Mi mayor pecado (Sombras en Manhattan 2) 37. Stefano
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37. Stefano

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O bservo a Sarah y a mi hermano en el jardín y no puedo evitar pararme a pensar en el pasado.

¿Habríamos sido Sarah y yo así si, en vez de dejarme llevar por Renata, me hubiera comportado con ella como lo hace Gab ahora?

Seguramente sí. Cometí demasiados errores, errores que no logro recordar por más que lo intento y que me carcomen por dentro porque sé que son fatales.

Como violar a mi mujer delante de mis hombres como si fuera una puta cualquiera que he encontrado en la calle.

Ese maldito error me va a perseguir mientras viva, el cómo la herí hasta el punto de que no es capaz de olvidarlo. Soy un puto bastardo y no merezco perdón.

Días después de que aquello pasara, Gabriel y yo tuvimos la mayor discusión que hemos tenido nunca.

Llegamos a los puños... Bueno, él me golpeó varias veces mientras yo no podía apartar la mirada horrorizada de la pantalla de su ordenador.

Me llevó a rastras a su cuarto y me mostró las imágenes de las cámaras de seguridad.

Me vi a mí mismo destrozando a la que fue mi esposa de una manera tan salvaje que no fui capaz de reaccionar cuando estampó su puño en mi rostro.

Me lo merecía.

Eso y muchas cosas más.

Merecía morir por lo que le había hecho a Sarah. Entendía que me hubiera dejado después de aquello. Entendía que me pidiera el divorcio varios meses después. Lo entendía... aunque lo malo es que solo lo entendía cuando no estaba consumido por las drogas y el alcohol.

Caí en las drogas por culpa de Renata. Sí, la mujer a la que amé con toda mi alma fue la culpable de convertirme en un monstruo.

Apareció en el Eclipse una noche en la que había quedado con mis hombres para celebrar el éxito de mi primer trabajo.

Había bebido más de la cuenta, y una mujer preciosa se acercó a mí intentando seducirme.

¿Y qué hombre se resiste a una mujer que se le ofrece en bandeja?

Ninguno, créeme. Así que terminé mi copa de un sorbo, la tomé de la mano y la arrastré hasta mi coche para irnos al primer hotel que encontrase por el camino para echarle un buen polvo, quizás dos.

Pasamos toda la noche disfrutando el uno del otro, y para cuando el sol decidió aparecer por la ventana yo ya estaba idiotizado por esa serpiente con piel de cordero.

Se hizo la inocente, una pobre huérfana que no tenía a nadie en el mundo, y que me engatusó para que creyera que se había enamorado de mí en unas pocas horas.

Yo tenía un dolor de cabeza insoportable, apenas recordaba lo que había pasado, pero que una mujer te diga que te ama es lo mejor que le puede pasar a un hombre.

Solo que yo valoré la confesión de amor de la mujer equivocada.

Sabía que Sarah estaba enamorada de mí desde hacía años.

Era imposible no verlo, pero para mí era tan solo una niña, la hija del consigliere de mi padre que nos seguía a todas partes como si fuera un perrito faldero.

A Gab parecía divertirle pasar tiempo con ella, por eso yo siempre cedía cuando quería acompañarnos a pescar o a pasar el día en la playa.

Siempre lo hice por mi hermano.

Por eso, cuando mis hombres empezaron a bromear con que Sarah besaba el suelo que yo pisaba, quise impresionarlos y aposté a que sería mía en menos de una semana. Estaba enamorado de Renata, pero no teníamos aún nada serio y pensé que podría jugar una última vez antes de hacerlo formal.

Fui un auténtico gilipollas.

Debería haberme resistido más cuando mi padre me dijo que tenía que casarme con Sarah.

Debería haberlo hecho, sin embargo, acepté sin poner demasiada resistencia.

¿Por qué? Porque mi soberbia habló por mí, por eso.

Fui tan prepotente al pensar que podría tenerlas a las dos por el precio de una que no pensé en las consecuencias.

