Mi mayor pecado (Sombras en Manhattan 2) 35. Gabriel
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35. Gabriel

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M e encuentro en la habitación de Vitto en el The English, un discreto hotel situado lejos del foco turístico.

¿Creíais que Vitto y sus capos estarían en el Trump cuando el plan se pusiera en marcha?

No en esta ocasión. Son nuestros hombres los que se van a jugar la vida por nosotros, aunque si todo sale según lo planeado, serán los albaneses los únicos en sufrir bajas esta tarde.

Tengo la mirada fija en uno de los portátiles que hay sobre la mesa.

Tenemos acceso a todas las cámaras del Trump, y con los hombres de Joon infiltrados en lugar de los empleados —que están durmiendo plácidamente en una de las habitaciones—, todo está a punto para el gran golpe.

Aprieto los puños cuando veo entrar a Arjan seguido de tres hombres trajeados. Besnik, el encargado de logística, Gazmend, el jefe de seguridad, y Fisnik, el cerebro financiero. Detrás de ellos se despliegan una docena de soldados armados que se colocan en lugares estratégicos de la recepción.

—Tres en la puerta —le digo a Leo—, uno en el mostrador de recepción, dos junto a los sillones de espera y uno junto a la palmera.

—Recibido —responde mi amigo.

—Dos junto a la puerta de entrada del salón de reuniones y... Mierda, uno en el pasillo del servicio, Sombra —dice Dante usando el apodo de Tiziano—. Tendrás que reducirlo.

—Sin problema, jefe —responde el francotirador—. Le tengo en el punto de mira.

—Los europeos están entrando. Son demasiados —protesta Fabricio.

—¿Cuántos? —pregunta Vitto.

—Veinte hombres armados y cinco peces gordos. ¿Qué hacemos?

—Seguir con el plan —ordena—. Nuestra lucha no es con ellos, pero mantenedlos vigilados.

El ambiente en la habitación se vuelve más tenso.

Vitto se pasa una mano por la mandíbula, pensativo, mientras el reflejo del portátil proyecta luces azuladas sobre su rostro.

Dante sigue observando la pantalla, su expresión imperturbable, pero sus dedos tamborilean sobre la mesa en un ritmo rápido, casi imperceptible.

—Sombra, mantente en posición —ordena—. No dispares a menos que veas movimiento hostil.

—Entendido. Pero si ese tipo hace un solo gesto sospechoso, caerá antes de que respire.

Fabricio chasquea la lengua, incómodo. La aparición de los europeos añade una capa de incertidumbre al plan.

—¿Y si deciden intervenir? —pregunta, bajando el tono.

—Ya os lo he dicho, joder. Si se meten... los aniquilaré —protesta Sky.

—No lo harán —responde Vitto, sin apartar la mirada de la pantalla—. Los europeos están cabreadísimos con Arjan por el barco de coches que han perdido.

—¿De qué será la maldita reunión? —murmura Lorenzo, con el ceño fruncido.

Sandro resopla, cruzándose de brazos.

—Seguramente para pedirle explicaciones —responde—. No solo han perdido millones en coches de alta gama, también han perdido más de cincuenta hombres por culpa de la ambición de Arjan.

La habitación queda en silencio unos instantes. Dante sigue observando la pantalla, su expresión imperturbable.

—Apuesto a que si supieran el destino que le espera a los hombres de Arjan, nos ahorrarían el trabajo... —comenta, con una media sonrisa.

Vitto gira la cabeza de golpe, su mirada afilada como una navaja.

—Céntrate —gruñe.

El sonido de la maquinaria de un reloj llena el aire mientras todos esperamos el momento crucial.

Las cuatro y media. Las luces se apagan y se desata el caos.

Tiziano apenas se mueve de la puerta mientras dispara.

Veo a Ettore hacer un corte de manga a la cámara, mojar el dedo en la sangre de un albanés y escribir el mensaje en la pared.

En serio, este tío tendría que estar en un psiquiátrico.

Sky intercepta a uno de los que intenta huir.

Joder, verla matar es como ver una maldita obra de arte, es increíble.

Ettore y ella entran por el conducto de la ventilación, Tiziano por el techo. Se encienden las luces. Está hecho.

—¿Pero qué coño... ¡Rápido, atrapadlos! —grita Arjan a sus hombres, pero no hay respuesta. Están todos muertos.

Los albaneses europeos entran corriendo a la sala de reuniones y se detienen en seco al ver que sus superiores no han sufrido daño alguno. Uno de los peces gordos europeos está mirando fijamente la pared ensangrentada: New York è nostra. Se affronterete di nuovo l’alleanza, toccherà a voi morire.

