34. Gabriel
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L levo más de dos horas despierto, mirando a mi mujer dormir.
Solo me voy dos días, pero se siente como una eternidad.
Anoche volvieron las pesadillas. Pero esta vez no trataban sobre Stefano, ni sobre el secuestro.
Esta vez trataban sobre mí. Cuando me desperté por su llanto, me quedé paralizado al escucharla decir mi nombre.
Estaba atrapada en una pesadilla en la que los albaneses me asesinaban, y su angustia era tan real que me heló la sangre.
Intenté calmarla, pero ni siquiera me escuchaba.
Se aferraba a mí con fuerza, perdida en su propio terror. Y en ese instante, lo supe.
SARAH ME AMA.
Es un amor que la consume, que la aterra, que seguramente la paraliza cada vez que intenta expresarlo.
Pero ahí está, en cada gesto, en cada mirada, en la forma en que su cuerpo busca el mío incluso en sueños.
Su amor es profundo, es real, aunque todavía no pueda enfrentarlo. Y no pasa nada, yo puedo esperar.
Deslizo una mano por su cabello, apartando un mechón de su rostro, y la observo respirar.
Dos días. Solo dos días lejos de ella. Y cuando regrese, haré todo lo posible para que entienda que ya no tiene que tener miedo.
Que ella y yo somos uno, que nos pertenecemos.
Que jamás le haré daño, que mi amor no tiene fecha de caducidad.
—¿Qué hora es? —El bostezo de mi mujer me hace sonreír. La beso en los labios.
—Las cinco y media. Sigue durmiendo.
—¿A qué hora te vas?
—En media hora. Tenemos que reunirnos con Vitto en el aeropuerto a las seis y media.
Sarah se incorpora y se abraza con fuerza a mi cuello. Le devuelvo el abrazo, enterrando la nariz en el hueco de su cuello y empapándome de su olor. Dios... La voy a echar terriblemente de menos.
—Tengo miedo —reconoce en un susurro.
—No va a pasarme nada. ¿Qué te parece si, cuando vuelva, Gaby, tú y yo nos vamos a pasar unos días solos en el apartamento?
—Giulia viene en unos días, tengo que ocuparme de prepararlo todo para su llegada —protesta con un mohín.
—Bien, entonces cogeremos el coche y nos perderemos un día entero. ¿Mejor?
—La primera opción es mejor, pero servirá.
Vuelvo a besarla, y esta vez Sarah pega su cuerpo al mío, arrancándome un gemido. Separarme de ella es lo más difícil que he hecho en mi vida, pero aún sigue enferma y no tenemos el tiempo suficiente para hacer el amor como Dios manda.
—Nena... No podemos... —gimo apartando sus brazos de mi cuello.
—Protestaría, pero tienes razón —suspira—. No me encuentro demasiado bien. ¿Cuánto se supone que dura esta enfermedad?
—Val dijo que de cuatro a ocho días. Cuando vuelva seguro que ya estás completamente recuperada, princesa.
—Prométeme que tendrás cuidado —pide—. Prométeme que no intentarás hacerte el héroe e interponerte entre una bala y alguno de tus hombres.
—Lo prometo.
—Hablo en serio, Gab. No puedo perderte. Si te mueres, yo...
No puede continuar, sus ojos se llenan de lágrimas. La abrazo con fuerza y borro sus lágrimas a besos, porque descubrir que es su amor por mí el que habla me ha hecho sentirme invencible.
—Volveré a ti, amor mío. Te doy mi palabra.
Una hora más tarde, estamos sobrevolando Manhattan en el avión privado de Vitto. Fabricio nos reparte unas carpetas de color malva y se sienta en su asiento, extendiendo sobre la mesa imágenes de una empresa ficticia. Están generadas con IA, pero son tan realistas que casi parecen de verdad.
—Nos registramos como Vercelli Global , una empresa italiana en proceso de expansión en Estados Unidos —anuncia el don, señalando las imágenes esparcidas frente a él—.