Y las consecuencias fueron un jodido desastre.

Renata me pidió que no tocara a mi mujer. Lloró desconsolada, diciéndome que se quitaría la vida si yo me acostaba con Sarah.

¿Que no la deseaba?

La mentira más grande que he dicho en toda mi miserable vida.

Cualquiera que tuviera ojos en la cara habría dado su vida por tenerla en su cama.

Pero estaba enamorado de Renata y odié a Sarah por ser tan deseable.

La culpé por encender mi cuerpo cada vez que estaba cerca, por tener que masturbarme cada noche en la habitación de invitados imaginando que me colaba en su cama y me la follaba.

Y podía hacerlo, todos sabemos que podría haberlo hecho.

Si no la hubiera tratado como lo hice, seguramente aquella maldita noche ella me habría aceptado de buen grado...

Pero fui un puto títere en las manos de Renata.

Trataba mal a Sarah si ella me lo ordenaba.

No aparecía por casa durante días y me quedaba en el hotel con ella solo para satisfacerla.

Cuando llegaba a casa tenía que lidiar con las peleas con mi padre por haber dejado sola a mi esposa, con la tristeza en los ojos de Sarah y con los remordimientos por estar siendo un hijo de puta con alguien a quien conozco desde que tenía ocho años.

Hasta que un día no pude más y decidí romper mi relación extramatrimonial.

Qué imbécil fui.

Renata no dudó en ponerse un cuchillo en el cuello para amenazarme con matarse si la dejaba.

Intenté arrebatárselo, forcejeamos y ella aprovechó para besarme y meterme la mano en la polla.

Me resistí al principio, pero joder, estaba enamorado de ella, así que cedí.

Me dije que sería la última vez, que no volvería a verla nunca y que me dedicaría a enmendar los errores que había cometido con Sarah.

Pero no tuve la oportunidad. Ese día comenzó mi infierno personal.

Renata sacó una bolsita con heroína de su bolso e hizo una línea en su estómago con ella.

Me animó a esnifarla, me dijo que el sexo sería diez veces más increíble después de hacerlo.

Fue en lo único que no me mintió. El subidón fue tan increíble que sentía que mi alma se escapaba de mi cuerpo.

Los colores eran más vivos, las caricias sobre mi piel mucho más intensas.

Fue el mejor sexo de mi vida, y creí que sería capaz de controlarme y no volver a consumirla.

Pero me equivoqué. Al principio solo lo hacía cuando íbamos a tener sexo.

Una raya antes de follar y teníamos la mejor noche de nuestras vidas.

Nunca me di cuenta de que ella nunca consumía.

Jamás me imaginé que utilizara las drogas como una manera de controlarme. Qué equivocado estaba.

El día de la violación, fui a verla después de discutir con mi padre.

El don quería explicaciones sobre por qué después de tres años de matrimonio Sarah y yo no habíamos tenido hijos.

Nunca la toqué, era evidente que no íbamos a tenerlos.

Y mi padre lo supo. Lo supo en cuanto me moví incómodo en el asiento.

Me amenazó con cederle su puesto a Gabriel, con quitarme todo lo que me pertenecía, con no seguir pagando la habitación del hotel en la que me veía con Renata.

Estaba tan furioso que sentía ganas de matar a alguien.

Y Renata sugirió que me metiera dos rayas para no pensar en ello.

Dos rayas y se me fue la cabeza por completo.

No recuerdo haber llegado a casa, ni haberme enfrentado a Sarah, mucho menos haberla tocado.

Cuando vi el vídeo y me vi a mí mismo masturbándome con la boca de Sarah, a la fuerza, cuando la vi tirada en el suelo con los ojos cristalizados mientras una bestia con mi rostro jadeaba sudando sobre ella como un animal, sentí nauseas.

Quise morirme, lo juro.

Quise pegarme un tiro y acabar con su sufrimiento.

