Mi mayor pecado (Sombras en Manhattan 2) 30. Gabriel
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30. Gabriel

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H an pasado tres jodidas semanas desde el ataque de los albaneses y los líderes continúan sin hacer nada.

En vez de eso, el don ha organizado una subasta benéfica en la mansión Ferretti por las víctimas del atentado terrorista de Williamsburg.

Lo que se traduce en una jodida tapadera para explicar por qué las familias de mis hombres han recibido cantidades desmesuradas de dinero debido a la muerte de sus familiares “por culpa de un atentado” —esa es la patraña que se ha inventado el alcalde para explicar “los cuerpos de Williamsburg”, como los han empezado a llamar en las noticias—.

Sarah lleva más de una hora probándose todos los vestidos que tiene en el armario mientras la miro tumbado en la cama, pero ninguno de ellos es lo suficientemente bueno para ella.

—Se acabó —digo levantándome—. Nos vamos de compras.

—Tengo vestidos de sobra, Gab. Todos los que has descartado hasta ahora son perfectos para la gala benéfica.

—Ninguno de ellos te hace justicia.

—Muy bien —suspira—. Le diré a Bianca que se quede con Gaby.

—Gaby viene con nosotros —respondo, dirigiéndome a la puerta—. Él también tiene que dar el visto bueno al vestido de mamá.

La veo negar con la cabeza, sonriendo. Voy a buscar a Gaby, que está jugando en el jardín trasero con un coche teledirigido que le ha comprado Matteo. En cuanto me ve, deja el mando en manos de Chiara y corre hacia mí para que le levante en peso.

—Hola, papi. ¿Ya habéis terminado de elegir el vestido de mamá?

—Creo que vamos a tener que ir de compras. ¿Me ayudarás a elegir el vestido que la haga parecer una princesa?

—¡Sí! ¿Podemos ir después a comer helado, papá?

—Mmm... Si terminamos pronto. Mamá y yo tenemos que ir a una fiesta.

—¿Y yo no puedo ir? Me gustan los castillos hinchables.

—A mí también, pero me temo que en esa fiesta no habrá nada divertido. Es una fiesta de trabajo, Gaby. Te quedarás en casa con Chiara, ¿de acuerdo?

—¿Cuando sea mi cumpleaños podremos hacer una fiesta con castillos?

—Desde luego. Buscaremos el castillo hinchable más grande del mundo para ti. ¿Qué te parece?

—Que es mejor que no hagas promesas que no puedas cumplir —ríe Matteo, que lleva un rato apoyado en la puerta que da al jardín.

—Cállate —protesto—. Ve a lavarte las manos y la cara, Gaby. Tenemos que irnos pronto si queremos conseguir ese helado.

Veo a mi hijo correr hacia el interior de la casa y no puedo evitar que una sonrisa se dibuje en mis labios. Adoro a ese niño casi tanto o más que a su madre.

—Te sienta bien el papel de padre, Gab —dice Matteo palmeándome la espalda.

—A ti se te da mejor el papel de tío consentidor. Un Lamborghini Huracán... ¿Cuánto te ha costado?

—No mucho. Es un coche para niños, no soy tan gilipollas de regalarle a Gaby uno de coleccionista.

—Lo malo será si lo pide como regalo de cumpleaños cuando tenga edad de conducirlo... ¿Se lo vas a comprar tú?

—¿Yo? Su padre tiene dinero de sobra para darle el capricho —ríe.

—Eres un tío de mierda —bromeo—. Daniele se lo habría comprado.

Hablar de él aún me duele. A todos nos duele. Matteo aprieta mi hombro cuando me quedo callado, sabe cómo me siento ante esta inactividad.

—Daniele habría sido un tío cojonudo —susurra—. Les haremos pagar lo que le hicieron, ya lo verás.

—Tener que estarme quieto me está matando.

—A todos nos pasa, pero no puedes desobedecer las órdenes del coreano. Te ha costado mucho estar donde estás, no la cagues por querer tomarte la justicia por tu mano.

Asiento, porque tiene razón. Me he comido demasiadas mierdas de mi hermano para llegar a ser el capo Vitale y casarme con Sarah, y no puedo arriesgarme a poner en peligro mi vida ahora que lo tengo todo por querer hacer las cosas a mi manera.

—¿Nos vamos?

Me vuelvo hacia mi mujer, que nos mira desde las puertas de cristal con una sonrisa. Si no la llego a tener conmigo no sé si habría podido soportar toda esta mierda, os lo juro. Me acerco a ella, la beso con fuerza y me despido de Matteo con un movimiento de mano.

La llevo a Saks Fifth Avenue, una de las tiendas de lujo más icónicas de Nueva York.

He llamado hace un rato para reservar una sala privada, así que cuando le doy mi nombre a la dependienta nos dirige hacia ella y nos sirve una copa de champán.

Gaby se sienta a mi lado con un vaso de zumo de naranja, imitándome cuando vemos a Sarah aparecer con el primer vestido que se prueba.

Ella está preciosa con cualquier cosa que se ponga, pero ese no es el vestido para ella.

—Siguiente —digo mirándola con sorna.

—Siguiente, mami —repite Gaby, haciéndola reír.

Después de probarse más de una docena de vestidos, encontramos uno perfecto.

Es de seda color azul marino, con el escote en palabra de honor y una falda vaporosa que se mueve alrededor de sus piernas, dejando a la vista por la abertura lateral gran parte de su muslo derecho.

Me la estoy imaginando con las joyas que debe lucir en la subasta...

y no veo la hora de arrancárselo con los jodidos dientes. Carraspeo.

