27. Sarah
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M e despierto sola en la enorme cama del apartamento.
Sonrío sin poder evitarlo y me estiro para comprobar que tengo un satisfactorio dolor entre las piernas.
Esta noche ha sido magistral, lo reconozco.
Apenas me dio tiempo de tomarme una copa en el Eclipse anoche.
Gabriel llegó poco después que nosotras, bailó conmigo un par de canciones...
y me arrastró hasta el aparcamiento para marcharnos al ático.
Cuando llegamos, no me dejó pasar de la puerta sin antes arrancarme la ropa.
Lo hicimos contra la puerta, en el sofá y en la cama.
Después llenó la enorme bañera del cuarto de baño y tras relajarnos un poco volvimos a hacerlo una vez más.
No hubo demonios... y todo se lo debo a Samantha.
Estoy agotada... y más feliz de lo que he estado en toda mi vida. Empiezo a pensar que lo que siento por Gabriel es mucho más que un cariño sincero, y me da vértigo pensar en ello.
Un estruendo en la cocina me saca de la cama.
Me pongo la camiseta que mi marido llevaba puesta ayer y salgo descalza de la habitación.
Gab está de espaldas a mí, tan solo con unos bóxers y un delantal preparando el desayuno.
Tiene la música puesta bajito, y canta Alive , de Sia, usando la cuchara de madera como micrófono mientras mueve las caderas al ritmo de la canción.
Mi corazón salta en el pecho ante tremenda visión, y me acerco lentamente para abrazarle por la espalda y dejar un beso entre sus omoplatos.
Gab sonríe, pone su mano sobre las mías y las aprieta con cariño.
—Buenos días —susurra retorciéndose para poder besarme sin descuidar la sartén—. ¿Has dormido bien?
—Mejor que nunca —reconozco—. ¿Podemos quedarnos un poco más?
—Joder, nena... nada me gustaría más, pero quiero que estemos en casa antes de que Gaby se despierte.
Entierro la cabeza en su espalda con un gemido.
—Soy una madre horrible... Me había olvidado de nuestro hijo —reconozco.
Gabriel se vuelve hasta tenerme de frente y me aprieta entre sus brazos, levantando mi barbilla con los dedos.
—Eres la mejor madre del mundo, cariño... Pero de vez en cuando está bien pensar en ti misma.
—Me gusta mucho más esta casa. Aquí me siento tranquila.
—Todo se arreglará, lo prometo.
No me ha pasado desapercibido el hecho de que Gabriel aún no ha hecho nada para vengarse de su hermano.
Debería sentirme molesta, pero la verdad es que no es así.
Stefano es un hijo de puta, pero no quiero que por su culpa mi marido se meta en algún lío con el don.
Además, durante las últimas semanas las cosas han estado bastante tranquilas.
A Renata no le he visto el pelo en todo este tiempo y Stefano no me ha dirigido la palabra, lo cual agradezco de veras.
—¿Podemos al menos quedarnos un poquito más? —ronroneo, restregándome contra él— Me ha faltado el polvo mañanero... Dicen que es de los mejores.
Como esperaba, Gabriel rompe a reír. Me da la vuelta y me golpea en el culo con la cuchara de madera.
—Se ha vuelto usted una desvergonzada desde su liberación sexual, señora Vitale...
—Qué quiere que le diga... Mi marido está demasiado bueno como para desaprovechar cualquier oportunidad.
—Ve a ducharte antes de que me olvide yo también de nuestro hijo —amenaza.
Me dirijo al cuarto de baño contoneando las caderas, y justo antes de salir del salón —y puesto que sé que me está mirando— levanto la camiseta para dejarle a la vista mi culo... sin bragas.
—Me cago en... ¡Ven aquí ahora mismo! —grita pasándose la mano por la boca.
—Me has dicho que vaya a ducharme, campeón... Soy una esposa obediente y estoy cumpliendo tus órdenes.
Salgo a correr cuando le veo venir hacia mí, pero es mucho más rápido que yo y me atrapa justo cuando consigo entrar al cuarto de baño. Me levanta por las axilas y me sienta de golpe en el mueble del lavabo, haciéndome gemir.
