28. Gabriel
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M e despierto cuando los primeros rayos del sol entran por la ventana. Sarah continúa dormida a mi lado, tan relajada y tranquila que no quiero despertarla. Miro el reloj para comprobar que aún me queda una hora antes de tener que marcharme.
Tiempo más que suficiente para observarla mientras duerme.
Veo a Gaby acercarse por el pasillo con su peluche de triceratops en la mano, y le hago señas para que mantenga silencio mientras se acerca a la cama.
Le cojo para colocarle en el centro, acurrucado en mi pecho, y observo a mi familia sintiendo una felicidad que pensaba que no era para mí.
Lo más valioso que tengo está ahora mismo en esta cama, y sé que algún día haremos que crezca.
—¿Ya no tiene sueños malos? —susurra Gaby.
—A veces, pero yo me encargo de cuidarla.
—¿La abrazas cuando llora?
—Ya no llora.
No voy a explicarle a mi hijo de cinco años que me la follo hasta dejarla inconsciente para que no se acuerde de la pesadilla.
—¿Por qué le pasa eso? —pregunta— Tía Giulia me contó que unos hombres malos le hicieron daño, que por eso tiene sueños malos.
—¿Tía Giulia te contó eso?
—También me dijo que esos hombres malos no debían encontrarnos, y que si un desconocido me pedía que me fuera con él tenía que correr gritando muy fuerte para que la policía me escuchase.
¿Os he dicho ya que amo desesperadamente a Giulia? Si no nos gustase la misma mujer, me casaría con ella.
—La tía Giulia tenía razón, campeón —digo acariciando su pelo revuelto—. Pero ahora tienes a Chiara, ella no dejará que te pase nada malo.
—Tiene una pistola —susurra como si fuera un gran secreto.
—¿En serio?
—Dice que es por si algún hombre malo quiere llevarme.
—Nunca debes tocar la pistola de Chiara, ¿entiendes? Es muy peligrosa, y puedes hacerte mucho daño si la tocas.
—Si la toco, me muero. Eso me ha dicho Chiara.
—Recordaré subirle el sueldo por eso.
—¿Tus pistolas también son peligrosas, papi?
—Mucho más que las de Chiara.
—Vaya... mis dos hombres al despertar... Qué honor —bosteza Sarah.
—Buenos días, princesa —respondo besándola.
—Buenos días, mami. ¿Tú también tienes una pistola?
—¿Por qué iba a tener una?
—Es verdad, papá te protegerá.
—Siempre —prometo besándole en la mejilla—. Corre a tu cuarto a vestirte, es hora de ir al colegio.
—¿También vas a llevarme hoy?
—¿Eso quieres?
—¡Sí! —grita saltando.
—Pues date prisa en estar listo.
Gaby sale de la habitación y me tumbo de golpe sobre Sarah para besarla como Dios manda. Ella ríe, rodea mi cuello con los brazos y me devuelve el beso, enredando sus piernas en mi cintura.
—No podemos, tentadora del demonio —protesto en broma—. Gaby puede volver en cualquier momento.
—Uno rapidito, de un minuto...
—¿Estás insultándome?
—Bueno, de cinco...
—Creo que cierta princesa se va a quedar sin sexo hasta que se me olvide lo que acaba de decir...
—¡Lo siento, lo siento! —ríe— Solo estaba bromeando. Vamos, ven aquí...
Me atrae hacia su cuerpo y me besa. Mordisquea mis labios y mi polla reacciona al momento, endureciéndose tanto que tengo que cambiar de postura para no hacerme daño.
Sarah me sorprende rodando conmigo para ponerse a horcajadas sobre mí, clavándome en su interior con fuerza.
Miro inconscientemente hacia la puerta para asegurarme de que Gaby no vuelve, haciéndola reír.
—¡Joder, Sarah! Como Gaby nos pille te juro que... ¡Mierda!
—Chiara ya debe estar en su habitación —dice entre jadeos mientras bota sobre mi polla una y otra vez—. Le llevará al comedor y tendremos un momento para nosotros.
Hunde la lengua en mi boca ahogando mi respuesta.
Desde que ha recuperado el control de sí misma, no deja de sorprenderme con cosas como esta.
Me pone más cachondo ver que ella toma la iniciativa por su cuenta, como hoy, que cualquier otra cosa en el puto universo.
