Mi mayor pecado (Sombras en Manhattan 2) 43. Gabriel
93%

43. Gabriel

––––––––

E l final de Arjan Kodra está muy cerca.

Desde el secuestro de Giulia, la Kangpae, la Cosa Nostra italiana y la ‘Ndrangheta han estado ideando un plan para borrar a la mafia albanesa del estado de Nevada.

Para atraerle, golpearemos su mayor ventaja estratégica: Richard Calloway, el senador estatal de Nevada, el hombre que ha mantenido a la policía lejos de los negocios de Arjan.

Si Calloway cae, todo el entramado que ha protegido a Arjan durante todo este tiempo se desmorona. Y la Kangpae se ha hecho con él.

Ha sido una operación limpia y silenciosa, como todas las que llevan a cabo sus asesinos.

Nadie los ha visto desaparecer. No ha quedado ni un solo testigo con vida.

Ahora mismo el senador se encuentra en el sótano del Eclipse, a la espera del próximo movimiento de nuestras organizaciones unidas.

El plan es sencillo: usar a Calloway como cebo para acabar con ese bastardo.

Pero para llevarlo a cabo, tenemos que volar hasta Las Vegas, hasta un aeródromo privado situado al norte de la ciudad, rodeado de zonas desérticas.

El sitio perfecto para el gran golpe final.

Me ajusto las botas militares y me aseguro de tener bien sujeto el arnés de mis armas.

—Estás para comerte así vestido.

Sonrío ante el comentario de Sarah, que me mira sentada en la cama mientras termino de prepararme.

—No tengo tiempo para follarte, provocadora —le advierto.

—Lo sé, pero puedes hacerlo cuando vuelvas.

—Dudo mucho que la ropa regrese en el mismo estado.

—Tienes más ropa como esa. La he visto en tu parte del vestidor.

Me vuelvo hacia ella al fin. Un sentimiento de incertidumbre atenaza mi corazón, pero lo descarto para que ella no lo vea. Me agacho lo justo para besarla en los labios, y me recreo un poco más de lo necesario.

—Si tienes alguna fantasía, princesa, es hora de que me la cuentes —ronroneo.

—Tal vez que me persigas de noche así vestido. Sería excitante que me atrapases.

—¿Ya has estado leyendo otra vez novelas raras?

—Estoy casada con un capo de la mafia... No me va el sexo vainilla.

—Mentirosa... Te derrites cuando tenemos sexo vainilla.

—Bueno, sí... Pero también quiero probar cosas nuevas.

—Cuando regrese voy a darle un cheque en blanco a esa doctora que está tratando tu trauma. ¿Cómo se llamaba?

—Samantha —responde rodeándome el cuello con los brazos—. Y no hace falta que le des nada, porque no es ella quien me está curando, sino tú.

Me besa y no me da tiempo a gestionar lo que ha dicho. ¿Que yo la estoy curando? Joder, sus palabras me atraviesan y me dejan el corazón sangrando. En sentido figurado, por supuesto.

—Vuelve de una pieza, ¿me oyes? —susurra sobre mis labios— Sé que es una operación muy peligrosa y que cabe la posibilidad de que termines herido, pero no te mueras.

—¿Me perdonarás el castigo de tres semanas sin sexo si vengo con una herida de bala?

—No es momento para andarte con bromas, Gab. Prométeme que te cuidarás.

—Haré lo que pueda.

La rodeo con mis brazos y la abrazo con fuerza, empapándome de su olor para recordarlo durante el tiempo que esté lejos de ella.

Cada vez me cuesta más alejarme de mi mujer, joder.

Cada vez es más difícil soportar la incertidumbre de si volveré a su lado.

Ojalá esta maldita guerra termine con esta operación y podamos volver a la normalidad. La echo de menos.

—Te amo, princesa —confieso, volviendo a besarla.

—Yo también te amo.

Al fin. Joder, al fin las ha dicho siendo totalmente consciente de ello. La euforia me invade y quiero gritar, quiero reír de felicidad y dar vueltas con ella por toda la habitación. Quiero gritarle a los cuatro vientos que Sarah Vitale, mi mujer, me ama.

Ya puedo morir tranquilo.

