Mi mayor pecado (Sombras en Manhattan 2) 36. Sarah #2
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36. Sarah #2

Despierto a Gaby para que se bañe antes de cenar. Cuando termina, le meto en la cama y le cuento un cuento para que vuelva a dormirse. Le cuesta conciliar el sueño, pero después de unos besitos y unos arrumacos de mami se le olvida todo y termina cayendo rendido.

Cuando logro deshacerme de su abrazo de oso, me doy una ducha y saco una de las ensaladas que Gab me preparó para cenar.

Pero no tengo hambre. Solo le doy vueltas a la verdura en el plato, perdida en mis pensamientos.

Es la primera vez que Gaby hace algo semejante.

Entiendo que la emoción de ver a su dinosaurio favorito le haya llevado a hacerlo, pero aun así...

El sonido de la puerta me sobresalta. Mi marido entra en la suite y me mira con una sonrisa.

Se nota que está agotado, pero verle es lo mejor que me podía pasar ahora mismo.

Ni siquiera le dejo poner las llaves en el cuenco de la entrada.

Corro hacia sus brazos y le abrazo con fuerza, llorando a mares.

—¡Ey! —exclama mirándome preocupado— ¿Qué te pasa, princesa? ¿Qué ha pasado?

No respondo. Sigo abrazada a él, dejando escapar toda la desesperación que sentí en el parque de atracciones.

Gabriel suspira, me coge en brazos y me lleva al sofá, donde se sienta conmigo sobre sus rodillas.

Espera sin decir nada a que me calme, y cuando al fin el llanto cesa, aparta mis lágrimas con un pañuelo de seda.

—¿Tanto me has echado de menos que lloras en cuanto me ves? —intenta bromear.

—Gaby se ha perdido esta tarde en el parque de atracciones —confieso en un susurro—. Estaba tan distraída hablando con Serena que...

No puedo terminar la frase. Me siento tan culpable que mis ojos vuelven a llenarse de lágrimas.

—Vamos, deja de llorar.

—Ha sido mi culpa, si no hubiera...

—Es un niño, cariño. Los niños hacen travesuras. ¿Te ha dicho por qué lo ha hecho?

—Ha visto a Blue —respondo—. Había un trabajador del parque vestido de Blue y ha salido a correr detrás de él.

—¿Le has explicado que lo que ha hecho ha estado mal?

—Le he gritado —reconozco mordiéndome el labio—. Estaba tan asustada que le he gritado. Soy una madre horrible.

—Eres una madre increíble, amor. No puedes estar vigilando a nuestro hijo cada segundo del día. Eres su madre, no su sombra. No ha habido nada que lamentar, así que deja de culparte, ¿de acuerdo?

Asiento con un suspiro. Tiene razón, desde luego, pero no puedo evitar sentirme un poquito culpable.

—Mañana tendré una conversación con él de hombre a hombre sobre lo que ha pasado. En cuanto a ti... —Me besa con fuerza—. Dime que me has echado de menos.

—Te lo he dicho en cada llamada —río.

Gabriel levanta una ceja, así que le sujeto de las mejillas y le beso.

—Te he echado horriblemente de menos —le confieso—. ¿Y tú a mí?

—Voy a demostrarte ahora mismo lo mucho que te he echado de menos.

Me coge en brazos y me lleva hasta la habitación, dejándome caer en la cama.

Se deshace de su ropa a toda prisa, mueve las cejas de forma tonta y corre hacia la ducha.

¿Debería esperarle? Sí, pero en vez de hacerlo me desnudo de camino al cuarto de baño, quedándome solo en ropa interior.

Gabriel me mira desde dentro de la ducha, pero no dice nada, no mueve un solo músculo, mientras me desnudo entera.

Joder, mi hombre —porque ese monumento es solo mío— está completamente duro cuando levanto la mirada.

Su cuerpo cubierto de tatuajes es una obra de arte, su tatuador debería tener un premio por haber hecho un trabajo tan increíble en su piel.

—¿Te gusta lo que ves? —pregunta con voz ronca.

—Más de lo que imaginas.

Entro en la ducha con él y resigo con mis dedos el tatuaje de flor de loto que tiene en el cuello. Es un tatuaje elaborado, y queda tan bien en su piel que...

