38. Gabriel
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H a pasado una semana desde que Sarah me dijo que me ama. No ha vuelto a pronunciar esas palabras, y yo tampoco he querido hacer alusión al tema por miedo a que no las sienta, a que las dijera solo en el fragor de la pasión. Porque me rompería el corazón si no fueran ciertas.
Cuando la noche que regresé de Nevada hicimos el amor, no pude creerme que al fin, después de tanto tiempo, los recuerdos de mi hermano no se interpusieran entre nosotros.
Lloré.
Sí, lloré como un puto niño porque lo que más quería en el mundo era poder abrazar a mi mujer mientras llegaba al orgasmo, y al fin lo he conseguido.
No solo aquella vez, porque ha ocurrido cada vez que hemos hecho el amor desde aquella noche.
Y créeme que no soy un hombre célibe cuando se trata de Sarah.
Estoy saliendo de casa con ella para ir a recoger a Giulia al aeropuerto cuando suena mi móvil. Es Dante.
—Dime, hermano. ¿Qué pasa? —respondo.
—Ven a mi casa, tenemos trabajo urgente que hacer.
—Voy a recoger a la amiga de mi mujer al aeropuerto y...
—No, Gab. Ahora mismo.
La seriedad en el tono de su voz me provoca un escalofrío.
—Estoy allí en veinte minutos.
Cuelgo el teléfono y me vuelvo hacia Sarah.
—Ve, yo iré a recoger a Giulia —dice sin que le cuente nada.
—¿Estás segura?
—Claro que sí, no debes hacer esperar al don.
—No es el don, sino Dante.
—Viene a ser lo mismo.
Mi mujer se pone de puntillas, me besa en los labios y se vuelve hacia Marcelo.
—Parece que nos tenemos que ir nosotros solos, Marcelo. ¿Te importa?
—Por supuesto que no, señora Vitale. —La respuesta de mi hombre hace que mi mujer ponga los ojos en blanco.
—Sarah, Marcelo. Sa-Rah.
—Leo, ve con ellos —ordeno a mi caporegime—. Y llévate a un par de hombres más.
—¿Ha ocurrido algo?
—No lo sé, pero por el tono de Dante parece que sí.
—La cuidaré con mi vida, hermano.
Beso a Sarah una última vez y me monto en el todoterreno acompañado por una docena de mis hombres.
Cuando llegamos a la casa Ferretti me sorprende no ver allí a nadie más.
Ni siquiera tengo oportunidad de entrar en la casa, Dante me sale al encuentro seguido de Enzo, De Luca, Sombra y Ettore. Joder, esto pinta muy mal.
—¿Qué es lo que pasa? —pregunto.
—No hay tiempo, te lo explico en el avión.
—¿A dónde vamos?
—A rescatar a la hija del don de la Cosa Nostra italiana.
Me detengo en seco debido a la sorpresa.
—Espera, ¿qué?
—Camina, joder. Cuando estemos en el avión te lo explico. Ahora vámonos.
Quince minutos después, estamos en el avión privado de Vitto. Dante nos reparte ropa de color negro, gafas de visión nocturna y un par de intercomunicadores.
—¿Recuerdas que pensamos que Arjan la cagaría porque está acorralado? —dice Dante quitándose la camiseta para cambiarse de ropa— Pues la ha cagado pero a base de bien.
—Al parecer, la hija de Giovanni Ruggieri venía a Estados Unidos para visitar a una de sus amigas —explica Enzo—. Llegó al aeropuerto antes de la hora acordada para darle una sorpresa, pero Arjan descubrió su llegada y se la ha llevado.
Un sudor frío me corre por la espalda. Giulia pertenece a la Cosa Nostra, pero no puede ser ella. Debe ser casualidad, ¿verdad?
—¿Cómo se llama? —pregunto.
—¿Qué tiene eso que ver...
—La amiga de Sarah llegaba hoy desde Italia, se llama Giulia.
Enzo y Dante se miran, es todo lo que necesito para saber que es a ella a quien tienen los Albaneses. Marco el número de Leo, que responde al primer toque.
—Dad la vuelta inmediatamente —ordeno—. Lleva a Sarah a casa y aumenta la seguridad.
—¿Qué pasa?
—Los albaneses tienen a su amiga.
—Joder.
—No le digas lo que ocurre y, sobre todo, no le permitas salir de casa, ni a ella ni a mi hijo.
—¿Crees que pueden ir a por ellos?
—Joder, no lo sé. Solo estoy siendo precavido.
—¿Y qué quieres que le diga?
—Dile que Giulia me ha llamado, que su vuelo se ha cancelado y que volará mañana. Espero que para entonces hayamos podido salvarla.
—Entendido, jefe.
—También necesito que Fabio hackee el móvil de mi esposa. Tiene que recibir un mensaje tardío del número de Giulia confirmando lo que vas a decirle, o sospechará.
