Mi mayor pecado (Sombras en Manhattan 2) 26. Sarah
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26. Sarah

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M e despierto en una cama vacía, y la verdad es que ahora mismo lo agradezco.

Miro el reloj y me doy cuenta de que son ya las diez de la mañana, y corro hacia la habitación de Gaby para que no llegue tarde al colegio.

Parece que Gabriel se ha ocupado de él, porque su cuarto está recogido y no hay rastro de mi hijo por ninguna parte.

Regreso a mi habitación y miro el teléfono, en el que tengo un mensaje de mi marido avisándome de que él mismo llevará a Gaby a la escuela de camino que va a ocuparse de unos asuntos con Dante.

Y como no he pegado ojo en toda la maldita noche, decido volver a meterme en la cama para volver a dormirme, pero tengo demasiado en lo que pensar como para poder hacerlo.

Gabriel está enamorado de mí.

Me ama desde que era una adolescente tonta enamorada a su vez de otro hombre, y aun así ha permanecido a mi lado durante todo este tiempo, me ha cuidado y se ha preocupado de mi seguridad.

No sé cómo sentirme.

Agradecida, desde luego, y enternecida también, pero la punzada que siento en el corazón al pensar en todo lo que habrá sufrido por mi culpa no me deja respirar.

Ni siquiera puedo contar las veces que le hablé sobre mi amor por su hermano, sobre lo ilusionada que estaba por nuestra boda.

Cuántas veces intenté convencernos a ambos de que con el tiempo Stefano cambiaría, terminaría por enamorarse de mí y seríamos felices para siempre.

Joder, qué culpable me siento ahora mismo.

Unos golpes en la puerta me sacan de la cama. Me pongo la bata a juego con mi camisón y voy a abrir: es mi hermana, que entra en el saloncito y se deja caer en un sillón.

—¿Qué es lo que te pasa? —pregunta— Tu marido me ha ordenado que venga a echarte un vistazo.

—Estoy bien, no es nada.

—No tienes cara de que no sea nada, Sarah. ¿Habéis discutido?

Con un suspiro, me siento junto a ella para desahogarme. Es mi hermana, tiene que estar de mi lado, ¿no?

—Anoche Stefano nos atrapó teniendo sexo en la cocina. —Bianca abre los ojos como platos—. No me mires así, eran las tres de la madrugada.

—Así que fuisteis vosotros los que dejasteis la cocina hecha un asco...

Me muerdo el labio por la culpabilidad. Madison, la chica que viene a limpiar la casa a diario, debe haberse echado las manos a la cabeza.

—¿Madison ha maldecido mucho? —pregunto.

—Os deseó que el chocolate os diera urticaria —ríe Bi.

—Joder...

—¿Y dices que Stefano os atrapó?

—Creo que estuvo un rato mirando.

—No me lo puedo creer...

—Cuando Gabriel le dijo que se largara, tuvo la poca vergüenza de ir hacia el frigorífico a coger una botella de agua. Quise morirme en el acto, te lo juro.

—Eso no es algo que deba preocuparte. Stefano siempre está colocado, te aseguro que en cuanto se meta la próxima raya se le habrá olvidado.

—No estoy preocupada por eso. Stefano no puede importarme menos.

—¿Entonces qué es?

—¿Recuerdas que te conté que Gab me convenció para casarme con él diciéndome que me necesitaba para su venganza? —Mi hermana asiente—. Pues me enfadé porque pensé que se había dado cuenta de que estaba mirándonos desde el principio.

—Eso es imposible. Gabriel jamás permitiría que su hermano te viera desnuda.

—Es lo que dice él, pero su reacción no fue lo que esperaba y... El caso es que estaba enfadada, muy enfadada, y me fui a la cama sin querer solucionarlo.

—Pero él insistió.

—Me confesó que me ama —susurro—. Me ama desde que yo era una adolescente y nunca me dijo nada. Era mi mejor amigo y le contaba cada estúpida cosa que hacía por Stefano, Bi. Y mientras tanto, él me aconsejaba y sufría por mi culpa.

—No te culpes por eso, hermana. No podías saberlo.

—Pero eso no quita que le hiciera daño. Le hice tanto daño, Bianca... y él siempre estuvo ahí para mí.

—Ahora estáis casados, eres su esposa y tenéis un hijo juntos. Es tu oportunidad de resarcirte.

—No sé si alguna vez llegaré a amarle como se merece. Todo lo que me hizo Stefano, todo lo que me hicieron aquellos secuestradores, me dejó tan rota que creo que soy incapaz de volver a amar.

—Eso es una tontería como una catedral. Amas a Gaby, y también me amas a mí. Amas a mis hijos, no creas que no me he fijado en con qué adoración los miras, y estoy segura de que, con el tiempo, podrás amarle a él también.

—Eso no es amor, sino cariño. Os quiero a todos, y también le quiero a él. Mucho. Muchísimo. Pero el amor es distinto.

—¿Cómo de distinto según tú?

—Es no pensar en nadie más que en esa persona.

