33. Sarah
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L levo dos días metida en la cama. Me siento fatal, pero intento hacer un esfuerzo cuando Gaby vuelve del colegio para que no se asuste por mi estado.
No es la primera vez que tengo covid, pero parece que esta cepa es más fuerte que las anteriores y yo estaba más baja de defensas que antes.
No lo sé. El caso es que estoy deseando que se me pasen los síntomas de una buena vez.
Por suerte, no he perdido el gusto, aunque sí el olfato.
No del todo —puedo oler la colonia de Gab cuando se la pone, pero soy incapaz de olerla en su piel—, pero me desespera no poder hacerlo bien.
Por suerte, los analgésicos que me pincha Val son muy efectivos y casi parezco una persona normal la mayor parte del tiempo.
Gab entra en la habitación y se sienta a mi lado. Me besa en la frente —el muy cabezota no consiente en ponerse una mascarilla— y se deshace el nudo de la corbata con gesto cansado.
—Gaby está cenando —explica—. Le he traído su hamburguesa favorita con patatas extragrande y un refresco. Y antes de que me regañes, es mi regalo de despedida.
—Ni que fueras a marcharte un año —río.
—¿No me vas a echar de menos? —pregunta arqueando una ceja.
—Sabes que sí lo haré, y que estaré muy preocupada por ti. Pero Gaby no sabe nada de eso. Para él, solo te vas a trabajar fuera dos días.
—Demasiados. ¿Cómo te encuentras hoy?
—Si ayer era un zombi radioactivo, hoy al menos soy un caminante básico. No estoy bien, pero ya no mato con solo respirar.
—Deberías dejar de ver The Walking Dead , amor —ríe besándome en la frente—. Empiezas a darme miedo.
—Serías al primero que infectaría —respondo encogiéndome de hombros—. ¿Cuándo os marcháis?
—A primera hora de la mañana. Nicola se quedará aquí para protegeros.
—Nuestra media docena de guardaespaldas son suficiente protección para nosotros —protesto—. Preferiría que te guardara las espaldas.
—Me llevo a dos tercios de mis hombres, Sarah. Todo va a salir bien.
—Más te vale no morir, esposo, porque no te lo perdonaré jamás.
Sonríe sobre mis labios y me besa. Intento apartarme, porque no quiero que se contagie, pero él me sujeta por la nuca para poder profundizar el beso.
Me derrito en cuestión de segundos. Acaricio su pecho con las palmas de mis manos y me pego a él, deseando no estar enferma y darle la despedida que merece.
Mi marido se separa de mí antes de lo que me gustaría, por lo que protesto, haciéndole reír.
—Tienes que cenar para tomarte las medicinas —se disculpa—. ¿Qué te apetece?
Le observo acercarse al armario y sacar un pantalón de deporte y una camiseta. Se desnuda sin vergüenza alguna delante de mí, provocándome deliberadamente, porque veo una sonrisa tirar de la comisura de sus labios. El muy canalla...
—¿Tú estás en el menú? —pregunto.
—Qué más quisiera... pero Val me ha prohibido tocarte hasta que la prueba dé negativo.
—Te prohíbe tocarme, pero tú no dejas de besarme cuando te da la gana.
—No es lo mismo.
—Desde luego que lo es, te puedes contagiar igual.
—Me gustan los riesgos —bromeo—. Vamos, dime qué quieres cenar.
—Lo que sea está bien.
—¿Hamburguesa?
—No vas a salir otra vez, Gab. Lo que hayan hecho de cena para los demás estará bien.
—No voy a salir, princesa. Voy a preparártela yo mismo.
—Me encanta verte con tu delantal. Es una de las cosas que más echo de menos del ático.
—Entonces ven conmigo, cariño —responde extendiendo los brazos hacia mí—. Te daré todo un espectáculo.
Me lleva hasta nuestro pequeño salón y me sienta en el sofá pequeño, que gira hasta que está orientado a la cocina.