—¿Qué te parece, Gaby? —pregunto a mi hijo mirando a su madre mientras me acaricio la barbilla— ¿Es este el vestido?

Gaby me mira de reojo para hacer lo mismo que yo, y termina asintiendo. Sonrío.

—Creo que es el vestido, papi. Mamá parece una princesa.

—Puesto que mis dos hombres están de acuerdo, me quedo con este —dice mi mujer, acariciando la cabeza de nuestro hijo.

Una hora después nos hemos puesto de acuerdo en llevarnos también unos tacones Jimmy Choo de aguja con tiras plateadas entrecruzadas y el bolso a juego.

Tenemos el tiempo justo para comprar el helado y llevarlo a casa, Gaby se ha conformado con comérselo después de cenar.

Se va a quedar con Chiara e Isabella, su nueva guardaespaldas de refuerzo, y las guardaespaldas de los gemelos de Gianluca en casa.

Ya han organizado una noche de diversión para los niños, pero creo que ellas están más ilusionadas por ello que Gaby.

Bianca ya está vestida cuando llegamos y tenemos que correr a la ducha para estar listos a tiempo.

—¿A dónde crees que vas? —ríe Sarah cuando me ve desnudarme para meterme en la ducha con ella.

—A ahorrar tiempo. ¿Has visto la mirada asesina que me ha lanzado tu hermana?

—Las manos donde yo pueda verlas, pervertido —advierte señalándome con el dedo—. No vas a aprovecharte de la situación esta vez.

—Si eres tú la desvergonzada que me provoca —respondo con un ronroneo, intentando acercarme.

—Te provocas tú solo, campeón. Pásame el champú.

Dejo las bromas a un lado y la ayudo a lavarse el pelo, porque es verdad que vamos tarde.

La ayudo a secárselo mientras se viste —tarea nada fácil, creedme—, y mi mujer termina su peinado haciéndose ondas con la Dyson.

Recoge todos los rizos en una especie de moño que adorna con un pasador plateado y se pone un poco de perfume bajo las orejas y en las muñecas. Joder, está preciosa.

—Lista —suspira—. ¿Te falta mucho?

Me avergüenza admitir que me he quedado embobado viéndola maquillarse y aún no me he puesto la corbata y los gemelos. Sarah me ayuda con la primera mientras me ajusto los segundos y corremos al salón, donde Bianca y Gianluca nos esperan mirando con impaciencia el reloj.

—¡Vamos tarde! —protesta mi cuñada— ¿Acaso no sabéis que podéis dejar el sexo para la vuelta?

—No hemos follado, mal pensada —le respondo—. Por cierto, estás muy guapa.

—¿A que sí? —ríe encantada— Venga, vámonos. Serena no deja de mandar mensajes preguntando qué nos queda.

Media hora más tarde, entramos en la mansión Ferretti. Las mujeres son arrastradas por Serena hasta la habitación donde están las joyas y Gianluca y yo nos mezclamos con la gente en el jardín, donde se celebra la fiesta.

—Odio estas fiestas —protesta mi amigo.

—Ya somos dos. Preferiría estar en casa con mi mujer que dejándome ver aquí.

—Vas a desgastarla, tío —ríe mi cuñado—. Si sigues así vas a cansarte muy pronto de ella.

—Por eso tú te has cansado de Bianca, ¿no?

— Touché . Aunque últimamente no tenemos energía para el sexo. Los gemelos nos dejan tan agotados que en cuanto caemos en la cama terminamos roncando.

—Dejadlos unas horas con Marcela.

—¿Crees que no lo he intentado? Pero Bianca no quiere —protesta—. Dice que son demasiado pequeños para quedarse solos.

—Yo tengo la suerte de que Gaby ya es mayor y duerme como un lirón —me jacto.

—Y por lo que veo, las cosas van cada vez mejor con Sarah.

—Joder, sí. Estoy loco por ella, y siento que antes de lo que espero terminará por admitir que ella también lo está por mí.

—No puedes saber si te ama, Gab.

—¿Puedes irte a la mierda y dejarme soñar? Es gratis, joder.

—¿El qué es gratis?

Me doy la vuelta hacia Dante, que se acerca a nosotros y se deja caer en uno de los sillones dispuestos por el césped con un suspiro.

—Estoy hasta la polla de saludar a políticos de mierda, os lo juro —protesta—. Ser el próximo don es un asco. ¿Alguno quiere el puesto? Se lo regalo.

—A mí no me mires... —digo levantando los brazos— Ya tengo bastante con lo mío.

—Yo soy jodidamente feliz con mi puesto —añade Gianluca.

—Podéis iros a la mierda los dos —bufa Dante—. ¿Dónde están vuestras esposas? Son más divertidas que vosotros.

—Tu hermana se las ha llevado nada más llegar —explico—. Tendrás que conformarte con nosotros.

Veo llegar a mi hermano y a Renata. Mierda, me había olvidado por completo de que ellos también estaban obligados a venir.

Últimamente no se han dejado ver mucho por casa, por lo que supongo que han preferido mudarse al apartamento de Stefano.

La verdad es que lo prefiero. Una de las organizadoras de la gala se lleva a Renata y mi hermano me sorprende acercándose a nosotros. Joder, espero que se comporte.

—Siento llegar tarde —se disculpa—. Ya sabéis cómo son las mujeres... nunca están listas a tiempo.

Me quedo en silencio, porque no sé qué decir. Esta faceta de mi hermano es nueva, y me descoloca.

—¿Dónde está Sarah? —pregunta mirando alrededor— No la veo por ahí.