36. Sarah
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O bservo a mi hijo reír de la mano de Serena.
Mi amiga nos ha arrastrado al Luna Park, un parque de atracciones situado en Coney Island, y Gaby acaba de bajarse de la montaña rusa tamaño mini para niños de su edad. Ahora insiste en montarse en la Cyclone, la montaña rusa más antigua del parque, con mi amiga, a quien le aterran las alturas.
—¡Pero es muy divertido! —protesta Gaby— No da nada de miedo, tía Serena.
—¿Cómo que no da miedo? —gime Serena— ¿Has visto lo alta que es? ¡Y está hecha de madera! Puede caerse en cualquier momento.
—No se caerá...
—Mi amor... —Serena se pone en cuclillas a su altura—. A tía Serena le dan mucho miedo las alturas. ¿Por qué no le pides a papá que te traiga la próxima vez? Él se subirá contigo, ¿sí?
—No creo que puedas subirte ahí, tesoro —río detrás de ellos—. Eres demasiado pequeño.
—No soy pequeño, soy mayor —protesta, malinterpretando mis palabras a propósito, el muy canalla—. Tío Stefano dice que ya soy todo un hombrecito.
Veo a Serena tensarse. Me mira de reojo, pero no dice nada delante de Gaby, cosa que agradezco.
Nos acercamos a los carruseles y nos sentamos en un banco mientras mi hijo se pasea.
Chiara le vigila de cerca, y Alessio y Marcelo están a pocos pasos de nosotras.
Serena ha comprado diez tickets, así que Gaby estará entretenido por un buen rato.
—Tío Stefano, ¿mmm? —pregunta sin mirarme, hundiendo la cuchara en su helado.
—Suele pasar tiempo con él cuando está jugando en el jardín —explico.
—Eso es peligroso, Sarah.
—Cada vez estoy más convencida de que aquel día hablaba con sinceridad.
Le conté a Serena y a Bianca lo ocurrido con Stefano aquella misma noche.
Ninguna de ellas estaba muy convencida de creerle, pero durante estos días ha demostrado que hablaba de veras.
Suele jugar con Gaby, pero si salgo al jardín se despide de él y se marcha para no incomodarme.
A veces Chiara trae pasteles o juguetes que él mismo le ha comprado, y durante los días que he estado enferma se ha preocupado por mi salud —aunque no directamente, siempre por medio de Nicola o mis guardaespaldas.
—La que me preocupa es Renata —digo recordando su actitud de estos últimos días.
—¿Qué pasa con ella?
—Aparte de que busca pelea con Stefano cada vez que se cruzan en la casa, ya ha hecho varios comentarios dando a entender que es el padre de Gaby, y no su tío. Comentarios sutiles, pero ahí están.
—Te juro que le partiría la cara si...
—Yo también tengo ganas, pero no quiero caer tan bajo como ella —la interrumpo—. La ignoro, que le molesta mucho más.
—¿Se lo has dicho a Gabriel?
—No. Ha estado ocupado preparando lo de hoy y no he querido preocuparle.
—Debes decírselo —insiste—. No puedes permitir que esa víbora haga lo que quiera.
—Voy a decírselo esta misma noche, cuando regrese.
—Dudo mucho que tu marido te permita hablar demasiado cuando llegue...
—Tal vez sea yo la que no le permita hablar mucho a él —la sorprendo diciendo.
—¿Quién eres tú y dónde está mi mejor amiga?
—Tu mejor amiga ahora sabe lo que es tener una relación de verdad. Mis sesiones con mi terapeuta han dado muy buenos frutos. Si lo hubiera sabido, habría buscado ayuda mucho antes.
—Me alegra mucho que todo vaya bien. Te mereces ser feliz.
—Soy muy feliz. Tanto que a veces tengo miedo de despertarme y que todo sea un sueño. Pero es real, y si pudiera volver atrás en el tiempo sabiendo lo que sé ahora, habría sido Gabriel a quien le hubiera prestado atención en mi adolescencia.
—Me das mucha envidia, en serio —bufa Serena—. Quiero conseguir mi propio cuento de hadas.
—¿Aún no has conseguido nada con el chico misterioso?
—Ni siquiera he vuelto a verlo. Hace meses que no le veo.
—¿Pero quién es? —pregunto intrigada.
—Nikolai Vazarov.
La miro con los ojos como platos. Nikolai es el hermano menor del pakhan de la Bratva de Nueva York. Un hombre completamente opuesto a ella... en todos los sentidos.
—¿Un ruso? —silbo— Te has vuelto loca.
—¿Qué tiene de malo? Estamos en buenos términos con los rusos. Sería una unión beneficiosa para la Familia.
—Es solo que Nikolai es un poco... Bárbaro. Sí, bárbaro es la palabra exacta para describirlo.
—Dices eso porque no lo conoces como yo.
—¿Y de qué lo conoces tú?
—Me salvó de ser secuestrada. Yo tenía diecisiete años.
Me había escapado de casa para ir a ver un partido de rugby en el que jugaba el chico que me gustaba e intentaron secuestrarme.
Él apareció en su moto, disparó a los secuestradores sin detenerla siquiera y me tomó de la cintura para montarme delante de él.
No le vi la cara hasta que se detuvo en la puerta de casa.
Cuando se quitó el casco sentí mil mariposas en el estómago, te lo juro.
—Es muy guapo, es cierto.
—Me dijo que no volviera a hacer ese tipo de locuras, que en la mafia estamos en peligro constantemente y que no siempre estaría ahí para salvarme.
Me besó el dorso de la mano como si estuviéramos en la época victoriana, pero yo le cogí de la camiseta y le besé.
