Mi mayor pecado (Sombras en Manhattan 2) 42. Giulia
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42. Giulia

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M e duele cada maldita partícula de mi cuerpo. No hay un solo lugar en donde no me duela, pero tengo que hacerme la fuerte cada vez que Sarah viene a verme —que es a cada momento—. Acaba de marcharse, y me dejo caer en la cama con un quejido cuando cierra la puerta a su espalda.

—Eres una cabezota. —Val, la preciosa mujer que vi a mi lado cuando desperté, se acerca con una bolsa de suero y la une a mi vía—. Si estás muriéndote de dolor no tienes por qué hacerte la fuerte delante de ella. Sabes que pasó por algo similar, ¿verdad?

—Precisamente por eso no quiero que sepa lo mal que me encuentro. No quiero recordarle lo que le pasó.

—Ella ama a Gabriel.

La miro con sorpresa y rompo a reír a carcajadas. Lo sé, sé que está completamente loca por su marido, y hace mucho tiempo que dejé de amarla aunque pueda parecer que no es así.

—No estoy enamorada de ella, si es lo que crees —le digo.

—Pues lo parece.

—Cuando nos conocimos, conectamos muy deprisa.

Como yo no tenía dónde quedarme, me ofreció una habitación en su casa y un trabajo en su pastelería.

Me habría gustado que fuera la mujer de mi vida, pero en vez de eso se convirtió en la hermana que nunca tuve.

Y Ravello es un pueblo pequeño donde la gente habla demasiado.

—¿A qué te refieres?

—Siempre estábamos juntas. Yo procuraba buscarme parejas que no fueran del pueblo, y Sarah nunca estuvo con nadie. Empezaron a pensar que éramos pareja... y nosotras empezamos a aparentarlo delante de todos solo para divertirnos. Mi forma de ser con ella no es porque la ame... es por costumbre.

—Entiendo.

—De hecho, venía a verla porque mi última novia acababa de romperme el corazón. Aunque, comparado con esto, la ruptura me parece ahora un juego de niños.

—¿Te dio alguna razón?

—Me dijo que no era capaz de enamorarse de mí aunque lo había intentado. —Bufo—. Me dejó por un maldito mensaje de texto, ni siquiera tuvo la decencia de decírmelo a la cara.

—Menuda gilipollez.

—Es una excusa de mierda, ¿verdad?

—Desde luego que lo es. Si yo hubiera estado en su lugar no te habría dejado escapar.

Me quedo en shock. ¿Esta preciosidad es lesbiana? No puedo tener tantísima suerte, ¿verdad?

—Soy bisexual —aclara la doctora ante mi cara de confusión—. Y créeme, incluso llena de moretones estás para comerte.

—Te recordaré esta frase cuando esté lo suficientemente recuperada como para dejarte hacerlo, nena.

—Cuando estés lo suficientemente recuperada como para hacerte mucho más que eso, te aseguro que lo haré.

Valentina se marcha, dejándome con cara de idiota. Me dejo caer en las almohadas, planteándome la posibilidad de mandar toda mi vida a la mierda y quedarme en Nueva York. Total, no tengo nada que me retenga en Italia...

Unos golpes en la puerta preceden a Gabriel, que se sienta a mi lado y sujeta mi mano sana entre las suyas, como cada vez que viene a verme. Pero al contrario que las veces anteriores, esta vez está muy serio, más de lo que me gustaría.

—¿Qué pasa? —pregunto, a lo que responde con un suspiro.

—Tu padre viene a verte.

Ahora, quien suspira soy yo. Sabía que llegaría este momento desde que desperté.

Gabriel me lo contó todo: quién me raptó y por qué, que mi padre les había pedido ayuda y que me encontraron gracias al dispositivo de rastreo que tenía en mis pendientes.

Lo único que me quedaba de mi madre era un regalo envenenado.

He creído durante cinco años que había escapado de mi familia cuando, en realidad, ellos sabían todo lo que hacía en cada momento.

Qué verdad es que no se puede escapar de la mafia...

—Si te digo que no quiero verlo, ¿le impedirás entrar? —pregunto esperanzada.

Gabriel sonríe, acaricia el dorso de mi mano con el pulgar y niega.

—Si lo hago, estaría desobedeciendo las órdenes de mi don —explica—. Sé que no tenías relación con él desde hacía años, pero...

—Le veré —le interrumpo—. No voy a dejar a mi hermana viuda tan pronto.

—Te lo agradezco —ríe—. ¿Cómo te encuentras?

—Perfectamente, ¿no lo ves?

—Dime la verdad, Giulia.

—Como si me hubiera atropellado un tren. ¿Pero sabes qué? Que al final ser secuestrada va a ser algo bueno. —Me acerco hasta poder hablarle al oído—. Tu doctora y yo parece que tendremos algo después de todo.

—Val es muy exigente... Si le has gustado puedes sentirte satisfecha contigo misma.