Aprieto sus caderas entre los dedos y cierro los ojos para disfrutar al máximo de estar dentro de ella, pero el sonido incesante de mi teléfono hace que se detenga.
Estira la mano hacia la mesilla y me lo tiende con gesto serio.
—Es Vitto —explica.
—Ni se te ocurra moverte de donde estás —le advierto—. Vamos a seguir en cuanto termine la llamada.
—¡No puedes hablar con el don mientras estamos así! —exclama escandalizada.
—¿Quieres ver como sí?
Marco el número de Vitto. Sus gritos se escuchan sin necesidad de manos libres.
—En media hora estoy ahí —respondo colgando.
—¿Qué pasa? —pregunta, intentando apartarse de mí.
—Quieta ahí, princesa. Primero vamos a acabar lo que hemos empezado.
—¡Pero tienes que irte!
—Tardo doce putos minutos en llegar a casa del don. Si me salto algunos semáforos puedo llegar en diez. Cinco minutos más para vestirme, princesa. Eso nos deja quince minutos para hacer que te corras... y para bajar —la embisto desde abajo— esta —otra embestida— maldita —embestida— erección.
Lo consigo en diez. Me visto rápidamente, le doy un beso en los labios y salgo a correr hacia la calle, pero me detengo en seco al ver a Gaby sentado en la mesa de la cocina. Mierda... Le dije que le llevaría al colegio.
—¿Te vas? —pregunta sin dejar de comerse sus cereales.
—Lo siento, campeón, pero mi jefe me ha llamado para que vaya a trabajar ahora mismo. ¿Te importa que te lleve mañana?
—Claro que no. Que tengas un buen día, papá.
Le beso en la coronilla derritiéndome de amor por este niño.
—Tú también, pequeño. Cuida bien de mi hijo, Chiara.
—Con mi vida, jefe. Ya lo sabes.
Cuando llego a la casa Ferretti, el ambiente no parece muy bueno. Ha pasado algo gordo, lo sé, y no tengo ni idea de qué puede ser. Me sorprende ver a Dante apoyado en la pared frente al despacho de su abuelo, en donde se escuchan gritos de alguien que no es el don.
—¿Qué pasa? —pregunto acercándome.
—El alcalde Harrington está con mi abuelo —explica Dante.
Raymond E. Harrington, alcalde de Nueva York, es un hombre que entiende cómo funciona el poder en esta ciudad.
Sabe cuándo mirar hacia otro lado y cuándo exigir explicaciones.
Parece que hoy ha decidido hacer lo segundo.
Las voces atraviesan la puerta cerrada, apagadas pero lo bastante claras para captar la furia contenida ahí dentro.
—¡¿Cómo cojones pretendes que encubra este desastre, Vitto?! —Es evidente la furia en la voz del alcalde—. ¡¿Tienes idea de cuántas visualizaciones tiene ya en Tiktok este maldito vídeo?!
Algo choca contra la mesa o la pared. Un movimiento brusco, irritado.
—¡Que yo no tengo nada que ver! —grita el don— ¡Esos que cuelgan del puente son mis hombres! ¡Mis malditos hombres!
—¡¿Y cómo han llegado hasta ahí?! ¡¿A quién andas jodiendo?!
—Lo solucionaré, ¿de acuerdo? Tú ocúpate de que las autoridades mantengan la boca cerrada y yo me encargaré del desgraciado que ha hecho esto.
—Más te vale mantener un perfil bajo durante las próximas semanas, Vitto, porque de lo contrario...
Veo a Joon Seo caminar por el pasillo hasta donde nos encontramos.
Nos saluda con un gesto de cabeza, abre las puertas dobles y cuando entra en la habitación vuelve a cerrarlas con suavidad.
De repente se escucha un jadeo, y las putas puertas se sacuden como si alguien hubiera sido lanzado —o estampado— contra ellas.
—Te dije que para cualquier cosa que tuvieras que tratar con las sombras debías venir a verme a mí primero, Harrington. ¿Qué cojones haces aquí?
—Son italianos, Han. No tiene nada que ver contigo.
Otro golpe, y sonido de cristales rotos contra el suelo. Un gemido, un golpe más y el completo silencio.
Joder, el hwejang de la Kangpae está muy cabreado.
—Yo soy el que manda en esta maldita ciudad, Harrington. Ni Vitto, ni Iván... Yo. Así que si hay un problema, me buscas a mí. ¿Ha quedado claro?
