40. Sarah
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U n ruido me sobresalta en mitad de la noche. Miro el reloj de la mesita y me doy cuenta de que son las tres de la madrugada.
Gabriel.
Gabriel ha regresado.
Salgo de la cama de un salto, me pongo una bata encima del camisón y corro escaleras abajo para ir a recibirle, pero me detengo en seco cuando veo entrar a Dante seguido de una camilla de hospital.
Mi cuerpo se queda sin sangre en ese mismo instante.
No. ¡No, no, no, no! Echo a correr hacia la camilla, pero unos fuertes brazos me detienen.
—¡Suéltame! —grito intentando zafarme— ¡Tengo que verle!
—¡Sarah, mírame!
El grito de mi marido me detiene de golpe. Vuelvo la cabeza hacia la persona que me sujeta y el alivio es tan grande que me fallan las rodillas.
Está bien... Gabriel está bien.
Me abrazo a él con fuerza y sus brazos me rodean, pero hay algo en él que es diferente. No me sujeta como siempre, no me aprieta contra su cuerpo como de costumbre. Me aparto para mirarlo a la cara, y la culpa está reflejada en ella como si fuera un maldito tatuaje.
—¿Qué pasa? —pregunto— ¿Por qué te sientes culpable?
—Sarah...
—Gab, ¿qué está pasando?
—Es Giulia.
Esas dos palabras son suficientes para que me aleje de mi marido y aparte a Dante de la camilla. Veo con horror que la persona herida es mi amiga, mi hermana, y un grito desgarrado escapa de mi garganta. Los brazos de Gabriel me abrazan desde atrás, y sus palabras susurradas no consiguen calmarme.
—¡¿Quién ha sido?! —grito cayendo de rodillas al suelo— ¡¿Quién le ha hecho esto?!
—Sarah, cálmate —dice Dante—. Esto no tiene nada que ver contigo.
—¡Vete a la mierda! ¡Esa que está ahí tumbada es mi mejor amiga, imbécil! ¡Tiene todo que ver conmigo!
—Sarah, si te calmas...
—¡Y tú! —grito apartándome de mi marido— ¡Lo sabías! ¡Lo sabías y no me has dicho nada!
—No quería que te preocuparas.
—¿Que no me preocupara?
Siento una furia incontrolable y golpeo a Gabriel en el pecho con los puños.
—¡Te odio! —le grito— ¡Maldita sea la hora en la que apareciste de nuevo frente a mí! ¡Si no lo hubieras hecho Giulia ahora estaría a salvo!
Veo el dolor que mis palabras le han causado, pero no me importa. No me importa nada salvo la mujer que está postrada en una cama. Me acerco a ella y tomo con cuidado su mano entre las mías.
—Vas a ponerte bien, hermana —susurro entre lágrimas—. Vas a ponerte bien... y yo mataré al hijo de puta que te haya hecho esto, te lo juro.
—Sarah, deja que los médicos hagan su trabajo —pide Dante.
—No pienso dejarla, ¿me oyes? Me da igual que seas el maldito heredero de la mafia italiana, Dante. Mátame si quieres, pero no pienso dejarla.
Siento una punzada en el cuello y todo se vuelve negro a mi alrededor.
Lo último que pienso es que voy a matar a Dante en cuanto despierte por haber ordenado que me droguen.
Cuando abro los ojos, el reloj marca las doce del mediodía y Gabriel está completamente dormido a mi lado.
Se ha acostado sin camiseta y aún se pueden apreciar las marcas que mis puños han dejado en su piel.
Me muerdo el labio sintiéndome culpable por haberle golpeado, pero mucho más por todo lo que le dije.
No le odio, jamás podría odiarlo.
Tampoco maldigo la hora en la que se presentó de nuevo junto a mí... porque fue el mejor momento de mi vida.
—Lo siento mucho —susurro, aunque sé que no me está escuchando.
Acaricio su mejilla con suavidad, y una sonrisa adormilada se dibuja en sus labios.