—¿No te importa?

—¿Qué me importa a mí con quién se acueste Valentina?

—Si sale bien, tendría que pedirte asilo hasta que lograse encontrar un trabajo y...

—Giulia... —me interrumpe— Eres parte de esta familia y esta siempre será tu casa. Si decides quedarte, te prepararemos una suite. Aunque supongo que si todo sale bien terminarás compartiendo la de Val.

—Joder, eso espero...

—Por lo único que tienes que preocuparte ahora mismo es por ponerte bien. Tu padre llegará en una hora, ¿quieres que avise a Sarah para que te ayude a prepararte?

—Estaría bien darme un baño —asiento.

—Yo me encargo, Gab —dice Val desde la puerta.

Él sonríe y me guiña.

—Vas a tener suerte... —bromea alzando las cejas.

—Cállate —río—. Me duele cuando me río, cabronazo.

Gabriel me besa en la mejilla y se pone de pie.

—Vendré a avisarte cuando llegue tu padre.

Mi amigo —porque si no es mi amigo después de salvarme la puta vida es que soy una desagradecida— se marcha y miro a Valentina con una sonrisa.

—No puedes aguantar para verme desnuda, ¿verdad? —bromeo.

—Cariño... Te he visto desnuda más de cien veces. Es más, te he visto cagarte encima y aún me sigues pareciendo interesante.

—Ese es el mejor cumplido que una mujer puede recibir.

Me ayuda a asearme con cuidado. No puedo evitar que cada roce de sus manos termine excitándome, pero mi cuerpo está tan magullado que no sería capaz de soportar ahora mismo un orgasmo.

—¿Quieres ayudarme o matarme? —protesto cuando pasa la esponja suavemente entre mis piernas, haciéndome jadear.

—Quiero que estés lo más presentable posible cuando venga tu padre.

La mención a ese viejo del demonio me enfría como un maldito iceberg. Suspiro.

—¿Cabe la posibilidad de verle en el salón? —pregunto— No quiero que me vea postrada en una cama.

—Puedo hacer los arreglos necesarios. ¿No te llevas bien con él?

—No acepta que con quien comparta mi cama es solo cosa mía.

—Hay muchos padres así, Giulia. El tuyo no es el único.

—¿Tu padre tampoco te acepta?

—Mi padre me aceptó hasta el día que murió —niega—. Fue mi madre la que no concebía que pudiera gustarme de igual manera un hombre o una mujer.

Seca con cuidado mi piel mojada y vuelve a bajarme la bata de hospital.

—Listo —dice retirando lo que ha usado—. Voy a organizarlo todo y te trasladaremos al salón. Pero solo mientras dure la visita de tu padre, ¿de acuerdo? Tengo que mantenerte conectada a ese suero hasta que estés un poco mejor.

—Me conformaré. Gracias.

—No hay de qué.

Una hora después, estoy acomodada en una parte del sofá en L del salón con Gaby sentado a mi lado mientras me muestra su nuevo libro de dinosaurios, regalo de su tío Stefano.

Cuando Sarah me contó el cambio que había dado su exmarido no quise creerla, pero ahora que le veo interactuar con ambos debo reconocer que tal vez ella tenga razón y todo fuera culpa de las drogas.

Las drogas son una mierda, y me revuelve el estómago pensar que mi familia es millonaria gracias a ellas.

—Mira, este es Red —me dice mi pequeño príncipe mostrándome un velociraptor de color rojo—. Papá dice que es el hermano pequeño de Blue.

—Mmm... No lo vi en la película.

—No sale en la película. Papá dice que vive libre en la isla de los dinosaurios.

—Papá sabe contar buenas historias... —bromeo mirando a Gab, que empieza a hacer posturitas de héroe.

—Papá es el mejor —asiente Gaby.

No me pasa desapercibido el leve atisbo de tristeza en los ojos de Stefano. Lo sabe. Sabe que Gaby es hijo suyo, y sin embargo aquí está, haciendo de tío perfecto que ama a su sobrino con locura. Al final va a resultar que no era tan malo después de todo...

—Están aquí —informa uno de los hombres de Gabriel.

Me tenso de inmediato. La guardaespaldas de Gaby se acerca para llevárselo a jugar y me quedo sin el consuelo de su compañía.

—Tranquila... —Sarah se sienta a mi lado y me abraza—. No voy a dejarte sola.

—Si me dejas sola puede que esto se convierta en una batalla campal.

—Procuraremos que la sangre no llegue al río —bromea mi amiga—. ¿Lista?

—Qué remedio...

Veo entrar en la habitación a una docena de los hombres de mi padre.

Hombres con los que he crecido, a los que he considerado mis hermanos.

Detrás de ellos entran dos hombres que no conozco.

Uno saluda a Gab con un abrazo, así que debe ser su amigo.

Por último, entran mi padre y el don de Nueva York.

Vittorio Ferretti.

Joder, qué presencia.