El alcalde sale del despacho con la ropa desarreglada y hecho una furia. Ni siquiera se percata de que Dante y yo estamos justo ahí.
—Vamos —dice mi amigo.
Cuando cruzamos la puerta del despacho, Vitto vuelve a estar en su sillón, apurando una copa de whisky, y Joon está sentado al otro lado, con las piernas cruzadas. Hace un gesto para que tomemos asiento y Vitto le hace señas a Fabricio para que nos sirva una copa a todos.
—¿Has visto las noticias esta mañana? —me pregunta Joon.
—Estaba preparándome para llevar a Gaby al colegio. No he tenido oportunidad.
—Muéstrale el jodido vídeo, Dante —ordena Vitto.
Mi amigo pone su teléfono delante de mí y veo bastantes coches detenidos frente al puente de Williamsburg.
Sus ocupantes miran hacia arriba con los teléfonos en alto, sorprendidos por algo que no logro ver bien todavía.
Colgando del puente se pueden ver cinco cuerpos visiblemente torturados.
Al principio creo que son muñecos, pero cuando el tío del vídeo acerca el zoom mi sangre se congela.
Son mis hombres.
Mis putos hombres muertos y colgando de un puente.
Daniele, Marco, Roberto, Juan y Marcelo.
Mi caporegime encargado del envío de anoche y cuatro de sus soldados.
—¿Dónde están los demás? —susurro— ¡¿Dónde cojones están los demás?!
—Estaban dentro de los camiones, que han abandonado en el Bronx —explica Vitto—. Lo siento mucho, hijo.
—Te juro por Dios que no descansaré hasta hacer pagar a esos hijos de puta por sus muertes —promete Joon.
—Han sido los albaneses —aclara Dante.
—La noticia ha salido en todos los medios de comunicación —continúa Joon—. Esta vez nos han jodido a base de bien.
Vuelvo a ver el vídeo, ni siquiera sé por qué. Descubro que Daniele tiene algo escrito en su pecho, igual que Dante le hizo al segundo al mando de los albaneses.
—¿Qué significa lo que tiene escrito en el pecho? —pregunto.
— Tani është radha juaj —recita Joon—. Ahora es vuestro turno.
—Voy a despellejarlos uno a uno —amenazo—. Van a rogarme que los mate cuando los encuentre, lo juro.
—Tenemos que ser cautos, Gab —advierte Vitto—. Ahora estamos en el punto de mira, no podemos llamar la atención.
—¿Pretendes que me quede de brazos cruzados después de esto? ¡Son mis hombres! ¡Mis amigos!
—Nadie dice que no vayamos a tomar represalias —me calma Joon—. Lo haremos, pero a su debido tiempo, no ahora.
—Lo que quieres decir es que me has traído aquí para advertirme de que sea un buen chico y me quede quieto, ¿es eso?
—Ya has visto que el alcalde está muy cabreado —insiste Dante—. Debido a las redes sociales, la noticia se ha extendido como la pólvora en cuestión de minutos y no tiene forma de ocultar lo que ha pasado.
—Si hacemos algo ahora, será como ofrecernos en bandeja a las autoridades —añade Joon—. Es demasiado peligroso.
—¡Me comen los putos huevos las autoridades! —grito— Daniele era mi amigo. ¡Mi amigo! ¿Con qué cara voy a presentarme delante de su madre para decirle que ha muerto por mi culpa?
—No es tu culpa —niega el don—. No es culpa de nadie. Daniele sabía en dónde se metía cuando se unió a la Familia. Y si vuelves a levantar la voz, me olvidaré de que eres uno de mis mejores hombres y te meteré un puto tiro en las pelotas.
Aprieto la mandíbula, pero no digo una palabra más. Sé cuándo me he pasado de la raya, y por mucho que me duela la muerte de mis hombres no puedo faltarle al respeto al don. Mucho menos al hwejang.
—Vete a casa y descansa —sugiere Joon—. Organiza un bonito funeral si quieres, correré personalmente con todos los gastos.
—Yo me encargo de darle la noticia a las familias —se ofrece Dante—. Les daremos un buen pago por los servicios de los fallecidos.
—El dinero no le devolverá a sus muertos —susurro.
—Pero es muy buen aliciente para que mantengan la boca cerrada.
—Es cierto... —respondo con amargura— La famiglia è tutto.