Mi mayor pecado (Sombras en Manhattan 2) 29. Sarah
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29. Sarah

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L a noticia de los hombres colgados en el puente ha instalado un silencio sepulcral en la mansión.

Los conocía a todos, joder... a cada uno de ellos.

Daniele siempre tenía un momento para tirarse al suelo con Gaby.

Jugaban durante horas con sus piezas de Lego y más de una noche se ofreció voluntario para llevarle a la cama.

Le adoraba. Era otro tío más para mi hijo, y saber que ha muerto de una forma tan horrible me ha roto el alma.

Marco era el bromista del grupo. Siempre andaba gastando bromas a todos, pero de esas que te arrancan una sonrisa, no de las que son desagradables.

Roberto era muy serio, pero tenía detalles preciosos que demostraban su gran corazón.

Juan estaba aprendiendo a conducir, tenía el examen práctico la semana que viene.

Marcelo... estaba enseñando a Gaby defensa personal, a atarse los cordones y a jugar al FIFA para que lograra ganar a su padre.

Los nervios están a flor de piel.

Veo a los hombres de Gab sentados en el salón, atentos a la televisión aunque hace horas que dieron la noticia. Dudo mucho que estén viendo la tele, la verdad. Daniele y sus hombres eran muy queridos en la familia... y la verdad es que todos vamos a llorar su muerte.

Estoy muy preocupada por Gabriel. Hace más de seis horas que se marchó de casa...

y no tengo ni idea de dónde puede estar.

Estoy completamente segura de que la llamada del don de esta mañana se debió justamente a esto.

He llamado a Serena para preguntarle si mi marido sigue en la mansión Ferretti, pero me ha dicho que se marchó hace horas.

Espero que no haya cometido ninguna locura...

Mi hermana aparece en la cocina y suspira.

—¿Cómo está Gianluca? —pregunto.

—Fatal. Lo he dejado con los gemelos para ver si su compañía logra calmarlo un poco. ¿Has tenido noticias de Gabriel?

—Nada. Serena dice que se marchó de la casa Ferretti hace horas, tengo miedo de lo que pueda llegar a hacer.

—Volverá pronto, no te preocupes. Debe estar asegurándose de que los cuerpos lleguen a casa sin problemas. Es el capo, después de todo.

—Eran sus amigos, Bi. Daniele y él eran muy cercanos y tiene que estar destrozado.

Cansada de mirar el reloj cada dos minutos, decido hacer algo de provecho y me dedico a guardar la comida que he preparado para el almuerzo en el frigorífico, porque después de la trágica noticia nadie ha querido probar bocado.

Bianca se pone a ayudarme, aunque ambas estamos tan preocupadas que lo hacemos realmente despacio.

Estoy envolviendo con film el último envase de comida cuando Gabriel entra por fin por la puerta, con el rostro roto de dolor y los puños ensangrentados.

Me acerco a él corriendo para ver qué le ha pasado, pero me abraza tan fuerte que casi me es imposible respirar y entierra su cara en mi cuello.

Me tenso por un momento y respiro profundamente para que los recuerdos no nublen mi mente.

Hemos podido hacer el amor, pero que me abrace con tanta fuerza aún me provoca ataques de ansiedad importantes.

Sin embargo, le devuelvo el abrazo porque sé que me necesita más que nunca.

Siento su cuerpo temblar incontrolablemente cuando la magnitud de lo que ha pasado le golpea y un suspiro escapa de sus labios.

No quiero que sus hombres le vean así, no quiero que vean sus debilidades, así que le arrastro hasta nuestra habitación para que pueda desahogarse.

Me percato de que tiene los nudillos destrozados. Tal vez se ha liado a golpes con una pared, o tal vez ha liberado su frustración con alguno de los culpables. Por el bien de mi marido, espero que sea lo primero. Le siento en la cama y aparto mis manos de las suyas para poder levantarme.

—Deja que te cure los nudillos —susurro, yendo al cuarto de baño a por el botiquín.

Regreso al dormitorio y me siento a su lado en la cama. Curo con cuidado las heridas sangrantes de sus manos, y las envuelvo en una venda para que no se infecten.

—¿Cómo te has hecho esto, Gab?

—He golpeado algo, no sé.

—¿Quieres que te prepare algo? ¿Una infusión, tal vez?