Pero soy un Vitale, no un cobarde, así que pensé en enmendar mi error.

Volví a ver a Renata para romper nuestra relación.

Al diablo si se quitaba la vida, yo tenía que mirar por mi familia, y Sarah formaba parte de ella.

Esa vez no peleó. Debería haberme extrañado, pero cuando me dijo que aceptaba mi decisión, que nos despidiéramos con una copa, debería haber sospechado.

Pero no lo hice. Puso algo en mi bebida y, cuando desperté, estaba atado a su cama, con su cuerpo rebotando sobre mis caderas, y me inyectó heroína como si aquello fuera tan inocuo como un caramelo de menta.

Fue en aquel momento cuando Sarah me llamó.

La habían secuestrado. La euforia del éxtasis fue quien habló por mí, fue quien colgó aquella llamada.

Ni siquiera recordaba haber hablado con ella una hora después, cuando llegué a casa y mi hermano me puso una pistola en la sien para defenderla.

Me hizo creer que Sarah se había escapado del hospital, harta de mi comportamiento.

Sarah me había abandonado y yo... yo no pude soportarlo.

La busqué como un loco durante meses, pero siempre que tenía una pista mi hermano terminaba por demostrarme que era una pista falsa.

Ahora sé que fue él quien la escondió, quien la mantuvo a salvo de mí... Y no se lo reprocho.

Tampoco les reprocho que se enamorasen, que mantuvieran una relación a mis espaldas.

¿Cómo puedo hacerlo? Yo nunca, jamás, luché por ella.

Me dejé consumir por las drogas. Me casé con Renata y me convertí en el despojo que soy ahora, que no es capaz de tener la cabeza lúcida si no es con una raya.

Los ciento ocho días que llevo sin consumir son los más largos y duros de mi vida.

¿Cuándo decidí decir basta?

Cuando vi a Sarah y a mi hermano hacer el amor en la cocina aquella noche.

Debería haberme marchado, pero fui incapaz de apartar la mirada de la diosa que se agarraba a Gab como si fuera lo único importante de su vida.

La diosa que una vez me perteneció y a la que no supe valorar.

La mujer que una vez me amó, ahora se derretía entre los brazos de mi hermano.

Pero fue la mirada que le dedicó lo que me hizo darme cuenta de que yo había estado viviendo una farsa.

Renata jamás me había mirado así.

Jamás se había derretido entre mis brazos de aquella forma, jamás había gemido mi nombre como Sarah gimió el de mi hermano. Y la manera en que él la protegió de mi vista cuando me descubrieron... Joder, eso sí es amor. Y entonces lo entendí.

Decidí ir a ver a un médico para dejar las drogas.

Me recetó unas pastillas para la adicción y me aconsejó acudir a Narcóticos Anónimos.

Fue la mejor decisión que he tomado nunca.

Michael, mi padrino, vino a casa y se encargó de deshacerse de toda la droga que había en ella.

Fue entonces cuando descubrí que no solo era heroína, también había varios tipos de pastillas que ni siquiera sabía de qué se componían.

Está siendo un camino terrible, pero lo peor, la primera semana, la pasé en su casa.

Fue un auténtico infierno: náuseas, vómitos, diarrea, escalofríos, sudoración excesiva, insomnio y dolores musculares.

Terminé en urgencias en tres ocasiones, y si no hubiera contado con su apoyo al final habría terminado sucumbiendo de nuevo.

Ahora es muy difícil, pero al menos es soportable.

Renata no me ha ayudado en ningún momento.

En vez de hacerlo, ha ido poniéndome trampas en casa para que vuelva a recaer.

En aquel momento, con la cabeza libre de la influencia de las drogas, me pregunté por qué tenía tanto interés en mantenerme drogado.

Decidí investigarla, y lo que descubrí fue lo que me hizo dar el paso de pedirle el divorcio.

Debo sacarla de mi vida... y de la vida de mi familia.

Renata es muy peligrosa... y en cualquier momento puede atacar.