Descubro sobre la encimera algunas bolsas del supermercado.
Gab se acerca a ellas y saca verduras, una masa de pizza, una bolsa de pan de hamburguesa, carne picada, embutidos y algunos tipos de queso, entre otras cosas más que no consigo ver.
—¿Lo tenías todo planeado? —río.
—Como no te encuentras bien he pensado dejarte algunas opciones hechas para que puedas comer tranquila mientras no estoy —dice encogiéndose de hombros—. Sé que no te gusta ver a mi hermano cuando no estoy cerca, así que...
Mi corazón se enternece ante su gesto. Me levanto del sofá, le abrazo por la espalda y le beso en el hombro, apretándole contra mí.
—Eres el mejor —susurro.
—Te dejaré una pizza preparada, una ensalada de las que te gustan y un poco de caldo por si no te sientes bien. ¿Hay algo más que te apetezca? Puedo asaltar el frigorífico de la cocina central y...
No puedo más, le doy la vuelta y le beso con fuerza. Él suelta la lechuga que tenía en las manos y rodea mi cintura con los brazos, profundizando nuestro beso.
Le amo.
Le amo tanto que duele, y quiero decírselo, quiero que lo sepa antes de que se marche esta noche. Pero cuando nos separamos, mi boca no produce ningún sonido.
—Ve a sentarte, estaré contigo en un momento.
¿Por qué soy incapaz de decirle lo que siento?
Gabriel me demuestra que me ama una y otra vez.
Con sus gestos, con sus caricias, con sus cuidados.
Él siempre está para mí, siempre me pone en primer lugar, y yo...
Una lágrima resbala por mi mejilla y la aparto con furia.
No es momento de llorar ahora, lo que tengo que hacer es hablar sobre ello con Samantha en nuestra próxima sesión.
Me está ayudando mucho acudir a su consulta, pero necesito que las cosas avancen mucho más deprisa.
Necesito decirle que le amo al hombre de mi vida.
Y no lo hago por él, porque jamás me ha presionado para que le responda cuando me dice que me ama. Lo hago por mí, porque necesito terminar con toda esta mierda si quiero seguir adelante y ser feliz de una vez por todas.
Cojo el teléfono para llamar a Sam, pero suena antes de que pueda hacerlo. Sonrío al ver que es Giulia, con quien no hablo desde hace mucho tiempo.
—¡Hola, hermana! Te he echado mucho de menos —respondo.
—¿Hermana? —protesta Giulia, y rompe a llorar— ¡Eres una mierda de hermana, Sarah! ¿Recuperas a Bianca y te olvidas de mí?
Tiene razón. Desde que volvimos a Nueva York no la he llamado ni una sola vez.
Ni siquiera le he mandado un mensaje. He estado tan ocupada con reconstruirme a mí misma que no me he acordado de que mi mejor amiga se ha quedado en Ravello, y me siento muy culpable por no haberme puesto en contacto con ella en todo este tiempo.
—Lo siento mucho —me disculpo—. Muchísimo, de veras. Tienes derecho a enfadarte conmigo por ser una amiga de mierda. ¿Qué puedo hacer para enmendar mi error?
—Darme asilo durante un tiempo —me sorprende diciendo.
—¿Vienes a Nueva York?
—Qué remedio... Si la montaña no va a Mahoma...
—La montaña ama a Mahoma con toda su alma —bromeo—. ¿Cuándo llegas?
Gab pone una hamburguesa con patatas fritas delante de mí y me mira con una ceja arqueada.
—Es Giulia —explico en un susurro.
—¡Hola cuñada! ¿Cómo estás? —grita para que le escuche.
—Va a venir a vernos —informo.
—Que te diga cuándo, le enviaré el avión privado para que viaje cómoda.
—¿Le has oído? —pregunto.
—Alto y claro —ríe Giulia—. Dile a ese bombón que se lo agradezco, pero ya tengo reservado un vuelo en primera clase para dentro de una semana. ¿Cómo van las cosas por ahí? ¿Stefano te ha dado muchos problemas?