—Vas a arrepentirte por esto —amenaza metiendo la mano entre mis piernas y apretando la palma contra mi sexo—. Voy a hacer que te corras tan fuerte que no vas a poder mantenerte de pie.
—Promesas... Promesas... —le provoco.
Gabriel sonríe, se muerde el labio inferior y me aplasta contra el espejo para follarme la boca con su lengua, porque esto no puede considerarse un beso.
La hunde tan profundamente que la siento en la campanilla —vale, estoy siendo un poquito exagerada, pero la siento muy adentro—.
Muerde mis labios, tirando de ellos lo justo para hacerme gemir.
Sus manos vagan por todo mi cuerpo sin control, sin filtro, encendiéndome tan deprisa que antes de lo que imagino siento mi humedad correr por mis muslos. Joder, estoy chorreando.
—Esta mierda es de Enzo —protesta arrancándome la camiseta—. Que no te la vuelva a ver puesta.
—No había otra cosa que ponerme más que el vestido —me disculpo—. Creí que era tuya.
—Me la prestó una vez y me gusta sacarlo de quicio usándola cuando sé que voy a verlo —reconoce sonriendo—. Es su camiseta preferida.
Vuelve a besarme, me baja del mueble y me palmea el trasero en dirección a la ducha.
—Vamos, entra ahí —ordena.
—¿No decías que ibas a hacer que se me doblaran las rodillas o algo así?
—Y voy a hacerlo —promete deshaciéndose del delantal y el bóxer—. A la ducha. Ahora.
Corro para obedecerle. He descubierto que me encanta que se ponga un poquito mandón.
Me gusta mucho sentir que soy suya, que le pertenezco.
En cuanto abro el grifo del agua caliente me pongo debajo del chorro con la intención de enjabonarme deprisa, pero Gab me sorprende poniéndome contra la mampara, sujetándome de las caderas y entrando en mí de una sola vez.
—¡Joder! —grito ante la sensación de plenitud que me recorre.
—¿Te he hecho daño, cariño?
Niego con la cabeza, porque se está moviendo dentro de mí tan profundamente que soy incapaz de hablar.
Su glande impacta de lleno contra una zona extremadamente sensible dentro de mí, y siento mi cuerpo convulsionarse a punto de llegar al orgasmo.
Mi marido me rodea con el brazo y aprieta uno de mis pechos entre los dedos, pellizcando el pezón entre el índice y el corazón.
—¡Sí! ¡Justo así!
—Mi pequeña princesa se ha vuelto codiciosa... —ronronea mordiéndome el lóbulo de la oreja— Te gusta que te folle así, ¿mmm?
Agarro la mano que tiene apretando mi cintura y la llevo entre mis piernas.
Gabriel deja escapar una risa ronca, pero abre mis labios y roza con la yema del dedo mi clítoris una sola vez, haciéndome estallar.
Me siento mareada, veo luces a través de mis párpados y mi cuerpo se ha quedado sin fuerzas, pero Gabriel me sujeta entre sus fuertes brazos y continúa embistiéndome, despertando el placer tan rápidamente que siento que es demasiado.
—Me encanta escucharte gemir mi nombre cuando te estás corriendo, princesa —susurra en mi oído—. Es la mejor droga que existe para mí.
Estoy sudando, con el pelo mojado pegado a la mejilla y la boca entreabierta buscando aire, a medias gimiendo y a medias sollozando. Lo que siento es demasiado intenso, pero también demasiado adictivo como para pedirle que pare.
Le escucho gemir, me da la vuelta y me levanta del culo para que rodee su cintura con las piernas.
Ataco su boca como un sediento en mitad del desierto, necesito su lengua, sus besos, sus dientes en mi piel.
Necesito fundirme con él, sentirle mucho más cerca.
Gabriel debe ver algo en mis ojos, porque me aprieta contra su cuerpo y me enviste con más rapidez.
—Te tengo, princesa —susurra.