Yo seré el director general. Sky, mi secretaria.
Vosotros, mi equipo ejecutivo. El viaje tiene una justificación empresarial sólida.
Reuniones con posibles socios, inspección de propiedades y análisis de inversión en Las Vegas.
Abro la carpeta y tomo el documento de identidad: Matteo Costa, director de operaciones de Vercelli Global .
En la foto llevo gafas de montura al aire y el pelo engominado hacia atrás, nada que ver con mi estilo de siempre.
Obviamente, sin tatuajes. Supongo que Vitto habrá traído a un equipo de maquilladores para encargarse de ocultarlos.
—Gabriel, ocúpate de las cámaras de seguridad. —Asiento—. Sandro, tú de los guardias. Averigua a qué hora es el cambio de turno, cuántos hombres hay en cada planta y cómo están distribuidos. No quiero sorpresas.
—Entendido, jefe.
—Lorenzo, tú encárgate de la sala de control. Hackea los ordenadores y asegúrate de que nuestra presencia pase inadvertida.
—Pan comido, don.
—La reunión de los albaneses es a las cuatro. Eso quiere decir que tendremos que deshacernos del personal del turno de tarde.
—Vamos demasiado justos de tiempo, joder... —protesta Dante.
—Puedo tenerlos inconscientes en menos de media hora —se jacta Sky—. Es mi trabajo, Ferretti. No fallaré.
La creo. La creo porque he visto con mis propios ojos lo jodidamente letal que puede llegar a ser. Cuando rescatamos a Sarah de los secuestradores ella acababa con diez hombres en lo que yo mataba a tres. Es jodidamente increíble en su trabajo, y si dice que puede hacerlo, es que lo hará bien.
—Arjan vendrá con su encargado de logística, su cerebro financiero y su jefe de seguridad —continúa Vitto—. Tenéis que aseguraros de matarlos a todos excepto a él y a los europeos, como acordamos.
—Mi gente estará infiltrada como miembros del servicio por si algo se tuerce, pero si Tiziano hace bien su trabajo no será necesario —continúa Sky.
—A las cuatro y media, cuando la reunión esté en auge, cortaremos la electricidad y atrancaremos las puertas —explica Dante—. Tiziano y Tore se colarán por el pasillo del servicio, con gafas de visión nocturna y un arma con silenciador.
—Matarán a los albaneses y se esconderán en el sobretecho para no ser detectados cuando se enciendan las luces —explica Sky—. Ya he hablado con ellos sobre cómo será la mejor manera de hacerlo.
—El resto se ocupará de los soldados de ambas partes —continúa Dante—. Los europeos recibirán un dardo tranquilizador y el resto la muerte.
—Es un golpe quirúrgico: rápido, invisible, sin rastro —se jacta Vitto—. Veamos si después de esto Arjan tiene ganas de seguir jodiendo a la ‘Ndrangheta.
—¿Y qué pasa con mi venganza? —protesto.
—Ojo por ojo, Gabriel —responde el don—. Sus hombres por los tuyos.
Me reclino en mi asiento y estudio la información que debo saberme de memoria, pero mi mente no puede dejar de pensar en lo que ocurrirá mañana.
Vitto abre la puerta de la habitación del avión, y Mía y Martina, dos miembros del equipo de Dante, dejan un enorme maletín plateado sobre una de las mesas.
—Ellas se encargarán de ocultar los tatuajes —aclara, sentándose en uno de los sillones y quitándose la camisa—. Se registrarán aparte en el hotel como una pareja de recién casadas y desaparecerán por la mañana, después de hacer su trabajo.
Cinco horas más tarde, entramos en el hotel Trump de Las Vegas sin un solo tatuaje en el cuerpo.
Finjo estar atendiendo una llamada de teléfono mientras localizo las cámaras de seguridad del recibidor.
