32. Gabriel #2
—Veré que puedo averiguar. Si hay mierda en su pasado, la encontraré. Y si no la hay... La inventaré. Si decide pelear, será el peor error de su vida.
Sonrío con frialdad.
—Haz lo que sea necesario.
Cuelgo el teléfono y me dirijo a mi suite.
Me extraña que mi mujer no haya salido ante los gritos de Renata, así que o bien ha salido, o bien está más sorda que una tapia.
Me acerco primero a la habitación de Gaby, a quien encuentro jugando solo con sus juguetes.
Me arrodillo a su lado, pero aún no se da cuenta de que estoy aquí.
—¿A qué juegas? —pregunto, sobresaltándole.
—¡Papá! —exclama, lanzándome los brazos al cuello.
—¿Dónde está tu madre, campeón?
—Está en la cama. Chiara ha ido a buscar a Valentina.
—¿A Valentina? ¿Está enferma?
—Chiara dice que tiene “ ripe ”.
—Gripe, Gaby, no “ ripe ”. —Me pongo de pie—. ¿Vienes conmigo a verla?
—Ya la he visto —dice negando con la cabeza y volviendo a sus juguetes—. Está dormida.
Pongo los ojos en blanco con una sonrisa y me dirijo a nuestra habitación.
Está completamente a oscuras, pero aun así puedo ver un bulto envuelto en la sábana en mitad de la cama.
Me deshago de la chaqueta y me siento a su lado, descubriéndole la cabeza con suavidad.
Ella gime, se aprieta las sábanas más contra el pecho y abre lentamente los ojos.
—Hola —susurro, apartándole el pelo de la frente. Joder, está hecha unos zorros.
—¿Qué tal ha ido la reunión?
—Eso no importa ahora. ¿Cómo te sientes?
—Como si me hubiera pasado un tren por encima. Me duele todo el cuerpo, Gab...
—Chiara ha ido a buscar a Valentina, estarán aquí enseguida.
Acaricio su espalda suavemente, sintiéndola empapada.
Llamo a Madison para que venga a cambiar las sábanas mojadas, llevo algo de ropa para ambos al cuarto de baño y me giro hacia mi mujer, que vuelve a estar con los ojos cerrados.
Pongo la mano en su frente y me doy cuenta de que está ardiendo. Mierda, tiene mucha fiebre.
—Cariño, vamos a darte una ducha. —Intento apartar la sábana, pero ella me lo impide con un gemido—. Venga, te sentirás mejor.
—No puedo moverme.
—¿Y desde cuándo eso es un problema?
Aparto las sábanas completamente y la tomo en brazos con cuidado.
La dejo de pie en el cuarto de baño y le saco el camisón por la cabeza.
Me desnudo deprisa, porque no será capaz de ducharse sin ayuda, y me meto con ella bajo el chorro de agua caliente.
Sonrío cuando la escucho gemir cerrando los ojos.
Le lavo el pelo con cuidado, la enjabono y la saco de la ducha para secarla.
La siento en la tapa del váter para poder secarme y vestirme yo mismo, la ayudo a vestirse también e intento secarle el pelo, pero el sonido del secador parece molestarle mucho, así que se lo dejo un poco húmedo. No creo que vaya a ponerse peor.
Pero la fiebre... joder, la fiebre sigue ahí.
—Bien, volvamos a la cama, princesa.
Estira los brazos hacia mí, la vuelvo a levantar en peso y la llevo a la cama. Valentina ya ha llegado, gracias a Dios.
—Me ha dicho Chiara que no se encuentra bien —dice, sacando sus cosas del maletín—. ¿Qué le pasa?
—Le duele todo el cuerpo y tiene mucha fiebre —explico—. No tiene fuerzas para andar por sí misma y le molestan la luz y los ruidos.
—Me estoy convirtiendo en un zombi —bromea Sarah desde la cama.
—Tiene más pinta de covid —responde Val riendo—, iré a por una prueba. Mientras tanto, te pincharé algunos analgésicos para bajarte la fiebre.
—¿Es obligatorio? —lloriquea Sarah.
—Si quieres sentirte mejor...
—No me digas que todavía te dan miedo las agujas... —bromeo, sentándome a su lado.
—Siguen sin gustarme demasiado.
—Pues hay una inyección que no te importa ponerte...
—¡Gab! —exclama incorporándose, y me siento culpable porque hace un gesto de dolor— ¿Tienes que decir eso delante de Val?
—Por mí no os preocupéis, estoy curada de espantos.
Le inyecta algo en la nalga y guarda las cosas en el maletín.
—Voy a buscar la prueba, no tardo.
Cuando se marcha, me tumbo al lado de mi mujer y la atraigo hacia mi pecho. Unos golpecitos en la puerta preceden a Gaby, que se acerca a la cama, pero no se lo permito. Lo único que me falta ahora que tengo que marcharme es dejarme a ambos enfermos.
—No te acerques, cariño. Mamá puede tener covid —explico.
Se detiene en seco y retrocede hasta la puerta, poniéndose la manita en la boca. Me rompe el corazón ver que sus ojitos se llenan de lágrimas no derramadas.
—Cuando vuelva Val le pediremos mascarillas para que puedas acercarte —le tranquilizo.
—¿Se va a morir?
—¿Qué? ¡Claro que no! Es lo mismo que la gripe, pero te sientes peor y se contagia más.
Gaby es catapultado hacia delante cuando Val abre la puerta y cae de bruces en el suelo. Es lo único que le falta para romper a llorar. Voy a levantarme para cogerlo, pero Val es mucho más rápida y lo aprieta contra su pecho en un gesto maternal.
—Lo siento, pequeño, no sabía que estabas ahí —se disculpa— ¿Te has hecho mucho daño, cariño? ¿Qué te duele?
—Quiero a mi mamá —solloza.
Val sonríe y se acerca con él en brazos a donde ha dejado su maletín antes, saca de él una mascarilla y se la pone a Gaby, cuyo llanto es ahora un leve suspiro.
—Listo, ya puedes ir con mamá —dice Val soltándole en el suelo.
Gaby corre a mis brazos, lo levanto en peso y lo coloco entre Sarah y yo.
Mi hijo abraza fuerte a su madre entre sollozos, y mi mujer susurra algo en su oído que le hace calmarse.
Después de un test —positivo, por cierto— y algunos arrumacos más, ambos caen rendidos, y qué demonios... yo caigo con ellos.