39. Gabriel
––––––––
E n cuanto bajamos del avión, nos encontramos en el hangar con media docena de hombres de Dante, que nos esperan con unos furgones blindados. Nos subimos a los vehículos y nos ponemos en marcha quemando rueda. Enzo va inmerso en su tablet, y al cabo de un momento, sonríe y levanta la mirada.
—Los tenemos —afirma.
—¿Dónde? —pregunta Dante.
—En un almacén abandonado en las afueras de Henderson.
—Un lugar lo suficientemente cerca del aeropuerto para un traslado rápido y, a la vez, lo bastante alejado de Las Vegas para que no lo tengamos en cuenta de inmediato —dice Tiziano—. El hijo de puta es más listo de lo que pensé.
—¿Cómo es posible que ya lo hayáis encontrado? —pregunto.
—Giulia siempre lleva unos pendientes de diamantes que pertenecían a su madre —explica Dante— Giovanni instaló un rastreador en ellos para tenerla localizada todo el tiempo.
Como hice yo con Sarah cuando era la mujer de mi hermano...
—¿A qué distancia está? —pregunta Ettore, que lleva todo el camino afilando las hojas de sus karambit, unos cuchillos de origen indonesio con una hoja curva inspirada en la garra de un tigre.
—diecinueve kilómetros —responde Enzo—. Estaremos allí en veinte minutos, estad preparados.
Es noche cerrada cuando llegamos a la ubicación.
El almacén está situado en un polígono industrial que parece abandonado, y no hay guardias de seguridad que vigilen el recinto.
Perfecto para nosotros. Dejamos los coches ocultos en un almacén abandonado y Tiziano se despide con un saludo militar antes de desaparecer.
Los soldados se despliegan por el recinto y Dante, Enzo, Ettore y yo nos escondemos a pocos metros esperando nuestro momento.
—Tu mujer ha amenazado con cortarme las pelotas si vuelves herido, Gab —me sorprende diciendo Dante—. Como dejes que te disparen, te cortaré los tuyos.
—¿Cuándo has hablado con Sarah?
Mi amigo me muestra un mensaje de texto de mi mujer que me hace reír. No ha sido tan sutil como ha dicho Dante, le ha descrito con pelos y señales lo que piensa hacerle a sus pelotas si regreso con un solo rasguño. Joder, me dan escalofríos solo de pensarlo.
—Te haré lo mismo —advierte—. Punto por punto.
Miro de reojo a Ettore, que ríe por lo bajo. Con esa cara de adolescente que tiene nadie pensaría que es el tío más letal y peligroso de la ‘Ndrangheta. Nadie que no le conozca, por supuesto. Los que lo hacen corren despavoridos cuando le ven aparecer.
—¿Tus nuevos juguetes? —pregunto haciendo una señal hacia los cuchillos.
—Sí... —responde sonriendo— ¿Te gustan? La hoja es más larga que la homologada, así puedo degollar con mayor facilidad.
Empieza a hacer movimientos de artes marciales hasta que Dante le detiene con una sola mirada.
—En posición —informa Sombra por el intercomunicador—. Seis hombres en la periferia, diez en el interior.
—Ese hijo de puta sabe bien lo que hace —escupe Enzo—. Va a ser difícil rescatarla.
—Va a ser pan comido —le contradice su hermano—. Tiziano va a cargarse a la mitad.
—¿Y va a dejarme sin diversión? —protesta Ettore— Escúchame bien, Sombra. Quiero al menos a seis de los diez.
—Y una mierda, Tore —responde Tiziano—. Esta vez me toca a mí divertirme.
—¿Queréis dejarlo de una vez? —protesta Dante— Joder, sois como niños.
—Primer neutralizado, faltan cinco. Cuatro. Tres. Dos. Uno. Vía libre, jefe.
—Vamos.
Salimos de nuestro escondite y Ettore abre las puertas del almacén de par en par para entrar con los brazos en cruz y sus cuchillos verde fosforescente en la mano.
—¿Alguien pidió una limpieza profunda? —grita— Porque yo solo dejo manchas de sangre.
Casi sonrío al ver la cara de pánico de los albaneses.
Pero el escenario es demasiado conocido para mí, es como si estuviera viviendo un déjà vu .
Es como si hubiera vuelto cinco años atrás, cuando salvé a Sarah de sus secuestradores.
El mismo olor rancio, la misma humedad. Observo a Ettore sin verle, y voy avanzando conforme nos deja el camino libre.
Al fondo del almacén, veo un bulto sucio tirado en el suelo con un hombre encima.
Conforme me voy acercando, el fardo se convierte en una mujer.
No puedo distinguir su rostro de lo golpeada que está, y es entonces cuando el pasado se mezcla con el presente y es a Sarah a quien veo siendo violada por ese hijo de puta.
Levanto mi arma y vacío el cargador en su cabeza. Vuelvo a cargarla y disparo una y otra vez hasta que unos brazos me levantan en el aire y me apartan de aquella bizarra visión.
—¡Joder, Gabriel, deja de gritar! —Es Dante—. ¡No es Sarah! ¿Me oyes? ¡No es ella!
Cierro la boca y, por el dolor de mi garganta, descubro que he estado gritando. Tengo el corazón a mil por hora, mis manos empiezan a temblar y caigo al suelo con un ruido sordo. No es Sarah, joder. No es ella.
—¿Estás bien? —pregunta mi amigo, a lo que asiento— Tenemos que sacarla de aquí.
—Yo me encargo —respondo levantándome.
—Tú no estás bien, no deberías...
—¡He dicho que yo me encargo!
Dante me mira un segundo, y al final asiente.