—Le enviaré un mensaje ahora mismo.
—Ten preparada a Val, la llevaremos allí en cuanto demos con ella y no sé en qué estado se puede encontrar.
—Ten cuidado, hermano.
—Tú también.
Cuelgo el teléfono y me pellizco el puente de la nariz, porque está empezando a darme dolor de cabeza.
—Puede que no sean la misma, Gab —intenta calmarme Dante.
—Cuando volví a por Sarah, me dijo que era hija de la Cosa Nostra, tiene que ser ella. Tienes que dejarme llevármela a casa, Dante. Tengo que llevarla con Sarah.
—Claro, hablaré con mi abuelo y le contaré las novedades —asiente mi amigo—. Joder, de todas las mujeres de las que se pudo hacer amiga tu mujer, tuvo que ser la hija de Giovanni.
—¿Cómo cojones se ha enterado Arjan de la llegada de Giulia? Nadie lo sabía excepto Sarah y yo.
—Tal vez los europeos los han avisado. Quizás alguien del entorno de Giulia les puso sobre aviso.
—¿Y qué ganamos por ayudar a la Cosa Nostra? —pregunta Tiziano— El don no es de los que hacen favores gratis.
—Podremos llevar el negocio de los diamantes a Italia —explica Enzo—. Y no solo eso, también tendremos vía libre para utilizar sus puertos para nuestros trabajos.
—Una oferta tentadora, eso está claro —silba—. Tendremos que rescatarla con vida, o de lo contrario...
—No hay de lo contrario, Sombra —advierto—. Me importa una mierda quién sea su padre, Giulia es la mejor amiga de mi mujer y voy a traerla con vida cueste lo que cueste.
—¿Eres consciente de que puede que a estas alturas ya esté muerta?
—No lo está, joder —protesto—. No puede estarlo.
—Llegó al JFK hace dos horas, no han tenido tiempo de matarla —responde Ettore, que está afilando sus cuchillos.
—Tienes razón —asiente Dante—. Además, no le sirve de nada si está muerta. Provocaría una guerra contra la Cosa Nostra, y ya tiene bastante con la nuestra. Sabe perfectamente que, si nos aliamos, será su fin.
—Será su fin igualmente —bufa Enzo—. Giovanni no va a dejar pasar el rapto de su única hija.
Mi teléfono suena una hora más tarde y gimo cuando veo que es Sarah. Espero que Fabio haya logrado hackear su teléfono a tiempo, o de lo contrario no sé cómo explicar que Giulia se haya puesto en contacto conmigo antes que con ella.
—Hola, princesa —respondo—. ¿Ya me estás echando de menos?
—¿Dónde estás?
—En el avión de Vitto, tenemos que hacer un trabajo.
—Ese trabajo implica que te pongas en peligro, ¿verdad?
—Eso me temo.
—Ten mucho cuidado. ¿Cuándo regresas a casa?
—Espero hacerlo hoy mismo, pero si las cosas se ponen feas tal vez regrese por la mañana.
—Necesito que me envíes un mensaje cuando todo haya terminado para saber que estás bien, Gab. No se te ocurra olvidarte de hacerlo.
—Te lo prometo.
—Quería ir a comprar un móvil nuevo, el mío está fallando mucho, pero Leo no me deja salir de casa. ¿Es necesario que me quede encerrada hasta que vuelvas?
—Sí, las cosas se están poniendo feas con los albaneses y no quiero que os pase nada malo. Pídelo por Internet, a todas las mujeres os encantan las compras online.
—Pensaba aprovechar para salir con Serena y Bianca, pero si dices que no puedo salir doy por sentado que Serena estará encerrada también en casa.
—Lo siento, princesa, pero podré concentrarme mejor si sé que estás a salvo.
—No te preocupes, podemos organizar una tarde de cine en casa. Haremos palomitas de caramelo y veremos la nueva serie de vampiros que está tan de moda.
—Mientras no babees por ninguno de ellos...
—No te prometo nada —bromea—, es mi serie de libros favorita y que hayan hecho una adaptación del primer libro es mi sueño de juventud.
—Entonces yo tengo permiso para babear por Gal Gadot, ¿no?
—Por supuesto. No es que vaya a aparecer en tu camino mañana para seducirte, ¿sabes?
—Aunque lo intentara, la única mujer que me interesa eres tú, cariño. La Mujer Maravilla no tendría nada que hacer contra ti.
—Créeme, Wrath tampoco.
—¿Wrath? Vaya nombre.
—Es un vampiro milenario, Gab.
—Sigue siendo un nombre de mierda. —La escucho reír, y mi corazón se calma un poco—. Tengo que colgar, cariño. Diviértete con ese vampiro.
—Y tú vuelve a mí, ¿entendido?
—Joder, Sarah... Eso siempre.