Hay una sobre la entrada principal, justo encima del arco de la puerta automática.
La segunda está en la esquina derecha del mostrador de recepción, dirigida hacia los empleados.
Hay una tercera, a la izquierda, junto a la lámpara de pie de la sala de espera.
La cuarta está en el techo, sobre los ascensores, donde seguramente también habrá cámaras.
La quinta enfoca la entrada del pasillo de servicio, y la última está sobre la salida de emergencia, justo encima del letrero.
Joder, son demasiadas.
—¿Esto es un hotel o una cárcel de máxima seguridad? —protesto en un susurro— Tienen más cámaras que focos en el techo, joder.
Me llega la risa disimulada de Sky por el intercomunicador. Sé que ahora mismo está en recepción con Vitto y Dante y no puede hablarme, pero eso no me impide meterme con ella.
—Apuesto a que tú serías capaz de entrar al hotel sin tener que apagar las cámaras...
—Que no te quepa duda, bombón —responde en un susurro—. Soy la mejor, ya lo sabes.
Escucho el bufido de Ettore.
—En tus sueños, china —responde—. En tus putos sueños.
—Coreana, italianito... Voy a tener que apuntarte a un curso intensivo de geografía, por lo que parece.
—Se acabó —protesta Dante—. Gab, informa.
—Seis cámaras en la recepción, dos dentro de los ascensores —respondo—. Tendré que revisar si hay cámaras ocultas en el sobretecho. Hasta que no estemos instalados no puedo hacer más.
—Hay diez guardias en total, tres en la planta baja y uno más por cada planta —informa Sandro—. Será pan comido neutralizarlos.
—Cerradura del centro de control forzada —se jacta Rossi—. Salvatore está con los ordenadores y no hay seguridad a la vista.
—Muchas cámaras, pocos guardias —protesta el aludido mientras se escucha el teclear del ordenador.
—Para ser un hotel de alta seguridad está siendo demasiado fácil tomarlo —bufa De Luca, uno de los caporegime de Dante.
—La fama evita que ladrones de tres al cuarto lo asalten —explica Fabricio—. Es por eso que son más descuidados.
—Bien, todos al recibidor —ordena Vitto—. Os asignaré las habitaciones.
Me jode mucho que me toque dormir con Sandro.
Vitto es un cabrón, sabe que no nos llevamos bien y hace esto para intentar mediar entre nosotros.
Lo que no sabe es que no tengo ningún interés en congraciarme con alguien que me odia sin motivo.
Cenamos en la suite del don y cada cual se va a su habitación.
Decido darme una ducha antes de llamar a Sarah, pero cuando cojo la ropa para meterme en el baño Sandro me empuja y se cuela antes que yo.
—¿A ti qué coño te pasa? —protesto— Si tanta prisa tienes por ducharte, dilo y ya está.
No me responde. Maldigo en silencio y me tumbo en la cama para llamar a mi mujer, que responde al segundo timbre.
—¿Me echas de menos? —bromeo cuando descuelga.
—Demasiado. ¿Ya estás instalado?
—Sí. Hemos cenado y estoy esperando a que Sandro salga de la ducha para ducharme también e irme a dormir.
—Yo estoy cenando con Gaby y Bianca. ¿Qué has cenado?
—Vitto ha pedido un picoteo variado. ¿Y tú?
—Mi hermana ha hecho lasaña. ¿Quieres hablar con papá, tesoro?
—¡Papi! —grita Gaby, dejándome sordo.
—Buenas noches, campeón. ¿Estás cuidando bien de mamá?
—Está triste porque te has ido. ¿Cuándo volverás?
—Mañana por la noche. Tienes que darle muchos abrazos para que se ponga contenta, ¿de acuerdo? Recuerda que aún está malita.
—Sí. ¿Me traerás un regalo?
—Claro que sí. ¿Hay algo que te guste?
—¡Blue! —grita emocionado, haciéndome reír.