Aparto el cadáver del albanés del cuerpo de Giulia, y tengo que aguantarme las ganas de vomitar cuando la polla flácida se escurre entre las piernas de ella.
La cubro con cuidado de no lastimarla más y aparto el pelo de su rostro para asegurarme de que está viva.
Lo está, porque se aparta de mi toque temblando de miedo, igual que hizo Sarah aquel día.
—Tranquila, pequeña —susurro—. Soy Gabriel.
Giulia parece relajarse, y dos lágrimas ruedan por sus mejillas. Mataré a ese desgraciado de Arjan, lo juro por mi vida.
—Voy a cogerte en brazos, puede que te duela un poco —le informo—. Voy a llevarte con Sarah, ¿de acuerdo? Pero tienes que ser fuerte y aguantar un poco.
En cuanto la tomo en brazos, ella gime y pierde el conocimiento. Me dirijo a la salida del almacén flanqueado por mis amigos, pero cuando llegamos a la puerta han llegado los refuerzos de los albaneses y las balas llueven por todas partes.
—Tore, encárgate —ordena Dante—. Enzo, ayúdame a ponerla a salvo.
Corro tanto como puedo en la dirección en la que hemos dejado los coches.
La sangre de Giulia corre espesa por mis manos, y ruego en silencio que sea capaz de aguantar hasta que podamos llevarla con Val.
Jamás veinte metros me han parecido tan largos como ahora.
Cuando llegamos al coche, uno de los hombres de Dante nos abre la puerta y me ayuda a poner a Giulia en el asiento de atrás.
—¡Venga, vámonos!
Dante golpea el techo del vehículo con la orden y salta a la caja de atrás con Enzo. Yo voy en el asiento del copiloto, pero no dejo de mirar a Giulia, que continúa inconsciente en el asiento trasero.
—Más te vale no morirte, porque no te lo perdonaré —amenazo.
Sé que no puede escucharme, y que lo que acabo de decirle es una gilipollez, pero no puedo permitir que Giulia muera.
Porque mi mujer no lo soportará. Cuando llegamos al avión, el equipo médico del don nos está esperando en el hangar con una camilla para transportarla.
No quiero separarme de ella, joder. Tengo que cuidarla.
Pero sé que está en las mejores manos, así que aparto el pelo de su frente y acaricio su mejilla con cuidado.
—Estaré aquí mismo, pequeña —le digo—. No me iré a ningún lado.
El equipo médico se encierra con ella en la habitación privada del avión y me dejo caer en uno de los asientos con un suspiro. Necesito una ducha, pero lo primero es la salud de Giulia. Dante termina de dar las órdenes y se sienta frente a mí, mirándome con preocupación.
—Estoy bien —protesto.
—No, no lo estás. ¿Qué coño te ha pasado ahí dentro? Estabas más loco que Tore, joder.
—Todo era demasiado parecido al pasado. El mismo olor, un lugar similar, una situación parecida. Por un momento he creído que era Sarah y...
—Llámala —ordena.
—No voy a hacerlo, no puedo explicarle que su amiga está en ese estado por teléfono.
—Pues no se lo digas. Habla con ella, dile que todo ha salido bien y que la echas de menos. Necesitas saber que está bien, tío.
Asiento y marco el número de mi mujer. Lo primero que escucho cuando descuelga es la risa de mi hijo y el chapoteo del agua de la piscina. Un alivio indescriptible me inunda y mis ojos se llenan de lágrimas.
—¡Gab! ¿Ya has terminado tu trabajo? Dime que estás ileso, por favor.
—Estoy bien. —Mi voz sale ronca por el nudo que tengo en la garganta—. Todo ha salido bien. ¿Qué estáis haciendo tan tarde?
—Como hace calor, hemos decidido darnos un baño nocturno en la piscina. Leo está enseñando a Gaby a nadar, pero creo que no está teniendo buenos resultados.
Se ríe, y su risa es como un bálsamo para mi cuerpo cansado.
—¡Gaby, que vas a ahogar a tío Leo! —le regaña— Tu hijo es un bruto, se está tirando desde el borde de la piscina y va a terminar aterrizando sobre la cabeza del pobre Leo.
No le respondo, no puedo hablar. Solo quiero escucharla, saber que está a salvo y feliz en casa.
—¿Gab? ¿Estás bien?
—Sí... Sí... Es solo que os echo de menos.
—Nosotros también a ti. ¿Cuándo estarás de vuelta?
—Acabamos de despegar, en cinco horas estaremos en casa.
—Gracias a Dios. Así podrás acompañarme mañana a recoger a Giulia al aeropuerto. No sé qué le pasa, la llamo y no me coge el teléfono.
Aprieto los dientes.
—Tal vez esté ocupada preparando el equipaje, amor —respondo.
—Tienes razón, es tan despistada que seguramente lo ha dejado todo para el último momento. Tengo que dejarte, es hora de que Gaby se vaya a la cama y aún tengo que atraparlo.
—Descansa, amor. Te veré por la mañana.
—Tú también.
Cuelgo el teléfono con un peso menos sobre los hombros. Acepto el pañuelo que Enzo me tiende para limpiarme la cara. No hay bromas ni reproches por mi comportamiento. Ambos me han visto sufrir lo indecible por mi mujer y saben lo mucho que la quiero.
—¿Mejor? —pregunta Dante sin levantar la mirada de su móvil.
—Mejor.
—Los médicos han estabilizado a Giulia. Deberías ir a darte una ducha para quitarte toda esa sangre seca y dormir un poco.
—Gracias, tío.
—No lo he hecho solo por ti, sino también por Giovanni.
—Lo sé, pero aun así, gracias por salvarla.