Mi padre y ese hombre no pueden ser más distintos. Deben tener la misma edad, pero Vitto parece diez años más joven que mi padre. Y está fuerte, puedo ver los músculos marcados a través de las mangas de su chaqueta hecha a medida.

—¡ Amore ! —Mi padre corre hacia mí y se sienta a mi lado, abrazándome—. Gracias a Dios que estás a salvo.

—Suéltame, me haces daño.

Lo hace inmediatamente e inspecciona cada moretón, el yeso de mi pierna y la venda que me rodea las costillas.

—¿Dónde está el médico que la atendió? —pregunta— Quiero hablar con él.

—Vas a hablar conmigo —protesto—. Tengo tres costillas y el peroné fracturados.

Me han operado para ponerme placas en la pierna, y también para coserme el bazo.

Tuve una contusión cerebral y una hemorragia interna, que la muy competente cirujana que me atendió consiguió controlar perfectamente.

Además, tengo hematomas por todo el cuerpo y me duele hasta respirar. ¿Algo más?

—Hasta donde yo sé, no eres médico —protesta mi padre.

—Hasta donde yo sé, me dijiste que si me marchaba dejaría de formar parte de la familia.

—¡Y tú te tomaste mis palabras al maldito pie de la letra!

—¡Y tú no te has dignado a buscarme en cinco malditos años!

—¡Si me hubieras hecho caso...

—¡Basta!

Es Vitto, que nos mira a ambos como si fuéramos monos de feria.

Sarah intenta aguantarse las ganas de reír. La miro con fastidio, pero ella se limita a darme un beso en la mejilla y alejarse riendo. Devuelvo mi atención al señor Ferretti, que para mi sorpresa también sonríe.

—Joder, no podéis ser más iguales —dice el hombre que ha saludado a Gabriel.

—Dante... —advierte Vitto.

—Discúlpeme, señor Ferretti —digo al fin—. Mi padre hace mucho tiempo que perdió sus modales.

—Me gustaría hablar con la doctora que está tratando a mi hija para saber cuándo podremos volver a Italia —dice mi padre—. ¿Sería posible?

—Por supuesto —asiente Gabriel, y hace una seña a uno de sus hombres para que avise a Valentina.

—No la llames —le interrumpo—. No voy a volver a Italia, y menos contigo.

—¿Qué es eso de que no vas a volver? ¡Por supuesto que lo harás!

—¿Qué más te da? No aceptas que me gusten las mujeres. ¡Deberías estar feliz de poder librarte de mí!

—¡Me importa una mierda con quién te acuestes! —me sorprende diciendo— Eres mi hija, ¿de verdad piensas que te quiero menos por algo como eso?

Sus palabras me dejan en shock. Ni siquiera me doy cuenta de que estoy llorando hasta que mi padre sonríe y me abraza. Hacía tanto tiempo que no me refugiaba entre sus brazos que había olvidado lo mucho que me reconfortaba.

—Eres mi princesa y siempre lo serás, Giulia —susurra acariciándome el cabello—. No me importa quién comparta tu cama, y tampoco a quién pertenezca tu corazón.

—¡Quisiste casarme con Paolo!

—Si me hubieras escuchado, niña estúpida, lo habrías entendido todo.

—¿Qué había que entender?

—Paolo es gay. Accedió a casarse contigo para guardar las apariencias, nada más.

Mi intención era que te casaras con él para que ambos pudierais hacer con vuestra vida lo que quisierais sin deshonrar a la Familia.

Y no, no creo que sea una deshonra que te enamores de otra mujer.

Pero soy el don, y mi familia tiene que dar ejemplo para seguir siendo respetado.

—¿Y por qué no me lo dijiste entonces?

—¡Porque tú nunca me escuchas! Eres terca como una mula, amore . Crees tener siempre la razón y no te detienes a escuchar la opinión de los demás cuando crees que están equivocados.

—Eso es cierto —añade Sarah, a quien me gustaría estrangular ahora mismo.

—Tampoco es que tú me tengas mucha paciencia —protesto.

—Es cierto, y debería haber sido mucho más maduro cuando discutimos aquel día. ¿Podrás perdonarme?

—No quiero volver —insisto—. Quiero quedarme en Nueva York.

—¿Hay algún motivo por el que quieras quedarte?

—Sarah está aquí. Es como una hermana para mí y no soporto vivir lejos de ella.

Es una verdad a medias, pero parece ser suficiente para mi padre.

—Te permitiré quedarte solo si me prometes regresar a casa para las vacaciones.

—¡No puedes pedirme eso! ¿Y si quiero irme de viaje? Quiero ir a las Maldivas, y a Japón, y...

—En Navidad, al menos. Debes regresar en Navidad.

—¿Si tengo pareja podrá venir conmigo?

—Si tienes pareja, más le vale venir contigo. De veras lamento haberte dado la impresión equivocada, hija. Pero siempre te he querido.