Nueva York es nuestra. Si te enfrentas de nuevo a la alianza, será tu turno de morir.

—¿Qué coño significa esto? —grita, mirando a Arjan— ¿Qué demonios es eso de la alianza?

—Lo solucionaré, ¿de acuerdo? —espeta él, pasándose la mano por la cara.

—¡Dijiste que los puertos eran tuyos, joder! ¿Es por esto que mis coches están en el fondo del océano?

Se acerca a Arjan y le coge del cuello. Él empieza a ponerse ceniciento, y sonrío al pensar que los europeos van a hacer el trabajo por nosotros. Pero me equivoco, al poco lo suelta y lo lanza por los aires. Arjan aterriza sobre la sangre de sus hombres con un ruido sordo.

—Tienes un mes para entregarnos el dinero que nos has hecho perder —advierte el europeo—. Si no lo consigues, te meteré una estaca por el culo y te clavaré en la avenida principal de tu asquerosa ciudad. ¡¿Lo has entendido?!

—¡No puedo conseguir tanto dinero en tan poco tiempo!

—Haberlo pensado antes de meternos en este maldito lío. Y da gracias a que los italianos no han tocado a mis hombres, porque de lo contrario...

El europeo le hace una señal a sus hombres y se dirige a la puerta. Aparta uno de los cadáveres con el pie y sale de la sala de reuniones sin tan siquiera mirar atrás.

—Tus hombres han sido vengados, Vitale —dice Rossi.

Asiento. Debería sentirme bien por ello, pero la verdad es que no me siento mejor en absoluto. Daniele y los demás han muerto por culpa del hijo de puta que está ladrando órdenes a través de su teléfono.

Dos horas después, estamos en el avión de regreso a Nueva York. Un velociraptor azul de un metro de alto descansa en el asiento de al lado mientras Dante no deja de mirarlo riendo.

—Cállate —protesto.

—Te aseguro que el dinosaurio de treinta centímetros habría servido igual —bromea.

—No era azul, imbécil. Tiene que ser azul.

—Es la primera vez que escucho que un dinosaurio es azul.

—Deberías ver Jurassic World , tío. Te estás perdiendo un peliculón.

—¿Creéis que Arjan ha pillado ya el mensaje? —pregunta Sandro, sentado en la fila de al lado.

—Ahora es más impredecible que nunca —explica Vitto—. Le están reclamando el precio de los coches robados, y eso es mucha pasta.

—Tendremos que estar atentos hasta que se cumpla el plazo, puede hacer cualquier cosa para conseguir el dinero —dice Dante.

—Creo que lo mejor sería retrasar nuestros envíos hasta entonces —sugiere Rossi.

—Imposible —respondo—. Tenemos compromisos con clientes importantes que no aceptan retrasos. Si fallamos una sola entrega, perdemos millones.

—¿Y qué sugieres? —pregunta Sandro.

—Rutas alternativas. Cambiar el aspecto de nuestros camiones. Cualquier cosa que consiga hacer que nos pierdan la pista servirá.

—Ponte con ello —asiente Vitto—. Y los demás, andaos con pies de plomo. Lorenzo, unta algunos bolsillos para conseguir nuevas rutas de envío. Lo último que necesitamos es cruzarnos con algún control de policía no deseado.

—Mañana tengo una cena con el comisionado y su esposa. Creo que ella estaba muy interesada en tener una pulsera de diamantes canarios.

—¿Canarios? —susurra Sky, sentada a mi espalda.

—Se llaman así por su color amarillo intenso, muy parecido al de los canarios —explico, también en susurros.

—Interesante...

Vitto hace una llamada a Joon, para que tenga lista la pulsera, y otra a Enzo, para que se encargue de llevarle los diamantes que necesita. Cierro los ojos e intento descansar un poco, porque no he dormido mucho.

—¿Reponiendo fuerzas para la bienvenida? —bromea Dante.

—Sarah está enferma —explico—. Covid.

Todos los presentes se cubren la boca como lo hizo Gaby al enterarse. Pongo los ojos en blanco.

—Yo no estoy contagiado, idiotas —protesto—. ¿De veras creéis que mi mujer me dejaría participar en un golpe con cuarenta de fiebre?

—Para lo que has quedado... Gobernado por tu mujer —bufa el machista de mierda de Lorenzo.

—Deberías probarlo —le respondo—. No sabes lo placentero que es que te ate a la cama mientras...

—Dejadlo ya —me interrumpe Vitto—. Gab, no tengo ningún interés en conocer tus preferencias sexuales, muchas gracias. Y tú, Lorenzo... Que no sepas valorar a una mujer no te da derecho a despreciar a los demás por hacerlo.