Me sorprende lanzándose de golpe sobre mí para besarme.

De repente, sus manos están por todas partes y su boca avasalla la mía impidiéndome respirar.

A pesar de que la ansiedad está ganándome terreno, intento no pensar en ello.

Su mirada está cargada de necesidad, de un deseo que va más allá de las palabras, crudo y urgente.

Pero bajo esa intensidad, percibo algo más profundo, una vulnerabilidad que intenta ocultar.

Gabriel está destrozado, me necesita, y si esta es la única forma en la que puedo aliviar su dolor, mantendré a raya mi ansiedad.

Le devuelvo el beso y rodeo sus hombros con mis brazos, pero él los aparta para arrancarme —literalmente— el vestido y las bragas. Me da la vuelta en la cama, me levanta las caderas hasta tenerme apoyada sobre mis rodillas y me penetra con fuerza, dejando escapar un quejido que me parte el corazón.

—¿Te he hecho daño, amor? —me sorprende preguntando.

Niego con la cabeza, porque estoy a punto de romper a llorar.

No voy a negar que me ha dolido un poco, pero no es nada comparado con el placer que siento cada vez que le tengo dentro de mí.

Gab aprieta mis caderas entre sus dedos y me penetra con fuerza, una y otra vez, hasta que mi cabeza choca contra el cabecero de la cama.

Está descontrolado, puedo sentir su rabia y su dolor en cada una de sus estocadas.

Esa mezcla de dolor y placer está haciéndome sentir mareada, pero es cuando me da la vuelta y se abraza por completo a mí que todo se descontrola.

El miedo se mezcla con el placer, mis ojos se llenan de lágrimas e imágenes de Stefano sobre mí invaden mi mente.

Intento apartarle, pero mis sacudidas solo sirven para excitarle más.

Sus gruñidos en mi oído me recuerdan a los gruñidos de Stefano, y tengo que respirar hondo y concentrarme en él para poder salir de la espiral de miedo que me consume poco a poco.

Le sujeto la cara entre mis manos, y al mirar a sus preciosos ojos del color de las aceitunas descubro tanto dolor que no puedo soportarlo.

—Estoy aquí —susurro, aunque ni siquiera sé por qué lo digo—. Siempre estaré aquí.

Los ojos de Gabriel se llenan de lágrimas, y un sollozo escapa de sus labios.

Al fin.

Al fin deja escapar todo el dolor, la impotencia y la desesperación que ha estado conteniendo de la forma correcta, y lo dejo llorar apoyado en mi pecho lo que parecen horas.

Su cuerpo se hunde contra el mío, pesado, sin fuerzas.

Su respiración es errática, sofocada por el llanto que ha mantenido atrapado por demasiado tiempo.

Lo abrazo con firmeza, acariciando su espalda con lentitud, sintiendo el temblor que recorre su cuerpo.

No hace falta decir nada.

Solo estoy aquí, sosteniéndolo, permitiéndole caer sin miedo a romperse.

Lloro con él por sus hombres, por lo que ha perdido.

Pero sobre todo lloro porque verlo así me parte el alma.

El hombre que siempre ha sido mi refugio, mi pilar inquebrantable, está destrozado.

Y no sé si seré lo suficientemente fuerte para sostenerlo esta vez, pero no lo soltaré.

Su respiración vuelve poco a poco a la normalidad.

Las lágrimas se detienen, y por un instante está en completa calma.

Sus manos acarician mi piel de forma distraída, trazando círculos suaves alrededor de mis pezones, pero sin prestar atención realmente a lo que está haciendo.

Sin previo aviso, Gabriel se incorpora y vuelve a besarme, pero esta vez sus labios no buscan desesperadamente aferrarse a mí.

Son suaves, como el roce de una pluma, como si temiera romper el frágil equilibrio de este momento.

Empieza a moverse de nuevo, tan lentamente que quiero gritarle.

Mi cuerpo responde a él, vibrando con cada caricia de sus manos, con cada envite pausado de su cuerpo.

Pega su frente a la mía, sus ojos aún brillantes por las lágrimas, mirándome con tanto amor que, si no estuviera tumbada, estoy segura de que mis rodillas se doblarían.

Le amo.

Le amo tanto que no sé si seré capaz de soportarlo.

