41. Sarah
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H a pasado una maldita semana desde que trajeron a Giulia a casa.
Una maldita semana postrada en esa cama sin despertar, y cada minuto que pasa es una tortura para mí.
No me he movido de su lado en todo este tiempo, ni siquiera para comer o dormir.
Después de mucho pelear con Gabriel, al final ha optado por ponerme una cama junto a la suya para que pueda descansar por las noches, y me obliga a comer al menos una vez al día.
Pero no puedo dejarla sola. No puedo ni pensar en que se despertará y no habrá nadie a su lado.
No quiero que sienta lo que yo sentí hace cinco años, cuando me desperté sola en un hospital italiano sin saber cómo ni por qué estaba allí.
Mojo un bastoncillo de algodón en agua y lo paso por sus labios para que no se resequen demasiado.
Masajeo sus brazos y sus piernas con un poco de crema hidratante, y me aseguro de que la bolsa de drenaje no esté llena de orina.
Está siendo alimentada por una sonda, y parece tan frágil ahí tumbada que mi corazón se encoge y mis ojos se llenan de lágrimas.
—Como broma ya es suficiente, hermana —le regaño pasando un paño húmedo por su cuerpo para refrescarla—. Llevas una semana haciendo el vago en esa cama, ¿no te da vergüenza?
Nada, ni una sola reacción. Val dice que no está en coma, que su mente bloquea su conciencia para evitar afrontar el dolor de lo ocurrido. Su cuerpo funciona perfectamente, su actividad cerebral está intacta, pero su mente no quiere despertar.
—Eres una amiga de mierda. ¿Crees que es fácil para mí verte en ese estado? ¡Mírate, te estás cagando encima! Siempre dijiste que el día que lo hicieras pedirías la eutanasia.
—Sarah...
Me vuelvo hacia Val, que me mira desde la puerta con sus ojos llenos de compasión. No quiero su compasión, quiero que la traiga de vuelta.
—Pareces una abuela —continúo mirando a Val—. Una vieja meona y cagona que no es capaz ni de moverse por sí misma. ¡Despierta de una vez y demuéstrame que estoy equivocada!
—Ya es suficiente.
Val me coge por los hombros y me saca a empujones de la habitación.
—¡Suéltame! —grito.
—No voy a soltarte. Tienes que salir de aquí, tomar aire fresco y pasar tiempo con tu familia.
—Ella es mi familia. No voy a dejarla sola.
—Gabriel y Gaby te necesitan, Sarah. Sé que estás sufriendo por lo que le está pasando a tu amiga, pero Gab está pasándolo muy mal al verte así. Está muy preocupado por ti, aunque no quiere interponerse entre Giulia y tú.
—Hace bien en no hacerlo.
—Puede... pero yo no tengo ningún reparo en mandarte a la mierda si molestas de más a mi paciente, y es lo que estás haciendo. Date una ducha, que apestas, sal al jardín con tu familia y déjame hacer mi trabajo.
—Si hicieras tu puñetero trabajo mi amiga estaría despierta.
—No voy a tenértelo en cuenta porque sé que estás sobrepasada por la situación, pero si vuelves a sugerir que no sé hacer mi trabajo no me temblará el pulso al darte un puñetazo.
—Gabriel te despellejará.
—Puedo vivir sin piel. Vamos, largo.
Me alejo de la clínica de muy mal humor.
Levanto el brazo para asegurarme de que no huelo mal, de que solo lo ha dicho para molestarme, pero ¡demonios!
Huelo a muerto. Me doy una ducha, y aunque no quiera, debo reconocer que me sienta de maravilla.
Casi me siento tentada de llenar la bañera y darme un baño relajante, pero hace muchos días que no veo a Gaby y quiero pasar tiempo con él.
Salgo al jardín, pero no encuentro a nadie.
Me dirijo hacia el patio trasero y las risas de mi hijo me hacen sonreír.
Me detengo en las puertas de la terraza a observar a mi familia. Gab está de pie en mitad de la piscina, y Gaby se lanza hacia él desde el borde riendo a carcajadas. Mi marido le atrapa al vuelo y lo sumerge en el agua para darle un chapuzón.
—Vamos, campeón... Otra vez —le anima.
—¡Ya me he tirado diez veces! —ríe mi hijo.
—Tienes que aprender a tirarte de cabeza, y si no te atrapo en el aire caerías de panza.
—Me gusta de panza.
—Te gusta porque aún no te has hecho daño con el agua —ríe Gabriel—. Vamos, tienes que aprender para enseñarle a mamá lo bien que lo haces cuando la tía Giulia se ponga buena.
—Echo de menos a mamá, papá.