Joder, mejor no, que aún nos quedan muchas cosas por vivir juntos.

Sujeto su cara entre mis manos y la beso de nuevo, entregándole todo lo que soy en ese beso. Cuando nos separamos, ambos estamos jadeantes, y apoyo mi frente en la suya para recuperar el aliento.

—Cuando regrese, vamos a poner todo nuestro empeño en hacer bebés —le digo.

—¿Hacer bebés? —ríe ella— ¿En plural?

—Gaby necesita varios hermanos con los que jugar, cariño.

—¿Y si son hermanas?

—Le pondremos empeño hasta que sea niño.

—Estás loco, ¿lo sabías?

—Lo estoy... completamente loco por ti.

Mi esposa me acompaña hasta el coche de Tae, que me espera en la puerta. Me besa y me abraza una vez más, con tanta fuerza que siento que va a convertirse en una parte más de mí. Cuando me suelta, se dirige a mi amigo.

—Cuida bien a mi hombre, o te juro por Dios que te mataré —le amenaza.

—Tu hombre es también mi mejor amigo, Sarah —ríe Tae—. Te doy mi palabra de que te lo traeré con vida.

Con vida, no sano y salvo. Porque ninguno de nosotros sabe lo que pasará en ese aeropuerto mañana.

—Te llamaré cuando aterricemos, princesa —prometo.

—Ten mucho cuidado.

La beso una última vez a través de la ventanilla abierta. Cuando el coche arranca, no aparto la mirada del retrovisor hasta que la pierdo de vista, y siento una opresión en el pecho al pensar que puede ser la última vez que la vea. No, joder, volveré a ella. Le he hecho una promesa.

—Mañana todo habrá acabado —dice Tae, adivinando mis pensamientos.

—Ojalá tengas razón.

—El italiano no ha escatimado en esto, Gab. Ha traído todo un ejército consigo y está listo para matar a ese cabrón por lo que le hizo a su hija.

Giulia se ha recuperado casi por completo.

Ha tenido que aguantar tener a su padre revoloteando a su alrededor durante las tres semanas que ha estado confinada en la cama de hospital, tiempo que Giovanni ha estado hospedado en casa del don.

Es un poco coñazo tenerlo todo el día en nuestra casa, pero hay que entender que es su única hija y que han estado sin hablarse durante cinco años.

—¿Está todo planificado? —pregunto.

—Lo está, cuando lleguemos os darán la charla informativa.

—Tú conoces el plan, Han. Cuéntamelo.

—Citaremos a Arjan en el aeropuerto abandonado para poder recuperar a Calloway. Han pedido un rescate, medio millón de dólares a cambio del senador.

—No es tonto, sabrá que es una trampa.

—Desde luego que sí, pero si quiere seguir operando en Nevada no tiene opción.

Cuando llegue, encontrará al senador atado en mitad de la pista, pero no habrá ni un alma alrededor.

Estaremos escondidos en lugares estratégicos, pero no será necesario abrir fuego.

Habrá una carga explosiva debajo de la silla de Calloway. C4. No les dará tiempo ni a respirar.

—Arjan no va a caer en esa trampa tan cutre, Han. Es mucho más listo que eso.

—Contamos con ello. Si envía a alguno de sus hombres, abriremos fuego. No tienen donde esconderse y les superamos en número. Cinco contra uno, no tienen escapatoria.

—Es demasiado fácil.

—¿Y te quejas?

—Supongo que tienes razón.

—Giovanni solo ha pedido una cosa, Gab. Arjan es suyo.

—Y una mierda.

—Gabriel... Sé que quieres vengar a Daniele, pero esta vez vas a tener que dejárselo a otro.

—No es solo por Daniele. Es por Giulia, por mi esposa, por todos los hombres que han muerto por su culpa. Mis hombres, Han.

—Giovanni los vengará por ti.

—Ese viejo está empezando a tocarme las pelotas.

—Si le dejas salirse con la suya, elimina a Arjan y se vuelve a Italia. Matarías dos pájaros de un tiro, amigo —dice riendo.

—Dos pollas bien gordas, hermano.

Llegamos al aeropuerto y nos dirigimos al avión.

