31. Sarah
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H oy he tenido que hacer de la esposa perfecta del capo por primera vez desde que me casé con Gabriel. Mi marido tenía que reunirse con un alto cargo del ejército chino para venderle las armas que los albaneses habían intentado robarle a la ’Ndrangheta.
Después de la cena, hemos ido con el militar al almacén donde la Familia las tiene ocultas.
Parecía realmente impresionado, y al final han cerrado la venta con un precio mayor del que esperaba conseguir Gabriel.
Ahora, después de una noche demasiado larga para mis pobres pies —que han tenido que soportar el dolor de los zapatos de aguja que he elegido esta noche—, acabamos de llegar a casa.
Estoy agotada, y lo único que quiero es acostar a Gaby y poder tumbarme en nuestra cama para dormir hasta el mediodía, que mañana es domingo.
—¿Cansada? —pregunta mi marido como si me leyera la mente.
—Mucho. Estos zapatos me están matando.
Gabriel se arrodilla frente a mí, me los quita y los lleva en la mano desde la entrada de casa hasta la cocina.
Nos detenemos en seco cuando vemos a Gaby sentado en la mesa con Stefano, jugando con un montón de dinosaurios de juguete que estoy completamente segura de que no le hemos comprado nosotros.
Me quedo un poco más tranquila al ver a Nicola sentado en el sofá, aparentando ver la televisión.
Sé que está vigilando de cerca a mi hijo, y se lo agradezco.
Siento la tensión de Gabriel a mi lado. Aprieta mi mano un segundo y, al siguiente, está andando hacia nuestro hijo, apoyando una mano en su hombro mientras observa los juguetes.
—¡Hola, papá! —exclama Gaby mostrándole un velociraptor— Mira lo que me ha regalado el tío Stefano.
La mirada de Gabriel se cruza con la mía y me estremezco. Está tan preocupado como yo.
—¡Vaya! —susurra— ¿Y le has dado las gracias al tío, campeón?
Gaby asiente y centra de nuevo su atención en los juguetes. Gabriel le hace una señal a Chiara, que se acerca a Gaby y le convence de irse a su habitación.
—Antes de que digáis nada, me gustaría hablar con ambos en privado —dice Stefano cuando Gabriel se incorpora y abre la boca con la intención de gritarle.
No quiero hablar con él. No hay nada que ese hombre pueda decir que yo quiera escuchar, pero Gabriel asiente, me coge de la mano y me lleva con él a su despacho. Respiro con alivio al ver que Nicola entra también y se apoya distraídamente contra la ventana.
Gabriel sirve tres copas de whisky y ofrece dos de ellas a los hombres.
A mí, que no me gusta, me sirve una copa de Amaretto.
Se sienta detrás del escritorio, dejando claro que él es el capo, aunque ninguno tengamos ni idea de qué es lo que quiere hablar Stefano.
Yo me quedo de pie, a su lado. Prefiero esto a estar demasiado cerca de mi exmarido más tiempo del necesario.
—Tú dirás —anima a su hermano.
Stefano respira hondo, como si le costara encontrar las palabras. Finalmente, levanta la mirada.
—Sé que Gaby es mi hijo —suelta a bocajarro.
Me tenso irremediablemente, pero mantengo la compostura ante la mirada de reojo de Gabriel.
—No sé cómo cojones has conseguido esa prueba de paternidad falsa —continúa—, pero sé que Gaby es mío.
—Gaby no es...
—No me interrumpas, por favor, Sarah —dice, cortando mi arranque, aunque con una suavidad en su tono que jamás ha usado conmigo—. Déjame terminar primero.
Aprieto la mandíbula y asiento.
—Sé que es mi hijo —continúa—, pero también sé que tú serás mucho mejor padre para él que yo. Eres mejor padre de lo que yo llegaré a ser nunca...
—Gaby es mi hijo —insiste Gabriel con voz calmada.
Stefano cierra los ojos un instante y asiente.
—Lo es —admite—. Te he visto con él y sé que le quieres como si fueras su verdadero padre.
Suspira, como si estuviera soltando un peso enorme. Se vuelve hacia mí.
—Sarah... De verdad siento todo lo que te hice durante nuestro matrimonio —se disculpa—. Sé que nunca podrás perdonármelo, pero al menos espero que aceptes mis disculpas.
—¿A qué estás jugando, Stef? —espeto furiosa—. ¿Qué quieres de nosotros?
—No estoy jugando a nada. Supongo que llevo sobrio el tiempo suficiente como para darme cuenta de algunas cosas que antes no veía.
Lanza sobre la mesa una ficha de color azul, pero antes de soltarla, la mira un instante, como si le costara dejarla ir. Gabriel la examina y mira a Stefano con sorpresa.
—Noventa días sin consumir —afirma Stefano—. Aunque reconozco que ha sido un jodido infierno.
—¿Cómo...