Es todo lo que necesito para correrme de nuevo. Es un orgasmo mucho más suave, pero dura tanto que cuando abro los ojos estoy tumbada en la cama con Gab a mi lado, mirándome mientras acaricia mi vientre de forma despreocupada.
—Te has desmayado —se jacta.
—¿Te sientes orgulloso?
—Desde luego. Eres la única mujer que se ha desmayado entre mis brazos por el placer que le estoy dando.
Pensar en Gabriel con otras mujeres despierta en mí unos celos imposibles de disimular. Intento apartarme de él, pero me sujeta por la cintura y me pega a su cuerpo para impedirme huir de él.
—No importa con cuántas mujeres me acostara antes de casarme contigo, Sarah —dice en un susurro—. Siempre has sido tú.
Y con esas únicas palabras consigue desinflarme. Porque sé que son ciertas, algo en mi interior me dice que lo son.
—Embaucador...
—Vamos, ahora sí que debemos marcharnos —dice estirándose—, Gaby se estará preguntando dónde estamos.
Salgo de la cama y me visto. Miro a Gabriel por encima del hombro mientras hace lo mismo. ¿Por qué está tan bueno? ¿Por qué nunca me di cuenta de lo guapo que es? Tal vez porque en aquel tiempo era solo un niño enclenque a quien yo seguía a todas partes... O solo es que era tonta de remate.
—¿Te gusta lo que ves? —No me he dado cuenta de que me ha pillado mirándole, así que sonrío.
—Mucho. El tatuaje de tu espalda es increíble.
—Eso sí es un dragón, princesa. —Levanta la mano y señala su tatuaje dedicado a mí—. Esto, es una S.
—De Sofía, ¿no era?
Llega a mí en dos zancadas, sujeta mi cara con ambas manos y me besa con fuerza.
—Deja de tentar al demonio, esposa —advierte—. Puede que no te gusten las consecuencias.
—Si las consecuencias se parecen un poco a lo de antes en la ducha, estoy deseando atenerme a ellas. Tenías razón, el sexo en la ducha es increíble.
—¿Quién eres tú y qué has hecho con mi mujer? —ríe.
—Es lo que tú provocas en mí, Gab. Me haces sentirme deseable.
—Lo eres —susurra besándome—. Ya lo creo que lo eres.
Me da la vuelta para que me mire en el espejo de cuerpo entero de nuestra habitación. El vestido está bastante arrugado, tengo el pelo despeinado y algunas manchas rojas por el cuello debidas a sus besos. Mis labios están hinchados y mis ojos brillan con tal intensidad que no puedo evitar sonreír.
—Mírate... eres una jodida diosa del sexo —dice con voz ronca—. Afrodita tiene que estar retorciéndose en el Olimpo porque le has quitado el puesto.
Pasa sus manos por todo mi cuerpo sin apartar su mirada de la mía en el espejo. Me mira con tanto deseo que tengo que apretar las piernas y morderme el labio para no gemir.
—Te juro que me cuesta entender que Stefano prefiriese a Renata teniéndote a ti —susurra.
—Porque yo tenía que ser tuya.
Lo he dicho sin pensar, pero ahora que sé lo que es ser su mujer, estoy completamente segura de que él es el hombre destinado para mí.
—Y te juro por Dios que mataré a cualquiera que intente hacerte daño sin vacilar, princesa —me promete—. Voy a compensar todo el daño que él te hizo, te doy mi palabra.
—Ya lo has hecho. —Me giro entre sus brazos, rodeo su cuello con los míos y le beso con suavidad—. Todo valió la pena si el resultado era estar aquí, contigo.
—Te amo tanto, joder...
Quiero decirle que yo también le amo, que es el hombre de mi vida, pero no sé si lo que estoy sintiendo es amor.
Le beso para no tener que responderle, aunque sé que él jamás me exigiría que le devolviera esas palabras.
Cuando me aparto me sonríe, me guiña un ojo y se da la vuelta para seguir vistiéndose.
Tenemos que volver a la rutina, se acabó nuestra pequeña escapada llena de felicidad.