Cojonudo, me va a tocar viajar con el italiano y su séquito, porque Joon no me permite viajar en el otro avión con los hombres.

Es el viaje más largo de mi vida. Llegamos a Las Vegas al anochecer y nos dirigimos directamente al aeropuerto abandonado.

Joder, es el escenario perfecto para un capítulo de The Walking Dead , me da escalofríos.

Rodeado de desierto, completamente oscuro, con una torre de control que ha visto tiempos mejores y una pista de aterrizaje que deja mucho que desear. Apocalipsis zombi, ven a mí.

—Vamos, daos prisa —nos apremia Giovanni—. Los albaneses deben estar a punto de llegar.

Nos escondemos en la torre de control. Veo a Ettore atar la carga explosiva a la silla del senador y correr hasta una garita abandonada que hay en un lateral del hangar.

Veinte minutos. Tenemos que esperar veinte jodidos minutos a que aparezca Arjan con sus hombres —los pocos que le quedan, porque le estamos dejando sin ninguno.

Al fin... ahí están...

—¿Dónde cojones están? —pregunta uno de los albaneses al entrar en la pista de aterrizaje y no ver a nadie.

—¿Y yo qué sé? —protesta Arjan— El mensaje decía que estarían aquí.

El foco de la torre se enciende, iluminando al senador.

—¡Calloway! —exclama otro albanés.

—¿Está bien, senador? —grita Arjan.

No responde. Obvio, porque le han dejado inconsciente. Arjan da algunos pasos hacia él, pero parece pensárselo mejor y se detiene en seco.

—¡Arben, ve a desatarlo! —ordena.

—¿Y por qué yo?

—Porque te lo estoy ordenando. ¿O quieres probar el sabor de mis balas?

El tal Arben se acerca lentamente a Calloway. Está sudando a mares, puedo verlo por la pantalla del ordenador que uno de los hombres de Tae tiene encima de la mesa.

—Tres, dos, uno... —Ettore aprieta un botón y el senador vuela por los aires—. ¡Empieza la acción!

Sale a correr hacia la pista de aterrizaje y se desata el caos.

Ni siquiera tenemos que mancharnos las manos, Sky y Ettore acaban con todos los albaneses en menos de diez minutos, y tienen a Arjan arrodillado en mitad de los pedazos del senador.

Giovanni le quita el arma a su consigliere y se acerca lentamente hacia él.

—Di tus últimas palabras, albanés —escupe.

—Que te jodan, italiano. —Giovanni sonríe.

—Parece que tienes muchas ganas de morir.

—Le pega un tiro en la pierna—. Por Marcelo Conti.

—Vuelve a disparar, en la otra pierna—. Por Marco Romano.

—Otro disparo, en el hombro derecho—. Por Roberto Esposito.

—Disparo en el otro hombro—. Por Juan Ricci.

—Otro disparo en el abdomen—. Por Daniele Ferraro.

Y este... —Un disparo entre ceja y ceja— Por mi hija, hijo de puta.

Cada disparo marca el fin de una guerra que se ha cobrado demasiadas víctimas. No soy yo quien ejecuta la sentencia, pero al fin se ha hecho justicia. Todos los que han muerto por culpa de Arjan pueden descansar en paz. Giovanni ha cumplido su palabra.

Dejo escapar el aire lentamente, sintiendo el peso que cargaba sobre los hombros volverse más liviano.

—Limpiad todo esto —ordena Tae a sus hombres—. Que no quede ni rastro.

Giovanni extiende la mano hacia Vitto, que la acepta con una sonrisa.

—Empezaremos a hacer negocios en cuanto esté de vuelta en Roma. Aún tengo algunas cosas que arreglar aquí, confío en poder seguir contando con tu hospitalidad.

—Siempre eres bienvenido en la casa Ferretti —asiente Vitto.

Giovanni se vuelve ahora hacia mí y me palmea el hombro.

—Parece que tu doctora está interesada en mi hija. —No hace falta que haga la pregunta, sé lo que quiere saber.

—Valentina es una buena persona, hará feliz a Giulia —respondo.

—En ese caso, te confío la seguridad de mi hija, Vitale. Protégela bien.

—Con mi vida.