Que se te acelere el corazón cuando le veas acercarse, que te derritas entera cuando te abrace.

Es perderte en sus ojos y sentir que el mundo a tu alrededor desaparece cuando estáis juntos.

Es no poder respirar si le pierdes, Bi. Eso es para mí el amor.

—A mí me parece más bien obsesión, Sarah.

—¿Entonces qué es el amor, dime?

—Sentirte segura cuando él está cerca. Saber que puedes confiar plenamente en él ante cualquier circunstancia, sonreír solo porque él te lanza un guiño o reír a carcajadas cuando te persigue para tirarte a la piscina.

Es hacer juntos la cena, ocuparse por turnos de los hijos, cuidarse mutuamente cuando estáis enfermos y, sobre todo, acostarse juntos cada noche en la misma cama y quedarse dormidos abrazados.

Aprieta mi mano con cariño y me sonríe.

—Y sé perfectamente que tú sientes todas esas cosas cuando estás con Gabriel, Sarah. Él te complementa, solo necesitas tiempo para que el resto de sentimientos fluyan por sí solos.

—Ojalá tengas razón.

—Por supuesto que la tengo. Tengo más experiencia que tú en los buenos matrimonios. —Se levanta de un salto—. ¡Tengo una idea! ¿Por qué no nos tomamos la noche libre? ¡Noche de chicas! Podemos decírselo a Serena también.

—¿Qué tienes en mente?

—Nada fuera de lo común: salir a cenar y tomarnos unas copas en el Eclipse. Bailar un poco y hablar mal de los hombres... Lo normal.

—Estás como una cabra —río—. ¿No será que estás harta de tu marido?

—Estoy harta de ser madre —reconoce con un puchero—. Desde que tuve a los gemelos no he tenido un solo momento para mí misma. Añade echar un buen polvo con mi marido a la lista de cosas que hacer esta noche. Hace mucho que no tenemos sexo del bueno.

—¿Del bueno? —río.

—Sí, de ese que tú disfrutaste anoche en la cocina.

—¡Oye! No fue... Mentira... La verdad es que fue increíble.

—Te agradecería muchísimo que no hables de caviar delante del hambriento, mona.

—¿Y qué pasa con la noche que os quedasteis en el apartamento?

—Nos dormimos —reconoce desinflándose—. Estábamos tan cansados que antes de poder empezar nada ya estábamos roncando.

—Si te sirve de consuelo, me ha faltado el sexo de reconciliación. Dicen que es el mejor.

—No me consuela lo más mínimo, y no, no es el mejor. El sexo de discusión es el mejor de todos. Ese que tenéis cuando ninguno de los dos se decide entre estrangular al otro o follárselo.

—Por muy bueno que sea, espero no practicarlo nunca.

—No sabes lo que te pierdes. Confieso que más de una vez he empezado una discusión con Gianluca solo por el sexo.

—¡No lo has hecho!

—¡Él lo sabe! Sonríe como un imbécil antes de seguirme el rollo. A él también le encanta. —Se dirige a la puerta para marcharse—. Voy a llamar a Serena, te aviso con lo que sea.

—¡No tengo nada que ponerme!

—¿Y para qué tienes la tarjeta de tu marido? Vístete, nos vamos de compras.

Después de dejar a los niños con Chiara y las niñeras, vamos a recoger a Serena, que nunca dice que no a las compras, y pasamos gran parte de la mañana en el centro comercial.

Me acabo de comprar un vestido negro impresionante.

Es corto, ajustado, con un escote elegante que resalta mis clavículas.

El tejido es suave y tiene un ligero brillo, lo que lo hace perfecto para la noche que tengo por delante.

Me encanta cómo se ciñe a mi cuerpo sin ser demasiado atrevido, lo justo para sentirme sexy sin perder clase.

Lo que lo hace especial es la manga de gasa transparente en un solo brazo.

Es delicada y le da un toque sofisticado, como un contraste sutil entre lo sensual y lo elegante.

A la hora del almuerzo, vamos al KFC del centro comercial para comer pollo frito.

Al final, la noche de chicas se ha convertido en día de chicas, y todo gracias a Gabriel.

Me ha llamado hace unas horas para decirme que Gianluca y él van a pasar un día de chicos con los niños, así que nosotras hemos ido añadiendo planes sobre la marcha.

La siguiente parada cuando terminemos de comer será el centro de estética para hacernos un tratamiento completo.

—Sarah tiene algo que contarte, Ser —dice Bianca moviendo las cejas—. Gabriel se le ha confesado al fin.

—¡Ya era hora, por Dios! —exclama mi amiga, sorprendiéndome.

—¿Tú lo sabías? —le reprocho.

—Cariño, lo sabía todo el mundo menos tú —ríe mi hermana—. Era tan evidente que me sorprende que no lo hubieras sabido.

—Su única experiencia en el amor fue Stefano, no la culpes —me defiende Serena.

—¡Vaya, gracias!

—Venga, cuéntame cómo fue.

Se lo cuento con todo lujo de detalles, sin dejarme nada. Serena me mira atentamente, con la barbilla apoyada en una mano y dando pequeños mordiscos a una pieza de pollo hasta que termino mi relato.