—Lo siento muchísimo —repito—. No quise decir lo que dije. No lo siento, Gab. De veras que no.
—Está bien... —bosteza— No pasa nada.
—No, sí que pasa. Jamás debería haberte dicho eso, pero estaba tan destrozada por el estado de Giulia que...
No me deja terminar. Me sujeta de la nuca y pega su boca a la mía, desarmándome. Ahora mismo tengo tantas ganas de llorar que tengo que hacer un esfuerzo para no terminar haciéndolo. En cambio, me abrazo a él con fuerza, disfrutando del sabor de sus labios y del calor de su cuerpo.
—¿Me perdonas? —pregunto en un susurro.
—No tengo nada que perdonarte, cariño. No eres la única que dice cosas que no siente cuando está desesperada.
—¿Qué le ha pasado?
—Giulia es la hija de Giovanni Ruggieri, el don de la Cosa Nostra con la que colaboramos hace unos meses. Cogió un vuelo anterior al que te dijo para darte una sorpresa, y aún no sabemos cómo el jefe de los albaneses lo averiguó.
—¿Cómo es eso posible? Solo lo sabíamos nosotros dos.
—Es lo que tengo que averiguar.
—Pero ¿por qué ella? Su guerra es con nosotros, no con la Cosa Nostra.
—Por culpa de Arjan, su jefe. Los albaneses europeos perdieron muchísimo dinero por su culpa, dinero que tiene que recuperar en un mes. Son ellos los que están en guerra con Giovanni, supongo que lo ha hecho para intentar congraciarse con ellos.
—¿La han... —No puedo terminar la frase, pensar en que algún desgraciado haya podido forzarla me revuelve el estómago.
—Lo siento —susurra apretándome contra su pecho—. Se lo hice pagar, Sarah.
—¿Cómo está?
—Muy mal. Aparte de varias fracturas, tiene una hemorragia abdominal, contusiones graves y seguramente una conmoción cerebral.
—Quiero ir a verla —digo levantándome, pero Gabriel no me lo permite.
—La están operando ahora mismo para determinar la gravedad de la hemorragia interna. Val nos avisará cuando terminen.
Me dejo caer contra su pecho y la culpa me carcome las entrañas. Está así por mi culpa, si no hubiera venido a verme no...
—No es culpa tuya —dice mi marido, adivinando mis pensamientos.
—Si no hubiera venido a verme, no estaría en un quirófano.
—Tienes razón, pero eso no te convierte en culpable. El único culpable es el líder albanés, Sarah. Y te aseguro que pagará por lo que ha hecho. Giovanni está de camino, y cuando llegue, nuestro don y él urdirán un plan para acabar con ese desgraciado.
—Giulia no tenía contacto con su familia. ¿Cómo...
—¿Recuerdas los pendientes que llevaba? —Asiento—. Fueron un regalo de su padre a su madre. Tenían un dispositivo de rastreo, por eso la encontramos tan rápido.
—¿La estaban vigilando? —bufo ofendida.
—La estaban protegiendo... Igual que hice contigo aquella vez.
—No entiendo...
—¿Recuerdas el colgante que te regalé cuando me marché hace cinco años? Te dije que era mi regalo de despedida.
—Era precioso —sonrío recordándolo—, pero se perdió durante el secuestro.
—Tenía un dispositivo de rastreo, por eso te encontré tan deprisa.
—¿Me vigilabas?
—Te protegía —vuelve a corregirme—. Sabía que Stefano no iba a ponerte escolta y tenía miedo de que te ocurriese algo malo al no estar yo cerca. De no ser por ese dispositivo, tal vez ahora mismo no estarías viva. Y Giulia tampoco.
¿Debería sentirme ofendida porque me vigilara? Tal vez sí, pero lo único que siento es agradecimiento. De no ser por él, ahora mismo no estaría aquí, entre sus brazos, y mi hijo de cinco años tampoco habría sobrevivido.
—No te dije lo que pasaba porque no quería preocuparte —confiesa de repente.