—Te amo tanto, Sarah... —susurra, como si hubiera leído mis pensamientos.

Quiero responderle.

Quiero decirle que también le amo, que lo haré siempre.

Pero las palabras no salen de mi boca.

En su lugar, lo atraigo hacia mí, besándolo con todo el amor que aún no me atrevo a confesarle.

Porque el miedo sigue ahí, acechando. Porque no puedo ignorar el eco de la historia, ese temor absurdo de que, si confieso mis sentimientos en voz alta, los suyos se desvanezcan y todo se repita.

Soy una tonta, lo sé. Pero por ahora, prefiero guardármelos para mí misma.

Sus embestidas se intensifican, y entierra un dedo entre mis labios para lanzarme de cabeza al orgasmo.

Él me sigue poco después, cae bocarriba, sin fuerzas, sobre el colchón y me atrae hacia su cuerpo, abrazándome contra su pecho.

Siento el latido errático de su corazón en mi oído, y doy gracias al cielo porque esta vez no haya sido él quien ha muerto.

Pensar en ello me provoca escalofríos, que hacen que se incorpore lo suficiente para cubrirnos con la manta.

—Lo siento, Sarah, yo...

—No te disculpes —le interrumpo—. No se te ocurra disculparte.

—He sido demasiado brusco, ¿verdad? —pregunta besándome en la frente.

—No lo has sido. Estoy bien.

—¿De verdad? Nunca había sido yo quien tomara la iniciativa así y...

—Gabriel... Estoy bien. ¿Qué te ha dicho el don?

—No ha sido el don, sino Joon Seo. Me ha dicho que sea un niño bueno y que me quede quietecito hasta que todo se calme. El alcalde no puede ocultar esto y el coreano nos ha ordenado que mantengamos un perfil bajo por un tiempo para no llamar la atención de la policía.

Algo en su voz me dice que no tiene pensado hacer caso. Me incorporo para poder mirarle a los ojos.

—Dime que vas a hacerle caso, Gab —le pido.

—No puedo. —Hay tanta agonía en su voz que le abrazo con fuerza.

—Claro que puedes. No te ha dicho que no puedas vengarte, solo que tengas un poco de paciencia. Hazlo por mí, ¿sí?

—Soy su capo, Sarah. Es mi obligación vengarlos.

—También eres mi marido. Y el padre de Gaby. No quiero que se quede huérfano de nuevo, Gab. Dame tu palabra de que harás lo que te han ordenado.

—Joder, Sarah...

—Demuéstrame que me amas haciendo lo que te pido.

Es mi última baza desesperada, pero estoy aterrada por lo que pueda pasarle si desobedece las órdenes de Han.

—Eso es un golpe bajo y lo sabes —protesta.

—Haré cualquier cosa para mantenerte a salvo.

Le veo apretar la mandíbula, pero al final asiente. Vuelvo a tumbarme en su pecho, mucho más tranquila.

—¿Tienes hambre? —pregunto— Puedo traerte algo de comer.

—No tengo hambre, solo quiero dormir.

—Entonces descansa —suspiro abrazándole más fuerte—. Te avisaré cuando esté lista la cena.

—Deberíamos levantarnos —protesta incorporándose—. Gaby se estará preguntando dónde estamos.

—Gaby ha ido al cine con Chiara —le interrumpo volviendo a tumbarle—. Han estrenado una nueva película de Jurassic World y le ha llevado a verla.

—Mierda... Quería ir con él.

—Podrás ir a ver la siguiente. Le he dicho que se llevara también a Alessio y Marcelo, después de lo que ha pasado tenía miedo de que le pasara algo a Gaby. Y antes de que protestes, Nicola y los demás estaban aquí, no iba a pasarme nada malo.

—Haces lo que te da la gana conmigo, princesa —protesta.

—Sabes que tengo razón. Y ahora intenta descansar, vas a necesitarlo.

Hago el intento de levantarme para dejarle descansar, pero me sostiene del brazo, impidiéndomelo.

—Quédate conmigo, por favor...

Su súplica, cargada de una vulnerabilidad desgarradora, me parte el corazón. Asiento en silencio y vuelvo a su lado. Me acurruco en el hueco de su pecho y lo observo cerrar los ojos. Él me ha salvado tantas veces de mis pesadillas... Ahora es mi turno de salvarle a él.