El lamento de mi hijo me encoge el corazón. Gabriel se acerca al borde y le tiende los brazos para cogerlo y apretarlo contra su pecho.
—Yo también, campeón, pero ahora tía Giulia la necesita —susurra.
—¿Se va a curar?
—Claro que se va a curar. Ya verás como dentro de poco estás enseñándole todos tus sitios favoritos de la ciudad.
—¡El parque de atracciones!
—Siempre que no vuelvas a escaparte...
—¿Cómo está tu amiga?
La voz suave de Stefano a mi espalda me sobresalta. No porque le tenga miedo... Ya no. Es solo que no me lo esperaba. Pero parece que él malinterpreta mi reacción y se aleja.
—Lo siento, no quería incomodarte —se disculpa.
—No me incomodas. Ya no. Es solo que estaba entretenida con esos dos y no te esperaba. Giulia está igual. Su cuerpo funciona bien, pero no despierta.
—¿Hay alguna explicación?
—Val piensa que su cerebro intenta evitar el dolor de lo ocurrido de esa forma. Respuesta disociativa extrema, creo que se llama.
—Si hay algo que pueda hacer...
—Nadie puede hacer nada más que ella misma, pero gracias.
Nos quedamos los dos ahí, mirando hacia la piscina sin decir una palabra. Por primera vez desde que volví, la presencia de mi ex no me provoca absolutamente nada. Y todo se lo debo a Samantha.
—¿Cómo llevas tu recuperación? —pregunto de repente.
—Mucho mejor desde que no comparto habitación con Renata, aunque ya sabes que no pasa un solo día en el que no discuta con ella.
—Pronto tendrás el divorcio.
—Nathan dice que puede alargarse dos años, pero que lo conseguiré eventualmente.
—¿Has pensado en ingresar antes de conseguirlo?
—No puedo hacerlo. Primero, porque retrasaría el proceso de divorcio al no poder acudir a las audiencias con el juez. Y segundo, porque Renata podría declararme incapaz de manejar mis finanzas y quedarse con todo mi dinero.
—Si hay algo que pueda hacer...
Stefano sonríe. Es la primera vez que veo esa sonrisa en sus labios desde que nos casamos, una sonrisa tan bonita como la de Gabriel.
—Estamos en tablas, tampoco puedes hacer nada por mí —responde—. Pero gracias por ofrecerte. No sabes lo mucho que significa para mí.
—¡Mamá, tío Stef, mirad cómo me tiro!
La voz de mi hijo me hace volver la mirada hacia la piscina. Gaby está dando saltitos en el borde con una enorme sonrisa. Gabriel nos está mirando, levanta una ceja y sonríe. Sonríe, y yo no puedo evitar devolverle la sonrisa.
—Vamos, campeón, esta es tu oportunidad de mostrarle a nuestra familia lo mucho que has aprendido —dice extendiendo los brazos hacia él.
Nuestra familia.
Cierto, somos una familia. Aunque haya habido momentos terribles que superar, aunque haya sido el odio y el rencor lo que nos ha llevado hasta aquí, ahora somos una familia...
Y se siente de maravilla. Observo a mi hijo tirarse de nuevo a la piscina, salpicando agua por todas partes, y Stefano y yo le aplaudimos riendo por la que ha formado.
—¡Muy bien, cariño! —le felicito.
—¡Eres todo un nadador profesional!
—¡Nada con nosotros, mami! ¡El agua está calentita!
—No tengo bañador, cariño. Voy a ponérmelo y vuelvo.
Me dirijo a la suite para ir a ponerme el traje de baño y me encuentro a Val corriendo por el comedor.
—Sarah... Ha despertado.
Corro hacia la clínica y me detengo en seco al ver a Giulia con los ojos abiertos hablando con una de las enfermeras. Está despierta... Al fin está despierta. Mis ojos se llenan de lágrimas y corro para dejarme caer de rodillas junto a la cama y abrazarme con fuerza a ella.
—¡Au! —protesta— Cuidado, me haces daño.
—Tendría que matarte por lo preocupada que me has tenido. ¡Una semana, Giulia! ¡Llevo una semana esperando que despiertes! ¿Esa es tu forma de vengarte de mí por no haberte llamado?
—Lo siento, no sabía que me esperabas —bromea.
—¿Estás bien? ¿Te duele algo? ¿Qué necesitas?
—Que te laves la boca con jabón. ¡Me has dicho abuela! Eso no te lo voy a perdonar nunca.
—¿Me escuchaste?
—¿Cómo no hacerlo si estabas dando gritos? No sabía que estuvieras tan loca por mí, nena...
—Maldita estúpida... ¡Como vuelvas a preocuparme así te mataré!
Alarga su brazo libre de vía para abrazarme.
—Yo también te quiero, hermana.