—¿Tiene algún significado? —pregunto besándole en la nuez.

—El único que tiene significado es el tuyo, princesa.

—¿Y por qué una flor de loto?

—Me gustó el diseño cuando lo vi en el libro de bocetos de mi tatuador —responde, pasando sus manos por mi espalda—. ¿Estás aquí para preguntarme por mis tatuajes o tienes alguna otra intención oculta, princesa?

—Si piensas que estoy aquí por tus tatuajes, es que no lo estoy haciendo nada bien.

Me arrodillo mirándole a los ojos, rodeo su miembro con la mano y me lo meto en la boca. Sonrío ante la maldición que escapa de sus labios, y lo siento caer hacia adelante cuando apoya las manos en las baldosas.

—Joder, nena...

Muevo mi lengua en círculos alrededor de su erección mientras le succiono con fuerza.

Masajeo sus huevos entre los dedos como sé que le gusta, y siento su miembro corcovear en mi boca.

Está cerca, puedo sentir el sabor salado de su semen en mi lengua, y muevo la mano acompañando a mis labios, apretando sutilmente, aumentando el ritmo, hasta que mi marido llega al orgasmo, inundando completamente mi boca.

—Sarah... ¿Por qué...

Me pongo de pie y uno mi boca a la suya.

Gabriel me aprieta fuerte contra su cuerpo, haciéndome arquear la espalda, y hunde la lengua entre mis labios con un ansia que me desarma completamente.

Mi marido me desea... siempre me desea. Solo tengo que mirarle con una sonrisa para que tenga una erección dentro de sus pantalones.

Y no solo eso: no tiene ojos para ninguna otra mujer.

Para Gabriel soy más que suficiente.

Este pensamiento me llena de tal felicidad que mis ojos vuelven a llenarse de lágrimas. Por suerte, el agua está encendida y logro disimularlas.

—Hazme el amor, Gab... Por favor...

Mi súplica le hace jadear. Corta el agua y salimos de la ducha para secarnos a toda prisa —yo al menos lo intento, porque no me da tiempo a terminar—.

Tira de mí hasta la cama y me tumba en el medio, colocándose a cuatro patas sobre mí.

Deja un reguero de besos desde mi cuello hasta mi estómago, engancha mis piernas con los brazos para colocarlas sobre sus hombros y hunde la lengua entre mis pliegues, haciéndome gritar.

Su lengua consigue provocarme un orgasmo en tan solo un minuto, y aún no me he recuperado del todo cuando Gabriel me penetra y se deja caer sobre mí con un gemido ahogado.

Apoya el peso de su cuerpo en los codos, acunando mi cabeza entre sus manos.

Debería sentir ansiedad, mi respiración debería acelerarse y mi corazón tendría que estar latiendo con fuerza, pero lo único que siento es urgencia.

Urgencia porque me reclame, porque me haga perder la razón.

Porque me abrace y me haga sentir protegida, porque su cálido aliento en mi oído me produzca placer en vez de repulsión.

Rodeo su cuello con mis brazos y le sorprendo atrayéndolo al hueco de mi hombro. Siento su respiración acelerada detenerse, pero arqueo las caderas para hacer que se mueva.

—Hazme el amor, Gab —insisto—. En esta posición.

—¿Estás segura, cariño? ¿No...

—Estoy segura. Vamos, muévete ya.

Y mi marido, el hombre a quien amo con toda mi alma, comienza a moverse dentro de mí, despertando el placer de maneras que no creía posibles en esta postura.

Ya no hay dolor, ni angustia, solo un placer indescriptible, un sentimiento que llena mi pecho y me hace flotar entre las nubes.

Le abrazo con más fuerza y dejo escapar los gemidos que se agrupan en mi garganta para que pueda escucharlos, para que sepa que, por primera vez desde que nos casamos, solo somos él y yo en nuestra cama.

El placer explota dentro de mí como una erupción volcánica, dejándome jadeante y mareada.

Cuando soy capaz de enfocar la mirada, lo que veo en el rostro de mi esposo me hace susurrar las dos palabras que creía que sería incapaz de pronunciar nunca.

—Te amo, Gabriel Vitale.