30. Gabriel #2
¿Te importa, maldito hijo de puta?
—Serena se la ha llevado para elegir las joyas —responde Dante por mí.
—Parece que os va bien...
Le miro con una ceja arqueada. ¿Está intentando entablar una conversación conmigo? ¿En serio?
—Nos va perfectamente, gracias —respondo.
—Me alegro por vosotros.
Me muerdo la lengua para no dar un espectáculo, porque tengo ganas de coger a mi hermano por el pescuezo y retorcérselo. En sentido totalmente literal, joder.
—¿Se puede saber qué cojones hacéis ahí como pasmarotes?
Los cuatro damos un respingo al oír la voz de Vitto, que se acerca seguido de Joon e Iván, y nos da un sopapo a cada uno.
—Mezclaos con la gente, socializad —ordena—. Ya no sois niños de colegio a los que tenga que decirles lo que deben hacer en un evento de este tipo, ¿verdad?
—¿Cuándo empieza la subasta? —pregunta Dante.
—En quince minutos —Responde Iván.
—Mientras tanto, id a hacer vuestro puto trabajo —ordena Vitto—. ¡Ahora!
Escucho la risita de Joon y le miro con fastidio.
Él se limita a sonreírme ampliamente y me saca un dedo, pero no se lo tengo en cuenta porque somos amigos.
No tan cercanos como Dante o Tae, eso es cierto, pero alguien que pone a todos sus asesinos en marcha para salvar a mi mujer desde luego que será considerado amigo mío.
Dante se levanta y se aleja hacia un grupo de personas. Yo me alejo en sentido contrario, pero mi hermano me sigue y se une a mí.
—¿Qué haces? —susurro.
—Lo que ha dicho el don, socializar.
—¿Y tienes que socializar conmigo?
—No veo por qué no. Eres mi hermano.
—Mira, Stef...
Me quedo sin habla cuando veo a las mujeres salir al jardín. En realidad, cuando veo salir a mi mujer al jardín. Es la más guapa de todas. Está sonriéndole a Bianca, con quien va del brazo, y no puedo dejar de mirarla.
—Gabriel... Cuánto tiempo...
Giro la cabeza hacia una voz de mujer y maldigo en silencio. Valentina, la hija del senador. Me acosté un par de veces con ella en el pasado. Le advertí que no era nada serio, pero la tía no pilla la directa.
—Valentina... —digo en el tono más formal posible.
—Vamos... hemos sido más que amigos... ¿Por qué no me llamas Val?
—Tú y yo no hemos sido nada, ya lo sabes.
—No decías lo mismo cuando me metías la...
—Gab, tenemos que irnos ya —la interrumpe mi hermano, y le besaría por ello... si no le odiara tanto.
—Tienes razón. Si nos disculpas, Valentina...
Me alejo con Stefano hacia donde está mi mujer.
Ella me mira con una sonrisa, le ofrezco el brazo y la paseo por la alfombra roja que se ha extendido en el jardín a modo de pasarela.
No puedo dejar de mirarla. Los diamantes brillan tanto en su piel que no dejo de imaginármela tumbada en la cama sin nada de ropa...
y esas joyas acariciando su piel. Carraspeo.
—¿Estás bien? —pregunta en mi oído.
—Estaba imaginando cómo sería hacerte el amor con esas joyas puestas —respondo.
Para mi sorpresa, ella sonríe y me mira con picardía.
—¿Y merece tu fantasía que pujes por ellas? —bromea.
—Absolutamente.
—Eres un pervertido.
—Y tú demasiado sexy para mi bien. Se me va a hacer la noche eterna, princesa.
—Si te sirve de consuelo, a mí también.
La organizadora del evento se acerca cuando terminamos el paseo y se lleva a las mujeres para que se acerquen a ciertos grupos de personas que están interesados en las joyas.
Observo a Sarah a través de la gente mientras disfruto de una copa de champán, pero Valentina vuelve a la carga y se acerca nuevamente, restregándose contra mí como una perra en celo.
—Como no te apartes voy a ponerte en ridículo, Valentina —advierto.
—Vamos... hace mucho que no nos divertimos juntos.
Muestro la alianza en mi dedo anular.
—Estoy casado, como puedes ver —informo.
—Un matrimonio en la mafia no significa nada.
—No sé qué mafia conocerás tú, pero en esta a la que pertenezco, el matrimonio es sagrado.
—¿Y quién es la afortunada que se ha ganado el derecho a llamarse tu mujer?
—Yo —dice Sarah, a quien no he visto acercarse, enlazando su brazo con el mío—. Un placer conocerte... o tal vez no. Cariño, ¿por qué no me compras de una vez estas joyas y nos vamos a casa? Quiero que me folles con ellas puestas, amor.
Ni siquiera me doy cuenta de que Valentina se marcha. Solo puedo mirar a Sarah con la boca abierta, porque me ha dejado sin palabras.
—Parece que se ha enfadado. ¿Quién es, Gab?
—Ella... ¿En serio me has dicho que quieres que te folle delante de ella?
—He escuchado parte de la conversación y he pensado que la única forma de espantarla sería siendo directa.
—Joder, Sarah... Me la has puesto como una piedra.
—¡Callate! —ríe— Ya estoy bastante avergonzada por haber dicho eso. He rezado por no sonrojarme como un tomate de pera.
No puedo hacer otra cosa que reír a carcajadas. Sarah sonríe y termina uniéndose a mí. La sujeto por la cintura, la atraigo hacia mí y la beso con fuerza delante de todos.
—¿Me has visto incómodo o estabas celosa, amor? —pregunto con una sonrisa socarrona.
—¿Celosa? No sé de qué demonios me hablas.
—Estabas celosa... Admítelo.
—Vale, un poquito... ¡Y aún no me has dicho quién demonios es!
—La hija del senador. No voy a mentirte, me acosté un par de veces con ella, pero siempre aclaré que jamás sería más que sexo.
—Bien, ahora sí estoy celosa —protesta cruzándose de brazos—. Y cabreada. Y...
La silencio besándola de nuevo y atrayéndola a mi cuerpo una vez más, porque la cabrona se ha ido alejando poco a poco.
—Te lo advierto, Gab... Si alguna vez se te ocurre engañarme, te pegaré un tiro en la polla. Y sabes lo bien que disparo. Tú me enseñaste a hacerlo.
—Celosa y posesiva... Me encanta —digo con un ronroneo.
—Déjate de bromas, Gab.
—¿De veras crees que sería capaz de hacer algo así?
—No... pero necesitaba una excusa para pelear contigo. Mi hermana dice que el sexo de enfado es el mejor de todos.
Será hija de puta... Ahora me las va a pagar todas juntas, en serio.
La sujeto de la mano y tiro de ella hacia la organizadora de la subasta.
—¿A dónde vamos? —pregunta riendo— ¡Gabriel, que no puedo correr con estos zapatos!
Me detengo en seco, acerco mi boca a su oído y sonrío cuando la veo estremecerse.
—Voy a pagar las putas joyas para llevarte a casa, princesa... Espero que lo que le has dicho a Valentina no sean promesas vacías, nena... porque te pienso follar con esas joyas puestas... durante toda la jodida noche.