—¿Lo sabías cuando nos separamos por la mañana?
—No, lo descubrí cuando subí al avión de Dante.
—Entonces, los mensajes de Giulia...
—Falsos. Necesitaba que creyeras que tu amiga estaba a salvo, y eres demasiado lista para creerte que Giulia me avisaría a mí en vez de a ti.
Suspiro. Entiendo sus motivos para mentirme. Los entiendo, pero no los comparto. Me siento en la cama con las piernas cruzadas y le miro con determinación.
—Creo que debemos poner unas cuantas reglas en este matrimonio. —Gabriel arquea una ceja, claramente divertido.
—¿Reglas?
—Eso he dicho.
—Muy bien. —Cruza los brazos bajo su cabeza y me sonríe—. ¿Cuáles son esas reglas?
—No más mentiras. Jamás. Por muy difícil de digerir que sea la realidad, quiero que me la cuentes.
—No puedo comprometerme a eso, cariño. Haría cualquier cosa por mantenerte a salvo, y mentir es una de ellas.
—No soy tan frágil como crees. Sé que puedo parecerlo a veces, que al principio lo que pasó con Stefano y después con los secuestradores me marcó, pero estoy yendo a terapia y estoy mejorando mucho.
—Y te aseguro que estoy muy orgulloso de ti. —Se incorpora lo justo para volver a besarme—. Pero no lo hago porque crea que eres débil, te aseguro que sé que eres una mujer increíblemente fuerte.
—¿Entonces por qué?
—Porque necesito que estés bien, Sarah. Mi estabilidad emocional depende de la tuya. Llámame egoísta si quieres, pero si hago cosas como mentirte es solo por mi propia tranquilidad. No puedo concentrarme en mi trabajo si estoy preocupado por ti.
—Esa es la excusa más pobre que me han dicho nunca —protesto mirándole con una ceja arqueada—. No cuela, Gab. Nada de mentiras a partir de ahora.
—No puedo prometértelo, pero sí puedo prometer que lo intentaré.
—Es suficiente por ahora.
—¿Qué más?
—Nunca, bajo ningún concepto, te pondrás en la trayectoria de una bala.
—Cariño, si esa bala va dirigida a ti o a nuestro hijo, te aseguro que me interpondré.
—Bien, excepto en ese caso...
—Y si es Nicola lo haré también —me interrumpe—. Y Leo, y...
—En ese caso, cada vez que te interpongas en la trayectoria de una bala, estarás sin sexo un mes.
—¿Te has vuelto loca? ¡Un mes, dice! ¡Ya mátame, mujer!
No puedo evitar reír. Su cara es todo un poema, parece como si le estuviera negando la libertad.
—Dos semanas —negocia.
—Un mes.
—¡Tres semanas! Sarah, te juro que tres semanas van a ser un maldito calvario.
—Está bien, tres semanas.
—Me he casado con una nazi —bufa.
—¿Quieres que volvamos al mes?
Me besa con una sonrisa. El muy canalla...
—¿Hay más reglas? —pregunta.
—Por el momento no, pero pueden aumentar con el paso del tiempo. ¿Dónde está Gaby? Ya debería haber venido a sacarnos de la cama.
—Parece que le gustó tanto la sesión nocturna de natación que no ha parado hasta que le han vuelto a llevar a la piscina. Está con tu hermana, estará bien.
Su teléfono suena y sonríe al leer el mensaje.
—Ya ha terminado la operación, y todo ha salido bien.
—¿Giulia está bien? ¡Gracias a Dios!
—Aún no podemos saberlo, tenemos que esperar a que despierte.
—Voy a vestirme.
Doy un salto de la cama, pero Gabriel me intercepta antes de que pueda salir del todo de ella.
—Aún está en postoperatorio, tardará un rato en despertar —explica—. ¿Por qué no te das una ducha, desayunamos y luego vamos a verla?
—Hoy estás siendo un grano en el culo, ¿lo sabías?
—Mientras sea en tu culo, princesa, no tengo ningún problema.