Veo a Sandro salir del cuarto de baño, pero le ignoro. Ahora es el momento de mi familia, así que por mí puede irse al infierno.
—No sé si podré encontrar a Blue, campeón, pero haré todo lo posible.
—Tengo que irme a la cama, mamá dice que ya es tarde. ¿Me llamarás mañana también?
—Por supuesto que sí. Si no hablo contigo todos los días me puedo morir.
—¡Eso es mentira! —ríe a carcajadas— Buenas noches, papá.
—Buenas noches, Gaby. Que sueñes con los ángeles.
Escucho a Sarah darle instrucciones y vuelve al teléfono, todavía riendo.
—Mandaré a alguien a comprar el dinosaurio para que no quedes mal —se ofrece—. Dudo mucho que tengas tiempo de pararte a buscar a Blue.
—¡Oye! Si mi hijo quiere un puto dinosaurio azul, su padre se lo encontrará aunque sea lo último que haga. ¿Cómo te encuentras?
—Mejor que esta mañana. Parece que la fiebre ha desaparecido y el cuerpo empieza a dolerme menos.
—Te lo dije, de cuatro a ocho días.
—Sí, señor doctor. Te echo mucho de menos, en serio.
—No más que yo a ti. Aún me quedan... dieciséis horas, veintitrés minutos y cuarenta y siete segundos para verte de nuevo.
Sandro pone los ojos en blanco y le enseño el dedo medio. Sonrío al escuchar la risa de Sarah al otro lado de la línea.
—¿A qué hora empieza el espectáculo? —pregunta tras un momento de silencio.
—Cuatro y media.
—Como vuelvas a venir con una bala en el cuerpo, te juro que...
—Aquella vez no llevaba la bala dentro, princesa —protesto—. Solo me rozó.
—Ni tan siquiera un roce, Gab. O te juro que no te dejaré tocarme hasta que se me olvide.
—Intentaré no ponerme en la trayectoria de ninguna bala, lo prometo.
—Y llámame en cuanto termines, ¿De acuerdo? Necesito estar segura de que estás bien.
—En cuanto estemos de camino al aeropuerto te llamaré. Te amo, princesa. No lo olvides.
Cuelgo para no ponerla en el aprieto de tener que responderme. Sé que me ama y eso es suficiente. Suelto el teléfono sobre la mesita de noche y cojo mi ropa para irme a duchar, pero la voz de Sandro me detiene.
—¿Por qué? De todas las mujeres que existen, ¿por qué tuvo que ser ella?
—Porque siempre lo fue —respondo sin más—. Incluso antes de que mi hermano tuviera que casarse con ella.
—¿Por eso le has arrebatado el puesto? ¿Por venganza?
—No voy a hablar contigo de esto, Sandro.
—¡Era su derecho!
—¿Su derecho?
Me vuelvo hacia él y doy un golpe en la mesa con la mano abierta, sobresaltándole.
—¡Llevo cinco malditos años ocupándome de arreglar sus desastres!
—grito— ¡Fui yo quien hizo el jodido trabajo en su lugar cada vez que la cagó, joder!
¿Mi hermano? Mi hermano es un drogadicto que solo pensaba en la siguiente raya que se iba a meter, Sandro.
Si vas a decir algo, al menos asegúrate de no soltar gilipolleces.
—Tiene un pequeño problema con las drogas, sí, pero...
—Compró diamantes irlandeses, Sandro. —Abre los ojos, sorprendido—. Mi hermano ya no es el hombre que conocías.
No digo ni una palabra más, estoy hasta la polla de tener que justificarme por mis acciones.
Me meto en la ducha y dejo que el agua caliente se lleve también mi mal humor.
Cuando regreso a la habitación, Sandro está pendiente de su teléfono y ni siquiera me molesto en mirarle.
Me meto en la cama, apago la lámpara y le doy la espalda. Que le jodan.