—Cuando apareciste en la fiesta de despedida con Sarah del brazo me sorprendí mucho, pero al veros juntos durante todo este tiempo me he dado cuenta de que lo que vosotros tenéis es lo que yo buscaba al casarme con Renata. Y no lo tengo, Gab. Mi matrimonio es una maldita pesadilla.
Se estira sobre la mesa hacia mí y me coge la mano. Me tenso, no quiero que me toque, pero en sus ojos hay una vulnerabilidad que nunca había visto, y me quedo quieta.
—De verdad lamento haber convertido nuestro matrimonio en un infierno para ti, Sarah —insiste, tragando saliva—. A veces me despierto por la noche pensando en todo lo que te hice, en cómo te traté, y me gustaría arrancarme la piel a tiras solo para librarme de la mierda de persona que fui contigo.
Giro el rostro cuando los dolorosos recuerdos regresan a mi mente, porque soy incapaz de mirarle a la cara.
—Cuando mi padre me dijo que debía casarme contigo, debería haber luchado para evitarlo, pero tenías razón, pensé que podía teneros a las dos y salir ganando —confiesa—.
Sabía que estabas enamorada de mí y mi maldito ego me hizo creer que aceptarías todo lo que te propusiera sin rechistar.
No merezco que me perdones, pero quiero que sepas que de veras me arrepiento.
—Me hiciste demasiado daño —susurro con la voz ronca—. Me hiciste creer que no valía para nada, que era repulsiva.
Stefano aprieta la mandíbula.
—Lo sé, y lo siento de veras. Sé que no es excusa, pero por aquellos entonces ya andaba metido en las drogas y no es que tuviera las mejores compañías.
Aprieto la mandíbula, todos sabemos a qué compañías se refiere.
—También quiero pedirte disculpas a ti, hermano —continúa—. Si hubiera sabido que estabas enamorado de ella, jamás habría aceptado el matrimonio. Habría intentado convencer a nuestro padre de que tomaras mi lugar, habría hecho lo que fuera para impedir que llegáramos al punto en el que estamos.
—No habría servido de nada —reconoce Gabriel en un susurro—. Lo intenté, hasta me puse de rodillas rogándole que me dejara casarme con Sarah, pero me dijo que no pensaba tener en cuenta tonterías de adolescentes enamorados.
—¿Y por qué no hablaste conmigo? —se queja—. Siempre nos habíamos llevado bien, hasta mi boda con Sarah.
Stefano suspira, se cubre el rostro con las manos y suelta una carcajada amarga.
—Dios, soy tan gilipollas... Fue por eso que te alejaste de mí —susurra—. Estabas enamorado de Sarah y yo me interpuse en tu camino. ¿Cómo ibas a hablarlo conmigo? Joder, de veras lo siento. Ojalá pudiera volver atrás, os juro que haría las cosas de forma diferente.
No debería creerle. Debería mandarle a la mierda y prohibirle que se acerque a Gaby, pero sé que su arrepentimiento es real. Sé que lo que está contando es verdad. Porque si algo ha caracterizado a Stefano siempre ha sido su sinceridad.
—Te perdono —me sorprendo diciendo—. No esperes que seamos los mejores amigos después de todo lo que pasó, ni siquiera sé si algún día seré capaz de verte como parte de la familia. Pero te perdono.
—¿De verdad me perdonas? —Sus ojos se llenan de lágrimas.
—No lo hago por ti, Stefano. Lo hago por mí misma. No quiero que el odio y el rencor envenenen mi felicidad. Solo quiero vivir en paz y ser feliz junto a mi marido, nada más.
Stefano toma aire, como si ese perdón fuera más de lo que esperaba recibir.
—Te doy mi palabra de que nunca tendrás que volver a sentirte así —promete—. Respetaré tu espacio todo el tiempo que necesites hasta que te sientas segura estando en la misma habitación que yo. Te lo prometo.
Se vuelve hacia Gabriel, que le devuelve la ficha. Juguetea un momento con ella antes de continuar.
—También os doy mi palabra de que jamás haré nada para poner en tela de juicio que Gabriel es mi sobrino —susurra—.
Solo quiero que me permitáis ser su tío favorito.
Quiero llevarlo al parque de atracciones, ir con él a comer un helado o llevarle al cine de vez en cuando.
No ahora, por supuesto. Aún no me he recuperado de mi adicción.
Gabriel no responde de inmediato. Se limita a observarlo, como si intentara descifrar si Stefano está siendo sincero o si esto es solo otra estrategia. Finalmente, se inclina hacia delante.
—Ingresa en un centro de desintoxicación —ordena con voz firme—. Cuando salgas, podrás ser, si quieres, el tío favorito de Gaby.
Stefano aprieta la ficha azul en su mano y asiente.
—Lo haré, pero tendrá que esperar —accede—. Primero tengo que divorciarme de Renata.
—¿Vas a divorciarte? —Gabriel levanta una ceja, sorprendido.
Stefano suelta una carcajada amarga.
—Ella no es buena para mí, Gab. Nunca lo ha sido. Es por ella que me metí en esta mierda, y no está haciendo nada para ayudarme a salir de ella.
—Te incita a seguir tomando.