—No, no lo ha hecho. Tengo mucho que contarte, Giulia, pero será mejor hacerlo en persona.
—¿Me vas a dejar con la intriga?
—Por ahora te diré que soy inmensamente feliz, que Gaby y yo estamos perfectamente y que casarme con Gab fue la mejor decisión de mi vida.
—Te has enamorado de él.
—Sí, completamente —susurro.
—En ese caso, no tengo de qué preocuparme. ¿Dónde está mi hombrecito? No sabes lo muchísimo que le echo de menos.
—Está en su habitación jugando con sus dinosaurios. Tendrías que verla... Bianca y Gabriel han creado un pequeño parque jurásico para él. ¿Y a ti cómo te va? ¿Has encontrado a alguien que llene el vacío que dejamos?
—Nadie llenará ese vacío, idiota —protesta—. Conocí a una chica, pero no ha salido bien. Me dejó por mensaje anoche.
—Mierda, Giulia... ¿Cómo estás?
—Ya me conoces... Sobreviviré. Tal vez conozca a alguien allí y me quede con vosotros.
—Te prepararé una habitación antes de que termines de decirme que lo harás.
—Sabes que mi hogar está en Italia, Sarah... Aunque Nueva York puede convertirse en mi residencia de verano.
—Todos estaríamos encantados de recibirte.
—Lo sé, solo espero no cruzarme con tu ex. Le reventaré las bolas sin presentarme.
—Parece que ha cambiado. Está dejando las drogas y me pidió perdón por todo lo que me hizo.
—¿Hablas en serio?
—Gabriel y yo vamos a darle una última oportunidad.
—Sarah...
—No, Giulia, no voy a ser su amiga —adivinando sus temores—. Le he perdonado por mí, porque no quiero vivir con el rencor y el dolor toda la vida. Él no se cruza en mi camino y, si lo hace, procura no incomodarme.
—Yo no me fiaría de él, Sarah. ¿Y si ha averiguado que Gaby es su hijo?
—Al menos lo sospecha, pero aseguró que no va a hacer nada para desmentir que Gab es su padre.
—¿Y si pretende haceros creer que está cambiando y os envía una citación del juzgado? Joder, Sarah...
Me quedo helada ante la posibilidad. Miro a Gabriel, que está sentado frente a mí comiéndose tranquilamente su hamburguesa. Cuando traga el bocado que tiene en la boca, se limpia con la servilleta y me quita el teléfono.
—¿Qué le has dicho? —protesta— No, no está haciendo nada. Claro que le tengo vigilado, ¿por quién me tomas? Duerme tranquila, que yo protejo a mi familia con mi vida.
Me devuelve el teléfono y sigue comiendo. No sé qué le ha dicho Giulia, pero la naturalidad y la tranquilidad con la que le responde me hace sonreír.
—Estoy tentada de volverme heterosexual solo para buscarme un hombre como el tuyo, hermana —bromea mi amiga.
—Lo siento por ti, pero mi hombre es de edición limitada. Solo hay uno en todo el mundo y me pertenece.
Gab sonríe y me guiña un ojo, pincha algunas patatas regadas con salsa Deluxe y las lleva a mi boca.
—Ahora resulta que convierto lesbianas —bromea el cabrón—. Y pensar que nunca supe que tenía este talento...
—Podrás fardar con tus hombres sobre ello...
—Dile que no se venga arriba, que he dicho que estoy tentada de convertirme, no que lo haya hecho —bufa Giulia.
—Oye, de verdad... voy a poner el manos libres —protesto—. Me estáis volviendo loca.
La conversación dura toda la cena. Recojo la mesa mientras Gab friega los platos y nos vamos a la cama. Me acurruco entre sus brazos con un suspiro y le aprieto con fuerza contra mí. Mañana va a ponerse en peligro, y el miedo que atenaza mi corazón es tan grande que no sé si voy a poder dormir.