Fue un beso tonto, totalmente inexperto, y él no se movió un centímetro.
Cuando le solté, chistó, me dijo que una niña jamás debería besar a un hombre y se marchó.
—¿Y tú te enamoraste de él solo por eso?
Serena se encoge de hombros y sonríe. Recuerdo aquel día. Me llamó muy emocionada para contarme lo que había ocurrido, pero nunca me dijo que el hombre que la salvó había sido Nikolai Vazarov. Tampoco sabía que había estado enamorada de él durante todos estos años. Sonrío.
—Ve a por ello —la animo—. Si es el hombre que amas, haz todo lo posible por conseguirlo.
—¿Y cómo lo hago? No me recuerda.
—¿Cómo no va a recordarte? Tal vez hace que no te recuerda, pero no has cambiado tanto en ocho años.
—Pienso que mis hermanos le han advertido que no se acerque a mí —confiesa Serena—. Enzo me conoce demasiado bien y creo que se ha dado cuenta de mi interés en él.
—Pues convéncelos de que es lo que quieres. Tal vez, si hablas con ellos...
Me quedo muda al ver que en el columpio en el que estaba Gaby ahora no hay nadie. Miro alrededor, buscando a Chiara, pero ella tampoco está por ninguna parte. Empiezo a sentir un sudor frío correr por mi espalda cuando me levanto de golpe y corro a buscarlos.
—¿Qué pasa? —grita Serena, corriendo tras de mí— Sarah, ¿qué tienes?
—Gaby y Chiara no están —grito sin detenerme—. ¡Alessio, Gaby no está!
Mis guardaespaldas salen a correr, tranquilos de que estoy a buen recaudo con los hombres de Dante.
Rezo en silencio porque no le haya pasado nada, porque solo hayan ido a por un helado y estén en cualquier punto del parque.
Pero no logro encontrarlos. Siento una opresión en el pecho y mis ojos se llenan de lágrimas.
Me detengo incapaz de seguir respirando, los jadeos en busca de aire no sirven de nada y solo pienso en que le ha pasado algo malo.
—¡Sarah!
Es la voz de Stefano. ¿Qué coño hace aquí Stefano? Levanto la vista y le veo venir hacia mí con mi hijo —nuestro hijo— en brazos, y una Chiara herida a su lado. Corro hacia ellos y le arrebato a Gaby para abrazarlo con fuerza.
—¿Qué coño haces aquí? —le recrimino—¿Y por qué tienes a mi hijo?
—Cálmate, no es lo que piensas —me dice.
—¿Que no es lo que pienso? ¿Y qué quieres que piense, dime?
—Sarah, por favor, si me dejas explicarte...
—¡Eres un cabrón, Stefano! —grita Serena, interponiéndose entre nosotros— ¿Cómo eres capaz de usar al niño para...
—¡No ha hecho nada! —grita Chiara para hacerse oír entre sus gritos— ¡Él me ha ayudado a encontrarlo!
La miro con sorpresa.
—Explícate —ordeno.
—Es lo que intentaba decirte, Sarah —suspira Stefano—. Chiara había llevado a Gaby a comprar un helado. Se dio la vuelta un momento y el niño desapareció.
—¡He visto a Blue, mami! —grita Gaby cogiéndome las mejillas con sus pequeñas manitas— ¡Blue está aquí!
—He salido a correr para buscarlo —continúa Chiara—. Iba tan concentrada en encontrar a Gaby que no he visto el patinete eléctrico y...
—¿Un patinete te ha hecho eso? —pregunta Serena sorprendida.
—Sí, un puto patinete —bufa Chiara—. A ese joven habría que explicarle que esto es una zona peatonal y que no puede ir a esa maldita velocidad.
—¿Y qué demonios hacías tú aquí? —espeta mi amiga a Stefano.
—Asegurarme de que la familia de mi hermano estuviera a salvo —responde él con toda la naturalidad del mundo—. Estamos en guerra con los albaneses, ¿recuerdas? Solo quería asegurarme de que no sufríais ningún daño.
Acaricia la cabeza de Gaby y le mira con una tierna sonrisa.
—Cuando vi el accidente me acerqué para ayudar a Chiara y me contó lo que había pasado. Recordé que había visto una atracción de dinosaurios al venir y pensé que podría estar ahí.
—¡Estaba con Blue, mami! —ríe Gaby— Blue me llevó con el tío Stefano.
—¡No vuelvas a hacer algo así! —le regaño— ¡Podrías haberte perdido! ¡Podrías...
Siento la mano de Stefano en mi antebrazo. Le miro y él la aparta inmediatamente, pero ese pequeño gesto sirve para calmarme. Gaby tiene los ojos llenos de lágrimas, no está acostumbrado a que le regañe.
—Lo siento —susurra—. Solo quería ir con Blue.
—La próxima vez tienes que decírnoslo, Gabriel —le respondo, ya más calmada—. Me has dado un susto de muerte, creí que te había pasado algo malo.
—¿Me perdonas? —solloza.
—Solo si me prometes que no volverás a apartarte de Chiara.
—Lo prometo.
Asiento y le pido a Alessio que nos lleve a casa.
Stefano se sienta a su lado, pero no tengo fuerzas para pedirle que se marche.
Han sido demasiadas emociones en un solo día.
Gaby parece estar muy afectado por lo ocurrido, y termina quedándose dormido en el coche.
Cuando llegamos a casa, mi cuñado le lleva a nuestra suite, lo deja en el sofá y se da la vuelta para marcharse.
—Gracias —susurro sin mirarle—. Gracias por encontrarle.
El asiente y se marcha sin decir una palabra.