—No lo hace directamente, pero encuentro paquetes de pastillas en el apartamento y estoy completamente seguro de que las tiré todas cuando decidí dejarlo.
—Deberías vivir alejado de ella —sugiero.
—Lo sé, pero ella me sigue allá a donde voy. Me mudé al apartamento para alejarme y se instaló allí a los dos días. Decidí volver a la suite y ella lo hizo horas después. Está volviéndome loco y no puedo hacer nada porque estoy casado con ella.
—Quédate en una habitación de invitados, entonces —ofrece Gabriel—. Me encargaré de que ella no pueda seguirte allí.
—Lo haré, pero te advierto que cuando le lleguen los papeles del divorcio esta casa se convertirá en un campo de batalla. Desde que el don te nombró capo de esta familia, no paramos de discutir por cualquier cosa, y pedirle el divorcio solo añadirá más leña al fuego.
Gabriel se incorpora en su asiento y se cruza de brazos, mirándole con una sonrisa socarrona.
—Así que quiere que me arrebates el puesto.
No es una pregunta, sino una afirmación.
—Sospecho que quiere mucho más que eso, pero aún no tengo pruebas en su contra.
—¿A qué te refieres?
—Ha intentado obligarme a matarte —confiesa—. Varias veces, de hecho.
Se me corta la respiración. Miro a Gabriel, pero él tiene toda su atención puesta en Stefano.
—Jamás haría algo semejante, por supuesto. He cometido errores que van a llevarme de cabeza al infierno, pero matar a mi hermano no será uno de ellos.
—¿Tienes pruebas?
—No las tengo. Me drogaba hasta tal punto que no era capaz ni de pensar con claridad antes de hacerlo. Ese es otro de los motivos por los que quiero dejar esta mierda... No estoy dispuesto a permitir que nadie me controle de nuevo.
Stefano apoya los codos sobre la mesa, frotándose el rostro con ambas manos antes de mirar a su hermano con cansancio.
—Tenemos que averiguar qué se trae entre manos realmente, pero necesito tu ayuda —confiesa.
—Vamos a vigilarla más de cerca —asiente Gab—. Tú concéntrate solo en recuperarte, yo me encargo de ella. Buscaré algunos centros de desintoxicación y elegiremos el que mejor programa nos ofrezca.
Stefano asiente, y puedo ver sus ojos anegados en lágrimas. Hay algo más en ellos, una especie de alivio... y calma. Una calma que no veía en ellos desde que éramos niños. Se levanta y se dirige hacia la puerta, pero se detiene con la mano en el picaporte y nos mira.
—Tened cuidado con ella —advierte—. Ambos. No sé qué se trae entre manos, pero no es la mujer que yo pensé que era.
Dicho esto, sale de la habitación. Nicola lo sigue prudentemente, dejándonos a solas.
En cuanto la puerta se cierra, me siento sobre Gabriel, que me abraza con fuerza contra su cuerpo.
Entierro la cara en su cuello con un suspiro, empapándome de su olor.
Me calmo con las caricias de su mano sobre mi espalda.
—¿Estás bien, princesa? —susurra besándome en el pelo.
—No lo sé. Todo esto es demasiado para mí.
—Siento haber tomado decisiones sin consultarlo primero contigo. Deberíamos haber hablado antes de haberle dado permiso para pasar tiempo con Gaby.
—Si es verdad lo que dice, estoy de acuerdo contigo. Pero tiene que demostrar que está arrepentido y que va a cumplir su parte del trato. —Me incorporo para mirarle—. Ha dicho que Renata le ha pedido matarte.
—La creo capaz de cualquier cosa —asiente.
—¿Crees que intentará hacerle daño a Gaby?
—No lo sé, pero por si acaso duplicaré la vigilancia.
—¿Por qué crees que está tan seguro de que es su hijo? ¿Crees que se habrá hecho una prueba de paternidad?
—No lo creo, Sarah. Está lidiando con la abstinencia, dudo que tenga cabeza para pensar en hacer algo semejante. Lo habrá dicho porque cuadran las fechas, nada más. No te preocupes demasiado.
—¿Y si tiene una prueba y nos está mintiendo para quitárnoslo, Gab? ¿Y si...
—Aunque la tuviera, acaba de darnos su palabra de que nunca dirá nada. No lo hemos admitido delante de él ni lo admitiremos nunca. No tiene nada, Sarah. Si muestra una prueba de paternidad tengo gente que puede darla por falsa.
—Tengo miedo de que me lo quite, Gab...
—Vive en esta casa, ¿de qué le serviría hacer algo así? Parece querer reconciliarse con nosotros, no conseguiría nada poniéndote en su contra y lo sabe.
—Espero de verdad que sea sincero, que el arrepentimiento que he visto en sus ojos sea real y que todo esto no sea una treta para quitarnos a Gaby.
—Si está mintiendo y se atreve a tocar a nuestro hijo, te juro que, por muy hermano mío que sea, no me temblará el pulso para meterle un tiro entre ceja y ceja.