—¡Vaya! —exclama— ¿Y no se te derritieron las bragas?

—¡Ser! —río.

—¿Qué? Me dice a mí eso y me entrego en sacrificio, nena...

—Gianluca me hace a mí en la cocina lo que Gabriel te hizo a ti y le doy otro par de gemelos —suspira mi hermana.

—Veo que ambas estáis muy faltas de sexo...

—Y nosotras vemos que tú estás bien surtida, guapa... —contraataca Serena.

—La verdad... Sí —me jacto, sonriendo con suficiencia—. Y cada vez es mejor que la anterior.

—¿Ya eres capaz de... ya sabes? —pregunta mi amiga en un susurro.

—Sí —respondo sonriendo—. Mis sesiones con Samantha están dando sus frutos al fin.

—No sabes cómo me alegro por ti —dice Serena—. Mereces ser feliz, y sé que Gabriel te hace feliz.

—Pero me siento culpable por no poder amarle como se merece.

—Date tiempo, mujer. No todo el mundo se enamora a primera vista.

El teléfono de Serena suena y ella pone los ojos en blanco al ver el nombre de Dante en la pantalla.

—¿Qué pasa? —protesta suspirando— Sí, esta noche... ¡Venga ya, Dante! ¿Acaso no sabes lo que significa noche de chicas?... Que sí, iremos al Eclipse... ¡Y una mierda! Dos son más que suficientes... ¡Sarah y Bianca ya llevan cuatro cada una!... Eres un aguafiestas. Que sí, pesado. Adiós.

—¿Demasiados guardaespaldas? —adivino.

—¿Te puedes creer que quería ponerme seis? Al final solo serán cuatro... y he conseguido que dos de ellos sean chicas. No sé lo que pasa, pero últimamente está demasiado protector y está empezando a agobiarme.

—No perdamos el tiempo —dice Bianca mirando la hora—. Aún nos queda mucho por hacer.

Pasamos el resto de la tarde relajándonos en el salón de belleza.

Cuando llego a la mansión, mi marido y mi hijo no están por ninguna parte, y por suerte logro no cruzarme con Renata o Stefano.

Me voy a la habitación directamente, me doy una ducha y me tumbo en la cama a ver una serie de Netflix para hacer tiempo hasta que tenga que vestirme.

Le he robado a mi hijo uno de sus chupachups de cereza rellenos de chicle, mis preferidos.

No suelo tomar golosinas, pero de vez en cuando peco con este tipo de dulce.

La puerta de mi habitación se abre y Gabriel se apoya en el quicio de la puerta, observándome con una sonrisa lobuna.

Esa sonrisa que logra encenderme entera, la que me hace desear que me coma como si él fuera el lobo feroz y yo Caperucita.

—Si sigues provocándome así, princesa, te aseguro que no tendrás noche de chicas —me advierte, acercándose como un depredador a su presa.

—¿Quién te está provocando?

—Tú. Verte comer ese chupachups está haciéndome imaginar esa lengua jugar con mi polla.

Un calor lacerante me recorre desde los pezones al clítoris, y aprieto las piernas con fuerza. Gabriel apoya una rodilla en la cama, me sujeta por el tobillo e intenta abrirme las piernas, pero se lo impido con una sacudida.

—Ni se te ocurra, pervertido —río—. Tengo que vestirme casi que ya.

—Aún son las siete... Tenemos tiempo de sobra para uno rapidito, nena...

—Ni hablar. —Me pongo de rodillas en la cama y me acerco a él hasta rodearle el cuello con los brazos, pegando mi cuerpo al suyo—. Porque esta noche Gaby duerme con la niñera y tú y yo vamos a dormir en el apartamento.

Le siento tragar con fuerza y sonrío sin poder evitarlo.

—¿Para qué? —pregunta con voz ronca.

Acerco mi boca a su oreja para susurrarle:

—Para que me folles durante toda la noche, campeón. Anoche nos faltó el sexo de reconciliación.

—No estábamos peleando.

—Bueno... pero nunca está de más el sexo, ¿no?

Gabriel sonríe sacándome el chupachups de la boca, atrapa mis labios entre los suyos y logra que se me encojan los dedos de los pies.

El jugueteo de su lengua, unido a los mordiscos en mis labios, mandan un latigazo de placer hasta mi sexo, que ya está húmedo y listo para él.

No estaría de más echar uno rapidito antes de irnos...

Bajo la mano para desabrochar su cremallera, pero el muy canalla me aparta con una carcajada.

—¿Ahora quieres el rapidito, princesa?

—Sí.

—Pues te vas a quedar con las ganas... porque después de contarme tus planes para más tarde no voy a tener suficiente con un rapidito de nada. —Me besa con fuerza en los labios y me devuelve el dulce—. Voy a cenar con nuestro hijo, mándame un mensaje cuando estés lista para irte.

—¿Vas a venir a recogerme? —sonrío.

—Y si te portas bien, puede que te folle en el despacho de Dante.