con un grupo de mujeres mientras acuna en sus brazos a Hanna.
—¿Dónde coño estabas? —pregunta Tae— Te he llamado hace más de una hora.
—Tenía algo de lo que ocuparme.
—¿Debo preocuparme?
—En absoluto.
El teléfono de Dante suena y mi amigo pone los ojos en blanco al ver que es su abuelo quien le está llamando.
—Allá vamos...
Se aleja para tener intimidad, pero es evidente que están discutiendo cuando gesticula excesivamente. Lanza el móvil a la piscina —sí, el hijo de puta va a tener que tirarse al agua a recuperarlo, porque como se cargue la depuradora le voy a pegar un tiro en los cojones— y se acerca echando humo.
—¿Ocurre algo? —pregunto.
—Ahora le ha dado por decir que tenemos que unir a la Familia mediante el matrimonio —responde Enzo por él—. No deja de llamarle haciendo cábalas sobre a quién puede casar con quién.
—Joon... ¿Qué te parece mi hermana? —pregunta Dante de repente— Es una mujer increíble y seguro que terminaríais llevándoos bien.
—¿Intentas hacerme de casamentero, Ferretti? —pregunta el hwejang con una ceja arqueada.
—Piénsalo. Si unimos las tres mafias mediante el matrimonio seríamos invencibles. Nadie podría hacernos sombra.
—Tienes razón... pero no va a poder ser.
—¿Por qué demonios no? Mi hermana es un pibón, Han.
—Y no lo niego... pero yo ya estoy casado.
Tae Min expulsa la cerveza por la nariz —en la cara de Dante, por cierto— y se queda mirándolo como si Joon acabara de anunciar que es el mismísimo Papa de Roma.
—¿Cómo que estás casado? —pregunta— ¿Y yo no me he enterado?
—Fue... precipitado. No tuve tiempo de avisar a nadie.
—No me jodas, hyung ... Vivo debajo de ti. Trabajamos juntos las veinticuatro putas horas del día... ¿Y no tuviste tiempo de contarme que ibas a casarte?
—Ya te lo he dicho... fue muy rápido.
—¿Y con quién demonios te has casado?
—Con Emma.
—¿Emma Carter? ¿Nuestra Emma?
—¿Qué otra Emma conoces, Tae? —protesta Joon.
—¿Y quién demonios es esa mujer? —pregunta Enzo lleno de curiosidad.
—Nuestra mejor amiga de la universidad —explica Tae Min, sin apartar la mirada severa de Joon—. Si le haces daño te voy a matar, hyung . No sé a qué demonios estás jugando, pero Emma...
—No estoy jugando a nada, joder —le interrumpe Joon sin apartar la mirada de su cerveza—. Solo intento protegerla.