Cinco horas más tarde, llegamos al JFK de Nueva York. Despido a mis hombres para que se marchen a casa y me subo con Vitto y Dante en su coche. El don arquea una ceja, pero sube el cristal templado que separa al conductor de los pasajeros y espera.

—Hay algo que quiero consultarle —digo.

—Lo he deducido cuando has invadido mi espacio personal —bufa—. Que seas el mejor amigo de mi nieto no te va a salvar el culo siempre, Gab. Ándate con ojo.

—Lo siento, don, pero es muy importante.

—¿Y no has tenido tiempo de hablar durante las cinco horas de vuelo?

—No quería hablarlo donde todos pudieran escucharlo.

—Muy bien... Habla.

—Al parecer, Stefano se está desenganchando. Hace unos días me mostró una ficha de Narcóticos Anónimos, lleva más de noventa días sin consumir.

—Puede haberla robado o comprado —dice el don—. Eso no me dice nada.

—Lo sé, pero parece tener la intención de querer cambiar. Se está divorciando de Renata y...

—¿En serio? —me interrumpe— ¿Le ha pedido el divorcio?

—Mediante mi abogado de confianza —asiento—. Ella está poniéndole muchas trabas, pero me encargaré de que lo consiga. Le ha pedido perdón a Sarah y...

—Dime una cosa, Gabriel —me interrumpe—. Hace unos meses viniste a verme porque querías mi permiso para casarte con Sarah y vengarte de tu hermano. ¿Qué ha cambiado para que ahora le estés ayudando?

Suspiro. Sí, ¿qué demonios ha cambiado para que me encuentre ahora pidiéndole ayuda para Stefano?

—Supongo que me he dado cuenta de que mi hermano solo era una marioneta en manos de Renata —respondo—. Dice que fue ella quien le introdujo en las drogas, pero no tengo pruebas.

—Es lógico si mis sospechas son ciertas —asiente Dante.

—¿Qué sospechas? —protesta Vitto— ¿De qué cojones estáis hablando?

—No quería decirte nada hasta que tuviera pruebas de ello, abuelo —se disculpa Dante—. Creo que Renata tenía la intención de dirigir la familia Vitale a través de Stefano.

—¿Por qué haría algo semejante? Ni siquiera pertenece a la Familia.

—Eso es lo que quiero averiguar —responde Dante.

—Stefano me dijo que tuviera mucho cuidado con ella —informo—. Al parecer le pidió que me matara, esa fue la gota que colmó el vaso para que decidiera cambiar.

—Ya he enviado a una docena de mis hombres para reforzar la seguridad de la casa Vitale, abuelo —explica Dante—. En cuanto averigüemos algo más te lo haré saber.

—¿Y qué querías pedirme, Gab?

—Ha accedido a entrar en un centro de desintoxicación en cuanto consiga el divorcio. No sé si ha averiguado que Gabriel es su hijo, o tan solo lo sospecha, pero quiere formar parte de su vida.

—Mierda, Gab... —protesta Dante.

—No pretende ser su padre —le interrumpo—. Quiere que yo lo siga siendo.

—¿Y si es una treta para...

—Le he estado vigilando. No hay ningún indicio de que haya solicitado la custodia de Gaby, y en las pocas interacciones que tiene con él, se refiere a sí mismo como el tío Stefano.

—¿Crees que está siendo sincero? —insiste Vitto.

—Creo que al fin se ha dado cuenta de que Renata no es la mujer que él creía y está logrando despertar de su hechizo. Creo que está siendo sincero, don.

—¿Y qué piensa Sarah de todo esto? —pregunta Dante.

—Le ha perdonado, pero no quiere tener nada que ver con él. Stefano lo respeta y procura cruzarse con ella lo menos posible. Sarah está de acuerdo en que forme parte de la vida de Gaby como su tío si deja las drogas, pero ella también teme que todo sea una estratagema.

—Bien, si estás seguro de que esto es lo que quieres, buscaré un buen centro para internarlo cuando tenga los papeles del divorcio —suspira el don—. Pero ¿por qué esperar?

—No tengo ni la más remota idea. Por lo pronto, se ha trasladado a una de las suites de invitados para estar lo más lejos posible de Renata. Al parecer, los paquetes de droga que he estado encontrando se los ponía ella para intentar que recaiga.

—Vigilaremos de cerca a esa mujer —asiente—. Dante, investiga a fondo sus orígenes: de dónde viene, a qué se dedicaba antes de aparecer en la vida de Stefano. Aquí hay gato encerrado... y quiero saber cuál es.